El mundo se tiñó de oscuridad; una capa de sombras impenetrable pero danzante, pulsante a su alrededor, envolvía a Ren en todo momento. Sentía que le había sacado de su sueño, ya que el hombre se encontraba acostado como cuando se quedó dormido. Ahora simplemente todo era tiniebla y un susurro, un eco casi imperceptible en aquella penumbra que le resultaba extrañamente familiar al espadachín. Pero entonces algo cambió en aquella palpitante oscuridad, siendo la silueta de una mujer la que comenzó a hacerse visible, distinguible. Cuando se afinó la imagen ante sus ojos, pudo reconocer al instante de que se trataba de Anneliesse. Estaba desnuda, acostada al igual que él. Le miraba y juraría... que estaba triste, muy triste. Lo sabía porque podía percibirlo. Era como si aquellas emociones que manaban de ella fueran un color que sus ojos podían ver a su alrededor, que poco a poco, fluían hacia él y le envolvían. Le influenciaban... ¿Y por qué estaba desnuda? No reparó demasiado en ello, no, al menos, en los detalles, pero sus curvas se adivinaban de forma sencilla aún en esa oscuridad. Entonces, pudo apreciar que la chica decía algo, movía los labios, pero no la oyó. A partir de entonces, todo se desvaneció -¿Mujer?- preguntó Ren, intentando levantarse en la oscuridad -¿Me oyes, mujer?- pero la chica ya no estaba -¡Eh, princesa!- llamó. Dio un paso en la inmensidad y cayó, sin más, al no haber superficie pisable -¡Anneliesse!- al llamarla, se levantó incorporó de un brinco, quedando sentado frente a la hoguera apagada y humeante del campamento que todos habían levantado. Los demás dormían a excepción de Kassad, que le miraba con curiosidad acostado a su lado.

-¿Todo bien?- sonrió.

-¿A qué viene esa expresión?- Ren se repeinó los cabellos hacia atrás. Tenía calor y la frente húmeda. Se sentía desanimado.

-Has llamado a la princesa ¿La echas de menos?- preguntó curioso y juguetón el ravaht.

-No digas estupideces...- bufó.

-Ahora en serio ¿Qué te pasa? Estás pálido- Kassad se incorporó al igual que Ren y extendió un brazo para apoyarle la mano en el hombro. La reacción de Ren fue instintiva, como si sintiera un punzante miedo al contacto, se apartó veloz antes de que la mano le tocara -Tranquilo, hermano- masculló Kassad -¿Desde cuando te molesta que te toque? Somos amigos ¿no?- se extrañó.

-N-no... Osea...- Ren se puso en pie, sin reconocerse a sí mismo -Perdóname. Ha sido algo... automático-

-Entiendo- suspiró -Intenta dormir ¿De acuerdo? Quizá ha sido una pesadilla y te has alterado- terminó por sonreír, comprensivo.

-Tal vez, sí...- Ren se llevó las manos a la cintura, pensativo. El silencio volvió a reinar en el campamento, pero por poco tiempo. Poco a poco alzó la mirada hacia la espesura, a la oscuridad del bosque -Kassad- llamó.

-¿Mmm?- el ravaht no se movió. Ya había agachado la cabeza y trataba de dormir. Se relamió los labios.

-¿Oyes eso?-

-Oigo el sueño, Ren. Por favor, vamos a dormir. Relájate, amigo mío. Todo está bien...- terminó de decir con voz cansada y apagada, pero entonces el silencio le envolvió por igual y pudo sentir lo que Ren señalaba, terminando por levantarse un poco, apoyándose sobre un codo.

-No son imaginaciones mías- confirmó Ren -Se oye un lejano estruendo-

-¿Son caballos?- le miró Kassad en la oscuridad.

-Decenas- asintió Ren -Diría que hasta cientos-

-¿Cientos? Eso es imposible- dicho aquello, observó cómo Ren se adentraba en el bosque -Eh, espera, no vayas solo- Kassad se levantó tras echar un rápido vistazo al resto de compañeros, que dormían como troncos, para luego seguir a su amigo entre la arboleda. Apenas tuvieron que avanzar unos cuantos metros cuando en la distancia podían ver una gigantesca hilera de luces, fuego: antorchas -Eh...- a Kassad se le quebró la voz -¿Qué cojones es eso?- Ren le puso la mano en el hombro y lo hizo acuclillarse a la vez que él para estar menos expuestos a miradas indiscretas, pese a que estaban muy lejos.

-Es un ejército- determinó el espadachín.

-Claro que es un ejército- chasqueó la lengua Kassad -¿Pero de dónde?-

-No distingo su indumentaria pero fíjate en el desfile. Vienen del norte-

-Y se dirigen al oeste...- se rascó la barba Kassad -Espera ¿Arunna?- ambos se miraron -¿Van a Lynastis?-

-¿Al final la princesa va a casarse con aquel bruto de las barbas?- Kassad arqueó las cejas. Namur y Hardum, ambos, eran brutos con barbas -El del hacha- apuntilló.

-¿Y para qué traer un ejército? Ni siquiera cuando fueron a Ravahta llevó un ejército- volvió a chasquear la lengua -Esto no me gusta, Ren. Creo que nuestra princesa puede estar en peligro-

-Pues que la proteja el Aegis. Mantengamos un perfil bajo y no llamemos la atención- dicho aquello, Ren regresó al campamento para volver a acostarse. Sin embargo, aquella extraña sensación de pesar y dolor no desaparecía de su interior. Y aquel ejército... Algo le decía que muy pronto iba a haber grandes problemas que les afectarían.

---

 Al día siguiente, tras el encuentro con Anneliesse, el hechicero viajaba por los largos pasillos de palacio a una velocidad inusitada. Sus pasos recorrían grandes distancias, casi corriendo, persiguiendo un objetivo escurridizo que parecía resistirse a aparecerse ante él. Finalmente logró encontrarlo tras mucho rato buscando: en la Sala de Armas. Allí estaba el susodicho, maldito fueran él y todos los antepasados de los que había heredado esa maldita genética de ser un hijo de puta desalmado y carente de cualquier tipo de escrúpulos. Estaba oteando con curiosidad todas las armas desplegadas con maestría, como si fuera un enorme museo. Eran muestras de todo el armamento del que disponía Lynastis, algunas colgadas en la pared y otras en vitrinas y cristaleras, al menos, las más elegantes y distinguidas; armas legendarias, de grandes guerreros de Lynastis, antiguos capitanes y comandantes y héroes que dieron su vida por la corona -Me preguntaba cuándo aparecerías- dijo Eirik, sabedor de que el Aegis se encontraba en el umbral. Quizá fue por su respiración agitada o por sus pasos poderosos equiparables a una criatura de épocas pasadas, ya extintas -¿Ya se ha chivado?-

-Tienes un enorme valor, Eirik, para dirigirte a mí y a Anneliesse con esos aires tras lo que has hecho- dijo, entrando en la sala. Quedó al menos a tres metros del individuo, temeroso de lo que pudiese llegar a hacerle si se ponía a su alcance. Nero tenía pocas ganas de contenerse.

-Lo que he hecho...- reiteró con pereza -¿Qué he hecho, eh? Explícamelo, poderoso hechicero real- el tono era distinto. El caballero, cortés y dulce Eirik se esfumó para dejar paso a una actitud arrogante, cruel y provocativa. Nero lo sabía bien, aunque no quería reconocerlo -¿Tomar lo que es mío me convierte ahora en un déspota? Curiosa mentalidad la de Lynastis- Eirik ni siquiera le miraba. Estaba distraido acariciando una lanza en la pared.

-¿¡Tomar lo que es tuyo es violar a la princesa!?- rugió Nero con los ojos desencajados.

-Hice el amor con mi mujer- le miró por fin, sonriente como un sol -¿Es ese el problema, Aegis? ¿Estás celoso?-

-¿Celoso? Por los dioses ¿Has perdido la cabeza?- le señaló, acusador.

-¿Crees que soy estúpido, brujo de pacotilla? He visto cómo la miras- se mofó, frotándose los dedos -Sí que tiene polvo esta lanza...- se distrajo.

-¡No oses ignorarme, maldito bastardo!- Nero dio un paso al frente -No vas a huir de esta situación señalando ahora mis sentimientos-

-Así que lo admites- volvió a sonreír, cruzando las manos tras la espalda.

-No estoy admitiendo nada. Solamente redirijo esta conversación, que nunca debería haber sucedido, al igual que esta dichosa boda- escupió.

-Pues si no entendí mal, fuiste tú quien se lo recomendó al rey. O eso le dijo, el muy estúpido, a mi señor padre. Dime ¿Qué se siente sirviendo a un ser tan pusilánime? Da lástima hasta verle caminar. Es débil- siseó como una serpiente a punto de atacar.

-¡Lávate la boca antes de hablar de la familia real o...!-

-¿O qué?- quiso saber, hastiado -¿Vas a atacarme? ¿Vas a pulverizarme con algún super hechizo máximo de Aegis? Oh, no, espera...- se llevó una mano a la boca, teatral -¿Vas a ponerme hechiceros en la puerta para espiarme? Dioses, protegedme...- se echó a reir, burlándose. Nero ardía de rabia. Le temblaban las manos. Quería reducirlo a cenizas en ese preciso instante pero sabía, de sobra, que si lo hacía causaría una guerra sin precedentes. Si bien entre Ryudo y Lynastis siempre había habido conflicto, nunca se ocasionaron asesinatos entre los miembros de las familias reales. Si ocurría... la escala de la guerra sería inmesurable. Además, sí, el pusilánime de Reginald jamás se lo perdonaría.

-Eres un... ¡Dioses...!- Eirik estaba disfrutando enormemente de la impotencia del Aegis -¡Dioses...! ¡DIOSES!-

-Llamarlos no servirá de nada- se encogió de hombros -Insufribles deidades que todo el mundo se empeña en adorar ¿En serio creéis en esas absurdeces? Lo único que existe es el poder, Aegis, y tú no lo tienes. Sí, posees una poderosa magia ¿Pero de qué te sirve si no puedes utilizarla?- alzó una mano y cerró el puño en el aire -Eso es lo que yo voy a conseguir, mago. Voy a obtener el poder de este reino en poco tiempo y podré hacer contigo y los demás lo que me plazca-

-Hazlo... Hazlo, escoria. Intenta dar un golpe de estado y entonces podré hacerte añicos como un espejo que se rompe- escupió terriblemente amargado y furioso.

-Oh...- Eirik alzó las cejas.

-¿¡Qué, joder!?- rugió Nero. Estaba temblando todo él. Eirik ladeó un tanto la cabeza.

-Es curioso pero...- movió un dedo en círculos en el aire -Me recuerdas mucho a alguien...- frunció el ceño -Sí... Esa mirada, esos ojos... ¡Vaya!- se sorprendió de verdad, de corazón -Tienes la misma forma de mirar que mi hermano Kyran- sonrió enormemente, mostrando sus dientes -¡Y eso me hace extraordinariamente feliz! ¡Le echo tanto de menos!- abrió los brazos, envuelto en la locura.

-Estás podrido, maldito loco hijo de puta...- negó Nero con la cabeza -Te aseguro que esto no va a quedar así, desgraciado. Encontraré la manera- declaró -Y si no la encuentro, aceptaré mi ejecución por hervirte en agua lenta y dolorosamente-

-Una elección de tortura excelente- Eirik sintió un escalofrío -Hace mucho que no la llevo a cabo. Me pregunto quién de los dos hervirá antes, hechicero. Comienza la cuenta atrás- dicho aquello, Eirik solo se lo quedó mirando con altanería y desafío mientras Nero se vio obligado a retirarse. Ni tan siquiera un puñetazo... ¡Maldición! La ira le hizo morderse el nudillo con tanta fuerza que se rasgó la piel y comenzó a sangrar profusamente. Maldito Reginald... y maldito él mismo. Todo era su culpa, hasta el propio rey. Le había metido tanto temor en esa cabezota testaruda que ahora no veía más que peligro por todas partes. Era un fracaso. Todo él y su plan era un enorme fracaso. Debía cambiar de rumbo de manera urgente o Anneliesse se le escaparía de las manos para siempre. Tenía que cambiar las tornas a su favor de alguna manera...

Cuando llegó la noche, Eirik se dio el placer de regresar a su habitación conyugal. Esta vez había dos guardias hechiceros en la puerta, que de forma lógica, no le miraban con ninguna amistad -¿Vosotros también lo sabéis? Oh, este Aegis... ¡Me sonrojan sus atenciones!- fue a abrir la puerta, pero un hechicero le impedía el paso con el hombro. Eirik podía entrar sin problema, pero eso significaría que tendría que ladear el torso para no rozarse con el hechicero. No lo iba a consentir. Su reacción fue tomarle la cabeza y estrellársela con fuerza contra el marco de la puerta, tiñendolo por completo de sangre.

-¡Zack!- gritó su compañero.

-Llévalo a la enfermería, si sigue vivo. No os quiero ver de nuevo en mi camino o será aún peor- el hechicero ni le miró, arrastró a su amigo a toda velocidad por el suelo, gritando por auxilio, dejando un oscuro camino de sangre en el elegante suelo.

Cuando Eirik entró en la habitación, se encontró a Anneliesse cerrando a toda prisa un armario a sus espaldas. No logró ver qué había dentro -Buenas noches, querida- dijo despreocupado, empezando a quitarse el chaleco.

-¿Qué ha sido eso? ¿Por qué grita el soldado? ¿Y ese golpe?- quiso saber, alterada.

-Muchas preguntas, poco tiempo para responderlas- la miró con extrema seriedad -Desnúdate- ordenó. Anneliesse sintió el hielo corriéndole por las venas ante tamaña falta de respeto y crueldad hacia su persona ¿De verdad pretendía repetirlo? ¿De verdad tenía... las agallas?

-No- gruñó ella, arrugando el rostro de rabia -Te aseguro que no- negó con la cabeza -Tú no vas a volver a tocarme en tu vida ¿Me oyes?- se atrevió a caminar, avanzar hacia él. Eirik no dejaba de desnudarse, desabotonándose la camisa -Tú no vas a volver a ponerme una mano encima. No vas a volver a posar tu sucio cuerpo sobre mí, ni vas a verme desnuda, ni vas a... volver a engañarme, ni a manipularme. Ni tú ni nadie más ¿Lo entiendes?- se acercó a su cara -¿¡Te estoy hablando con suficiente claridad, Gelhart!?- la fuerza que le nació en el interior de su pecho para encarar a ese desgraciado que la había engañado se vino abajo en cuanto su feroz y fuerte mano la aferró de la mandíbula inferior con tanta fuerza que parecía que se la iba a pulverizar. Sus ojos de hielo, iguales a los de su padre, la miraban sin ápice alguno de piedad.

-Desnúdate- repitió con una grave amenaza en la voz -Te aseguro que esta noche va a ser peor- explicó mostrando enfado en sus muecas al hablar, frunciendo los labios -Tanto que vas a suplicarme que te mate antes de terminar- el pulso de Anneliesse se aceleró en gran medida. Encontró el coraje para agitar la cabeza y morderle la mano con fuerza. Eirik la tuvo que soltar debido al dolor, soltando un alarido -Zorra inmunda... Te aseguro que te vas a arrepentir de esto- sonrió, extrañamente -Oh, sí... Ya estoy harto de contenerme. Me voy a divertir muchísimo contigo esta noche-

-Inténtalo- le retó ella, adoptando una postura preparada para zafarse de él, huir o lo que tuviera que hacer... pero entonces, se oyó el primer estruendo.

Una enorme explosión hizo que todos los suelos y paredes de palacio se sacudieran con un enorme clamor que dejó paralizados a ambos cónyuges en la habitación. No pasó tiempo hasta que, desde el exterior, llegaban gritos de terror, auxilio y socorro -¡Nos atacan!- gritaban -¡Dad la voz de alarma!- proseguían.

-¿Es uno de tus juegos?- preguntó la chica con el corazón a punto de salírsele por la garganta.

-Ojalá lo fuera- confesó Eirik. Otro estruendo enorme los hizo callar. Incluso cayeron al suelo. El palacio se agitaba como si un terrible terremoto estuviera agrietando la tierra bajo sus cimientos. Además, de pronto, comenzó una gigantesca tormenta que lanzaba rayos sin parar desde el cielo oscuro, derramando litros y litros de agua en una lluvia torrencial -Esto es magia...- gruñó Eirik. Anneliesse se puso en pie y salió al pasillo -¿A dónde crees que vas?- ella le ignoró cuando salió corriendo, movida por la incertidumbre y una gigantesca necesidad de saber qué estaba pasando. Lo que hiciera Eirik le daba completamente igual. Por ella como si moría entre los temblores, que tan fuertes eran, que del techo caían pedazos de la estructura, como si fuera a derrumbarse de un momento a otro. El Gelhart, por otro lado, aprovechó la ausencia de la princesa para curiosear qué escondía en el armario. Cuando lo abrió, sonrió complacido -Así que aquí estás... Qué niña tan estúpida- era la daga familiar, el arma real de Annelisse. Eirik la tomó y se la acomodó en el cinto antes de volver a abotonarse la camiseta y ponerse el chaleco con velocidad. Si estaban atacando, él no iba a participar. Sion se había llevado también al ejército de Satsu de vuelta, de manera que Lynastis solo contaba con sus propias tropas. Shodaime, su Oni, se había ocupado la noche anterior de hacer "desaparecer" a toda la Legión de Nero. Estaban bastante desprotegidos y, además, pillados desprevenidos en plena noche. La mejor opción que tenía el Gelhart era huir y regresar más tarde para ver los resultados. Los Carsters podían irse al infierno.

Mientras, Ann iba dejando atrás los innumerables pasillos de palacio que iban rodenado su enormísima estructura hasta que, por fin, alcanzo el ala delantera de palacio, desde donde podía ver a través de los enormes ventanales una miriada de luces en el oscuro horizonte mientras la ciudad a los pies de palacio humeaba y ardía dotando a la siniestra noche de un color anaranjado y terrorífico. A pesar de la altura a la que se encontraba, los gritos de los ciudadanos se escuchaban desde todas partes de la extensión de Lynastis ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué atacaban... y quién?

 [Evangelion 2.0 OST - Carnage]

Por todo el palacio real se movílizaban decenas de soldados en dirección a la armería para tomar sus armas y salir a las calles, donde ya cientos de enemigos se desplegaban armados con hachas y grandes espadas, entrando en casas y negocios cerrados a patadas, destrozando puertas, mobiliario, prendiendo fuego lanzando antorchas a tejados y ventanas. El enemigo era grande en tamaño, hombres y mujeres aguerridos y fornidos que no dudaban en prestar batalla entre gritos de guerra, con sus rostros pintados con sangre reseca como maquillaje y vestidos confeccionados con pieles anchas y dándole aspectos de animales salvajes. Eran tropas de Arunna, no cabía duda alguna. La ira de los norteños y su forma de prepararse para la batalla era conocida por todos -¡Arunna nos ataca!- vociferaban los soldados -¡Corred la voz! ¡Arunna es el enemigo!- anunciaba uno de ellos antes de recibir un terrible hachazo en la cara que le separó la cabeza en dos mitades. Mientras su cuerpo caía arrodillado, el gigante que le había causado tal herida apoyó un pie en uno de los hombros del cadáver y lo empujó para poder desenterrar su hacha de la cabeza sesgada.

-¡Que no pare el fuego!- ordenó el hombre, barbudo y con capucha. Era Hardum, blandiendo su ahora sangrienta hacha mágica, desparramando sangre y restos de sesos a cada movimiento que hacía -¡Pero la familia real es mía!-

La batalla dio comienzo de la peor de las maneras. El ataque nocturno había sido siempre una táctica muy beneficiosa para el bando que comienza la contienda, generando una enorme ventaja a su favor. Media ciudad estaba ya en llamas en un abrir de cerrar de ojos a pesar de la tormenta. Las calles se regaban con la sangre de decenas de inocentes que habían intentado huir de los asaltadores, además de soldados de Lynastis que no conseguían refrenar al enemigo. También había caidos en el bando de Arunna, por supuesto, pero eran ínfimos en comparación con la matanza que estaban llevando a cabo en la población local. No fue de extrañar, por tanto, que alcanzaran el palacio con suma velocidad. Los soldados de la guardia de Lynastis se aglomeraban en la entrada del mismo, tratando de contener al enemigo. La peor de las situaciones se pintaba en las pocas tropas que había disponibles, debido a que la gran mayoría no estaba convocada dado que no se esperaba ninguna guerra. La mayoría de los soldados del ejército real habrían muerto ya en sus casas, junto a sus familias. Ahora, el único bastión minimamente seguro que restaba era el palacio... y por poco tiempo.

Ann, desde los altos pasillos, estaba completamente bloqueada viendo semejante masacre ante sus ojos. No daba crédito, no encontraba razón alguna por la que... Oh, no... ¿No sería por lo de Ravahta...? No paraba de oír el nombre de Arunna en boca de los soldados, que los maldecían a todo pulmón mientras estos derramaban las entrañas de los protectores de Lynastis por el suelo -¡Anneliesse!- de pronto, Nero la asaltó en mitad del pasillo -¿¡Qué haces aquí parada!? ¡Muévete!- la chica le miró distraida mientras el hechicero la tomaba del brazo.

-¿Qué está pasando...?- todo el mundo se desmoronaba a su alrededor ¿Es que todo eran calamidades en su vida?.

-Arunna nos ataca. Es un ataque relámpago. No tenemos tiempo para hablar ¡Aún tengo que encontrar a tu padre!-

-¿Pero por qué...?-

-No lo sé. Lo descubriré. Ve a tu habitación y quédate allí, a salvo, escondida. Bloquea la puerta con cualquier cosa y no salgas hasta que vaya a buscarte ¿¡Entendido!?- la chica asintió, aún ausente. No le estaba siquiera importando que Nero la agarrara del brazo -¡¡Corre, maldita sea!!- le apremió el hechicero, haciendo huir a la chica por fin tras recapacitar tras aquel grito. Cuando se quedó solo, el hechicero  miró a través de los ventanales -¿Qué hacer...?- reflexionó -Esta es una oportunidad venida del cielo para poder arreglar las cosas...- pensó en voz alta. Sonrió, de pronto, enormemente complacido -Sí... Gracias, Hardum Svartal. Me has salvado la vida-

Más abajo, las tropas de Arunna avanzaban a través del palacio. Todo cuanto encontraban se veía reducido a un montón de jirones o se hacía añicos: cuadros, obras de arte, muebles... todo caía víctima de los hachazos y espadazos de aquellos guerreros norteños sedientos de sangre, impulsados por lo que siempre habían llamado "espíritu salvaje", una deidad menor, a parte de los 3 dioses, que ellos adoraban por cultura propia. Siempre alardearon de que adorar a esa deidad menor les otorgaba una fiereza inigualable en la batalla, un trance que los hacía inmune al dolor y a la piedad, a las dudas. Estaban demostrando, sin embargo, que era verdad. A cada soldado que encontraban, sin mediar palabra, lo descuartizaban incluso sin tener necesidad. Apenas había cuerpos de Lynasis que tuvieran todos los miembros intactos. Era una carnicería cruel y feroz.

El rey Reginald, por su parte, estaba en su despacho como de costumbre. A veces dormía allí en vez de sus aposentos, y aquella noche no fue distinta. El sonido de la batalla le despertó y le hizo tomar su arma real de su cinturón: un sable elegante, de hoja fina y punzante, cuya hoja brillaba en un fulgor verde primaveral que en situaciones de paz, emitía cierta confianza y calma con solo presenciarlo. Ahora, el monarca, con mano temblorosa, aguardaba a que la puerta se abriera y entraran decenas de enemigos, mas no fue el caso. La puerta se vino abajo de un momento a otro tras un largo rato de fuertes pisadas al otro lado, pero solo había un individuo al otro lado: Hardum Svartal, que se quitó la capucha ante la mirada sorprendida del rey -Buenas noches, majestad- dijo cargado de diversión. Sus ropas, su arma y su cara estaban empapadas de salpicones de sangre y restos.

-Svartal...- masculló Reginald -¿¡Qué significa todo esto!?-

-¿No es obvio?- hizo una floritura con el hacha, girándola con las manos, derramando sangre por todas partes -Es el fin de Lynastis. Vuestros estúpidos juegos han llegado a su fin ¿Creías de verdad que ibamos a pasar por alto tamaña afrenta? ¿Que no nos dariamos cuenta de tu jugada para con los Ravahta?- bufó -Y luego resulta que llegas a un acuerdo con los Gelhart ¿Pretendes entregarnos a Occest porque te sale de los huevos? Has perdido el norte, "majestad"- acusó el norteño.

-Vosotros sois los que os habéis vuelto locos. Estáis atacando la capital del reino y ahora somos aliados de Ryudo. Nunca os recuperaréis de esto. Acabarán con vosotros- se defendió Reginald, esgrimiendo el arma y apuntando Hardum.

-¿Tú crees?- sonrió, orgulloso -Que lo intenten. Hasta que oigan las noticias y vengan a luchar, ya habremos todamo todo Lynastis y estaremos en camino a Ravahta a arreglar cuentas con esa panda de peinadesiertos. Si no nos reconocen como nuevos soberanos, morirán. Si quieren vivir, nos rendirán pleitesía y nos servirán. Juntos podremos con Ryudo. Y, además, luego está Romhal- comentó cargado de confianza -Tú, Reginald, eres el lastre. La familia Carsters ha sido débil desde siempre y tú eres el peor cabeza de familia que ha tenido jamás. Eres un hombre frágil que duda de cada movimiento que hace, errático... ¿Y qué te ha conseguido? El fin de tu reino y la caida de tu familia, al completo. Tu hija ya no me vale- se encogió de hombros -Aún no la he encontrado, pero si no se está divirtiendo alguno de mis hombres o mujeres con ella, lo haré yo mismo-

-Sabes que Anneliesse tiene el Ente. Si lo usa contra vosotros, si lo liberais...- frunció el ceño -Os arrepentiréis de todo esto-

-¿Debo temer a una niña que ha estado encerrada y privada de enseñanzas toda su vida? Dudo mucho que sepa utilizar ni una ínfima parte de su poder. Ya me ocuparé yo de eso- dijo, por fin, caminando hacia el rey. Hardum lanzó el ataque desde arriba, descargando el hacha sobre Reginald. El rey bloqueó el ataque pese a la finura de su sable. Ambas eran armas mágicas y el poder de ambas chocaron enviando rayos de energía a todas partes de la habitación, como si la tormenta hubiese entrado dentro del despacho. El choque de poder hacía que ambos se viesen agitados por la onda de fuerza, con ropas y cabellos al viento. Las gafas de Reginald se quebraron, hiriéndole un ojo.

-No te será fácil vencerme, Hardum- desafió Reginald.

-¿Tú crees?- el norteño lo empujó con fuerza bruta, sin magia. El rey voló y cayó sobre su escritorio, golpeándose las lumbares -Sí, majestad, tienes un arma mágica muy poderosa- se carcajeó -¿Pero a nivel de fuerza? Estás viejo, cansado y flojo- Hardum le golpeó el rostro con la empuñadura del hacha a un dolorido Reginald, reventándodle la nariz y el labio. El rey se llevó la mano al rostro mientras un pequeño río de sangre le brotaba entre los dedos -¿Ves? Eres patético- lanzó un rodillazo directo al estómago del monarca que lo hizo postrarse en el suelo de rodillas -Mírame, Carsters- Reginald le obedeció, mostrando por una vez en mucho tiempo algo de valor, con serenidad en la mirada -Mira a la cara al que os destronará para siempre. Vuestro linaje llega a su fin-

-Si ves a Anneliesse...- comenzó a decir.

-Oh, la veré- sonrió el Svartal.

-...dile que lo siento- bajó la cabeza de nuevo mientras Hardum alzaba el hacha -Que siento mucho haberla tratado así. Que siento no haber confiado en ella cuanto debería...- las comisuras del rey se doblaron poco a poco hasta dibujar una sonrisa de paz, recordando los momentos recientes en los que Anneliesse le había demostrado rabia, furia, una incesante necesidad de librarse de él y sus cadenas -Pero creo que, realmente, está preparada para volar, cuidar de sí misma... y enviaros a todos a la tumba- soltó una risilla -Idos todos al infierno, Svartal-

-Por favor, majestad. Vos primero- concluyó Hardum antes de azotar el cogote de Reginald con toda su fuerza, separando la cabeza de sus hombros de un solo golpe limpio. La cabeza del rey rodó unos metros debido a la fuerza del impacto mientras su cuerpo convulsionaba desparramando un gran charco de sangre -Un asunto menos- apuntó Hardum llevándose el hacha al hombro, observando con complacencia el cadáver del rey -¡EL REY HA MUERTO!- rugió, dándose media vuelta y echando a andar por los pasillos -¡EL REY DE LYNASTIS HA MUERTO!- repitió. Su voz resonaba en mitad de la batalla y los ecos de los pasillos -¡ANNELIESSE, VOY A POR TI!- comenzó a desternillarse mientras aceleraba sus pasos en busca de la princesa. Se moría de ganas por tenerla entre sus manos.

Comentarios