Anneliesse pasó aproximadamente 24 horas durmiendo casi sin despertarse ni una sola vez. Tanto descansó, desfallecida por completo, que ni siquiera pudo notar el trayecto hacia la villa de Margeritt, cerca de la frontera con Roserun. La banda pagaron unas habitaciones y se fueron turnando para ir vigilando la de Anneliesse mientras el resto comía, vigilaba los alrededores por si aparecía alguien buscándola o cualquier otra cosa. Fue en el turno de Aiko cuando la chica pareció comenzar a abrir los ojos, lo que la hizo salir corriendo de la habitación y apresurarse a dar palmadas como una loca en la planta baja de la taberna, molestando a todo el local -Vamos- dijo Gustav a los demás, indicándoles que subieran antes que él -Disculpen, buenas gentes. La chica tiene problemas y, bueno, no puede hablar así que da palmadas. Cosas de mujeres- el resto de clientes lo ignoraron y por fin, pudo subir a la planta superior. Todos se agolparon en torno a la cama, rodeándola en una media luna, mientras la princesa desterrada miraba a todas partes con suma pesadez y lentitud. Sus ropas aún estaban empapadas en sangre. Les había costado sudor y lágrimas esconderla envuelta en una capa y que nadie lo viera para no ser acusados de algo extraño. No era raro, por tanto, que Iona estuviera cruzada de brazos y taladrando el suelo con taconeos insistentes, nerviosos. Tenía una ansiedad enorme agarrada al pecho y solo quería agarrar a Ren de la pechera y zarandearlo hasta que su cabello oscuro se volviese rubio de la fricción con el aire.
-Estupendo. Ya está despierta- dijo airada -¿Ahora qué?- Kassad la ignoró.
-Buenos días. O buenas noches, más bien. Has dormido mucho, princesa- Anneliesse intentó incorporarse, pero tenía el cuerpo resentido y entumecido -Con calma, con calma...- sugirió.
-¿Dónde...?- su voz era un hilo. Apenas distinguía a los miembros con claridad. Su visión estaba borrosa y amenazaba con volver a oscurecerse. Llevaba obviamente mucho tiempo sin comer ni beber nada, además. La boca la tenía reseca y los labios agrietados.
-Iré a por algo que pueda tomar, tiene mal aspecto- Gustav asintió mientras Kassad se marchaba a buscar algo para la chica. El líder se sentó lentamente al borde de la cama, junto a los pies cubiertos con la sábana de la chica.
-¿Qué ha ocurrido?- quiso saber mirándola con seriedad. Ella le devolvió la mirada, completamente perdida y vacía -¿Anneliesse? ¿Qué ha pasado? Contéstame- esperó de nuevo y siguió sin responder. Sus manos comenzaron a aferrarse a las sábanas, pero no decía palabra alguna -¿Te has dado un golpe en la cabeza o algo?- se desesperó.
-Déjala- gruñó Iona -Está claro que está en estado de shock. No va a decir nada. Esperemos a que Kassad traiga algo de comer, a ver si espabila- y dicho y hecho, se limitaron a esperar. El ravaht no tardó en llegar con una bandeja de madera con un cuenco y algo de pan. El dinero del secuestro ya lo habían entregado, de manera que volvían a estar casi sin una moneda encima y más después de haber pagado las habitaciones. Esta vez, una de más.
-Sopa y pan. No es la mejor comida, princesa, pero os satisfacerá, espero- le dejó la bandeja sobre el regazo con cuidado. El olor de la sopa, aunque sencilla, le llegó a la chica a la nariz como la garra feroz de una fiera. El estómago le rugió y ni la pesadez de su cuerpo le impidió echar mano al tazón y comenzar a sorberlo con avidez. Tuvo que detenerse debido a que quemaba, pues aún humeaba incluso, pero el hambre y la sed le podía -También hay agua, la sopa te dará sed- dicho aquello, Aiko acercó la jarra que había en la mesita de noche. Como si le faltara el aire, Anneliesse le echó mano y dio dos enormes tragos que sonaron dignos de un guerrero gigante bebiendo cerveza. Ingirió el agua y la sopa tan rápido que tuvo que detenerse a riesgo de vomitar. El pan tendría que esperar.
-¿Mejor?- Gustav se cruzó de brazos, resoplando.
-...Gracias- dijo por fin, suspirando con el corazón roto -...Lo siento- sollozó, arrugando las sábanas con las manos. Los hombros le temblaban tratando de contener el llanto.
-Las gracias dáselas a Ren- se quejó Gustav debido a que no recibía las respuestas que quería, sabiendo que le acaerrearía bronca con Iona -No sé como cojones supiste dónde estaba, chico-
-Intuición- dijo sin más, apoyado contra la pared.
-Los cojones- Gustav le miró con cierta sospecha -¿Viste al ejército, no? Eso nos dijiste-
-Arunna, sí- al oír ese nombre, Anneliesse alzó la cabeza como si fuera un resorte automático. Una mirada llena de rabia se le dibujó en el rostro, dirigida hacia Ren -¿Tienes algún problema, princesa?- dijo molesto por aquella mirada, dando un paso hacia la cama, provocativo.
-No me llames así- gruñó ella, mostrando fuerzas renovadas -No vuelvas a llamarme princesa- su fuego volvió a apagarse de pronto. Emocionalmente estaba destrozada -...Ya no tengo reino. Ya no... existe- se miró las manos -Dioses... Lynastis... no existe...- masculló, rota.
-¿Cómo que no existe?- se cuestionó Kassad -¿Ese ejército era realmente para un ataque?- Anneliesse asintió -Por todos los cielos...- el ravaht se llevó una mano a la boca. Los demás se miraron entre sí, pensativos.
-Cojonudo- exclamó Iona finalmente en el silencio -Sencillamente cojonudo. Mírame, niña- la tomó de la barbilla, inclinándose sobre la cama. La obligó a mirarle a los ojos -¿Eres una fugitiva para los Arunna? ¿Te están buscando?-
-Es posible...- musitó ella. Iona la soltó con malas formas, empujándola hacia la almohada.
-¡Mierda, Gustav!- le rugió al hombre, que apartó la mirada con una mueca de aburrimiento y hastío -¿Qué puta afición estamos desarrollando por meternos en líos de faldas con los líderes de este continente, eh?- luego la miró a ella de nuevo -¿Quién dirigió el ataque? ¿Rorik Manoplata? ¿Sigurd el Tuerto?- mencionaba a distintos capitanes de Arunna que ella conocía -No me digas que fue Brunhilda- Brunhilda era la comandante de las fuerzas de Tilka Svartal, una guerrero norteña legendaria que pasaría a los anales de la historia. Desgraciadamente para cualquiera, seguía viva y de servicio. Anneliesse negó con la cabeza. Iona pareció relajarse, pero le duró poco.
-Fue Hardum Svartal...- hasta Gustav se puso en pie.
-¿Me estás diciendo que el grandote de las barbas está aquí, en Lynastis, y ha atacado la ciudad?- la chica asintió -Me cago en la puta de oros- se llevó la mano a la barba, igual que Kassad. Eso era mucho decir.
-Como si no demostró lo problemático que podía ser en Ravahta...- se lamentó Kassad -¿Qué hacemos? Está en su punto de mira-
-¿¡Ella!? ¡Piensa en nosotros, gilipollas! Somos nosotros los que no debemos estar en su punto de mira. A ella le pueden dar bien fuerte por el...-
-¡Iona, por favor!- clamó Kassad, de sorpresa -Habla con respeto. Es la princesa-
-He dicho que no soy princesa. Ya no...- suspiró.
-¿Ni siquiera de Ryudo?- aquellas palabras cayeron como un gélido iceberg sobre la habitación. Todos miraron a Ren, incluso Ann. Los ojos de la chica se apagaron como ascuas cayendo a un profundo mar oscuro y en calma, inquietante -Te casaste con el heredero ¿No eres la princesa de Ryudo? ¿No tienes un hogar allí? ¿Dónde cojones está?-
-Se fue...- no añadió nada más. Su voz sonaba especialmente inestable. Era aguda, como cuando el agua estaba a punto de hervir -Se fue...- repitió -Se fue... S-se fue...- el ambiente se enrareció. Por un momento todos sintieron verdaderamente un frío físico helándole la piel. Gustav miró a Ren en busca de información y éste le devolvió la mirada, asintiendo. Entre ellos se entendían.
-Vale, vale. Se fue, no pasa nada- Gustav se sentó junto a ella con cierta prisa y le puso la mano en el hombro -Ya está. Lo entendemos- Ann respiró hondo y la habitación recuperó el color y el ambiente cálido de antes. El líder de la banda bufó pesadamente. Odiaba esas situaciones de peligro extremo -¿Qué hay de tu padre?- Ann negó con la cabeza lentamente -Joder... ¿Y tu mago?- volvió a negar. Gustav chasqueó la lengua-¿Y el imbécil de las barbas? Hardum ¿Te vio huir? ¿Te ha podido seguir?-
-Está muerto- dijo con seriedad, dejando atrás por un momento la tristeza y el abatimiento. La banda se sorprendió -Yo le maté- declaró -Yo le maté. Yo...- se llevó una mano a la cabeza -Yo...- un torrente de imágenes incesantes se le agolparon en la mente. No solo Hardum. No, no solo fue Hardum. Mató a varios. Mató a decenas de soldados. Había asesinado y destrozado decenas de cuerpos vivos, de seres humanos, a la hora de huir.
-Ann... está bien- Kassad se arrodilló junto a la cama y gentilmente posó su mano sobre la de ella. La chica tuvo el reflejo de querer apartarla pero... se quedó quieta. Kassad no le estaba agarrando, apenas estaba dejando la mano caer. Era un ligero roce, un gesto de cercanía y buena voluntad -Hasta las personas buenas a veces debemos... hacer lo correcto dentro de lo incorrecto- sonrió con amabilidad -No te tortures por ello. Al final... te acostumbras- mientras Iona daba vueltas por la habitación.
-Gustav- lo llamó -Eh, imbécil- chasqueó los dedos hasta que por fin la miró -¿Puedes ver el percal, no? ¿O te hago un croquis?- se relamió los labios, nerviosa -Que ha matado al puto heredero de Tilka Svartal- la señaló -Y nosotros vamos de amiguitos del alma y la recojemos, la traemos a Margerit y le alquilamos una cama, le pagamos comida y oimos su relato ¿Y ahora qué?- dejó caer los brazos tan pesadamente que se palmeó los muslos -Nos van a descuartizar y darnos de comer a los dragones de mar, capullo. Te he dicho mil veces que no te involucres con nadie ¡Lo primero es salvar nuestros culos, dioses!-
-¿Te quieres calmar?- Gustav estaba harto de oirla lloriquear -No deja de ser la famosa princesa encerrada. La mitad del reino cree que nisiquiera existe. Nadie la reconocerá-
-No me valen tus intentos futiles de quitarle peso al asunto, Gustav. Es Anneliesse, la reconozcan o no. Es ella, ha huido y ha matado a Hardum Svartal. Tilka va a remover cielo y tierra para dar con ella y nos van a ver a su lado ¡Debe haber tropas de Arunna peinando toda la región, joder!-
-Pues nos iremos- concluyó, poniéndose en pie.
-¡¿Cómo!? ¡Y te quedas tan ancho!- la mercenaria no daba crédito -Ren, joder, di algo. Eres el enemigo número uno de la nobleza ¿Te parece bien?- el espadachín la miró, luego miró a Gustav y finalmente a la chica en la cama.
-Asesina de Hardum o no, desterrada de su palacio o no, para mi es una noble igualmente. Tiene sangre noble, nació noble y ha vivido como una noble hasta hace poco- Anneliesse le miró -Para mí no cambia nada, mujer. Te detesto igual que te destestaba hace semanas, nada cambia para mí. Nuestra tregua terminó cuando volviste a palacio- Ren frunció el ceño -Pero te sigo debiendo la vida de mis compañeros- Gustav y Kassad sonrieron al igual que Aiko. Iona fue la que bufó -No contrariaré a Gustav si quiere salvarte el culo, pero tampoco cargaré contigo. Solo dame un motivo y desenvainaré mi arma-
-Decidido entonces- Gustav dio una palmada y se frotó las manos -Comencemos con lo basico: ropa. Kassad- le señaló -Trae una camisa de las tuyas. Iona préstale un pantalón y unas botas- luego señaló a Ren.
-No- dijo el espadachín antes de que Gustav llegase a hablar.
-No seas antipático. Ya que la aceptas en el grupo, colabora una vez más-
-Ya colaboro suficiente dejándola vivir con nosotros- se quejó.
-Ren, deja de comportarte como un niño pequeño ¿Quieres? Ya tengo a Iona para eso-
-Gilipollas- gruñó ella.
-¿Ves?- puso cara de pena -Por favor, hazmelo fácil. Por los años de hermandad que nos unen- Ren terminó bufando malhumorado y Gustav comprendió que eso era un sí. Sonrió complacido -Una chaqueta de esas de tus kimonos servirán. Es para que no pase frío-
-Estaría más abrigada con tu chaqueta, es de piel y lana- señaló Ren.
-Pero solo tengo una ¿Quieres verme los pezones erectos?- comentó sugerente. Nadie tuvo nada que decir respecto a ello, por lo que marcharon a por las prendas que Gustav pidió. Anneliesse miró a Aiko y ésta le devolvió la mirada, frunció los labios y se encogió de hombros. Así era la vida en la banda.
Cuando regresaron, dejaron las prendas sobre la cama. Ann las miró con cierta indiferencia, pues no se iba a cambiar delante de todos -Ese camisón está fatal, Anneliesse- dijo Kassad -Debes cambiarte ¿De acuerdo? Pero ya mañana, si quieres. Ahora mismo es de noche y debemos dormir. Supongo que tú ya has tenido bastante pero nosotros hemos estado casi un día entero velando por ti-
-No quiero ser una carga...-
-No lo eres- sonrió Kassad.
-No quiero ser una carga...- repitió -...pero por favor... no me dejéis sola- aquellas palabras dejaron en silencio a la banda -Dejadme ir con vosotros a donde sea que vayáis-
-Ese es el plan- dijo Kassad -Por eso Gustav estaba diciendo que...-
-A donde sea- hablaba sola, consigo misma -No me queda nada- miró a Ren, de entre todos -Por favor- Ren pretendía no entender por qué le miraba a él, pero la respuesta era obvia. Se estaba rebajando a suplicarle que le tuviera paciencia, al menos un poco, que le permitiera viajar con ellos de corazón y no porque se lo imponían. El resto de la banda siguió la mirada de la chica hacia un Ren que se cruzaba de brazos y bufaba con fuerza.
-Está bien. Deja de gimotear. Descansa por hoy- dijo sin mirarla, pero se podía percibir piedad en su tono de voz, cansado en parte de verla tan débil.
-¿Y bien?- Iona se cruzó de brazos -¿Qué hacemos entonces? Nos tenemos que ir ¿Pero a dónde? Arunna está descartado y en Ravahta... dudo que nos reciban con los brazos abiertos. Lo siento, niña, pero es así- dijo mirando a Anneliesse -Mucha promesa con los Rajash y acaban casándote con los Gelhart. Hay que estar mal de la cabeza para provocar de esa manera a tus propios vasallos- Gustav asintió.
-Pues sí. Pero bueno, tú misma lo has dicho Iona. Solo nos queda un destino al que ir: Romhal-
-¿Romhal?- Ren casi escupía una carcajada -¿Y qué haremos allí? Esa tierra infértil llena de raritos de bolsillos vacíos no nos beneficia en absoluto. Pocas veces pasamos por allí. Y más aún con el tema de la secta-
-Ah, sí, la secta...- Gustav se mesó la barba -Qué gran idea Ren- el espadachín entornó los ojos, extrañado. Gustav sonrió de forma brillante -¿A quién le apetece jugar a los detectives y desmantelar a un grupo de locos que realizan sacrificios humanos?- el destino estaba sellado.
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