Tras un último y largo día de preparativos, los futuros contrayentes volvieron a separarse con la calidez a la que ya se estaban acostumbrando. Sin embargo, Eirik no encontró su habitación vacía, como de costumbre. Apenas encendió las luces al pulsar el interruptor para dar energía lumínica a la habitación, una sombra se mantenía en pie frente a su cama. Lo normal hubiese sido asustarse, pero Eirik estaba más que harto de tratar con ese individuo en concreto -Buenas noches, mi lord- dijo entre susurros aquella voz. No era en sí que hablaba en tono bajo, sino que parecía tener algún daño en las cuerdas vocales que le impedía poder entonar mejor. Oirle era tan desagradable como escuchar hablar a alguien que tenía la garganta lacerada.

-Hola, Shodaime- saludó Eirik con desinterés, despojándose del chaleco con soltura y lentitud.

-Supe que me reclamabais, señor- la silueta se arrodilló ante él. Sus ropas eran tan oscuras y su cara, oculta tras una máscara negra sin rasgo alguno, le hacían ser completamente una sombra, un fantasma oscuro en mitad de la habitación contrastando con todo salvo con la oscuridad.

-Sí, te reclamaba- bostezó Eirik mientras se desabotonaba la camisa -El pececillo ha mordido el anzuelo, estoy seguro- la sombra alzó la cabeza para mirarle -Síguela. Seguramente lo hará esta noche-

-¿Cómo estáis tan seguro?-

-Soy yo ¿Recuerdas? ¿Cuándo te he dado malas directrices?- le habló con un tono ciertamente familiar, como si fuera un antiguo amigo. Se terminó de descamisar, dejando a la vista el enorme dragón tatuado en su espalda. Shodaime, su Oni más fiel, se quedó perplejo, como siempre, admirando esa obra en su piel. -Lo único que necesito es saber la localización exacta de la cámara. Haz lo que sea necesario, pero que llegue hasta allí cueste lo que cueste-

-¿A cualquier precio?- dijo, mostrando que llevaba un tantô, una daga de Ryudo, en el cinto.

-A cualquier precio. No me importa la vida de esos guardias que corretean por ahí sin mayores aspiraciones en la vida- se terminó de desnudar, despojándose de los pantalones y la ropa interior para calzarse unos pantalones anchos de pijama y una blusa amplia y fresca.

-Así se hará, mi lord- el Oni se puso en pie, se inclinó respetuosamente ante el heredero y saltó por la ventana como si hubiese una red de seguridad, sin dejar siquiera una sola huella o arruga en la alfombra del suelo. Eran hombres y mujeres, mujer en el caso de Shodaime, prácticamente inexistentes dentro de la propia existencia, etereos, casi incorporeos.

Mientras, Anneliesse no se había desvestido aún. Tumbada en su cama, con el brazo cruzado por encima de los ojos, no paraba de darle vueltas a todo lo que estaba viviendo estos días previos a la boda. La voz de Eirik retumbaba en su cabeza con la misma viveza con la que creía seguir oyendo los gritos y acusaciones de su padre, que tan enferma la ponían con solo pensar en ello ¿Qué es lo que le faltaba por ver o escuchar? ¿Que quizá Nero también la consideraba una buscona? ¿Que estaba seduciendo a Eirik por interés? Realmente aquel había sido el golpe más bajo que había recibido nunca por parte de su familia. Tanto se encolerizó de recordarlo que agarró un cojín y lo lanzó con fuerza contra una pared, gruñendo. Entonces, como si pudiera verle frente a ella y volver a sentir su mano en la cara, rememoró a Eirik hablando sobre su herencia, su legado. El heredero de Ryudo parecía brindarle un poco de su ansiada libertad, pero aún le quedaba algo muy importante por recuperar: la daga de su madre. Sabía que pedírselo a su padre era inútil, un intento estúpido y más tras ver lo que pensaba de ella. No, tenía que obtenerla por su propia cuenta, a su manera. Y a cada rato que pensaba en ello, más crecía en ella un impulso irrefrenable que le causaba hasta picor en las manos de la ansiedad. Iba a hacerlo. Sí, debía hacerlo.

La chica abrió la puerta de su habitación con enorme sigilo, descalza. Por alguna razón, los guardias no estaban presentes. Aquello le olió demasiado mal, pero no dejaba de ser una oportunidad de oro para poder salir. Decidió ir descalza para no hacer ruido con sus múltiples calzados con tacón o suela dura para mantener una compostura regia, además de para tener una mayor comodidad para desplazarse o para tener que huir de algún posible obstáculo.

Deambuló por los oscuros pasillos, bañados por la palidez de la luna y dejando entrever por los ventanales un sin fin de estrellas titilantes como monedas de plata en el cielo. El corazón de la chica latía con tanta velocidad que sentía que se le iba a salir por la boca, que se le desplazaba por todas partes del pecho. El pulso le palpitaba en el cuello de forma molesta y hasta le hacía tener una leve visión borrosa cuando se le manifestaba en los ojos. Seguía pareciéndole extraño que no hubiera ni un solo hechicero de la Legión dando vueltas por los pasillos o, a esas alturas, buscándola como locos por todas partes, pero a caballo regalado...

Terminó llegando, por fin y con los pies helados, a las escaleras que daban a la parte más alta del palacio de Lynastis: La Cámara Lunar, donde se guardaban los mayores tesoros del reino así como toda la sabiduría de los grandes reyes de antaño. Esas malditas escaleras, siempre custodiadas por guardias, que Anneliesse jamás había podido cruzar ni siquiera acompañando a su padre. Siempre la dejaba abajo, con los guardias, para ir y venir él solo para traerle cualquier libro u objeto que ella pidiera que no fuera la daga. Esta vez, por desgracia, no tuvo tampoco la suerte de que estuviera tan olvidada como los pasillos. Reginald nunca bajaría tanto la guardia. La princesa se inclinó para observar a través de la esquina del pasillo y pensar la forma de subir sin que la pillasen, pero mientras lo hacía, le alcanzaron voces lejanas que provenían del pasillo de enfrente. Para que no la vieran, corrió a esconderse tras uno de los pilares del pasillo, junto a un ventanal -¿Alguien puede informarme de qué demonios está pasando?- era la voz de Nero, sin duda.

-¿Lord Aegis?- los soldados que custodiaban la escalera no comprendían qué sucedía.

-¿Dónde está mi Legión?- quiso saber, con exigencia. Ahora Anneliesse comprendía que algo raro pasaba.

-No lo sabemos, señor. No los hemos visto-

-¿A ninguno? Es imposible que se hayan desvanecido ¡Yo lo sabría!- gruñó.

-Sabemos que vos sabéis prácticamente todo cuanto sucede, Lord Aegis, y por ello no alcanzamos a comprender que venga a preguntarnos a nosotros algo que vos mismo no sabéis- explicó uno de los guardias, dejando a Nero en evidencia.

-Bien- bufó -Estad atentos. Esto no me gusta. Podemos tener algún mal corriendo por los pasillos de palacio. La vida de la princesa puede correr peligro-

-¿Avisamos a su majestad?- quiso saber uno de los guardias, empuñando con fuerza su lanza.

-No- gruñó Nero -Dejad a su majestad en paz. Lo que prima es la princesa- el Aegis estaba pensativo, desesperado. En su interior deseaba ir él mismo a buscarla y avisarla, pero temía ser repudiado una vez más. Sabía que a él no le haría el menor caso... ¿¡Cómo hacerlo!?

-¿Os encontráis bien, señor?-

-¡No, demonios!- rugió -Vosotros mismos me serviréis. Id de inmediato a custodiar la puerta de la princesa. No quiero que nadie entre ni salga, ni tan siquiera ella-

-Imposible- contestaron ambos para desgracia de Anneliesse.

-¿Osais desobedecer?- Nero los señaló, amenazante.

-Su majestad nos encomendó custodiar la escalera. No podemos dejarla sin vigilancia ¿Os quedaréis vos cuidando de ella?-

-No puedo. Tengo que buscar a esos memos, estén donde estén-

-Entonces lo lamentamos, señor- Nero se marchó entre gruñidos desesperados, mascullando maldiciones y amenazando con asesinar personalmente a todos los miembros de la Legión que habían desaparecido. Aquello no le dio ventaja alguna a la princesa, que empezaba a impacientarse y a cansarse de estar agachada.

Pasó un largo rato en el que hasta empezó a bostezar, siendo víctima del sueño y del aburrimiento. Hasta le temblaban las ideas ¿Merecía la pena todo aquello? ¿Y si podía conseguirlo otro día, en otro momento? Espabiló de inmediato, por suerte. No podía permitirse flaquear. Sabía en el fondo de su corazón que si se acobardaba, no lo volvería a hacer nunca y se arrepentiría toda su vida. Quizá, en algún momento, alguno fuera al baño, o a comer algo, o...

-Caballeros- la voz grave de un hechicero de la Legión, luciendo su típica túnica roja y su capucha, apareció rato después por el mismo camino en que Nero llegó y se marchó.

-Lord Nero os anda buscando. Os habéis metido en un buen lío- se mofó uno de los soldados.

-Sí, ya lo sabemos. Por eso estoy aquí- suspiró -Mi castigo es relevaros durante una semana- ambos soldados se miraron, sorprendidos.

-¿Qué dices?-

-Es mi castigo por... Bueno, ya os acabaréis enterando. Digamos que en mi turno estaba... ocupado... con una compañera- se rascó la cabeza por encima de la capucha, que le ocultaba el rostro en la oscuridad de la noche. Solamente la leve luz de unas lámparas iluminaba el rellano de las escaleras, lo cual proyectaba más sombra a su cara.

-Los hechiceros os la pasais cachondos ¿eh? He oido historias- se daban codazos entre ellos.

-Bueno... ¿Qué? ¿Os vais o os vais a mofar de mí toda la noche?- se lamentó el hechicero.

-Esto es genial- se alegró uno de los soldados -¡Vamos a dormir, por fin! Como los dioses mandan- los soldados se estiraron y crujieron los huesos, cansados de mantener esa posición -Entre tú y nosotros, compañero, esto es un coñazo. Espero que el polvo mereciera la pena-

-O que al menos tuviera buenas tetas-

-Y que fuera guapa- iban diciendo y burlándose mientras se marchaban, tan contentos. Anneliesse se sorprendió con la enorme falta de profesionalidad y lealtad de aquellos soldados, pero... ¿Podía juzgarlos? Eran hombres que se habían alistado al ejército real, a la guardia del rey. Darían sus vidas por Lynastis y la familia real. Seguramente se alistaron con ilusión y fervor en sus días de juventud para... pasarlos vigilando unas escaleras para que una única persona, la princesa, no las cruzara jamás en la vida. Debían de estar tan hartos de Reginald como ella misma.

-Cabrones...- suspiró el hechicero, allí parado en mitad de la nada, mirando a todas partes -¿Y dónde hostias se ha metido ahora Robert? Ese imbécil me va a oír, si se cree que me voy a chupar todo esto yo solo...- con una profunda idiotez, el hechicero tomó camino y dejó la escalera desprotegida yendo a buscar a su compañero. Al parecer, la juventud de los hechiceros de la Legión hacía estragos en sus aptitudes como guardias y vigilantes. Nero no servía para ser maestro de nadie, estaba claro. Lo suyo era manipular y mentir, nada más y nada menos. La chica aprovechó, mordiéndose los labios de puro nervio, para cruzar el pasillo velozmente, agazapada, y subir las escaleras a toda velocidad. Mientras, el hechicero que se marchaba detuvo su avance al escuchar los descalzos pasos de la princesa. Se deshizo de la túnica, desvelando que bajo aquellas ropas no había ningún joven, sino la oscura silueta aterradora de Shodaime, que moviéndose como un espíritu, la siguió sin hacer ruido.

La princesa caminaba al fin con tranquilidad, sabiendo que allí no habría absolutamente nadie. Al terminar de subir las escaleras y atravesar un largo pasillo circular, se presentaron ante ella las imponentes puertas de plata de la Cámara Lunar. Eran tan grandes como el pasillo, altas y aparantentemente macizas y pesadas. Los ojos le brillaban de ilusión y nervios ahora que estaba ahi. Pero también le llevó a hacerse la gran pregunta ¿Cómo las abría ahora? No tenía llave, ni tenía una cuchilla o algo típico con lo que los ladrones suelen forzar cerraduras. Todo su mundo se vino abajo al darse cuenta de ello ¿Cómo podía ser tan estúpida? Casi se arrancó los pelos de la cabeza de pura irritación mientras contemplaba enormemente encantada la belleza de los grabados de las puertas, representando las flores de Lynastis y antiguos reyes y reinas. Gwynevere estaba entre ellos, así como Adryan Bellock, su gentil caballero guardián -Ojalá poder vivir lo que vosotros vivisteis en su día- masculló para sí, acariciando los grabados -Ojalá poder haberos visto aquí representados desde hace mucho, mucho tiempo...- casi se le enlagrimaron los ojos al pensar en marcharse, porque no volvería a tener la suerte de volver a ese lugar hasta que su padre falleciera, seguramente. Pero para su sorpresa, con la caricia en el grabado, la puerta vibró y comenzó a abrirse casi sin hacer el menor ruido.

Quizá por ser una cámara que se pasaba una gran cantidad de años cerrada, Anneliesse esperaba que estuviese oscura y llena de polvo, pero se encontró, sorprendida, con todo lo contrario. Ya desde el umbral la sala lucía excepcionalmente iluminada, decorado el suelo y las paredes con grabados de flores de plata y marfil que aportaban aún más a la luminosidad de unos candiles que parecían arder con un fuego extraño, más dorado que anaranjado. Presumiblemente, eran llamas mágicas que no se apagarían nunca. Tenía sentido, puesto que la princesa se percató además en ese momento de que la puerta ni tan siquiera tenía cerradura y se había abierto por el mero hecho de tocarla ¿Era una magia que solo respondía a la sangre real? Razón de más para Reginald para que no quisiera dejar a la princesa ni tan siquiera cruzar esas escaleras. Muy rastrero, una vez más, por parte del rey ¿Cuando ella hubiese ascendido a reina él le habría contado ese detalle? ¿O la habría dejado siempre a la espera de recibir una llave? Maldito embustero -Increible...- musitó la chica mientras daba un primer paso al interior de la cámara. Las llamas de los candiles ardieron con más fuerza, iluminando el centro de la cámara, donde había dos altares superpuestos; uno más alto que otro. En el más bajo había un pergamino enrollado y en el más alto, sobre el pergamino, estaba la daga perfectamente enfundada, prístina y brillante. Anneliesse desconocía qué era ese pergamino y lo obvió, no podía perder tiempo. Su objetivo era la daga, la cual empuñó y desenvainó para ver su hermosa hoja y su reflejo en ella. Sin embargo se giró veloz al creer percibir un extraño movimiento tras ella en el reflejo, pero para su agrado, no parecía haber nadie -Creo que me está jugando una mala pasada tanta presión...- suspiró -Vámonos, madre- dijo con cariño envainando la daga -Ya estás conmigo, donde debíste estar desde hace mucho- comentó para sí misma malhumorada mientras salía de la sala, tocando la puerta de nuevo. Efectivamente, esta comenzó a cerrarse atenuando las luces dentro de la cámara como reacción a la salida de la sangre real. Por fin, Anneliesse estaba tomando las riendas de su destino.

---

Y por fin, llegó el gran día. Desde la habitación de Anneliesse, donde varias doncellas no paraban de ayudarla a vestirse y peinarse además de ultimar los detalles necesarios, se podía oír una leve música lejana que provenía del Palacio de Cristal. Eran unas tonadas alegres y típicas de ceremonias gloriosas, así como el himno de Lynastis, tocadas a varios violines. La chica estaba hecha todo un montón de gelatina. Temblaba como si hubiera un terrible terremoto bajo sus pies -Mi señora, la acabaremos pinchando. Por favor, calmaos- comentó una de las doncellas mirándola desde el reflejo de su espejo, poniendo su cara junto a la de la princesa -Estáis preciosa y seréis muy feliz. Lord Eirik es un hombre encantador. Único, si me permitís el atrevimiento-

-¿Te gusta?- preguntó Ann, distraida. La doncella se puso terriblemente nerviosa.

-N-no, no es eso, osea. A ver... Comprendedme, solo me refería a...- Anneliesse se echó a reir.

-Elissa, no voy a castigarte por decir la verdad. Te estoy preguntando con sinceridad- sonrió cálida la princesa.

-Pero es vuestro futuro marido, mi futuro rey ¿Cómo podría decir que me gusta?- el resto de doncellas esperaban impacientes el resultado de la conversación.

-Sé sincera ¿Te gusta Eirik? ¿Cómo lo consideras? Como princesa, te pido que me lo digas- realmente era ella, que necesitaba un último empujón para ir al altar. Estaba terriblemente nerviosa e insegura de que estuviese a punto de dar un buen paso o empeorar su vida aún más.

-...Me encanta- se atrevió a confesar. Ann la miraba con suma diversión. Se estaba poniendo roja como un tomate -Si me lo permitís, debo decir que os envidio enormemente- Anneliesse se llevó una mano a la boca para empezar a reir, al igual que otras doncellas. Elissa echaba humo por las orejas -¿¡De qué os reís!? Sois unas compañeras nefastas. Estoy en vergüenza ante la princesa y vosotras os carcajeais-

-El otro día estaba suspirando como una boba, alteza- explicó Juliett, otra doncella -Miradla, le tiemblan las manos solo de pensar en él. Está enamoradita perdida-

-¡Por favor, alteza, no le hagáis caso!- se arrodilló junto a Anneliesse -Es mentira, lo juro-

-Elissa...- Ann dejó de reir y hasta se enjugó una lágrima -¿Qué haces? Llevas sirviéndome cinco años ¿Qué te hace pensar que te voy a castigar?-

-¿Que dicen que estoy enamorada de vuestro... esposo, prácticamente?- la doncella se confundió.

-El amor es así ¿no?- suspiró la princesa -O al menos eso siempre he leido. Repentino, inesperado- enunció con voz melancólica -Fútil- concluyó algo más entristecida -Pero... quizá necesitaba saber que no era la única que veía algo especial en él. Me alegro de saber que a alguien más le gusta. Temía estar haciéndome falsas ilusiones- terminó de decir algo más aliviada.

-¿Entonces solo queriais una confirmación?- Ann asintió -¿Puedo entonces decir, sin temor a ser castigada, que está tremendamente bueno?- volvieron las risas, incluso para la princesa. Obviamente eran los nervios, pero era una buena forma de expulsarlos o contenerlos. Hubiese estado bien haberlas podido considerar amigas alguna vez, de no ser porque eran simple y llanamente doncellas que la servían por interés y dinero. Pero era en momentos así, en ese preciso instante, donde necesitó tratar con ellas como mujeres y no como trabajadoras. Al parecer, ellas también agradecieron un trato así. Pese a las risas, parecían temerosas y nerviosas ¿Por qué? Obviamente por culpa de Reginald ¿Qué les habría dicho a esas mujeres para que temieran a Anneliesse de esa forma? ¿Es que acaso fue también culpa de él que no pudiera tener un trato más cercano con ellas? Dioses... ese hombre, el rey... era el peor castigo que Ann pudo tener. Peor incluso que el propio Ente en su interior.

Así, por fin, llegaba el momento final. En el altar improvisado en el Palacio de Cristal ya aguardaba Eirik, con las manos cruzadas por delante, mientras aguardaban sentados en unas elegantes sillas blancas los poquísimos invitados que había a la ceremonia. La figura de Anneliesse apareció tras abrirse las puertas del Palacio de Cristal, anunciando su llegada. Con un pequeño pero hermoso ramo de flores de Lynastis y alguna que otra rosa de Roserun, la chica comenzó a caminar despacio por la alfombra plateada que habían tendido en el suelo, bañada de pétalos de flores a su vez. Todo flores, como era Lynastis. La princesa caminaba sola al son de la música nupcial de los violines, dado que Reginald estaba aún molesto y enfadado y ordenó que la chica avanzara sola hasta el altar: "Es su deber", ordenó sin más. Solamente la acompañaban dos doncellas que caminaban tras ella, intentando mantener la compostura y la elegancia, pero obviamente la belleza de la princesa las opacaba, más aún vestida de novia. Llegó junto a Eirik tras pasar de largo a los invitados, que la siguieron con la mirada con sumo interés -¿Me estaré repitiendo si te digo que estás preciosa, Ann?- comentó con su siempre alagadora sonrisa y cálida voz. Por fin la llamaba Ann, acercando aún más posturas, como ella misma le pidió.

-Un poco- comentó ella con tono bromista -Pero odio admitir que me está empezando a gustar- ante aquellas palabras, Eirik le guiñó un ojo de forma seductora.

-Estamos reunidos aquí para la sagrada unión, ante los ojos de los dioses, del futuro de dos reinos. Hoy, presenciamos aquí el nacimiento de una nueva era, de una nueva historia- comenzó el sacerdote. Era un hombre no excesivamente mayor, como era costumbre. Debía tener unos 60 años aproximadamente, era orondo y bajito. Tenía aspecto de buen hombre, con un rostro afable y ojos afectivos -He de decir que me complace enormemente poder oficiar vuestra boda, alteza- se inclinó ante ella. Anneliesse bajó la cabeza en señal de respeto -Estoy seguro de que seréis una gran reina-

-Gracias- asintió la chica. Los invitados se pusieron en pie.

-Recibase hoy aquí la luz de los dioses: La Señora, El Amante y El Siervo, que bendigan esta unión y ayuden a construir un camino brillante y sin enemigos hacia el futuro para esta bella pareja. Es por eso que hoy aquí, en este altar, frente a los Seis Ojos y las Tres Sonrisas que ellos os ofrecen, diréis las palabras que por siempre quedarán grabadas en la historia de ambos reinos: Lynastis y Ryudo- dicho esto, las doncellas trajeron un par de pequeños puñales. Uno de ellos estaba confeccionado en Lynastis y su empuñadora estaba grabada con flores en marfil blanco. La otra era un puñal de Ryudo que habían traido los Gelhart, cuya empuñadura estaba cubierta por hilo negro en el que había confeccionado unos dragones dorados en contraste. La guarda también era un dragón serpenteante envolviendo la hoja, igualmente dorado con ojos de obsidiana. Anneliesse y Eirik tomaron las armas respectivas y las introdujeron clavaron al unísono en una piedra sobre el altar, que contenía dos ranuras, una para cada puñal -Quede aquí sellada la unión con vuestros votos- asintió el sacerdote.

-Contraigo libre esta unión, alegre y enamorado- recitaron ambos a la vez hundiendo las armas lentamente en la piedra. Sintieron que ambas hojas se tocaron con una suave vibración -Contraigo, aquí y ahora, ante los dioses, el voto eterno de honrar a mi amado- "amada" en el caso de Eirik -Y procurarle felicidad y amor hasta que desciendan las Seis Manos y con Tres Sonrisas, los dioses nos recojan en su seno- terminados los votos, la piedra se cerró entorno a las armas, atrapándolas para siempre como un símbolo de unión eterna. Sobre la piedra, el sacerdote retiró un pañuelo, revelando los dos anillos.

-Lord Eirik, por favor- el sacerdote ofreció el anillo con un gesto de la mano. Eirik tomó el suyo, dorado y con una piedra obsidiana, para colocárselo gentilmente a Anneliesse en el dedo.

-Juro cuidar de ti, protegerte y mantenerte lejos de todo peligro, tanto o más como sé que puedo llegar a quererte- dijo con calidez y suavidad, mirándola a los ojos. Anneliesse fue la siguiente en tomar el anillo de Lynastis, plateado, y lo deslizó en el dedo de Eirik, fuerte y áspero como el de un guerrero.

-Juro cuidar de ti, protegerte y mantenerte lejos de todo peligro, tanto o más como sé que puedo llegar a quererte- repitió ella con la misma amabilidad, sonriente. Parecía mentira que una frase hecha y típica de boda que todos los novios recitaban como tradición, para ella, podía llegar a ser una futura realidad. Estaba deseando que así fuera, que no fuera una salvaje mentira cruel del destino. Rezaba a los dioses porque así fuera, porque Eirik fuera real. No pedía nada más a esas alturas.

-Sea pues- asintió el sacerdote sonriente y complacido -Ante vosotros, testigos: lores de los reinos y miembros del consejo, así como ante los dioses, declaro a esta pareja marido y mujer, ahora y por siempre. Que la gracia de las Tres Sonrisas caiga sobre vuestro futuro, mis señores- suspiró enormemente complacido y feliz -Podeis besaros- y dicho aquello, hombre y mujer se miraron. Annelisse enrojeció, nerviosa, mientras Eirik se inclinaba suave y lentamente hacia ella. La chica cerró los ojos como si fuese a dolerle y Eirik se detuvo. Le sostuvo el rostro un momento con dulzura, haciéndo que ella le mirara de forma repentina, sorprendida.

-No cierres los ojos así- masculló él con cariño -Déjate llevar- aquellos susurros eran como miel, mágicos. Sorprendida por esas palabras, apenas se percató de que los labios del hombre ya la estaban tocando. El beso era suave, cálido y ligeramente húmedo. Los labios de Eirik eran muy agradables, debía admitirlo. Tanto que hizo lo propio: dejarse llevar. Se apoyó sobre los hombros endurecidos y fornidos del hombre mientras cerraba los ojos con calma, sintiéndose segura, aliviada, haciendo del primer beso algo maravilloso. Eirik además de su rostro, la tomó por la cintura con firmeza. Sí, definitivamente se sentía segura. Empezaba a estar realmente convencida de que nada podía salir mal.

-Ya está- dijo Reginald aliviado, recolocándose las gafas junto a Sion.

-Sí. Aquí queda firmado el pacto- confirmó sin más el monarca de Ryudo -Es el principio de una nueva era- frunció el ceño mientras sus comisuras se curvaban de forma casi imperceptible por sus ligeras arrugas, pero cargado de malicia.

Comentarios