El paseo de la pareja no duró mucho más debido al inesperado shock emocional que sufrió Anneliesse, lo que le impidió continuar fingiendo que todo iba bien y que el enlace iba a ser algo natural. Eirik tampoco era de los que son estúpidos y fue él quien finalmente decidió dar por concluido el encuentro y se pusieron en marcha de nuevo hacia el interior de palacio. La chica caminaba con cierta dificultad, más por el aparente peso del traje que por el hecho de no estar centrada. Avanzaba cabizbaja, perdida en pensamientos, con los ojos un poco más abiertos de lo habitual. Eirik, por su parte, se mantenía callado a su lado, sosteniéndola del brazo como gesto de caballerosidad, mientras aprovechaba para disparar velocísimos vistazos aquí y allá. No pasó desapercibido que había ciertos ojos que parecían no hacerles caso, soldados que caminaban de un lado a otro, que patrullaban en pareja o solitario, pero... ¿Era casualidad que cada vez que miraba hacia alguna dirección hubiera algún soldado? El heredero de Ryudo era lo bastante perspicaz para caer en cuenta de que estaban siendo obsesivamente vigilados ¿Era natural por Anneliesse o era una orden del Rey o del Aegis para vigilarle a él por si tenía alguna extraña intención con la princesa? No sabía encontrar una afirmación concreta a esa pregunta y tampoco consideró que fuera un buen momento para preguntar a la princesa. Y por fortuna, porque cuando decidió no preguntar, el Aegis se materializó ante la pareja como si fuese un espejismo, con solo pestañear -¡Dioses!- dijo Eirik, sorprendido. Anneliesse se detuvo al instante junto al invitado, frunciendo el ceño con enormidad.

-¿Estás bien, Ann?- preguntó el hechicero ignorando por completo el susto del Gelhart.

-¿Yo...?- la chica hablaba con distracción. Sentía cómo se le anudaba la lengua al intentar hablar. Tantas cosas que deseaba decir y no sabía como... -S-sí. Estoy bien- le costó mucho volver a fingir ¿Pero no era eso ya su día a día?

-Menudo susto- añadió Eirik -Antes estabais en la puerta pero no tuve ocasión de presentarme como es debido. Soy Eirik Gelhart- asintió.

-Disculpadme, príncipe Gelhart, pero mucho me temo que me insultáis presentandoos de esa forma- observó Nero con fingida sorpresa -Como Aegis Real, obviamente sé quién sois-

-Ah- Eirik soltó una risilla afable -Disculpadme, pues- se llevó una mano a la nuca -Solo quiero ser amable y considerado por ser el invitado-

-Y se os agradece enormemente. Mi nombre es Nero- inclinó la cabeza -Al servicio del Rey y su alteza,  la princesa Anneliesse. Vos, príncipe Eirik, podéis contar conmigo para lo que deseeis-

-Pues si no es mucha molestia, quisiera que no me llamarais "príncipe"- sugirio, agitando los dedos de una mano para restar peso a sus palabras y que no sonaran críticas -En Ryudo no tenemos un sistema monárquico per sé-

-Ah ¿No?- Nero arqueó la ceja visiblemente interesado -Tenía entendido que sí-

-Así fue hace unos años. Han cambiado cosas desde entonces-

-Interesante. Como Aegis, me gusta estar al día de todos los cambios que ocurren en nuestras tierras vasallas así como en el reino vecino- asintió.

-¿Vecino? Querréis decir enemigo- Eirik afiló la mirada.

-Pero ahora, vecino ¿O no cambiará eso con el matrimonio?- Nero respondió con la misma mirada. Eirik sonrió visiblemente divertido.

-Claro, pero no a vecino, amigo mío. Seremos reinos hermanos. Una gran familia- corrigió.

-Es cierto, es cierto- sonrió Nero con tensión -Culpa mía-

-Culpa de la historia, mi buen Aegis, no vuestra- volvió a corregir Eirik -Es curioso pero me resultáis familiar ¿Habéis estado en Ryudo alguna vez?-

-En absoluto- negó Nero -Siempre he permanecido cerca de Lynastis y durante 26 largos y felices años he estado únicamente al servicio de la princesa y su majestad- cruzó las manos tras la espalda.

-Parecéis un hombre recto y fiel. Es difícil hallar súbditos tan entregados hoy día-

-Seguramente no habrá en todo el continente, ni en el mundo, alguien más fiel y leal que yo- Nero dijo lo que Eirik esperaba. Anneliesse soltó un sonoro bufido y se separó de mala gana del heredero Gelhart.  -¿Ann?-

-Vuelvo a mis aposentos durante un rato. No me encuentro muy bien- afirmó ella, marchándose sin despedirse.

-¿Ann? Espera- Nero hizo el intento de seguirla pero la princesa caminaba con rapidez. Eirik sonreía lleno de malicia a espaldas del Aegis, pero borró esa expresión cuando el mago se volvió hacia él -¿Qué le has hecho?-

-¿Yo? Nada- se encogió de hombros el Gelhart, sorprendido -¿Y por qué me tuteas? No recuerdo haberte dado permiso. Siento decirlo de esta manera pero hemos de mantener unos límites en el trato. No soy un cualquiera- explicó con cierto tono de severidad en la voz, como si le regañara.

-Ya- afirmó Nero con seguridad -Sin duda no sois ningún cualquiera-

 

El tiempo pasó aquel día sin que Anneliesse volviera a dejarse ver ni un solo instante desde que entró en su habitación. Ni tan siquiera emitió ruido alguno en la misma, cosa que preocupaba a los hechiceros de la Legión que custodiaban su puerta. Por mucho que llamaban y preguntaban por ella, no obtenían respuesta, pero tampoco tenían permitido entrar a no ser que la oyeran gritar o ella pidiera algún tipo de ayuda. No fue hasta la noche, cuando los hechiceros llamaron a la puerta para avisar de que se la esperaba en el gran comedor para la cena con los Gelhart, que por fin salió de sus aposentos.

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Los guardias de la Legión no esperaron que la puerta se abriera con tanta prontitud en cuanto terminaron de hablar. La princesa se dejó ver una vez las puertas se abrieron, engalanada como si hubiese estado esperando el momento toda la tarde. El vestido color champan con tul oscuro y bordados dorados le lucía como un guante a la chica, al punto de que los hechiceros no pudieron evitar recorrerla con la mirada con una obligada parada en el escote, algo más pronunciado, debido al corset. Anneliesse se dio cuenta de aquellas sorprendidas y ligeramente lascivas miradas, pero las obvió. Su mente estaba más allá, ya en el comedor, donde le aguardaban no los Gelhart, sino las respuestas que ansiaba durante toda la tarde. La chica comenzó a caminar con las manos cruzadas ante su regazo, dejando el vestido volar ligeramente a su alrededor, así como su cabello. La luz de una princesa, la belleza de una reina pero la diligencia de una guerrera y la mirada de una bestia sedienta de sangre hizo que los guardias ni tan siquiera se pronunciaran para desearle una buena noche mientras la silueta de Anneliesse se perdía por los pasillos de palacio rumbo al gran comedor. Solo quedó silencio y expectación, sorpresa por su apariencia, admiración por su belleza y un absoluto terror por el aura que ella arrastraba tras de sí. Más aterradora, cabía decir, que los propios Gelhart.

-

Las puertas del gran comedor se abrieron para ella, que como de costumbre, llegaba un poco más tarde que los demás. Nunca se le reprochaba debido a que sus atavíos no eran en absoluto tan fáciles de poner como los de los hombres y, por lo general, siempre merecía la pena la espera. Aquella noche no fue diferente, puesto que dejó sin palabras incluso a su padre, que no recordaba haberla visto con aquel vestido puesto ni tan siquiera cuando se lo encargó. Todos admitían que estaba despampanante, aunque Nero y Reginald hubiesen preferido, quizá, que no hubiese lucido tal escote en una cena tan importante y tensa. No había necesidad. Ya estaba prometida y no había vuelta atrás.

Todos se pusieron en pie mientras ella caminaba hacia su asiento, colocado estratégicamente junto a Eirik en la grandiosa mesa, repleta de delicias, de las más caras de Lynastis. Se sentaron por igual a la vez que un miembro del servicio acercaba la silla de la princesa para que esta se sentara en la mesa. Reginald fue el primero en coger la servilleta y pasársela por los labios a pesar de que no había comido nada, fruto de los nervios mayormente -Podemos empezar- dijo el rey.

-Estás preciosa, princesa- comentó Eirik con visible agrado y poco interés en disimular su atracción por el escote de la chica.

-Gracias- dijo ella, sin más, echando mano a una copa de vino. Aquello llamó la atención de su padre y Nero, que se miraron entre sí.

-He de decir que estoy enormemente complacido por esta unión- comenzó a decir Sion, probando bocado de la carne. Hablaba como un ser sin emociones. Nadie diría que estaba complacido dado su tono y su faz grisacea y cruel. Sus ojos claros no se fijaban en nadie en concreto, sino que se perdían en la inmensidad de sus pensamientos -Al parecer no solo conseguimos un trato favorable en equidad, sino que mi hijo gana a una mujer resplandeciente y arrebatadora-

-Brindo por ello- comentó alegre Caleb, que comía como si no hubiese probado nunca semejante banquete -Y por la comida, está deliciosa-

-No tanto como Anneliesse- anotó Eirik con una risilla, incomodando al rey y a su hechicero.

-Creo que sería conveniente- carraspeó el rey, mordiendo el anzuelo -comenzar a explicar los términos que hemos acordado-

-¿Términos?- Anneliesse alzó la cabeza del plato, pues había estado ignorando cada palabra hasta ese momento.

-Claro, términos- insistió el rey. Este chasqueó los dedos y un miembro del servicio allí presente depositó un libro de una confección elegante y señorial sobre la mesa, lejos de la comida, pero que presidía el banquete. Era difícil leer lo que ponía debido a la longitud de la mesa, pero sería narrado por el monarca -Durante la reunión de esta tarde, Lord Sion y yo hemos confeccionado el acuerdo definitivo que arranca con la boda. Hemos acordado, en primera instancia, que Eirik Gelhart permanecerá en Lynastis como residencia permanente a partir de que se contraigan las nupcias, como futuro rey consorte de esta gloriosa nación nuestra- el heredero Gelhart asintió con entusiasmo, clavando los codos en la mesa con expectación y cruzando las manos.

-Tendréis hijos- continuó Sion -Y esos hijos portarán ambos apellidos, sin excepción-

-¿Ambos?- Nero se sorprendió -Disculpadme ¿Pero desde cuando se lleva a cabo semejante acto? ¿No es confuso?-

-Nero- el rey lo hizo callar con un gesto -No tienes la palabra- condenó -Pero ya que lo mencionas, no, no es lo habitual. Pero por otra parte tampoco es habitual que dos casas reales contraigan unión por matrimonio y ningún apellido puede prevalecer sobre el otro, por el bien de ambos reinos- Sion asintió ante las palabras de Reginald. Nero bajó la cabeza, pensativo.

-¿Puedo proseguir o el Aegis volverá a interrumpirme con preguntas estúpidas que debería ser capaz de responder por sí mismo mediante una lógica medida y silenciosa?- quiso saber entonces el Gelhart, atrayendo una furibunda mirada del Aegis por un instante. Obviamente, no la pasó por alto. Ante el silencio general, prosiguió -Sobre el tema de los apellidos, cabe matizar que el orden no será de vital importancia. Si el primer apellido es Carster, el nombre será de Ryudo y viceversa. Espero que os quede claro a los dos para cuando llegue el momento- Eirik asintió. Anneliesse escuchaba helada.

-Mientras Lord Sion pueda ocuparse de Ryudo, ambos dos debéis visitar Ryudo al menos tres veces al año. Cuando el monarca no pueda ejercer sus actividades como rey, debeis dividir vuestra estadía entre ambos reinos de mes a mes- continuaba narrando Reginald.

-¿Mes a mes...?- Anneliesse no daba crédito -Eso es...- una locura, iba a decir. Un estres y agobio constante, quisiera haber añadido, pero Sion no lo permitió.

-Necesario- concluyó el Gelhart en lugar de la princesa -Dad gracias de que no hemos acordado derribar los palacios y haber construido uno nuevo en la frontera- gruñó.

-Algo que Sion Gelhart propuso- Reginald rio nervioso, bebiendo vino para calmar su temple. No quería admitir que Sion le imponía profundamente y le causaba un gigantesco pavor el tenerlo cenando en frente.

-¿Algo más?- quiso saber Eirik.

-En caso de fallecimiento, la linea sucesoria seguirá como está prevista, por rama familiar- dijo Reginald de pronto, haciendo que Anneliesse se atragantara ¿¡En serio estaban pensando en fallecimientos!? Y obviamente, Reginald hablaba porque lo que le preocupaba era Anneliesse por Lynastis y el Ente, no por los Gelhart.

-¿El reinado pasaría a Ravahta, majestad? ¿Es lo que decís?- preguntó el futuro esposo de su hija.

-Así es- asintió.

-Reginald considera que es injusto y peligroso para la integridad de Oriest que nosotros pudieramos heredar el reino por el simple hecho de casaros- comentó Sion, reclinado sobre la silla y con las manos entrelazadas sobre la mesa -A parte de inestabilidad, seguramente nos echaría las sospechas de que nosotros habríamos tramado la muerte para asegurarnos la conquista del reino de Lynastis. Dado además el caso de que la princesa contiene la mitad de la Entidad, es mejor así-

-Supongo que no hay problema con ello ¿No, Eirik?- preguntó Reginald con maldad.

-En absoluto, majestad. Me parece más que adecuado- Eirik asintió con sumo agrado, convenciendo al rey.

-La boda será dentro de una semana- dicho aquello por Sion, todos los cubiertos se detuvieron en la mesa. Anneliesse sobre todo, pues hasta se echó a temblar.

-¿Una... semana...?- miró a su padre -Es... es muy precipitado-

-Es demasiado tarde- inquirió Sion con dureza -Debo volver a Ryudo y no puedo perder el tiempo con más preparativos. Una semana, de por sí, es tarde. Si de mi dependiera, mañana mismo contraeríais los votos-

-¡Es precipitado! ¿Y si Eirik y yo no congeniamos?- quiso saber la chica, desesperada. Demasiadas cosas en un solo día.

-¿Quién ha dicho que debéis congeniar, mujer? Esto no va de amor, va de política y deberes como casa real- Sion golpeó la mesa con la mano, cuan grande era. Todos los platos, vasos y cubiertos vibraron con fuerza. Luego la señaló con el dedo -Mucho me temo que Reginald ha sido muy blando contigo para que tengas el descaro de replicar a nuestra decisión. Pronto comprenderás que no es inteligente hacer tal cosa-

-Sugiero, Lord Sion, que no acuseis a mi hija ante mi presencia de ese modo y mucho menos pongáis en entredicho mi tutelaje sobre ella, así como su educación- intervino Reginald con visible temor en la voz, pero su deber le hacía actuar. Ambos monarcas se miraron con tensión, lo cual hacía ver a los presentes que la reunión no debía de haber sido fácil  y los términos no terminaban de ser verdaderamente del agrado de ambos, pero era un tira y afloja que pudieron firmar.

-Hago un llamamiento a la calma- dijo Eirik, de pronto -En lo personal, me resulta agradable que Anneliesse se preocupe por nuestra relación. Si nace la chispa, todo será más fácil-

-Las chispas solo causan incendios- reflexionó Sion -Mantente frío, hijo. Que dos tersos pechos no sean suficiente para quebrar tu espíritu- Reginald se atragantó al dar otro sorbo nervioso.

-Lo cual me recuerda- gruñó -Eirik, no te acercarás a la habitación de Anneliesse ni estaréis a solas en ningún lugar cerrado hasta después de la boda- la princesa miró a su padre, sorprendida.

-¿Qué...?-

-¿Dónde está la sorpresa, Ann? ¿Acaso esperabas visita de Eirik antes de la noche de bodas?- aquella acusación fue la gota que colmó el vaso. Ni Nero ni Eirik pasaron por alto el detalle de cómo Ann estaba destrozando la servilleta de tanto que la destrozaba y arrugaba en su mano de tanto apretarla, nerviosa

-¿Es una acusación?- preguntó la chica con enorme calma que precedía a la tempestad.

-Depende de ti que lo sea. Esa intervención dudosa ha estado fuera de todo lugar- Reginald se puso en pie -Podéis terminar de cenar sin mí. Si queréis aseguraros de que todo lo nombrado es cierto, podéis leer el libro y comprobar las firmas. Yo, simplemente, no tengo un gran apetito. Por favor, disfrutad del banquete- el rey se marchó, seguido por Nero, que se despidió con una simple inclinación de cabeza. Ann los seguía con la mirada, desesperada.

-¿A qué esperas?- la voz de Eirik la sobresaltó. El hombre la estaba mirando con la copa de vino suavemente posada sobre sus labios, lo que hacía que su voz sonara ahuecada debido al cristal -Estás deseando ir detrás, se te nota- le guiñó el ojo -No nos vamos a ofender. Estoy seguro de que necesitas hablar de algo a solas y este es el mejor momento- aquellas palabras de ánimo fue lo único que necesitó Anneliesse para no tener que pensárselo dos veces. Sabiendo que no causaría problemas su marcha, se puso en pie y caminó veloz tras su padre, dejando atrás el decoro que mostró al llegar.

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-¿Por qué?- no gritó, pero el tono de Anneliesse fue lo bastante grande para que el eco de su voz recorriera el pasillo y tanto el rey como el aegis se detuvieran, mirando atrás sorprendidos. Ann avanzó con paso acelerado, incluso amenazante, hacia ellos. Sus ojos empañados y llenos de lágrimas suplicaban una explicación lógica -¿Por qué me habéis mentido durante todos estos años?- el rey y el hechicero se miraron sin comprender.

-¿A qué te refieres, Ann...?- Nero extendió una mano para tomarla del hombro, pero la chica se la apartó de un revés que causó un cierto escozor al aegis.

-¿Por qué me habéis tenido encerrada durante 26 años eternos e insufribles?- apretaba los puños -¿Por qué me habéis dicho que la otra mitad vivía el mismo infierno cuando no es verdad?- no tenía ni siquiera fuerzas para enfurecerse. Estaba destrozada, derrumbada. Reginald suspiró de un modo largo y pausado.

-¿Quién te ha dicho eso?- preguntó con seriedad.

-¿Qué importa quién me lo diga, padre...? No se trata de preguntarme, se trata de responder. Os toca a vosotros, por una vez, dar las explicaciones. He estado aquí secuestrada por mi propio padre, ayudado por el aegis, al que consideraba mi mejor amigo porque no he tenido ninguno más en toda mi vida- no iba a llorar, se negaba a llorar. No iba a mostrarles más debilidad de lo que ya estaba haciendo -Y todo, todo ese tiempo, lo he pasado encerrada porque os ha dado la gana. No era necesario, no era vital como siempre me deciais. Que era por mi bien, o por el reino... ¿Y ahora resulta que la otra parte del Ente anda por ahí, haciendo su vida, y resulta que Ryudo o Occest en general no ha estallado? ¿Entonces qué sentido tiene que yo sí...?-

-Ann...- Nero no sabía por donde empezar -Deberiamos descansar. Es un día lleno de emociones y quizá, mañana, podamos hablarlo de forma mas...-

-¿Civilizada? ¿Cuando no esté histérica? Es siempre lo mismo. Si me enfado, me pedís que lo hablemos más tarde. Si hago más preguntas de la cuenta, me decís que estáis ocupados y que será en otro momento ¿Os creéis que soy estúpida?- entornó la mirada. Las lágrimas de sus ojos se secaron. Definitivamente no iba a llorar ni a mostrarse vulnerable.

-No es algo que hagamos a propósito- dijo el aegis.

-Permíteme dudarlo- gruñó la chica -¿Y tú?- miró a su padre -¿Vas a dejar, otra vez, que sea Nero el que hable por ti?-

-Tu madre murió por culpa del Ente- inquirió Reginald.

-Ya lo sé ¿Y qué? No murió por salir a visitar un pueblo, o por ir a visitar alguna librería. Murió dando a luz- se quejó la princesa al amparo de la luz de la luna que entraba por los ventanales. La figura de Reginald se comenzaba a recortar con la sombra del pasillo.

-Murió porque ignoré el poder esa cosa- la señaló -Murió porque me confié, porque no fui capaz de contenerlo- cedió al enfado -Tu madre murió porque fui un incompetente y no permitiré que pase lo mismo contigo-

-A ti te da igual mi vida, padre- replicó Anneliesse de forma dolorosa -A ti solo te interesa el Ente y el reino, no mi vida, ni mi integridad-

-¿Cómo puedes decir tal cosa...?- Reginald estaba estupefacto.

-¿No lo ves? ¿No lo veis ninguno de los dos? Si tanto os preocupa mi bien, enseñadme sobre este demonio. Enseñadme magia, para contenerlo. Adiestradme para que no me secuestren otra vez y pueda defenderme de cualquier enemigo que quiera hacerse con mi vida ¿De verdad sois tan necios que creeis que no me doy cuenta? Y ahora lo único que os interesa es entregarme a un hombre que sea capaz de mantenerme igual o más encerrada que vosotros, porque sí, porque consideráis que encerrado el Ente está mejor que al aire libre ¿Pero por qué tengo que sufrirlo yo?-

-Porque nos da miedo- confesó Nero con los ojos cerrados, resignado -Nos da miedo... a tu padre y a mí. Nos daba miedo que te nos fueras de las manos, que una rabieta fuera de palacio o alguna situación imprevisible te llevara a hacer una locura-

-Entonces es eso... simplemente os doy miedo-

-No es exactamente así- dijo Reginald.

-Ah... claro- Anneliesse frunció el rostro en una mueca de rabia -Ahora entiendo... No, no es que yo os de miedo por contener esta cosa- se señaló -Os da miedo que sea un ser vivo ¿No? Que tenga deseos, aspiraciones y motivaciones propias. Os da miedo que, como cualquier otra persona, tenga impulsos y quiera hacer uso de mi derecho a vivir. Os da miedo que sea lo que cualquiera de vosotros sois, unos seres imperfectos, con salidas de tono y malas decisiones- ambos callaban -Vosotros podéis ser humanos que yo debo perdonaros y entender vuestro miedo y fallos, pero vosotros me confinais para no tener que lamentar mis errores ni una sola vez ¿Por eso nunca se me ha entregado mi arma real, padre? ¿No es porque esté dañada y necesita reparación? ¿O porque aún no ha llegado el momento? Vi que Namur y Hardum poseen las suyas y seguramente Eirik también ¿¡Es eso!? ¿¡Es porque pensáis que no podéis confiar en mí!?- fue la única vez que su voz se rompió alzando el tono cuando por fin lo comprendió -Desde el momento en que nací...- se miró las manos -Desde el mismísimo instante en que era un bebé llorando en tus brazos...- miró tremendamente devastada a su padre. Reginald tenía una lágrima cayendo por la mejilla -Desde ese preciso instante decidiste... que esa pequeña cosa desnuda y sollozante no era digna de tu confianza...- ella también derramó una -Jamás me había sentido tan sola... y defraudada-

-Ann, verás...- Nero quiso acercarse a ella, pero se detuvo sin que ella dijera nada. Su mirada, su expresión y, algo que Reginald seguramente no podía sentir: su aura. Estaba cargada de un velo mágico que daba pavor. Una capa mágica que Nero reconocía muy bien: el Ente. Estaba pulsando dentro de ella, estaba intentando usar su frustración, pero ella de forma inconsciente lo estaba conteniendo por estar tan anulada anímicamente.

-Lo siento, Anneliesse- la chica miró a su padre una última vez -Pero es el único modo de que puedas llegar a ser feliz- esas palabras tan sencillas fueron suficiente para terminar de romperle el corazón. Sin decir nada más, la chica respiró hondo, se dio media vuelta y comenzó a caminar por el pasillo en sentido contrario. No quería verlos, ni siquiera pasar por su lado.

-¡Ann!-

-Quieto, Nero- ordenó Reginald -Déjala en paz. Acabará asimilando que esto es lo mejor para ella. Acabará aceptando su destino como futura reina. Sé que hará lo correcto- los ecos del pasillo hacía que esas palabras llegasen a oidos de la chica ¿Hacer lo correcto? ¿Según quién? Esa era la clave ¿Era lo correcto lo que Reginald deseaba, o lo que ella deseaba? Demasiadas preguntas, demasiada furia.

Demasiada soledad

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