—¡Parad ya! ¡¿No veis que vais a matarle?! —. La voz de Kassad se alzó sobre la de los demás, que ensimismados, trataban de comprender qué estaba ocurriendo y por qué. Anneliesse, por su parte, fue incapaz de abrir la boca. Intentaba concentrarse en no ponerse nerviosa, en tranquilizarse a pesar de las circunstancias. Aquellas personas no tenían pinta de ser soldados de Arunna, con lo cual, no parecían tener modo alguno de descubrirla. Sin embargo, el hecho de que les hubiesen atado y estuviesen propinándole una paliza al que ahora era su compañero, hizo que aflorara en ella un sentimiento de impotencia horrible. 

—¡Tú cállate!— respondió Edward, el hombre de cabellos de sol que aún mantenía sujetado a Gustav por el pelo. —Ni si quiera se quienes sois. ¡¿Eh?! ¡¿Qué hacéis con este traidor?! —Su rabia se vio rápidamente salpicada sobre los presentes, a quienes lanzó una mirada cargada de ira y aprensión.

—No son... no son de Zere... —alcanzó a murmurar Gustav. De su boca salían ríos de sangre. La dificultad para hablar dejaba claro que se había mordido la lengua, y quizás, había perdido un diente. —No tienen dada que ver. Dejadles en paz. —alcanzó a decir, para escupir un cúmulo de sangre y saliva demasiado espeso.

Edward soltó a Gustav, que cayó de lado arrastrando la silla con él. Sus movimientos dejaban adivinar que se disponía a encararse con los demás. Sin embargo, el hombre anciano, Claus, se adelantó por él. No necesitó palabras, sino un sencillo gesto para que se detuviese. Colocó su mano sobre el brazo del hombre y éste paró en seco. Había una especie de relación de lealtad en el ambiente, de jerarquía, que ninguno llegó a comprender tan rápido. —¿Quiénes sois? 

—Compañeros de Gustav —respondió Iona. —Llevamos años compartiendo viaje con él. Yo, en cambio, no tengo ni idea de quienes sois vosotros y qué cojones os pasa con él. ¡No hemos hecho nada! ¡¿Por qué nos atáis?!

—Así que... no les has contado nada ¿No es así? —murmuró Claus, mirando desde su altura al hombre que se debatía por no morir ahogado con su propia sangre. —Siento curiosidad... ¿Ha sido por remordimientos? ¿Por olvido? ¿O por vergüenza? —Gustav no contestó. Anneliesse llevaba poco tiempo con ellos, apenas un mes. Sin embargo, empezaba a conocer al líder lo suficiente como para saber que no se callaba ante nadie, y que adoraba tener la última palabra en todo. En aquel momento, no se dio ese caso. —Ada, suéltales. Está claro que no saben quien es.

La mujer no dijo nada. Sacando un cuchillo oculto en su bota, rajó las cuerdas que mantenían atados a cada uno de ellos. Mientras lo hacía, se mantuvo alerta, por si cualquiera de ellos, al momento de quedar libre, daba un paso en falso. Por prudencia, y por el bien de Gustav, ninguno hizo nada. Sólo Kassad se arrodilló ante el hombre para ayudarle, sosteniendo su cabeza para que escupiera más saliva. —Podéis iros —. Claus abrió la entrada de la trampilla, invitándoles. Dejaba claro que la sugerencia iba para ellos, pero no para Gustav.

—Ni hablar. No nos vamos de aquí sin él —Iona por fin hablo. A la mujer le temblaban las manos, las cuales intentaba contener apretando los puños.

—Eso no va a ser posible. Tenemos demasiados asuntos pendientes con él. Y si no queréis mancharos, más os vale que os larguéis de aquí —Edward se puso frente a la mujer. Los dos medían prácticamente lo mismo, y nadie en aquel lugar sería capaz de decidir quien de los dos era más amenazador.

—Edward, déjales. No comprenden lo que está ocurriendo —volvió a intervenir el anciano. —Si necesitan hospedarse durante un día o dos, refugiarse del frío y alimentarse, le daremos cobijo. Recuerda que no somos una tribu retrógrada. Somos un pueblo humilde y hospitalario. La ira y la venganza nunca han llevado al mundo por buen camino —le señaló. Edward bufó, retractándose. —Os sugiero que volváis a la taberna y disculpéis el inconveniente que os hemos causado. Gustav se queda aquí, pero vosotros podéis hacer lo que queráis —insistió. Los demás le miraron inseguros. ¡Claro que no iban a marcharse como si nada!  Sin embargo, la sensación de que discutiendo no iban a llegar a ningún camino, se palpaba fácilmente. Claus suspiró.

—Idos... dejadme aquí con ellos —pidió Gustav. Su ojo se hinchaba por momentos.

—¿Estás loco, Gustav? —preguntó Iona.

—Hazme caso, joder —gruñó el hombre de forma seria, demasiado seria. Edward hizo un movimiento con el pie, sutil, pero lo suficientemente significativo como para saber que tendrían que moverse o se sembraría una pelea innecesaria en un momento tan poco propicio como aquel. 

—No nos vamos a ir sin ti, Gustav. Tenlo claro —terminó de decir Kassad, siendo el primero en marcharse. Aiko hizo un gesto con las manos que Anneliesse aún no terminó de entender. Iona no dijo nada mientras seguía a los demás, y Ann, fue la última en salir. Echó la mirada atrás, contemplando la situación. ¿Cómo era posible...?

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De nuevo, en la taberna, los ánimos estaban caldeados. Por supuesto que iban a quedarse allí, pero no por la ofrecida hospitalidad ni porque lo necesitasen, sino porque necesitaban encontrar una forma de sacar a Gustav de allí antes de que pagase por... los problemas tan extraños que tuviesen. Las cabezas de todos funcionaba como una máquina recién engrasada, pero, dado el hecho de que estaban siendo observados por un grupo de personas de aquella villa, apenas podían hablar. —¿Vosotros sabíais que Gustav es de la antigua Zere? —preguntó Kassad, ahogando su voz dentro de un vaso de agua. Al salir de la trampilla, numerosos aldeanos se acercaron, curiosos, para saber que ocurría. Ahora que tenían el beneplácito de Claus, pasaron a tratarles como simples extranjeros de quienes desconfiar, sin más. Al menos, les habían ofrecido bebida. 

—Yo sí. Y Ren. —respondió Iona, perdida en pensamientos. 

—Sí que teníais sorpresas guardadas —Vian habló por fin, limitándose a escuchar. Tal y como Anneliesse, ocupaban un puesto demasiado reciente en la banda. Lo suficiente como para no poder formar parte activa en conversaciones como aquella.

—Era una tontería. Zere fue destruida. No le di mayor importancia cuando nos contó que su sangre provenía de los supervivientes de antaño —explicó, dando un sorbo a su vaso de agua. Por supuesto, no les habían servido alcohol. —Lo que no imaginaba es que siguiera teniendo relación con los demás, que estuviesen reagrupados y que... tuviera asuntos tan turbios con ellos. Aiko hizo gestos. —Sí, oí perfectamente lo que dijeron. Le llamaron verdugo.

—Pero Gustav no es un asesino —Kassad dio un leve puñetazo a la mesa. —Es cabezota y temerario. A veces se la ha jugado demasiado y ha tenido que enfrentarse a gente que le amenazaba. Pero no es un asesino.

—¡Pues claro que lo sé! ¡Me lo dices como si por alguna razón fuera a dudar de él! —le respondió la mujer. Sus nudillos se volvieron blancos al rededor del vaso.

—Calmaos, por favor —Anneliesse aprovechó su posición para poner una mano sobre el hombro de cada uno. —Pensemos algo ¿De acuerdo? Ahora estamos nerviosos, pero, con paciencia...

—¿Paciencia? —Iona sonrió con nerviosismo. —A saber cuanto tardan en ponerle una soga al cuello... —La mujer quiso seguir hablando, pero sus palabras se vieron opacadas cuando la puerta de la taberna se abrió. Todos guardaron silencio mientras que Claus hacía acto de presencia. Con sus ojos cansados, buscó a la banda, y al encontrarla al fondo de la taberna, se dirigió hasta ellos.

—Así que habéis decidido quedaros —se limitó a decir mientras tomaba asiento junto a ellos. Aún dentro de aquel lugar, se podía seguir percibiendo el mismo ambiente de respeto hacia aquel hombre, pues de forma rápida, todos quienes habían estado vigilando y escuchando lo que la banda decía, volvieron a sus propias conversaciones, dándoles la espalda. 

—Como si no hubiera quedado claro —Iona se cruzó de brazos, prepotente. 

—No os culpo por ello. Es vuestro amigo, lo entiendo —medió con tranquilidad. —Sin embargo, tenéis que comprender que su aparición en Midda a roto el equilibrio que hasta ahora habíamos conseguido. Para el pueblo de Zere, es un delincuente, un traidor. Es nuestra obligación retenerle y hacerle pasar por un juicio justo.

—Pero... ¿Qué hizo? —preguntó Ann. Su voz calmada y suave contuvo los ánimos de los presentes.

—¿No os hacéis si quiera una idea? ¿No os ha sugerido, ni tan si quiera levemente, su pasado con éste pueblo?

—Yo ni si quiera sabía que aún quedaban personas de la antigua Zere, unidas, hoy día —confesó con cierta inseguridad. Claus le ofreció una mirada cargada de comprensión, tristeza y... ¿Ternura? No, aquel no parecía un hombre sanguinario, ni un malhechor. El asunto que había provocado aquella situación debía ser muy importante.

—Gustav es un traidor para nosotros. Un completo fracaso para alguien que porta su sangre —explicó. A sabiendas de que ninguno entendería aquella referencia, continuó. —Gustav es el único que a día de hoy lleva consigo el linaje de los antiguos reyes de Zere —sentenció. Todos se quedaron helados, sin comprender.

—¿Es un rey? —preguntó Iona, desencajada.

—Aquí ya no hay títulos tan grandes. No podemos usar palabras tan importantes para un pueblo que apenas se tiene en pie, y para una corona que ya nadie luce en su cabeza —sonrió con tristeza. —Gustav, simplemente, era nuestra única esperanza. Y se marchó.

—¿Esperanza? ¿Para qué? —Ann abrió los ojos con sorpresa. Claus, se inclinó hacia delante.

—Para recuperar lo que una vez fue nuestro —susurró. —Y no hablo de tierras, extensiones y propiedades. Hablo de dignidad y autodeterminación. —Seguidamente, volvió a colocarse sobre la silla de forma correcta. —Él era quien debía guiarnos a ese futuro, quien debía haber dado la cara por nosotros mientras nos enfrentábamos a penuria tras penuria, pero decidió ser egoísta, buscar una esperanza mejor para sí mismo y obviar la de los demás —gruñó.

—Pero, no lo entiendo. ¿Qué tiene eso que ver? —preguntó Kassad. Claus tomó aire y lo soltó, intentando ordenar las ideas.

—Nosotros, lo que queda de Zere, vivimos desde hace años sometidos a la tiranía de los actuales gobernantes —Al decir aquello, Anneliesse sintió escalofríos. Una vez más, se hacía alusión a lo que parecía ser una verdad, a eso que todos odiaban, a lo que Ren detestaba. Algo en lo que ella jamás se había fijado. — Somos un peligro para la estabilidad y el poder con el que cuentan los actuales países, sobre todo Arunna. La madre de Helga Svartal, la antigua reina, decretó que nuestro pueblo debía vivir bajo unos límites estrictos, sobre todo cuando empezó a oler la amenaza que podríamos suponer para todo el oeste de su región. Nos vimos movilizados, desterrado de los cimientos que durante cientos de años habíamos construido, después de que el Ente se llevara consigo todo lo que teníamos —tragó saliva. —Durante algunos años, vivimos al norte del país, tras unas enormes murallas que Tilka Svartal construyó sólo para nosotros. La cosa fue a peor —alzó la vista. —Empezamos a labrar tierras, trabajar y servir para un terrateniente de la reina. Un hombre codicioso, violento y desquiciado que, bajo el buen criterio de su majestad, se dedicó a controlarnos. Se nos prohibió salir del perímetro reducido en el que habitábamos, se nos prohibió el comercio con el exterior, se nos privó de cualquier relación con cualquier persona de fuera.

—Pero ¿Por qué? ¿Por qué hacían eso? —interrumpió Ann.

—¿A caso no está claro, muchacha? —la miró. —Nos condenaron a la extinción. El pueblo que amenazaba con volver a ser lo que una vez fue, encerrado y condenado a desaparecer. Sin relacionarnos con nadie ¿Cuántas generaciones más creéis que duraremos? —. La chica no podía pestañear, horrorizada por lo que oía. —Gustav era nuestra esperanza. Era nuestro eje, nuestro punto central de cualquier plan. Con él, teníamos la seguridad de que un día nos enfrentaríamos a Arunna y su ejército de bárbaros para poder salir de aquello. Pero... no fue así —Hizo una pausa. —Aún no sabemos por qué, Gustav se marchó. Nos abandonó. Teníamos restricciones duras, como ya os he contado, lo que provocó que, cuando el terrateniente regresó para su habitual y estricto control, y no encontró a Gustav entre nosotros... sufrimos el castigo por él —Sus ojos se envolvieron en una capa de dolor. —Quemó los capos, destruyó nuestras casas, asesinó a tantos de nosotros... Todo bajo el amparo de las murallas que conseguían que nadie más supiera qué estaba pasando allí. 

—Pero, Gustav...

—Gustav sabía perfectamente cuales eran las normas —comentó con dureza. —Por su culpa lo perdimos todo. Todo lo que teníamos. Nos vimos obligados, los pocos que quedamos, a movilizarnos hacia algún lugar. Tilka se negó a tenernos cerca de la capital, y al recién nombrado terrateniente, hijo del anterior, le ofreció la tarea de controlarnos en otro lugar, mucho más pequeño, mucho más yermo y difícil de trabajar. Así llegamos aquí, a Midda —extendió levemente un brazo. —Ya os habréis dado cuenta de que apenas somos más un centenar de personas, que la villa ocupa un terreno demasiado escarpado y que apenas crece nada por aquí cerca debido al clima. Estamos... condenados —concluyó. 

Los demás se quedaron en blanco. ¿Cómo podían intervenir después de lo que habían oído? A pesar de que defendían a Gustav, eran incapaces de saber cómo hacerlo en aquel momento. Anneliesse se quedó trastornada, incapaz de comprender cómo podían ocurrir ese tipo de tiranías en la actualidad. Vian, al darse cuenta de su ensimismamiento, la miró.

—Siento tener que ser yo quien os revele la verdad sobre vuestro compañero. Tengáis la opinión que tengáis de él, no necesito que la cambiéis. No me importa lo que penséis —volvió a hablar Claus. —Pero, no puedo evitar sentir curiosidad por los que han estado acompañándole todo esto tiempo. ¿Lleváis mucho tiempo con él?

—¿Le pegáis una paliza y ahora te interesas por él? —preguntó Iona de mala gana. — No me extraña que se marchara —. Ante sus palabras, Claus sonrió con comprensión. Se levantó de su silla lentamente y la dejó perfectamente colocada junto a la mesa.

—Lo entiendo. No soy quien para inmiscuirme en vuestra privacidad y vuestros recuerdos con él. —murmuró. —Como ya os dije, podéis quedaros. En la planta de arriba hay un par de camas que llevan sin ocuparse años, podéis descansar allí esta noche. Si necesitáis comida o medicina, podéis preguntarme a mi o a mi hija. No tengo nada en contra de vosotros —les miró. —Pero os aconsejo marcharos pronto. El terrateniente Steiner nunca avisa antes de venir —. Dicho aquello, el hombre se marchó por donde había venido. Estaba incómodo, se le notaba. No quería provocar una situación violenta, huía de un posible conflicto. 

—¿Alguna idea? —preguntó Vian. —Annie, ¿Todo bien? —se inclinó hacia la chica, quien se sobresaltó al no esperar que la llamase así. 

—Sí, es sólo que... tengo que pensar. 


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