Lo siguiente que ocurrió, sucedió demasiado deprisa.
Gustav apareció, cargando con esfuerzo el cuerpo de Edward, a quien todos reconocieron tras un corto vistazo. Al líder le temblaban las manos tanto como el mentón. Lloraba a mares, desconsolado, murmurando una y mil veces que no sabía cómo iba a afrontar aquello. Anneliesse, por su parte, se vio obligada a tomar aire mientras descendía por las escaleras. El olor a sangre hinundado sus pulmones le traían recuerdos demasiado amargos. Tanto, que por un momento se temió lo peor. Por suerte, consiguió controlarse. Tomó aire, se concienció y lo expulsó. Había matado a un hombre que la habría matado a ella. Lo había vuelto hacer porque... la vida parecía ser así. Intento aferrarse a la buena acción que había tras toda aquella masacre, a la libertad que había concedido a un pueblo gracias a aquel acto. O al menos, eso quiso pensar mientras se afanó por tomar las riendas de todos los caballos que había en el asentamiento, guiándoles hacia la salida sin saber cómo. Se distrajo. Quizá aquella era la clave. No darle vueltas. Dejarse llevar.
Una vez llegaron al pueblo, se encontraron con todos y cada uno de los habitantes expectantes. Aplaudieron y se fundieron en abrazos mientras contemplaban como todos habían vuelto de una pieza, porque eso sólo podía significar una cosa: Habían ganado. Algunos adultos comenzaron a dar instrucciones de que, deprisa, los zeritas fuesen ocupando los carros que ya estaban listos y preparados para comenzar la partida. Sin embargo, algunos se quedaron quietos. No pasó por alto, mucho menos para Claus y Ada, que Gustav llevaba a Edward de mala forma sobre el caballo. Anneliesse observó la escena desde lejos, dejando intimidad suficiente a los implicados. Gustav dejó el cuerpo del hombre sobre el suelo, a la par que la chica y el anciano se arrodillaban con horror para contemplar sus heridas. El líder de Nihilia explicó, tanto como su voz se lo permitía, lo que había ocurrido. Edward les había traicionado. Se había enfrentado a él justo después de haber rebelado los planes. Podrían haber caído por su culpa aquella noche, podrían haber fracasado... Gustav se derrumbó. Se llevó las manos a la cabeza, temblando. Ann se sintió terriblemente alterada por aquella expresión de dolor y angustia. El hombre no paraba de lamentarse de haber vuelto a fallar a Claus y Ada. Se disculpó por no haber podido detener a Edward. Se sintió avergonzado de, una vez más, haber matado a un zerita. Para sorpresa de él, Claus le abrazó. Le sostuvo entre sus brazos como a un niño pequeño que necesitaba consuelo, mientras que Ada, se limitó a llorar al joven.
Por desgracia, no hubo demasiado tiempo para más. Ante la posibilidad de que algún soldado hubiese escapado, o alguno regresara al campamento después de alguna ausencia motivada, tuvieron que marcharse. Los zeritas estaban nerviosos, histéricos, felices y aterrados, todo a la vez. Algunos gritaban con ánimo mientras montaban sobre los carros las cajas con alimentos. Otros, lo hacían asustados. Los niños lloraban porque no entendían lo que ocurrían, o porque perdían de vista a sus padres en mitad de la marea de personas. La banda intentó ayudarles, guiarles y agruparlos de forma ordenada. Para cuando pudieron cerciorarse de que todos estaban ya ocupando el interior de los carros o sobre una de las diversas monturas que habían robado, sólo quedó Claus apartado. Sostenía una antorcha, la cual arrojó al interior de la taberna. Las llamas no tardaron en devorar toda la estructura de madera. Cualquiera adivinaría que el mismo futuro le esperaban al resto de viviendas, a todo el pueblo, al cuerpo de Edward... Fue lo que Claus quiso hacer. Dejarlo todo atrás. Poner un fin a aquella vida, a aquella tortura. Un punto y a parte para volver a empezar.
Los ojos de Anneliesse se quedaron fijos observando las llamas. Ella no era la única que había necesitado algo así. No estaba sola.
----
La nieve les recibió tras dos días de intensa huida.
Los copos caían tranquilos, relajados, a través de la cordillera. A veces soplaba un viento que amenazaba con congelarles en mitad del camino, y otras veces, el sol brillaba con la suficiente intensidad como para que tuviesen la esperanza de que no fuera para tanto.
Los caballos tiraban de los carros con cierta dificultad. Las pendientes pronunciadas y la cantidad de personas que transportaban, hacía que de vez en cuando tuviesen que hacer un alto en el camino, o que muchos zeritas decidieran andar por sus propios pies. Dejaron que fuesen los niños, ancianos y personas con dificultades para caminar quienes ocuparan los carros, aunque de vez en cuando hacían ligeros cambios para poder descansar.
En aquel momento, Anneliesse y Vian descansaban sentados en el borde trasero de uno de los carros. Habían pasado los dos días cabalgando sin parar, y la chica sentía que se le iban a separar las piernas del todo. A Claus no le pareció mal que compartiera su carro durante un rato, y Vian la acompañó. Habían estado charlando de temas banales, tonterías absurdas sobre el viaje, ya que, entre tantas personas, era difícil contar con intimidad. Y quizá por ello, durante unos minutos, la chica se quedó callada, absorta en lo que observaba: en los pinos nevados, el camino que dejaban atrás, el paraje desolador de la pendiente, las nubes en un punto lejano...
—Perdona, no estaba ignorándote —sonrió. —Es que acabo de darme cuenta de que es la primera vez que veo la nieve —murmuró. —Hasta ahora, no me había podido detener a observar todo a mi al rededor. A disfrutar —añadió. —Ahora creo que por fin lo estoy haciendo.
—Entiendo. Debe ser una experiencia para ti ¿No? Después de... ya sabes —se limitó a decir. Claus estaba tras ellos, acompañado de una mujer y sus seis hijos. Era mejor no entrar en detalles.
—Pues sí. No sabría describírtelo. Es como... ¿Volver a nacer? ¿Nacer ahora? —bromeó. Se asombró de su capacidad de reírse de sí misma. ¿Desde cuando la tenía?
—Me alegro por ti un montón, Annie —dijo Kassad. Cabalgaba, y se había aproximado a la pareja. Tras él, Gustav hacia lo mismo. Los dos se habían dedicado a dar vueltas al rededor de la marcha, comprobando que todos estaban bien y que ninguno quedaba atrás. —¡Por fin un poco de tranquilidad! —se alegró.
Al oír aquella palabra, la mujer del carro comenzó a llorar. No entendieron por qué, de ahí a que Vian y Anneliesse se girasen y mirasen al interior, cubierto por una lona mal sujeta que daba intimidad al exterior. Claus se aproximó a la mujer, a la que le temblaban las manos. Sus hijos la miraban asustados, y el bebé que portaba entre las manos comenzó a llorar a pleno pulmón. —Tranquila, Elina. Sigue todo bien ¿De acuerdo? No te asustes —susurró Claus. El anciano no había descansado apenas, preocupándose por el bienestar de todos. Y si lo hacía, como en aquel momento, no podía evitar acompañar a quien más lo necesitaba. Anneliesse le admiró mientras acariciaba el brazo de la mujer, reconforándola. Sin embargo, su llanto no cesó y su bebé cada vez lloraba más, casi gruñía.
—¿Qué le pasa? —preguntó Ann. —¿Se encuentra bien?
—Está conmocionada. No es la única. Algunos siguen asustados o temen que nos encuentren —explicó Claus. —Pero no lo van a hacer, Elina. Cada vez estamos más cerca de la frontera. Tú y tus hijos seréis libres muy pronto. Tendrán un futuro, y tú también —insistió. Pero ella no se calmó. Desconsolada, se llevó las manos a la cara. —Ella... perdió a su compañero no hace mucho —esclareció Claus.
—Lo siento mucho —murmuró Ann. —¿Puedo hacer algo? ¿Traigo agua?
—¿Por qué no coges un rato al bebé? Elina necesita un momento ¿Verdad? —la mujer asintió, sin poder mirar a nadie a la cara. Ni si quiera se quejó cuando Claus tomó a la criatura en brazos y, agachado, se acercó y se la dio a Anneliesse.
La chica sintió que cargaba algo muy pesado. Algo terriblemente frágil y peligroso. Tragó saliva, terriblemente insegura al ver a aquel bebé tronar entre sus brazos. El niño lloraba y lloraba, de forma que Ann empezó a ponerse nerviosa. ¿Qué tenía hacer? ¿Cómo se callaba a un bebé? ¡¿Los bebés se callaban en algún momento?! La inercia la llevó a mover los brazos con suavidad, meciéndole. Nunca, jamás, había hecho algo así. Y se sorprendió al ver que su cuerpo reaccionaba sólo y que, de alguna manera, el cuerpo del bebé encajaba perfectamente con el suyo. Como si las mujeres y los bebés estuviesen diseñados el uno para el otro. —Ya está, ya está —susurró. —No pasa nada. Todo está bien —insistió. Por increíble que pareciera, el niño empezó a callar. Sacó sus manos de las mantas que le envolvían y se distrajo con la ropa de Ann, los botones de su chaleco y algunos cabellos castaños que caían por encima de sus hombros. Aún hacía pucheros, o lanzaba algún sollozo tímido y cargado de ternura, pero se calmó. Ante tamaña hazaña, la princesa sonrió, mirando a ese bebé que la miraba con ojos redondos y brillantes. Se sentía en paz.
Y cuando miró a Vian, contempló en el un rostro cargado de horror. Tenía los ojos rojizos y una mueca en los labios de dolor mientras la observaba. —¿Vian?— El hombre tragó saliva y miró al frente.
—Perdóname. Me he acordado de algo que ocurrió hace mucho.
—Debió ser horrible porque estabas... extraño —. Apenas conocía a Vian. Para ser sincera, ni si quiera entendía sus emociones. Pero esa miraba no era normal.
—Vaya, vaya, Annie. Se te dan fenomenal los niños —comentó bromista Kassad, con sonrisa bobalicona —Te quedan bien. Dicen que las mujeres se encaprichan con los bebés cuando sostienen a uno en brazos —Gustav adelantó la marcha hasta colocarse más cerca aún.
—Joder, Annie. ¿Quieres uno? —se sumó a la broma, moviendo las cejas de arriba abajo.
—Idos los dos a tomar por...
—¡¿Ibas a decir una palabrota?! —Gustav abrió los ojos con sorpresa. —¡¿Ibas a ensuciar tu boca sin que Aiko e Iona estén presentes?! —Anneliesse no pudo evitar empezar a reírse. Tenía razón. Iba a decir una palabrota. ¿Había dicho algún taco alguna vez en su vida? Si lo había hecho, no lo recordaba. —¡¿Pero a ti quien te ha enseñado a decir lo que ibas a decir?! Yo no te he educado para que ahora te conviertas en una niñata maleducada del tres al cuarto. —Cuanto más hablaba Gustav, más reía Anneliesse. Incluso la criaturita entre sus brazos soltaba pequeñas risotadas acordes a su corta edad, llevada por el sonido de la risa de Ann y los trotes entre sus brazos.
—¿A eso te dedicas, maleante? ¿A sugerirte y reírte de mujeres más jóvenes que tú? —Claus asomó la cabeza tras la lona. Mientras volvía a tomar al bebé, no paraba de mirar a Gustav. —Debería darte vergüenza, muchacho. Yo si que no te he eduqué para que fueras por ahí levantando faldas. Te eduqué para que trataras a las mujeres con respeto.
—Oye, que yo no he... que son bromas que... No me estás entendiendo —se apresuró Gustav a defenderse. La burla se borró de su boca.
—Que vergüenza, Gustav. Que vergüenza —terminó por decir, volviendo al interior del carro para devolverle a Elina su bebé.
—La has liado, Gustav —le pinchó Kassad.
—Yo no he liado nada. Este viejo no comprende qué son las bromas y cómo nos las tomamos en la banda. Yo soy educado con las mujeres. Mucho —. El silencio que se instauró duró poco. Todos se miraron y después, estalló las risas. Anneliesse incluso tuvo que doblarse y llevarse una mano al estómago de las carcajadas que soltaba. Se le saltaban las lágrimas sólo de ver la cara de estúpido que se le había quedado al líder mientras ella y Kassad echaban por tierra sus palabras con enormes carcajadas.
—Anda y que os den —gruñendo, se alejó del lugar. Anneliesse pudo imaginar que iba a buscar a Iona y Aiko para limpiar un poco su orgullo. Empezaba a conocerle lo suficiente como para saber que buscaría la forma de que alguna de las dos le alabaran o le lanzaran alguna buena palabra, suficiente para volver a venirse arriba.
Entre risa y carcajada, no fue consciente de lo bien que le sentó aquel momento. Desfogarse, sentirse bien y acompañada, olvidar los problemas, dejar a un lado los miedos. Afianzar su vínculo con la banda... Fue una sensación enormemente placentera. Algo que había necesitado durante demasiados años. Se aproximaban problemas, por supuesto. Tenían que llegar a la frontera, cruzarla y ayudar a toda aquella gente a alcanzar su ansiada segunda oportunidad. Pero unos minutos, tan sólo unos pocos minutos de risas fueron suficientes para curar su alma.
No se dio cuenta de que Vian seguía observándola de forma seria.
Comentarios
Publicar un comentario