Todo ocurrió más deprisa de lo que la mente de cualquiera de los presentes pudo controlar.

En un abrir y cerrar de ojos, la calma que tan pronto habían perdido, se recuperó. Ren yacía sobre el suelo, desangrándose, mientras que el resto de la banda se sumía en un enorme caos. Tal fue la incertidumbre que ocasionó aquel desastroso desenlace, que Anneliesse ni si quiera llegó a darse cuenta de que, el desconocido al que hacía unos minutos se habían enfrentado, seguía allí observando la escena.

A Kassad le temblaban las manos mientras erguía a Ren. El mercenario llevaba su hacia su herida, manchándole la piel y el resto de su ropa. Se miraba con seriedad, como si le costase asimilar. Gustav le desnudó el torso mientras que Iona acudía a verter alcohol del whiskey que habían comprado sobre la zona afectada. Ren rugió de dolor, se retorció como si estuviesen quemándole vivo. Aiko intentó que las manos no le temblaran mientras rebuscaba entre las alforjas hilo y aguja. Lo tenían guardado para remendar descosidos o suturar alguna herida menor, puesto que la chica supuso que pocas veces se habrían enfrentado a una situación así. Y aunque Ann estaba tan nerviosa como el resto, tan preocupada por todo lo que había ocurrido y más, pudo pensar con algo más de claridad. —¿P-puedo? —tartamudeó al intervenir. 

—¿Sabes curar esto? —señaló Gustav preocupado.

—Sé que... hay que tener cuidado y que a pesar del alcohol se puede infectar —trastabilló con la lengua. —Y que tengo pulso con la aguja —. No hizo falta decir más. La banda dejó hueco para que Ann se arrodillara ante el herido. De su bolso sacó el fular que se llevó de palacio. Fue lo único que, sabía con certeza, debía estar limpio. Lo uso para retirar toda la sangre que pudo de la herida mientras Ren la miraba sin quitarle la vista de encima. Después, dejó el pañuelo a un lado y tomó el hilo y la aguja que Aiko tenía en las manos. Pasó el hilo a través del ojal sin mayores problemas, para terminar haciendo un nudo que sujetara bien el extremo. Ann mentiría si dijese que estaba muy asustada al contemplar, por primera vez, una herida así. —Te va a doler un poco —susurró. 

—Aguanta, Ren —le pidió Kassad. —¿Servirá eso?

—Sí, si tiene cuidado —. Sin esperar más, clavó la aguja a un lado de la piel, sobre la zona del hombro. La apertura cruzaba en diagonal su cuerpo, hasta el costado del lado contrario. Tal y como esperó, la mano no le tembló en absoluto. —No le voy a hacer daño, de verdad...

—No te preocupes por eso ahora, Anneliesse —murmuró Iona. 

—Por favor, apartaos un poco. Necesito claridad —. Pidió. Los demás estaban tan apegados a la escena, que daban sombra al trabajo de la chica, quien sin pausa, siguió uniendo ambos extremos de piel con habilidad. La zona de la clavícula era la peor. Profunda, supurante. El arma serrada había penetrado la piel en esa zona, para después rozar el resto de su cuerpo, de ahí a la diferencia de profundidad. A la chica se le escaparon algunas gotas de sudor por la frente. A veces se permitía mirar a Ren. Estaba ido, completamente. No quería pensar más de la cuenta, pero inevitablemente, mientras seguía perforando la piel del hombre, pensó. Pensó en su padre, en todo cuanto le había dicho sobre el Ente. En... lo ridículamente complicado que se estaba volviendo todo. En lo distinto que era todo ahora que su vida había cambiado. En lo peligroso del mundo que les rodeaba...

—¿Dónde has aprendido a manejar así la aguja? —preguntó Kassad.

—Me he pasado toda la vida bordando —se limitó a decir, concentrada.

—Kassad, déjame —pidió Ren de repente. 

—Pero...

—Estoy bien. Déjame —insistió, valiéndose de sus propios brazos para apoyarse contra el árbol que tenía detrás. Saltaba a la vista que no estaba bien. Lucía pálido, demacrado y cansado. La herida debía estar jugándole una mala pasada tan grande como lo hacía su mente en aquel momento. —Déjame sólo —terminó por pedir. Anneliesse supuso que necesitaba espacio, un momento a solas para enfrentar su propio problema, de modo que no dijo nada. Sin embargo, cuando Kassad se apartó y retiró a los demás un poco, Ren siguió sin hablar.

El silencio fue sepulcral mientras Ann no paraba de suturar la herida. Había avanzado un buen trecho, de modo que pasó a coser sobre su pecho. La piel era más dura, más resistente y más complicada de trabajar, pero el ensimismamiento que les rodeaba no se interpuso ante la densidad de emociones que cubrían a ambos. Sólo cuando la chica rozó con sus dedos las marcas desgastadas del sello, cubriendo su vientre, se detuvo un momento para mirarle de nuevo. Él la estaba mirando de la misma forma. —¿Por qué no me lo dijiste? —susurró. Sentía que la conversación sólo tenía que ser de ellos, de nadie más, a pesar de que todos miraban de reojo. 

—No iba a cambiar nada —se limitó a decir. Anneliesse suspiró. 

—¿Sabes? Mi padre me dijo durante muchos años que debía tener cuidado cuando fuera mayor y reinara. Que debía procurar siempre estar lejos de la otra mitad. Lejos del heredero que portaba, junto conmigo, la responsabilidad de alejar el mal del mundo. Él y el Aegis me insistieron en que el simple hecho de estar el uno cerca del otro avivaría un poder imposible de detener, que el Ente se uniría y que nos veríamos envueltos en una nueva desgracia mundial —explicó. —Ahora sé que en eso también me mentía... —Ren no respondió, ni si quiera cuando Ann pestañeó incrédula. —No ha pasado nada, ni una sola vez... Y ahora entiendo muchas cosas. Entiendo por qué eres así. Entiendo por qué el vientre, el sello, me arde cuando estoy cerca de ti. Es un aviso, pero no una fuga. Es sólo una advertencia... un...

—Recuerdo —terminó Ren la frase, aquejándose del dolor. mientras ella seguía cosiendo su piel. Sudaba tanto que tenía los mechones oscuros pegados a su cuello y rostro. —¿Me tienes miedo?

—No — respondió tajante. —En todo caso, sois vosotros los que deberíais tener miedo de mi. No sé... no sé que me pasa —recordó con dolor la escena que había montado sólo hacía unos minutos.  —He debido alertar demasiado a Eirik. Yo no sabía que estaba cerca...

—No has sido tú. He sido yo. Él sabe como... encontrarme —aclaró. Anneliesse no quiso indagar. No quiso buscar en sus más profundos secretos la información que quería saber. Si le había ocultado quien era, había demasiadas cosas que quizás era mejor no alterar. 

—Lo siento mucho. No se que es lo que... —se detuvo. —Dioses, no comprendo nada.

—Eirik nos está buscando. Es lo único que tienes que entender —intentó resumir, consiguiendo que la chica volviera a coser. —Ya le has oído... Es lo que siempre ha querido... Y ahora lo tiene en bandeja. Él siempre ha sido un hombre con aspiraciones muy altas. Y no va a parar hasta que consiga el poder que quiere.

—Él me engañó... —tragó saliva. —Si yo hubiese sabido antes que...

—Déjalo, Anneliesse —la cortó. La mujer lo entendió como un alto, como una señal de que no debía seguir hablando de aquello y quiso respetarlo, aunque le costaba. Demasiadas piezas encajaban y desencajaban en su cabeza a la vez. ¿Qué le pasa al mercenario con su hermano? ¿Por qué aquel odio y aquellas aspiraciones a su costa? ¿Por qué quería el poder que no podía conseguir? ¿Por qué había huido de palacio cuando a penas era un niño? ¿Por qué era así? ¿Por qué...? —Ahora estamos en peligro. Todos —añadió. Ann se mordió el labio inferior, débil. 

Cuando terminó de coser, se inclinó para cortar el hilo con sus propios dientes. Quizá se demoró más tiempo del necesario, pero al menos, la sutura presentaba buena forma. La cicatriz sería inevitable, pero no se convertiría en una horrible y deforme. Aún con las manos manchadas de sangre, volvió a rebuscar en su bolso. Extrajo la tela que había bordado aquella vez, llena de bordados de diferentes tipos de rosas. Lo colocó sobre su hombro, donde la herida era más profunda. —Sujeta esto ¿Puedes? —le pidió. —Hay que evitar que se infecte. Es una tela pequeña y no va a cubrir todo, pero al menos podremos proteger la peor parte así —. Volvió a tomar el pañuelo con el que antes limpió la herida, y aprovechó su extensión para rodear varias veces el hombro y sujetar la tela contra su piel. Demasiado precario y débil, pero era mejor que nada. —¿Te encuentras bien? —preguntó. Él asintió apesadumbrado. —Yo... no voy a llamarte Kyran —dijo de pronto. —Tú eres Ren.

—¿Todo bien? —preguntó Gustav a su espalda. 

—Gustav, yo... —. Ann se puso en pie de forma rápida, encarando al líder. —Yo... lo que hice... no era yo... es sólo que...

—Escúchame —la cortó, poniéndole una mano en el hombro. —Da igual. Estaba claro que no eras tú y ya trataremos eso más tarde. Lo que me importa ahora es lo que cojones esté pasando —sentenció con dureza. —Ren ¿Cómo estas?

—Ya he dicho que estoy bien —insistió, recostándose mejor contra el árbol. Los ojos le pesaban. Ann sentía, al mirarle, que iba a desfallecer en cualquier momento.

—Y una mierda. ¿Cómo vas a estar bien? Una herida te cruza el cuerpo, tu hermano por poco te mata. ¿Se puede saber qué demonios ocurre aquí? —preguntó alterado.

—A lo mejor deberías dejarle descansar. Cálmate. —propuso Iona. 

—Casi se cargan a Ren, a quien considero mi hermano ¿Y me pides que me calme? —gruñó, encarando a la mujer. La situación volvía a ponerse tensa por momentos y la princesa se temió lo peor.

—¡¿No te estás dando cuenta, Gustav?! ¡Ren no está bien!

—¡Claro que no lo está! ¡El puto Gelhart ha aparecido y casi se lleva a estos dos por delante! —les señaló. Anneliesse jamás hubiera pensado que Gustav se habría alterado tanto ante una situación así. Siempre era Iona la que veía el peligro acechando en cada esquina, y sin embargo, mientras ella mantenía la calma, él parecía desquiciarse por momentos.

—Nada de esto habría pasado si me hubieseis entregado a la princesa cuando os lo dije —El desconocido dio un paso adelante. Ann se tensó junto a Ren, dando un paso atrás. ¿Otra vez iba a desatarse? ¿Otra vez iba a meterles en problemas? Ni hablar.

—¿Quién eres tú? ¡¿No has tenido bastante?! ¡Lárgate o te juro que vas a correr peor suerte! —Ann no tenía su espada en el cinto, pero aún así no se detuvo cuando caminó hacia él, encarándole. El hombre se quitó su capucha, mostrando un rostro mucho más joven de lo que todos imaginaban. Sus cabellos caían por debajo de su mandíbula, despeinados y algo sucios. Tenía la barba mal recortada, pero los ojos claros daban un aspecto limpio a su físico. 

—Yo no voy a hacerte daño, princesa.

—¡Yo no soy una princesa! ¡Lynastis a caído y no existe! ¡No me llames así!

—No niegues quien eres. ¿A caso has repudiado tu apellido tan pronto? —se atrevió a contradecirla. —Si hubieses venido conmigo, ahora estaríamos lejos de aquí, a salvo. El Gelhart no habría aparecido en tu camino, esto no sería preocupación tuya.

—¿Contigo? ¿Quién te crees que eres?

—Un soldado de su majestad, el rey Reginald —sentenció. Se quitó la capa, y después la chaqueta, para remangar su camisa y mostrar un tatuaje en su brazo. El escudo de Lynastis coloreaba su piel por encima del codo. —En cuanto me enteré de lo sucedido, el resto de soldados supervivientes y yo, nos pusimos manos a la obra. Estamos buscándote por todas las regiones, buscando a la heredera de la capital y el continente.

—¿De qué estás hablando?

—Crecimos al amparo del fallecido rey. Le debemos nuestra vida tras tantos años de servicio. Fue el juramento que hicimos al tomar el cargo como leales soldados de la corona —insistió. —Algunos os dieron por muerta, pero otros nos afanamos en encontrarte, a ti o a tu cuerpo. Nos movía la esperanza de poder dar con la única persona que puede reclamar el trono de nuevo —Anneliesse tragó saliva.

—Siento decepcionarte, pero ya te he dicho que no soy la princesa de nada. Arunna ha matado a mi padre, ha tomado Lynastis. El continente está perdido y yo no pienso hacer nada. No voy a dar mi vida, una vez más, por una causa superior a mi —dijo tajante. —Así que, seas quien seas, puedes irte por donde has venido. Estoy bien aquí y aquí me quedaré.

—Cuando os encontré y sospeché quien eras, pensé que te tenían cautiva —siguió hablando, ignorando lo que la chica decía. —Por eso ataqué.

—Eh, tú. Ya la has oído. Vete —intervino Kassad. —No me fío de ti. Yo también podría tatuarme un escudo y fingir ser leal a la corona, para llevarme a la chica y vendérsela a Hardum. Y aunque seas un soldado de verdad ¿Vas a decirme que no existen los traidores entre los tuyos?

—Yo no soy un traidor —contrarrestó el hombre, clavando sus ojos azules en los oscuros de Kassad. — Me cortaría las manos antes de hacer daño a la hija de mi rey —pasó a mirar a Ann. —Anneliesse, escúchame...

—No, escúchame tú a mi. Ya te he dicho que no voy a ir contigo a ninguna parte. ¿Te queda claro? —El hombre soltó aire. Suspiró con pesadez. Se tomó unos minutos para pensar.

—Entonces yo me quedaré contigo, donde vayas. Te protegeré de Arunna y de cualquier peligro al que te enfrentes. Como sospechábamos, los Gelhart no han hecho otra cosa que aprovecharse de la situación. Así que, si...

—No necesito protección —volvió a cortarle.

—Yo diría que sí —. El hombre sonrío con cautela. —Estas personas no han sido capaces de evitar lo que ha ocurrido —les señaló. Kassad dio un paso adelante, gruñendo, pero Gustav le detuvo. 

—¿Cómo te llamas?

—Vian. Vian Kallum. 

—Estupendo, Vian ¿Interpondrías tu espada por ayudar a esta mujer si ese tío vuelve a aparecer? —preguntó sin tapujos. Anneliesse le miró con el ceño fruncido.

—Lo juro —prometió, llevándose una mano al pecho, al corazón, como señal de promesa absoluta.

—Entonces quédate, o haz lo que te de la gana.

—¡Gustav!

—Quéjate si quieres, Ann. Pero no puedes negarme que hemos corrido un riesgo enorme de un momento para otro —la señaló. No había violencia en sus palabras, pero sí dureza. —Hemos estado hablando, y no vamos a echarte del grupo. Seríamos unos monstruos si lo hiciéramos, y tampoco me hace gracia la idea de dejarte sola con este —señaló a Vian. —Pero si tenemos de nuestra parte a un soldado que pueda parar a Eirik si vuelve a venir, estupendo. Y me da igual lo que tengan que decir los demás —se refirió a todos. Ninguno habló. Anneliesse se quedó sin palabras. —Ahora descansemos. Esta noche no habrá fuego, no podemos alertar a nadie más —recordó. —Y tampoco vamos a movernos más con Ren así. Cada uno a una esquina y a dormir, o ver pasar el tiempo, me da igual —terminó por decir, justo antes de caminar hacia un lado, y tras sortear varios troncos y piedras, se sentó sobre una de ellas, espada en mano. Ese día no pensaba dormir, ni descansar. Iba a estar en guardia. 

—Anneliesse... — se acercó Iona. Su rostro era la máxima expresión de la preocupación.

—Lo siento —se limitó a decir la chica. Ya le había dicho que no se disculpase más, pero todo aquello era fruto de su presencia allí. No había más que pensar. Caminó junto con Kassad, de nuevo, hasta llegar a Ren, colocándose uno a cada lado de él. 

—Dejadme en paz —insistió. Kassad, cansado de las tensiones, se alejó un poco. Sin embargo, Ann se atrevió a extender la mano y tocar su frente. Sólo quería saber si tenía fiebre. —Anneliesse, vete —concluyó con dureza. Con inseguridad, la chica terminó alejándose también. Se sentó sobre el suelo, recogiendo sus rodillas con los brazos y escondiendo el rostro entre ellas. Nunca, jamás, había sentido deseos reales de asesinar a nadie. Aquel día fue la primera vez, porque, a pesar de que se sentía culpable de algún modo, no podía evitar pensar que todo, en realidad, era por culpa de Hardum y Eirik. Si los volvía a ver... 

Alzó el rostro para volver a mirar a Ren. Seguía ido, perdido en sus recuerdos. Aún no podía creer que su otra mitad estuviese allí, con ella. Sólo de pensarlo, la invadía una sensación muy extraña.

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