La noticia sentó como una enorme jarra de agua fría, como no era de extrañar. Gustav sabía bien la animadversión que Ren sentía por toda persona con sangre noble pese a que él mismo la tuviera. De hecho, el propio Gustav repudiaba a los ricos y nobles que se acinaban en sus juegos de poder y de derroche mientras dejaban morir de hambre a gente exprimida por sus quehaceres diarios para poder pagar rentas y tributos que financiaban esos fines tan deplorables. Y no era la única razón, sino que había una mucho más importante. La diferencia entre él y Ren es que Gustav trataba de ser pragmático, metódico, medía bien las situaciones y los momentos mientras que Ren no, él era un muro inabarcable, infranqueable y completamente difícil de derribar en esos sentidos, cosa que les llevaba a discutir. El líder, por tanto, tomó aquella decisión como una pequeña venganza personal por la discusión que Ren le planteó mientras cazaban al ciervo y al espadachín no se le pasó por alto. Durante el resto del día se mantuvo ausente, alejado y sin cruzar palabra con nadie. Se las pasaba limpiando su katana de forma intimidante, sombrío y sin llamar la atención en absoluto, aunque era difícil ignorar a un hombre tan grande mientras preparaba un arma de forma amenazante -Se te van a caer los ojos de mirarle- el fuego crepitaba lanzando pequeñas y danzarinas chispas al aire que se apagaban como luciérnagas. Ya estaba oscuro en el bosque y hacía fresco debido a la humedad, de modo que el calor de las llamas se agradecía. Afortunadamente, la noche y la arboleda ocultaría la columna de humo para no ser detectados por ojos perniciosos.
-Es solo que... debe estar pasando frío- contestó Ann a Gustav, que se calentaba las manos con una infusión que se preparó con el agua del río y unas hierbas.
-Él es así- suspiró pesadamente. No pasó por alto a la chica que Gustav no volvió a ponerse gallito en lo que quedó de día. A esas horas, aún seguía serio y con la mirada dura, distante. Al parecer a él tampoco le gustaba tener situaciones tensas con Ren, pero era demasiado cabezota -No hay nada que se pueda hacer-
-Realmente sí- comentó Iona, abrazándose las piernas y con ojos somnolientos -Dejarle dormir y darme a mí el turno con la chica. O darme el turno con Ren. Ponerlos juntos es una crueldad, sobre todo para Ann-
-¿Tú?- Gustav chasqueó la lengua -Si te falta el canto de una dena para quedarte dormida-
-Pero eso es porque me...- bostezó -...aburró-
-Yo no tengo problema- aseguró Ann -No hace falta que os mantengáis despiertos por mí- todos la miraron. Al parecer ya estaba siendo demasiado obvio: las caras serias y el humor apagado, el creciente silencio... Aiko era la única que ya se acurrucaba con su manta y dormía plácidamente -Estoy segura de que podré manejarle. Al menos no creo que me mate- esbozó una sonrisa. No le salía muy bien lo de ser graciosa, todavía.
-Eso espero- observó Gustav tras echarle un último vistazo al apartado Ren y disponerse a irse a dormir, al igual que los demás.
La chica esperó largo rato, pacientemente, frente a las cálidas y danzarinas llamas. Todos se terminaron quedando dormidos más tarde o más temprano y, al final, solo se oía la fogata y algún brillo lejano. Obnuvilada por el sensual baile del fuego, se perdió en sus pensamientos. El color, el olor, el calor... todo Lynastis se le vino a la mente. La imagen de su padre decapitado, la peste a sangre, el miedo, la desolación, los gritos... De pronto espabiló, dejando de mirar el fuego, con los ojos secos. Se frotó las piernas para quitarse algo de frío de las manos y miró nerviosa a todas partes. No podía quedarse así, en silencio. No podía quedarse sola o le iban a comer los malos recuerdos. Aún tenía que hacerse algo más fuerte para poder sobrellevarlos y la única compañía que tenía era aquel tipo siniestro con la katana en sus rodillas que no le había mirado en todo el día. De hecho seguía allí, sentado en el mismo trozo de tronco viejo que encontró como asiento. A pesar del frío, Ann se puso en pie y caminó lentamente hasta poder sentarse un par de metros alejada de él, a su lado, para poder mirarle -Qué noche- comentó, acurrucándose sobre sí misma haciéndose un ovillo -¿No estarías mejor junto al fuego?- Ren tenía los ojos cerrados y sostenía la katana sobre sus manos abiertas. La ignoraba, o eso parecía -Los demás se han dormido. Gustav no te molestará- obtuvo silencio igualmente como respuesta. La respiración de Ren era lenta y profunda -¿Ren...?- Ann ladeó la cabeza ¿Se había quedado dormido? ¿En serio? Curiosa, se levantó de su asiento y se acercó ligeramente a él -¿Te has... dormido?- acabó por tocarle con un dedo en el brazo, lo que provocó que Ren abriese los ojos con la velocidad con la que lo hace un depredador, tomó la katana y cortó el aire hasta detenerse en la piel de la chica. Si su carne no se rasgó fue por un milímetro milagroso. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Se quedó helada de miedo ante aquella reacción, pero se relajó al ver que Ren apartó el arma velozmente al reconocerla -¡Dioses...!- masculló, recuperando el aire. Se tambaleó con un paso hacia atrás y cayó de bruces sobre su trasero en la hierba. Vivir con ese hombre era una experiencia.
-No vuelvas a hacer eso- gruñó, envainando la katana y engarzándosela en el cinturón.
-¿Despertarte?- se quejó la chica -Estás de guardia y te has dormido-
-No estaba dormido- remarcó Ren, sin mirarla -Estaba meditando-
-Yo a eso lo llamo dar una cabezada...- insistió la chica.
-Estaba meditando- corrigió Ren finalmente, mirándola con severidad.
-Bueno, vale...- Ann volvió a hacerse un ovillo mientras se creaba un nuevo e incómodo silencio -¿Por qué meditabas?- la respuesta de Ren fue soltar un gruñido de notoria molestia -Oye...- suspiró -Lo siento ¿Vale? No sé...- reunió valor, espabiló, como Iona le sugirió. Seguir callada, o simplemente pidiendo perdón porque sí... no le llevaría a nada -¿Por qué me odias?- decidió preguntar, cambiando su tipo de conversación. Ren volvió a posar sus ojos sobre ella con una gigantesca desgana -Está claro que me detestas ¿Te he hecho algo?-
-Existir- bufó Ren.
-¿Ni siquiera vas a concederme eso? Me enseñaste a disparar, hasta me diste ánimos. Pensé que era un progreso...-
-No hay nada en lo que progresar. Entre tú y yo no hay nada que deba o pueda progresar-
-Entonces al menos dime la razón. Si entiendo por qué no me quieres cerca, podré entenderlo y me alejare. Es eso o tener que aguantarte con mi presencia- el mercenario se preguntó de donde estaba sacando ese pequeño arrebato de descaro para dirigirse a él con esa soltura. Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre sus piernas.
-Los de vuestra clase, los nobles y poderosos, os creéis siempre con el derecho a hacer lo que queráis- la miró con el ceño fruncido -Nacéis con todo y morís con todo. Nunca os falta nada. Desconocéis el significado de la ausencia, de la pérdida; del miedo, la impotencia. Todo os lo hacen y lo que queréis hacer por vosotros mismos, lo hacéis impunemente, sin que nadie os detenga. Puedes ser el Lord de unas tierras, ir a la casa de un aldeano cualquiera, entrar por su puerta con una sonrisa en la cara y obligarle con un cuchillo de uno de tus guardias en la garganta a que mire con cara alegre cómo montas a su mujer y a sus hijas. Y ese hombre lo hará, si quiere vivir. Lo hará si quiere ver a su familia vivir. Lo hará por el mero hecho de sobrevivir... o, irónicamente, porque desea morir y cree que demostrando que no vale nada, el Lord será piadoso y acabará con su desdichada vida- aquello último lo dijo con tanto dolor que Ann no pudo evitar sentirlo.
-No sé qué clase de cosas habrás visto, Ren... Has podido vivir mil barbaridades para pensar así- el espadachín bufó -Pero yo no te haré daño-
-¿Tú?- la señaló con desdén -Hacen falta cien como tú para poder siquiera tocarme-
-Antes te toqué, mientras "meditabas"...- se atrevió a decir. Ren la contemplaba como el matarife observa al carnero antes de darle muerte para comenzar el festín. Finalmente y para sorpresa de la mujer, se echó a reir. Se contuvo, eso sí, lo más rápido que pudo. Ann no pudo sino sonreír ante tan extrañisima situación -¿Qué? ¿Qué te hace gracia?-
-Dioses... es como hablar con una niña pequeña. Es por descontado que no puedes hacerme daño-
-¿Eso significa que me vas a tolerar?-
-Eso significa que te daré la oportunidad de no darme por saco y llegar a ver la luz del sol- hubo otro pequeño momento de silencio.
-Yo no te guardo rencor ¿Sabes? No lo digo por lo del secuestro, sino por...- se llevó una mano al cuello.
-Sería normal que me lo tuvieras- confesó -De hecho, realmente sentía deseos de matarte-
-¿Por qué no lo hiciste entonces? Invocaste aquella criatura para que al final...-
-Te recuerdo que me enfrenté a ese... lo que fuese. Yo no lo invoqué- rebatió malhumorado -Y no lo hice para no fastidiar a la banda. Así que no me acuses de más cosas sin fundamento si no quieres que cumpla con lo que deseaba hacer ese día- escupió, gruñón.
-Te importan ¿verdad?- la chica miró hacia atrás, donde todos dormían -Son buenas personas. No necesito muchos días a su lado para darme cuenta. Tienen corazones nobles- rápiadmente miró a Ren -Nobles en el buen sentido. No de ricos codiciosos y crueles que maltratan y...- el espadachín giró la cara hacia el otro lado. Ann pudo ver por el movimiento de sus hombros que se estaba riendo -¿Te estás burlando otra vez?-
-¿Crees que por decir eso me voy a levantar y los voy a matar?- la miró divertido de vuelta.
-¿Y yo que sé? Estás todo el día enfadado, gruñendo y hoy a malas con Gustav- se percató de que había tenido un atrevimiento con esas palabras, pues acababa de sugerir que podría asesinarlos tras afirmar que parecía sentir aprecio por ellos -Yo... no quería insinuar nada. Lo siento- pero, a fin de cuentas, Ren volvió a reír -Esto es increible...- terminó suspirando la chica, agotada. Era imposible comprenderle.
-Te concederé algo- la señaló -Eres distinta a los demás. Nunca un noble me había hecho reír-
-Eso es bueno ¿no?- se interesó -¿Te ha... hecho daño la nobleza alguna vez? Puedo imaginar que...-
-Cuanto menos imagines, mejor para ti. No quiero ahondar más en ello- si quería mantener el buen hilo con él, era mejor no presionar. La chica frunció los labios, pensativa.
-¿Qué tal la herida? Luce mucho mejor- Ren se pasó la mano por el corte de su cara.
-A veces arde- comentó -Tu Aegis no era un mago cualquiera. Nunca había encarado a un hechicero como él-
-¿Te has enfrentado a más?- se sorprendió la chica.
-A varios. Desde que estoy con esa panda de imbéciles que roncan ahí atrás- apuntó tras oír un ronquido de Gustav.
-¿Llevas mucho con ellos?-
-Más de 15 años-
-Vaya... Y yo que me sentía aventurera por vivir esta semana con vosotros- reflexionó en voz alta. Ren se mantuvo en silencio un instante, mirándola. Comprendió de pronto que estaba equivocado, y bastante, al reflexionar sobre esa frase que la chica acababa de pronunciar ¿Que los nobles no sabían lo que era perder, la ausencia, ni el miedo? ¿Que tenían todo lo que querían? Ella, a fin de cuentas, era una excepción a esa regla, al igual que él. Odió admitirlo para sus adentros, pero algo en el tono en el que pronunció esa frase, la forma en la que se encogía del frío y se la veía intrigada a la par que dudosa de la clase de vida que estaba teniendo, esperanzada por poder contar con una panda de rufianes ladrones que además la secuestraron... Quizá, solo quizá, podria luchar contra sus propios instintos para almenos soportarla una o dos horas al día sin pensar en deshacerse de ella para siempre.
-Ven- dijo, poniéndose en pie de pronto -Hace frío. Vamos a la hoguera- él no tenía frío alguno pero Ann sí. La chica se levantó velozmente y ni siquiera lo cuestionó. Tomo asiento frente a las llamas con sumo gusto, llevando las manos al calor. Entonces Ren, al sentarse frente a ella al otro lado de la hoguera, percibió un brillo plateado en su mano -¿Y eso?- señaló.
-¿Eh? Oh- Ann sonrió con vergüenza -Es una vieja cicatriz. No me acordaba de que la piel brillaba un poco a la luz. Qué vergüenza-
-¿Cómo te la hiciste?- ¿Eran ilusiones o el perverso espadachín estaba interesándose por algo de ella? Gustav no daría crédito si lo oyera.
-Como digo, me da vergüenza...- se miró la cicatriz y se la acarició -Me la hice intentando abrir una cerradura con un cuchillo- encogió el rostro en una mueca estúpida -Quise salir y las puertas de los jardines estaban demasiado bien cerradas. Una joven y ignorante Anneliesse quiso ser más lista que un cerrojo y... ¡Zas! Se me fue la mano, se fue el cuchillo y voló la sangre- Ren ladeó ligeramente la cabeza.
-Vencida por un cerrojo- comentó sin ápice de emoción.
-...Era grande. Y pesado-
-¿Más que tú?- aquella pregunta cogió a la chica desprevenida. Reflexionó un instante a qué se refería. Finalmente abrió mucho los ojos y le miró con agudeza.
-¿Me estás llamando enana... o me estás llamando pesada?- solo consiguió que Ren se echara a reir de nuevo. Algo había en esa chica, un destello de inocencia, que le parecía sumamente divertido: era sencillo confundirla pero a su vez esa confusión la hacía salir ligeramente de su cascarón. Parecía liberarse de su culpa y su pesar y fluía con la conversación, dejando ver a la verdadera Anneliesse que había detrás de los trajes pomposos, el ansia de libertad y la fría soledad del palacio.
-Si no fuera porque me maravilla oirte reír, te mandaría a tomar por culo- gruñó Gustav con una insoportable cara de sueño -Bajad la voz, atontaos. Estáis de guardia, no de fiesta- Ren se calló ipso facto, así como Anneliesse. El silencio se hizo entre ambos tiempo suficiente para que Gustav volviese a roncar, pero eso no hizo que Ren volviese a relajarse. De hecho, hasta se culpó un poco. Por un instante disfrutó aquella carcajada final, el encontrar divertida la virtud de esa chica, pero no podía ser. No podía faltarse a sí mismo y menos aún, ante Gustav. Tenía unos principios que defender, un objetivo claro en la vida. Había estado bien soltar un poco el estrés acumulado del día... pero no más. Se puso en pie finalmente y apoyó la mano sobre la katana -Voy a dar una vuelta por el perímetro. Quédate aquí, no tardare- dijo con tosquedad. Ann asintió. Sabía que cuando regresara, volvería el Ren oscuro y silencioso de siempre. Podía percibirlo.
Cuando llegó la mañana y el resto de miembros de la banda despertó, se encontraron con una Anneliesse que preparaba bien a los caballos, apretando las ataduras de las sillas, bolsas y demás. Ren, por su parte, estaba sentado en su tronco apartado de siempre sin decir palabra alguna -Bueeeenos días- saludó Gustav con una voz algo más animada -¿Qué tal la guardia?- quiso saber, acercándose a Ann. Esperaba verle una cara macilenta y apagada, pero para su sorpresa no fue así. La chica parecía animada y algo enérgica pese a no haber dormido en toda la noche.
-Buenos días. La noche ha estado bien, tranquila. No hemos visto ningún movimiento- asintió.
-¿Y qué tal nuestro amigo "sonrisas"? ¿Por qué se reía tanto anoche? ¿Estaba enfermo?- Ann miró al alejado Ren y luego volvió a Gustav.
-Se burlaba de mí, eso es todo-
-¿Ah, sí? ¿Te estuvo molestando?- gruñó.
-No, no. En absoluto. Era sin maldad. Estoy segura- recordó la cara con la que Ren se reía. Sí, definitivamente no lo hacía con malas intenciones, para variar.
-Bien... Eso espero- Gustav sonrió con malicia mirando hacia Ren mientras se apartaba de Ann. Iona, Kassad y Aiko se desperezaban mientras se preparaban una infusión de café de la peor de las calidades con el agua que recogieron del río. Dormir a la interperie siempre era peor que no dormir, directamente, por lo que no era de extrañar que Ann y Ren estuvieran más espabilados que el resto. Iona, en concreto, se quejaba de dolores de espalda. Debía de haber dormido sobre alguna raíz o alguna rama -Menudos ánimos que hay hoy- se quejó Gustav, taza en mano -¿Nos ponemos en marcha ya?- quiso saber.
-Vete a la mierda- dijo directamente Iona, sin mirarle, sentada como una muerta viviente mirando a la nada.
-Supongo que eso es un no- se encogió de hombros el líder y dio un sorbo a su brebaje asqueroso.
-Creo que tenemos que reposar un poco- bostezó Kassad -Por favor, Gustav- suplicó.
-Bueno, vale- suspiró -A fin de cuentas, siempre tengo algo que hacer -¿No, Ann?- la chica le miró con curiosidad tras terminar con los caballos.
-¿Por qué me lo preguntas?-
-¿Se te antoja algo de práctica mientras estos pequeños niños que tenemos aquí se espabilan?- ya habían practicado lo básico durante alguna que otra mañana o tarde. Ann había estado haciéndose al manejo de una espada, al cómo sostenerla y cómo moverla.
-Por mí, bien- sonrió.
-Perfecto. Iona, déjale tu espada- pidió Gustav, a lo que la mujer cogiendo su espada con un bostezo y arrojándola como si fuese un peso muerto. La espada cayó a los pies de Ann con un impacto ahogado debido a la hierba -...Bien. Cuanto entusiasmo- comentó irónico -Venga, contra mí-
-¿¡Eh!?- eso sí que no se lo esperó -¿Pero... estoy preparada?- Ann cogió la espada y notó cómo el peso se le multiplicó desde la última vez, debido a los nervios.
-Claro que sí- mintió Gustav, acabándose la bebida y dejando la taza junto a los restos de la hoguera. Con aires de superioridad, desenvainó su espada -Recuerda todo lo que te he enseñado-
-Apenas... Apenas me has enseñado nada- indicó Ann, que hizo reír a Iona.
-La chica tiene cabeza, Gustav. No vayas a hacer mofa de ella. Sé justo-
-¿Ahora estás despierta para opinar?- gruñó y devolvió su atención a Ann -Venga, encanto. En guardia- sonrió.
Con movimientos lentos y telegrafiados, Gustav atacó a Ann con cuidado. La princesa hacía lo posible por alzar la espada y bloquear sus golpes, pero pese al cuidado on el que el líder de la banda propinaba sus golpes, con fuerza bastante medida, el impacto de las hojas causaba en la chica un retroceso vibrante que le hacía perder la postura y terminaba trastabillando. Apenas bastaron unos tres golpes de Gustav para que la espada se le cayera de las manos a la chica. Se terminó sujetando la muñeca con una mueca de dolor -¿Ya está?- se sorprendió el líder, abriendo los brazos con incomprensión.
-Agh...- se quejó Ann -No pasa nada, puedo seguir-
-Seguro que sí. Venga, Ann- animó Gustav a la chica, que se agachó a coger la espada -Recuerda: sostenla con firmeza, pero no te aferres a ella. Más vale perder la espada con gracia que hacer permitir que se te parta la muñeca- dicho aquello, ambos volvieron a combatir. Gustav retomó sus ataques, uno tras otro, haciendo retroceder a Ann que se centraba en mantenerse en pie y no tropezar, bloqueando o esquivando los embites de Gustav, al que le costaba no soltar alguna que otra carcajada viendo la cara de esfuerzo de la joven. Cuando consideró, dio un golpe de gracia que, de nuevo, le hizo saltar la espada de la mano. Ann volvió a dolerse de la muñeca -Bueno...- suspiró el hombre -Supongo que va para largo- se encogió de hombros.
-Lo siento...- Ann entonces cayó en cuenta de que se había vuelto a disculpar. Miró a Iona, que negó con la cabeza -Pero puedo seguir- se recompuso.
-Creo que está bien. Aún tienes que acostumbrarte. Te harás daño si seguimos- explicó el líder.
-Tú le haces daño- intervino de pronto Ren, que los escuchaba de lejos -No le estás enseñando nada-
-¿Oh? ¿El maestro espadachín tiene alguna observación que hacer sobre mis enseñanzas? No sé, supongo que no te enseñé bien a ti en su día- dijo con desaire.
-Me enseñaste de la misma forma que a ella- se puso en pie, desafiante -Y aún así, tuve que aprender por instinto. No eres un mal maestro, pero no contamos con el mismo tiempo que tuviste en su día conmigo, cuando eramos unos donnadie-
-¿Sabes, Ren? Tienes razón- sonrió. A Ren no le gustó nada que le diera la razón con tanta facilidad -Así pues, he sido un poco ignorante al no darme cuenta de que la mejor opción es que nuestro mejor guerrero, tú, sea quien la enseñe- lo sabía. Ren frunció el ceño al haberse visto venir aquella salida.
-¿Vas a seguir provocándome?-
-¿Provocarte? Es solo razonamiento básico. Además, estás observando que no le enseño nada- le invitó con un gesto de la mano a dirigirse a Ann -Hazme los honores, pues- la princesa empezaba a sentirse incómoda, pues estaba empezando a encontrarse en mitad de las tiranteces de ambos hombres.
-Yo no quiero ser una molestia con este tema. Aprenderé por mi cuenta-
-No, no- se adelantó veloz Gustav -Ren te enseñará. Seguro que aprendes en un abrir y cerrar de ojos. Venga, en guardia, los dos- no era una sugerencia, sino una orden. Gustav tomó asiento junto al resto y observó con sumo interés cómo Ren desenvainaba la katana con suma pesadez y desagrado. Anneliesse tragó saliva. No esperaba volver a encararle con la espada en la mano. Le recordó a aquella noche en el puente. Pese a que en principio parecía que habían acercado ligeramente posturas la noche anterior en la guardia, el espadachín seguía siendo igual de intimidante. Tenía una mirada que... le resultaba inquietantemente familiar. Tan familiar que sintió una creciente repulsión hacia él ¿Por qué?
-¿Vamos?- comentó Ren. Ann esgrimió la espada con repentina seguridad.
-Ven- invitó con aires de confianza. Ren chasqueó la lengua y avanzó hacia ella de una veloz carrera. Un solo golpe bastó para que la espada volara de la mano de la chica y se clavara en la tierra, pero a diferencia de Gustav, no le lastimó la mano -¿Cómo...?-
-Bloquear un ataque no es interponer tu espada, es contraatacar con un mismo golpe. Gustav te trata como un entrenamiento- lo miró y luego a ella -Yo te trato como una enemiga y por eso no lo ves venir. Un adversario real no va a ponerte las cosas fáciles, mujer. Coge tu arma- con el pulso acelerado al verse tan terriblemente desarmada por la habilidad de Ren, recogió la espada con mucha más inseguridad que antes. Casi sentía ganas de pedir una pausa -En guardia- Ann obedeció y volvió a alzar la espada -Actúa- ordenó Ren volviendo a atacarla. Esta vez Ann hizo caso a lo que el hombre le dijo y no se limitó a interponer la hoja, sino atacar de vuelta para bloquearle. Esta vez el choque de las espadas creó un estallido metálico y, por fin, el arma no se le escapó a la chica -No bajes la guardia- Ren deslizó la hoja de la katana a lo largo de la hoja de la espada de la princesa hasta llegar a la punta, para desviársela a un lado, de manera que la dejó expuesta para placarla con el hombro. Ann se vio impulsada hacia el suelo, cayendo de espaldas. El filo de la katana le apuntó al cuello de forma letal -Fin- concluyó.
-¿Estás bien, Ann?- quiso saber Kassad.
-Sí, estoy bien- comentó ella con seriedad sin quitarle la vista de encima a Ren. Dioses, esa forma de mirarla tan suya ¿A qué le recordaba? ¿De qué eran esos ojos cargados de penumbra y frialdad? ¿Por qué sentía tan cercano esa forma de mirarle como si le estuviera clavando puñales? -Otra vez-
-¿Estás segura? Yo creo que es suficiente. Has conseguido bloquearle una vez y eso ya diche mucho- comentó Gustav con cierta admiración.
-Otra vez- insistió la chica. Algo crecía en ella. Había un fuego en su interior y no era por el sello. Sentía que podía hacer algo más. Sabía que podía hacer algo más. Su cuerpo parecía vibrar tras haber sentido ese empujón de Ren. Un sentimiento pulsante que la empujaba a querer seguir ¿Era adrenalina?
-Como quieras...- asintió Ren preparando el ataque.
[FF7R OST - JENOVA Quickening]
Como si fuesen los ensayos para un baile, Ren repitió los mismos pasos que, sabía, que Ann sabría responder. De nuevo, la chica bloqueó su ataque y, otra vez de nuevo, Ren deslizó la hoja de la katana sobre la de Ann para apartar la espada y poder empujarla de nuevo. Sin embargo, esta vez la chica se apartó con un paso lateral, dejando vendido a Ren ante un ataque. Suponiendo que ella no cometería el mismo error, Ren bloqueó el ataque de la chica. No pudo evitar doblar las comisuras un tanto -Aprender por ensayo y error está bien, pero hay que dejarse llevar por el instinto- comentó.
-Lo veo- asintió Ann con un brillo de ilusión en la mirada.
-Pues hasta la próxima- Ren hizo fuerza para impulsarla de forma imprevista empujando el choque de las armas. Esperaba que la mujer cayera, pero de un pequeño saltito hacia atrás se alejó del espadachín y se mantuvo en pie. Ella pudo ver en el rostro de Ren que estaba ligeramente sorprendido.
-Puedo verlo- repitió -¿Cómo...?-
-¿El qué?- quiso saber el mercenario.
-Puedo ver... lo que vas a hacer- dijo ella de forma inexplicable. Era como si sintiera en su propio cuerpo lo que el hombre estaba a punto de realizar.
-Sandeces...- gruñó Ren, sintiendo que la chica lo estaba subestimando de fondo. Haciendo gala de su maestría, se lanzó hacia ella velozmente y atacó con una rápida sucesión de cortes que, para sorpresa de todos, Ann bloqueó con celeridad y destreza apabullante. La mirada de ambos se cruzaron un instante que se hizo eterno para los dos. De pronto Ren también lo comprendió. Él también podía saber que ella iba a moverse de una forma determinada ¿Pero no era aquello experiencia? No, sabía de sobra que ella iba a bloquearle ¿¡Pero cómo era posible!?
-Dioses ¿Habéis visto eso?- dijo Gustav con la boca abierta.
-Increible, pajarillo- sonrió Iona -Demuéstrale quién eres, venga- la animó. Ante aquellas palabras, Ann reaccionó atacando a Ren con una habilidosa sucesión de espadazos que el mercenario esquivó y desvió con la katana. El intercambio de golpes entre ambos se prolongó durante unos infernales segundos en los que parecía que eran dos contrincantes reales tratando de darse muerte mutuamente, pues Gustav y los demás acabaron por contemplar cómo comenzaron a lanzarse golpes que, de acertar, podían ser letales. Lo asombroso era que ninguno de los dos fallaba ni en atacar, ni en bloquear, ni en evadir. Obviamente, Anneliesse era la pieza clave ¿De dónde había aparecido esa habilidad tan repentina si apenas sabía sostener la espada contra Gustav?
Finalmente ambos terminaron propinando un fuerte golpe que acabó con sus aceros entrelazados, chirriando debido a la fuerza que ambos hacían ¿Pero cómo podía ella igualarle ya en fuerza física? Era una locura -Estás haciendo trampa- observó Ren.
-Yo solo estoy... dejándome llevar- la chica habló mientras cruzaba una pierna entre las de Ren para tenderle una zancadilla con un rápido empujón, obligándolo a caer. Para evitar perder el equilibrio, Ren dobló una rodilla y acabó agachado ante la chica, que empezaba a ganarle el pulso en el combate -Instinto- masculló. Hasta su forma de hablar era distinta, de pronto. Llena de confianza. Pero la confianza podía llegar tan rápido como se puede ir, fútil. Arrodillado ante ella y sin muchas posibilidades no letales de quitársela de encima, Ren empujó con todas sus fuerzas hacia arriba, de manera que Ann alzase su espada y con ella, sus brazos. Entonces la placó desde su posición, arrojándose contra ella como un animal. La chica terminó recostada en el suelo con Ren sobre ella, con la katana alzada amenazando con caer sobre su garganta.
-Fin- dijo, mirándola de cerca. Ella no podía ganarle.
-Fin- repitió ella con una sonrisa ilusionada. Ren no se percató de que al caer sobre ella, la chica igualmente había colocado su espada habilmente justo sobre su costado. Ambos habían... empatado. Iona y Aiko estallaron en aplausos mientras que Gustav se reía a carcajadas. Ren y Anneliesse se miraban intensamente sin prestarles atención. Incluso la postura en la que habían acabado no les incomodó, por no haberse dado cuenta. Había algo que no era normal en aquella situación... y Ren estaba dispuesto a descubrirlo, de la misma forma que ella seguía intrigada por esa mirada que no conseguía discernir, pero que estaba segura que acabaría descifrando y descubriendo a quién le recordaba.
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