Aquella no fue la única noche en la que Kassad le contó historias a la chica. La banda avanzó en dirección hacia Romhal haciendo cada vez más altos en el camino debido a que el constante viaje cansaba más a los caballos y a ellos mismos, pues las raciones se iban acabando y debían repartirlas más y más a cada comida. Finalmente, llegó el momento en que tuvieron que pasar a la acción. 

Acordaron que aquel día pararían a la hora de la comida para pasar todo el día al completo en el bosque. Estaban relativamente cerca de su objetivo y era una zona bastante profunda dentro de la arboleda, por lo que sería un exceso de mala suerte toparse con alguna guarnición de Arunna. Para prolongar los víveres, algunos cazarían y otros podrían ir a buscar agua al río más cercano, pues según Gustav, el Brumalto no estaba lejos. Se podía ver fácilmente porque el area era a parte de más húmeda, más rica en hierba, arbustos y los árboles parecían más vivos. La tierra era más blanda y menos arenosa y seca. Por allí había vida, aunque fuera un poco. Romhal no era precisamente un lugar digno de vacaciones -Bueno, creo que aquí se estará bien- la zona en la que detuvo el caballo parecía estar pensada precisamente para esconderse. En ese lugar los árboles dibujaban un laberinto en una disposición perfectamente circular, pero sin alinearse. Era como un muro de troncos uno detrás de otro -Aquí seremos poco visibles y además nos ayudará a cazar ¿Qué me dices, Ren?-

-Que apagues un poco tu entusiasmo- comentó, soltando las riendas -Tú, baja- rodeó a Anneliesse con un brazo y como si pesara lo mismo que una pluma la alzó y la bajó de la montura. La chica se quedó atónita, mirándolo con extrañeza.

-¿C-cómo has hecho eso?- quiso saber.

-¿Cómo he hecho qué?- contestó él de mala gana, apeándose del animal y llevándolo con suavidad para amarrarlo a uno de los árboles.

-¿Nadie más ha visto lo que ha hecho?- le señaló.

-Ren no suele hacer nada- comentó Iona -No trates de ensalzarlo. No te ayudará a que le caigas mejor- se burló.

-No... Osea, es solo que me ha parecido...-

-¿Raro?- Gustav se acercó con las manos en las caderas -Venga, Anneliesse ¿Tan raro es que un hombre tenga fuerza?-

-A ver, si yo no digo que no- se rascó la cara, pensativa -Pero cogerme de esa manera...- casi sintió un extraño salto dentro del estómago al recordarlo. Sintió ese leve ardor que hacía tiempo que no notaba, pero no era lo único. Literalmente parecía que no pesaba nada. Fue como coger una pluma y descargarla. Si Ren podía tener esa fuerza... definitivamente, y sumando todo lo que le había visto hacer, estaba claro que debía de ser una clase de mago. Ese hombre era de todo menos normal.

-Cuando os canséis de cacarear, nos ponemos en marcha- gruñó el espadachín esperando a Gustav.

-Ah ¿Voy yo?- arqueó una ceja.

-Sí, tú. Coge la ballesta- ordenó. Anneliesse frunció el ceño. Será mentiroso.

-Bueno, el "jefe" me lo impone- suspiró, sacando de una de las bolsas de su caballo una hermosa ballesta brillante y despampanante. Era notoriamente nueva.

-¿Eso lo ha pagado mi secuestro?- se interesó la joven.

-Eh, que la idea fue mía. Tengo derecho a darme un capricho, encanto- le guiñó el ojo. Ann sonrió ligeramente. No le parecía mal, total. Ahora la riqueza del estado de Lynastis le pertenecía a Arunna... bien gastado estaba ese dinero si ahora la ayudaba, en forma de virotes y flechas, a poder comer junto a la banda.

-Pajarillo- llamó Iona.

-¿Es a mí?- Ann la miró, extrañada.

-Sí, tú. Aletea hasta aquí. Nos vamos a por agua. Coge un par de cantimploras. Kassad y Aiko se quedan vigilando- Anneliesse obedeció, no sin antes echar un vistazo a sus espaldas para ver a Gustav y a Ren perderse en las espesuras del bosque.

La pareja de cazadores prosiguió su camino en la intimidad, en silencio, como era de costumbre en compañía de Ren. Gustav no disfrutaba demasiado de estar a solas con él. Sí, le quería como a una especie de hermano pequeño y eran grandes amigos, pero no era un gran conversador. Cuando Ren se rodeaba de silencio y penumbra, se perdía en lugares de su mente a los que Gustav odiaba admitir que le tenía demasiado miedo. Sabiendo ciertas historisa del pasado del muchacho, sabía que el mayor de los abismos podía engullirle si daba un paso en falso rebuscando en su interior -Bueno- quiso cortar el hielo por fin -¿Qué buscamos hoy? Podemos esforzarnos y cazar un dragón. Hace eones que no como chuletas de wyvern- bromeó. Ren no soltó ni un solo comentario al respecto -Eres el alma de la fiesta ¿eh?-

-¿Cuánto tiempo se va a quedar?- preguntó sin mirar a Gustav, estudiando el bosque y los movimientos circundantes, buscando alguna presa.

-¿Eh? ¿Quién? ¿Anneliesse?- le sorprendió la pregunta -Bueno, la verdad es que no he pensado en ello- abrió los brazos con despreocupación -Ahora mismo lo que nos prima es comer algo y poder llegar a Romhal, estirar los pies, buscarle algo decente para vestir y, bueno, planear nuestros movimientos-

-¿Cuánto?- se detuvo Ren, mirándole esta vez -Contéstame-

-Te estoy diciendo que no he pensado cuanto tiempo...-

-Dos semanas- interrumpió -Como mucho- se puso en marcha de nuevo con diligencia, hacia la espesura.

-Eh... Creo que te estás equivocando, chaval- Gustav sonrió de manera poco habitual en él, irónico, con una mirada brillante y agresiva -Eh, tú- le calzó la mano en el hombro como una presa y lo obligó a girarse -Recuerda cómo hacemos las cosas aquí. No te equivoques- Ren miró la mano que le apretaba y luego volvió a mirar a Gustav, que le soltó -¿De qué vas?-

-¿A qué te refieres?-

-¿Cómo que a qué me refiero?- Gustav soltó un bufido de incomprensión -A mi no me vengas con juegos de esos tuyos tan misteriosos que solo tú entiendes. Eso déjalo para tus enemigos- aclaró -Nos llevas hasta ella para salvarla como si fueras un perro rastreador y ahora me pones una fecha límite para echarla ¿Tú eres tonto?- aquel insulto cogió a Ren desprevenido. Tanto que no pudo evitar sonreír. -Eso me gusta más- Gustav soltó una carcajada y le palmeó la espalda al muchacho -Mira, yo sé que odias a la nobleza. Sabes que yo también, pero sé flexible. Sé como el viejo tío Gustav. No todos tienen por qué ser víctimas de tu espada ni enemigos en tu vida. Anneliesse te ayudó a salvarnos. Le debemos la vida, amigo mío. No podemos dejarla en la estacada. No se lo merece- terminó de decir con cierta pena en la voz -Es muy joven y carece de esa  maldad que impregna las máscaras de todos cuantos he conocido. Esa chica tiene el corazón puro, Ren. Aún podemos evitar que se corrompa como todos los demás-

-La sangre corrompe- gruñó mientras seguían avanzando por el bosque -Es irremediable. Les pasa a todos. Lo has visto de sobra-

-¿Significa eso que tú también te corromperás?- Ren le miró con la velocidad del relámpago para encontrarse con que Gustav lo miraba desafiante -No, no. Conmigo no te hagas el especial, ya te lo he dicho. Esos aires de misterio los has aprendido de mí, chaval. Que no se te olvide. Tus juegos mentales no me afectan lo más mínimo, así que no me generalices. Si Anneliesse se corromperá por su sangre, tú te corromperás por la tuya-

-¿Y si lo hiciera?- Gustav había echado a andar pero Ren no. Se tuvo que detener para mirarle una vez más.

-Definitivamente, eres tonto. Anda, tira, que tenemos que comer-

-¿Y si lo hiciera, Gustav?- el líder de la banda soltó un profundo suspiro mirando al espadachín -¿Y si me vuelvo como ellos?-

-Te vi la cara...- Ren frunció el ceño mientras Gustav se rascaba la nuca y apretaba los labios -Te vi la cara, chaval. Cuando viste el periódico. Las noticias de la boda de Anneliesse. Ese apellido y ese nombre... uf. Cómo se te demacró el rostro, tío- Ren bajó la cabeza un tanto -Ahora ese tío ha desaparecido, esfumado- chasqueó los dedos -Dejando tirada a su recién estrenada esposa. Quizá hasta esté muerto y todo-

-No lo está. Lo sé. Lo sé muy bien- aclaró el mercenario acariciando la empuñadura de su katana -Le siento. Es como si se acercara lentamente a este lugar. Es una extraña sensación-

-Lo que te pasa, Ren, es que tienes hambre- se mofó Gustav -Venga, mueve el culo de una santa vez. Deja de perder el tiempo- esta vez se lo dijo con cierta tosquedad. Ren obedeció, pues no dejaba de tener razón. Tenían que conseguir algo para comer.

Avanzaron largo rato hasta que Gustav alzó una mano para señalar a un árbol. Ambos se agazaparon tras el ancho tronco del mismo -Ahí- señaló -¿Lo ves?- siguiendo la dirección que señalaba el líder, Ren vio a un enorme ciervo macho pastando no muy lejos de ellos, lo suficiente como para que no les hubiese oido todavía rondar por los alrededores -Es nuestro día de suerte- susurró -Es gigantesco, el cabronazo-

-¿A qué esperas? Venga- animó Ren. Gustav echó mano a uno de los virotes en el pequeño carcaj que llevaba al cinto y lo colocó lentamente sobre la ballesta. Luego tensó la cuerda hasta dejarlo cargado. Tristemente, el ligero chasquido del arma al cargar hizo que el ciervo alzara la cabeza, alertado -Espera, espera- dijo abriendo la palma de la mano ante su cara -Está alerta. No le vas a dar-

-¿Qué te juegas?- haciendo caso omiso, se asomó y apuntó.

-¡Espera!- masculló Ren. Gustav disparó. El virote voló pero el ciervo se movió. En lugar de alcanzarle de lleno en el cuello, fue a parar a la espesura. El animal salió huyendo velozmente, entre brincos y carreras de terror -¡Joder, Gustav!-

-Es listo, ese cabrón- se despreocupó -Venga, vamos tras él. No se nos puede escapar-

-Este es uno de esos ejemplos en los que deberías aprender a hacer caso- le señaló el espadachín -Iona parece una histérica pero tiene más razón que nunca cuando dice que no escuchas. Crees que puedes hacerlo todo y no es el caso- se quejó.

-¿Y ahora qué coño vienen esos aires, Ren?- Gustav realmente había perdido el sentido del humor. Serio, encaró al espadachín con aires de superioridad -¿Vas a seguir pagando conmigo esa frustración tuya? Creía que había quedado claro ya. Aprende a dejar de comerte la cabeza en esos mundos tuyos de silencios interminables- Ren gruñó -Te lo adelanto para que te vaya quedando claro ya: Anneliesse se queda hasta que yo lo diga. Y, además, no me des lecciones sobre caza. Te enseñé yo ¿Recuerdas?- Gustav se puso en marcha refunfuñando, soltando comentarios en baja voz, todos despectivos sobre Ren. Este le siguió en silencio, sin aportar nada a su interminable ristra de quejas.

Casi llevaban ya tres horas de cacería interminable cuando por fin terminaron de encontrar por fin a ese macho escurridizo. Olfeteaba graciosamente con su negro hocico las raices de un gran árbol. Ren y Gustav, de nuevo agazapados pero en distintos árboles, aguardaban el momento en que se quedase quieto para pasar a la acción. Esta vez el líder no echaba cuenta alguna a Ren, ni tan siquiera le miraba. Iba a actuar por su cuenta -Gustav- llamó Ren -Eh- susurró. Gustav le ignoraba, sacando un nuevo virote. Ren observó que el ciervo movía sus orejas mientras olfateaba. Estaba escuchándoles -¿Quieres escucharme o vas a tirar por tierra una gran presa por tu orgullo? Tengo una idea mejor. Más factible-

-No voy a volver a repetírtelo. No me des lecciones de caza, joder- colocó el virote en el arma y volvió a cargar -Venga, levanta la cabeza otra vez, precioso...- apuntó. El ciervo oyó el chasquido del arma de nuevo y volvió a alzar la cabeza, esta vez durante menos tiempo. Al haber sentido el peligro una vez, no volvería a relajarse como antes. Gustav disparó y el ciervo se movió. Finalmente, abatido, la criatura se desplomó con un sonoro estruendo sobre las ramas y la hierba -¡Sí, joder, bien!- celebró -¿Has visto eso, capullete?- sonrió -Deja de darme lecciones y...- se quedó en silencio al mirar a Ren. Este tenía una mano alzada y el puño cerrado suspendido en el aire -¿Qué...?- extrañado, Gustav miró el cadáver del ciervo. El virote se podía apreciar clavado en el árbol que este olfateaba con curiosidad, pero yacía muerto un metro más allá. Mientras volvía a mirar a Ren, su expresión de sorpresa se convirtió en una de exasperación y molestia -Hoy te has propuesto tocarme los huevos ¿eh?-

-O tú te has propuesto tocarlos- contravino Ren, mirándole con la misma molestia -Ibas a volver a fallar y sabes tan bien como yo que no lo ibamos a volver a encontrar si no acertabas- Gustav abrió la boca para debatir pero Ren se adelanto -¡Dilo!- rugió -Venga. Di alto y claro que no ibas a fallar- señaló al árbol -Mira dónde está el resultado de tu orgullo, perdido en el tronco de un árbol, fallido y sin encontrar a su presa- Gustav bajó la mirada y frunció los labios -No llevas la razón en todo, Gustav. Tus decisiones no son siempre las adecuadas aunque solamos tragar con ellas. Aprende a escucharnos a los demás, de vez en cuando-

-Tienes un enorme lío en la cabeza, Ren. No merece la pena escucharte- comenzó a caminar hacia el ciervo.

-No tengas la osadía de ignorarme, Gustav. Afronta tus errores y admite que puedes estar equivocándote con dar cobijo al pajarillo de forma indefinida-

-Al "pajarillo" como cariñosamente la llamas desde el secuestro la tengo más que controlada. Estará mejor con nosotros que por ahí sola. No voy a negarle la ayuda a quien nos salvó, ya te lo he dicho. Y tú deberías estar igualmente agradecido- comentó mientras se colgaba la ballesta del hombro con el cinturón y comenzaba a cargar el robusto ciervo sobre uno de sus hombros con sumo esfuerzo.

-¿Tengo que decirte a las claras que no quiero pasar el resto de mi vida al lado de la otra mitad del Ente?- dijo Ren por fin -Somos el objetivo perfecto. Lynastis ha caido pero si Ryudo se entera... No, cualquier casa noble lo descubriera, seremos asediados. Si caemos prisioneros de alguien como más de una vez ha sucedido, tendrá en sus manos las dos piezas claves para destruir o conquistar el mundo ¿¡Tan difícil es de entender!?-

-A ti no te preocupa que te encuentren de Zastra, Baekshi, Ravahta o Merran...- bufó -A ti es que te da miedo Ryudo, te da miedo tu familia. Madura de una puta vez ¿Quieres?- comentó con dificultad cargando con el ciervo, exasperado.

-Tus complejos de héroe no te llevarán a un buen destino, Gustav. Y menos aún a los que te rodean- sentenció Ren, malhumorado.

-Mejor complejo de héroe que de villano. Suelta al puto bicho de una vez; no para de gorgotearle la garganta y de crujirle los huesos. Es espeluznante- tras la advertencia de Gustav, Ren se percató de que tenía razón. El espadachín abrió la mano y anuló la magia macabra que había ejercido sobre el ciervo para romperle el cuello. Desde entonces no había dejado de apretar, sumido en un repentino rechazo y temor. Debía respirar, calmarse. No podía dejar que la angustia de sus pensamientos, de su pasado, volvieran a tomar posesión de él.

-Ren-

-¿Qué quieres?- preguntó de mala gana siguiendo a Gustav.

-¿Eh? ¿Qué dices?- el líder no podía girarse a mirarlo con el peso del ciervo sobre sus hombros.

-Me has llamado-

-Yo no te he llamado. Dioses, qué cruz. A ver si echas un polvo un día de estos. Te hace falta descargar- gruñó. Gustav estaba llegando al límite de su paciencia con Ren. Se llevaban bien en el fondo, se querían, pero sus personalidades chocaban demasiado en la intimidad.

-¿Que no me has...?- extrañado, el muchacho no pudo evitar abrir los ojos más de la cuenta. Juraría que...

-...Ren...- de nuevo, aquel susurro en el viento, aquella voz de ultratumba que parecía definitivamente no provenir de ningún lugar. El espadachín dio vueltas en círculos, buscando el origen de aquella voz. No había nadie. Absolutamente nadie. Gustav además se alejaba cada vez más y más.

-¿Qué demonios...?-

-Kyran...- aquel nombre, su nombre, casi le hizo tropezar. Un enorme miedo se apoderó de él. Hacía más de 15 años que nadie le llamaba así y le evocó el peor de los recuerdos y sentimientos. De por sí, había una sensación de opresión en su pecho que no parecía cesar. Llevaba todo el día así y seguramente fuera causa de su impaciencia con Gustav y sus exigencias malhumoradas sobre la compañía de la princesa en la banda. Además, ni siquiera era capaz de saber en qué momento decidió usar su magia para cazar ¿Por qué gastar fuerzas? No, ese era el detalle. No sentía el menor desgaste en haberlo hecho. También aquella forma en la que bajó a Anneliesse del caballo... El espadachín se miró las manos, los brazos, se miró a sí mismo. Era él mismo ¿no? ¿Por qué se sentía de pronto un extraño?

-¡Ren!- el mercenario se sobresaltó. Aquella vez sí era Gustav -¿Has terminado ya de mirarte la polla? ¡Échame una mano, joder!- exigió. No podía más con aquel dichoso ciervo. Ren salió de su trance y volvió a mirar a su alrededor. Realmente no había nadie ¿Se lo estaba imaginando? ¿Era el cansancio del viaje? ¿Quizá la falta de una buena alimentación? Quizá con reponer fuerzas bastaría... De momento, se limitó a regresar al campamento ayudando a Gustav con el ciervo.


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