[Evangelion 3.0 - Ultimate Soldier (Quality Extended)] 

Anneliesse oía el latido de su corazón en los propios oídos. Aterrada, se había acobijado en un rincón de su habitación. Su antigua habitación. Desde el punto más alto de palacio, llegó a pensar que estaría más segura, que tardarían más en encontrarla. Sin embargo, conforme los minutos pasaban y los gritos de dolor y auxilio se propagaban más allá de su ala, comenzó a pensar que quizás había errado en su decisión de esconderse allí.

Los pensamientos viajaban en su cabeza muy deprisa. No encontraba razón alguna para que aquello estuviera ocurriendo, mas que la de un oscuro secreto. Un plan oculto de manos de Arunna cuyo detonante había sido darles la espalda. Había crecido pensando que Lynastis apenas tenía enemigos y que sus afrentas se resolvían de forma tranquila y pacífica, y sin embargo, ahora, tenía la terrible sensación de que demasiadas manos ansiaban agarrarla para hacerla desaparecer. ¿Cuántas mentiras y cuantas sorpresas más tendrían que desvelarse para sentirse aún más desgraciada? 

Enloquecida, casi histérica, acabó saliendo de su escondite tras las cortinas. Nero no aparecía. Nadie lo hacía y quizás estaba perdiendo una oportunidad de hacer algo, de ayudar a alguien, lo que fuera. Oyendo gemidos de dolor opacados aún, salió de la habitación intentando no hacer ruido. Estaba descalza, de forma que sus pisadas eran prácticamente imperceptibles. Con la respiración entrecortada y el corazón en un puño, se movió por los pasillos con extremo cuidado. No sabía muy bien hacia donde dirigirse. Quería encontrar a su padre y al Aegis para poder buscar una salida entre todos, pero no tenía ni idea de donde podían encontrarse en aquel momento. Sus opciones de encontrarles se reducían a un sólo lugar. Si ella se había refugiado en su habitación, su padre debía estar en el despacho. Allí debía ir.

Valiéndose de los pilares que sostenían los cimientos que ahora temblaban sin cesar, se deslizó por todo el ala hasta llegar a las escaleras. Percibió las sombras de soldados, o quizás atacantes, pasando por la planta inferior, de forma que aguardó hasta que desaparecieron. Después, un grito ahogado. Dos, tres. Suficientes como para que la princesa echara a correr como un conejo asustado.

Lo que sus ojos contemplaron fue horrible. Había sangre por todas partes, soldados asesinados cruelmente y separados de sus extremidades. Olía mal. Apestaba. El hedor a sangre era tan insoportable como la imagen que contemplaba. Anneliesse tuvo que reprimir un grito de espanto, llevándose la mano a la boca. De haber podido, se habría desplomado en el suelo con horror. Pero no pudo permitírselo. Echó a correr. Por suerte, el despacho no estaba lejos.

Sortear a los hombres y mujeres de Arunna fue complicado. Corrían de aquí para allá, gritando vítores de guerra, sembrando el caos y la destrucción, asesinando a quien se interpusiera en su camino. Nunca, jamás en la vida, pudo sentirse tan agradecida de que el palacio de Lynastis contase con tantas habitaciones, baños, pequeñas salas de servicio, y almacenes donde poder esconderse y pasar desapercibida. De no haber sido por eso, jamás hubiera llegado al despacho ni alcanzado a contemplar como las puertas ya estaban abiertas, destrozadas y echas añicos. Se temió lo peor.

—¿Padre? —preguntó en un susurro. Allí no parecía haber nadie. Ni si quiera se oían gritos desde allí. Absolutamente nada. Pero, cuando cruzó el umbral y puso en pie en el interior del lugar, vio demasiada sangre empapando la alfombra. Horrorizada, continuó hasta contemplar la silueta de un hombre tras el escritorio, destrozado, en el que su padre trabajaba. Lucía sus ropas. El el suelo, junto a él, estaba su arma. —No... —susurró, dejando que las lágrimas invadieran sus ojos. Con un temor que jamás había sentido hasta ese día, rodeó el escritorio para acabar observando que el cuerpo de su difunto padre... no tenía cabeza. 

No pudo reprimir un grito de horror y dolor. Apartó la mirada deprisa, retrocediendo nerviosa, empapándose los pies con la sangre de su padre, tropezándose. Cayó al suelo, de espaldas, atacada. Aquello era una pesadilla. Tenía que serlo. —Hola, Anneliesse —. Una voz emergió de la oscuridad del despacho. De entre las sombras, los ojos claros del hombre brillaron. —Supuse que vendrías hasta aquí. Era mas divertido contemplar tu reacción antes de que nos encontrásemos —. Hardum dio un paso adelante, dejando que el brillo de un rayo que caía le iluminase por completo. Su cara era la encarnación de una pesadilla, manchada de sangre. Incluso en los dientes tenía sangre.

—¿Qué... has hecho? —preguntó Anneliesse en un hilo de voz. Se puso en pie rápida, alerta, al ver como el heredero colocaba su hacha sobre su hombro, despreocupado.

—Te lo avisé, Annelisse. Os advertí de que encontraríais la guerra si vuestra política seguía siendo tan débil y tan... ¿Manchada de pactos absurdos? —se preguntó a sí mismo. —Aunque claro, ¿Tú que sabrás? Tu padre tiene la mayor culpa de todo esto —se encogió de hombros. —Sin embargo, fuiste tú quien aceptó cada uno de sus negocios. Quien prosiguió con los corruptos planes de un rey cobarde. La única que porta su linaje y su apellido... ¿Qué clase de nuevo soberano sería yo dejando vivir a la escoria que ha sumido a Oriest en el caos? —. Con aquella última pregunta, su tono despreocupado pasó a ser agresivo y mordaz. La princesa echó a correr.

Llevaba por un terror insoportable, no supo hacia donde ir. Hardum la seguía, aporreaba todo cuanto se encontraba a su paso, pero no corría. La seguía a paso ligero, pero nunca estaba demasiado lejos. —¡Nero!— gritó. —¡¡¡Nero!!!—continuó, atemorizada. Las lágrimas cubrían cada parte de su rostro, consumiéndola.

—¡Grita cuanto quieras, Ann! ¡El Aegis tampoco te va a oír ya! —gritó el príncipe a sus espaldas. La princesa no podía creerse aquello. No podía creer que su padre y Nero... estuvieran muertos. ¡¿Qué iba a pasar entonces?! ¡¿Quien iba a ayudarla?! ¡Estaba sola! —¡Sigue corriendo cuanto quieras! ¡Te alcanzaré! —gritó con rintintín. Estaba pletórico. Se sentía victorioso, poderoso... la iba a matar.

Durante su huida, Anneliesse se topó con varios soldados de Arunna. Personas envueltas en pieles que se dispusieron a atacarla y a quienes la princesa, a duras penas, consiguió esquivar entre gritos. —¡Dejadla! ¡ELLA ES MÍA! —seguía gritando Hardum, dando hachazos a cada cosa que encontraba. La mujer quiso bajar por las escaleras, pero encontró demasiados soldados allí, subiendo. Retrocedió e intentó subir las que tenía a las espaldas, pero había demasiados soldados bajando. —¡Estas acorralada! ¡No tienes nada que hacer! ¡Es cuestión de tiempo! —. Incapaz de rendirse, corrió hacia el fondo del pasillo. No iba a darse por muerta, no iba a dejar que, una última vez, un hombre la destrozara. Iba a luchar. 

Se adentró en la habitación que compartía con Eirik. Él no estaba allí, como imaginaba. A toda prisa, cerró la puerta y colocó tras ella todo lo que pudo. Arrastró la cama hasta colocarla de forma que Hardum no pudiese entrar. Después, empujó el escritorio hasta el mismo lugar. Las mesas de noche, el espejo, la cómoda, todo. Por último, empujó el armario con su propia espalda hasta que consiguió que quedase contra el cúmulo de muebles apilados. Abrió sus puertas de par en par. Tenía que pelear. Tenía que imponerse. A tientas, buscó la daga. Su arma real. Desconocía cual era su poder pero lo usaría a toda costa. Pero... no la encontró. —¡¿Donde está?! — gritó. —¡¿Donde demonios esta?! —. Buscó en todas partes, examinó a toda prisa cada centímetro de la habitación, para finalmente, volver a rebuscar entre las ropas donde la había guardado. No estaba... La habían robado. —Eirik... —murmuró con odio. Tenía que haber sido él, solo él... De repente, muchas cosas empezaron a encajar en su cabeza.

Un golpe seco hizo temblar la puerta. Ann gritó. Después, otro, y otro más. —¡ANNELIESSE! ¡¿DE VERDAD QUIERES QUE JUGUEMOS A ESTO?! —gritó el Svartal de forma frenética. La chica intentó pensar rápido. Si no podía pelear, tendría que huir. No podían cogerla. No podían matarla. Si la mataban, quizá... Se llevó una mano instintivamente al vientre. Después, tomó un bolso de cuero del armario. Metió en él tonterías. Estupideces. Ni si quiera sabía si lo que estaba metiendo era útil. El sello de la familia real, un pañuelo que podría servir como venda si saliese herida de aquello, el pañuelo que había bordado hacía unos días y un abre cartas elegante que estaba en el cajón del escritorio. Eso último no lo guardó, sino que lo sostuvo entre sus manos. 

Otro golpe y la puerta se rajó. El hacha de Hardum la había traspasado. Anneliesse pudo ver su rostro sediento de sangre al otro lado, de forma que, instintivamente, corrió hacia atrás. Tras algunos hachazos más, el hombre consiguió rajar lo suficiente la puerta como para, con las manos, separar la madera en dos y abrir un hueco por el que pudo pasar. Con el arma alzada, trepó por la montaña de muebles y observó a la princesa. Se echó a reír, se carcajeó hasta doblarse. —¡¿De verdad pensabas atacarme con ese pincho?! —señaló al abre cartas.

—¡Si te lo clavo en el cuello morirás! —le amenazó la chica, sin dejar de sostener el pequeño cuchillo. 

—¡Si te tiemblan las manos, Anneliesse! —siguió carcajeándose. —Esto es profundamente satisfactorio. Contemplar en los ojos de tus enemigos como la verdad tras mis amenazas se abalanza sobre ellos —amenazó, acercándose. La princesa retrocedió aún más, hasta pegarse a la pared. —Matar a tu padre antes había sido inevitable. Una lástima. Podría haber visto el destino que le espera a su preciada hija —insistió. Anneliesse estaba acorralada. Su hacha era más extensa que su abre cartas. De lanzarse a clavárselo, moriría. Sólo pudo arrojárselo. Y no se lo espero. Sin embargo, el filo punzante no se clavó en su garganta, sino que le rozó el cuello hasta hacerle sangrar. Hardum se llevó una mano al lugar, sorprendido. Ella tembló. Había fallado. Estaba perdida. —¡Eres peleona! ¡Me gusta! —rugió. —¡¿Te estarás quieta si te dejo sin un brazo?! —Veloz, el Svartal dejó caer su arma. Anneliesse fue rápida haciéndose a un lado, de forma que el hacha se clavó en el candado que cerraba la ventana. Los cristales estallaron y las rejas cedieron. Y mientras Hardum hacía fuerza para desenterrar su arma del alféizar, la princesa se subió sobre él. Era su única opción. —¡ESTAS LOCA ANNELIESSE!

Llovia, tronaba con una inmensa fuerza. El viento se alzaba, revolviendo su cabello por su rostro e impidiéndole ver, pero aún así no se detuvo. Temblorosa y descalza, caminó por los salientes que  acompañaban al alféizar a través de la fachada. La lluvia la estaba calando y amenazaba con resbalarse. Incluso gritó cuando casi no pudo sostenerse. —¡ASÍ QUE ESAS TENEMOS! ¡COMO QUIERAS! —para su temor, Hardum la siguió. Se atrevió a salir por la ventana. Si Anneliesse hubiese mirado abajo en aquel momento, habría caído. En vez de eso, alzó una mano hasta sostener el borde del tejado. Para su suerte, no estaba lejos. Con un enorme esfuerzo y apoyándose en la rugosa fachada de palacio, subió. Las tejas amenazaban con hacerla resbalar una vez más, pero estaba tan convencida en vivir, en no rendirse, que sus músculos engarrotados lucharon por mantenerse en equilibrio mientras se ponía en pie. Pero lo peor fue que el Svartal continuaba a sus espaldas. Había subido sin problemas al tejado, sin apenas despeinarse. —¡ANNELIESSE! ¡¿A DONDE IRÁS AHORA?! ¡ES TU FIN! ¡MIRA TODO CUANTO TE RODEA! ¡NO TIENES ESCAPATORIA! —Horrorizada, la chica miró a cada lado. Era cierto, no había nada, más que dos posibles y horribles caídas hacia cada lado de palacio. 

El humo se alzaba a pesar de la lluvia intensa, el olor a quemado nublaba sus sentidos. A lo lejos, la ciudad de Lynastis ardía y se consumía. La preciosa ciudad que había admirado desde lejos tantos años ahora se derrumbaba, tanto como lo hacía su propia vida mientras su verdugo se acercaba. Anneliesse siguió caminando de espaldas, contemplando como su existencia llegaba a su fin. Moriría sin haber haber hecho nada en la vida. Moriría sin haber tenido un compromiso cumplido, una meta alcanzada o un sueño. Moriría sin haber tan si quiera vivido. 

Hardum hizo un movimiento ágil con el hacha, haciéndola girar en el aire para después volver a cogerla. Casi no podía verle por la intensidad con la que llovía, por sus cabellos pegados a su rostro, empapados. —¡Anneliesse! ¡Me lo has puesto muy difícil!

—¡¿Por qué?! ¡¿Qué ganas con esto?! —gritó entre lágrimas.

—¡Gano poder! —su voz se alzó sobre un nuevo trueno. —¡Un poder con el que mis enemigos caerán a mis pies! —confesó,

—Todo es eso.... Todo es poder... Siempre es poder —murmuró ella, comprendiendo cuan miserable era la vida, la nobleza y el gobierno. El poder... el poder lo consumía todo. 

Finalmente, la joven resbaló entre las tejas. Cayó de rodillas, hundida. —¡Basta de cháchara! —bramó. —¡¿Unas últimas palabras, princesa?! — preguntó mientras alzaba su hacha sobre ella. —¡Tu padre se puso bastante sentimental con las disculpas y los remordimientos! —recordó. Una punzada de dolor atravesó el corazón de la chica. Le dolía, la asfixiaba. Un dolor que la mataría antes que él. Seguidamente, su vientre comenzó a arder. 

—Vete al infierno, Hardum —rugió, mirándole a los ojos. Le ardían de rabia. Miraría a su asesino hasta su último segundo, y a los dioses le prometió que lo pagaría. Por ella, por su padre, por Nero... por cualquiera de las vidas que había arrebatado.

—De tal palo... —El hacha cayó con rapidez sobre el cuello de la chica mientras esta gritó. Un grito de guerra como último aliento. Su propio peso hubiese rebanado el perfilado cuello de la muchacha, pero impactó. Un impacto que provocó una onda expansiva enorme, la cual pudo ser visible a kilómetros de distancia. El arma voló. Hardum se vio arrastrado por aquella fuerza oscura y morada. Anneliesse no miró. Anneliesse...

Se miró las manos sin comprender. No estaba muerta. Al contrario, se sentía... poderosa. 

Tras ponerse en pie, observó como Hardum había desaparecido. Se asomó a uno de los bordes del tejado y allí le encontró, colgados por apenas unos dedos. Su cara era la expresión del miedo, y Anneliesse... tenía en ese momento todas las de ganar. —¡Anneliesse! —gritó el hombre. Pero ella no sentía pena, ni lástima ni nada parecido. Sólo un profundo odio que la empujaría a doblegar a quien quisiera. 

—Tú... Tú también te interpones en mi vida... La estropeas... Y así lo pagarás —siseó cual serpeinte. Con una patada, pisoteó la mano del hombre y este cayó entre gritos. Su cuerpo desapareció en mitad de la noche.

La princesa volvió a la habitación. Al palacio. A los pasillos. Todos aquellos quienes se acercaron a ella fueron empujados por una enorme fuerza oscura, que los alejó de su lado, empalándolos contra las paredes, clavándolos en los cristales de los ventanales, haciéndoles caer. En el ala superior, en las escaleras, en el recibido, e incluso en los jardines. El palacio temblaba ante su fuerza. La estructura caía sin cesar. No sabía qué hacía ni como. Sólo supo que alzando los dedos nadie iba a acercarse a ella en ese momento. Nadie, nunca, jamás, iba a volver a  hacerle daño.

La princesa Anneliesse Casters, de Lynastis, desapareció aquella noche bajo extrañas circunstancias, mientras la ciudad se demoronaba entre llamas y cenizas.


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[Shingeki no Kyojin: Omake Pfanlib]


Ann vagó toda la noche. Anduvo sin rumbo fijo al día siguiente hasta que, una vez más, anocheció.

No sabía donde estaba.

No sabía a donde se dirigía.

Se sentía muerta, inexistente, gastada. No sentía un un ápice de vida en su interior. Estaba... perdida en sí misma.

El hambre y la sed no hicieron mella en ella, como tampoco las heridas bajo sus pies descalzos, ni el frío atravesando su piel únicamente vestida con un camisón, mientras cruzaba unos bosques que no había visto jamás. Había algo, algo que la mantenía despierta, concentrada en seguir en pie aunque no sintiera ni sus propias manos. Un calor, una calidez, un sentimiento...

El vientre palpitaba con fuerza. Era como si algo le hablara en su interior, algo que le pedía que siguiera adelante y no se derrumbara. Una fuerza interior profunda donde parecía anidar. Donde prefería haberse quedado dormida para siempre y evitar cualquier realidad. Una realidad que percibía cruel y dolorosa.

Estaba tan sola... tan hundida.

No recordaba haber pestañeado hasta el momento en el que oyó voces frente a ella. Unas voces que la ayudaron a alzar el rostro.  —¡Es ella!

—¡Esta ahí! —oyó. 

—¡Anneliesse! —alguien se dirigió a ella. Alguien le tomó la mano con firmeza y calidez. Era Kassad. —¡Princesa! ¡¿Que ocurre?! ¡¿Que ha pasado?!

—¡Cuidado, Kassas! ¡Esta sangrando!

—¡La sangre no es suya!

—¡Tráela! ¡Ten cuidado con ella!

La visión, hasta entonces borrosa de la princesa, se aclaró. Sujetó a Kassad de los hombros cuando éste la alzó. La banda estaba allí, con ella. Y a pesar de que eran unos rufianes... a pesar de que no quería confiar en nadie... sintió la irrefrenable necesidad de romper a llorar.

—Chicos... —sollozó, con la barbilla arrugada.

—Anneliesse... —murmuró Ren.

El mundo se volvió oscuro de repente. 

Estaba agotada.





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