Aquella misma noche, la banda volvió a montar en sus caballos. Los zeritas los habían escondido con cautela en los campos, por lo que fue un milagro que los soldados de Arunna no hubiesen decidido hacer una de sus famosas inspecciones.
A Anneliesse le dolieron las manos cuando intentó montar a caballo. Se había pasado todo el día ayudando a aquella pequeña población a transportar tablones de madera recién cortada a un pequeño taller. Tampoco fue la única. El resto de la banda ayudó en la misma tarea, o lijando, o apilando tablones mas o menos precisos en torno a una estructura, que pronto, se convertiría en un carro. El trabajo a contrarreloj había hecho mella en la energía de todos, pero no pudieron detenerse.
Finalmente, Kassad tuvo que ayudar a la chica a montar junto a él. Y en el preciso momento en el que fueron a abandonar el poblado, dejando atrás a un enorme grupo de personas trabajando sin parar en el diseño de ruedas con los pocos materiales que tenían, alguien los detuvo. —¡Esperad! ¡Voy con vosotros! —Ada, vestida con un abrigo de piel y pelo de animal, se acercó a toda prisa.
—No, ni hablar —Gustav fue rápido y directo. Casi le dio la espalda.
—Insisto. Aunque mi padre os haya dado instrucciones sobre qué camino seguir para llegar al asentamiento, yo se donde están. He ido varias veces, conmigo no os perderéis.
—¿Quieres que tu padre me corte los huevos?
—Mi padre sabe que te acompaño —contrarrestó, colocándose junto a la montura del hombre. —Edward no, pero da igual, es mejor así. Sólo vais a hacer un reconocimiento ¿No? Pues os seguiré. No tiene por qué pasar nada. Además, os indicaré quienes son los peces gordos de ahí dentro —pensó. —Y de paso, me aseguro de que no escapáis —. Dejando a Gustav contra la espada y la pared, acabó extendiendo su brazo tras un chasquido con la lengua. A Ada no le costó demasiado agarrarse a su mano, hacer impulso desde el estribo de la silla y colocarse tras él.
—¿Nos vamos ya? —preguntó Iona, visiblemente nerviosa.
Los caminos estaban helados en dirección a la hacienda de Steiner. El frío de la noche, acompañado de una latitud cada vez más creciente, conseguían que el frío calase hasta el último hueso de aquel grupo. Anneliesse tuvo que refugiarse en su capa mientras sentía el cuerpo de Kassad dar tiritones tras ellas. La poca visibilidad de la noche tampoco ayudaba a que se concentrasen en otra cosa que no fuese el frío y la oscuridad. Decidieron no llevar antorchas para no alertar a nadie de su paso, de forma que se conformaron con cabalgar con los ojos entrecerrados mientras Ada guiaba al grupo por los sinuosos caminos entre aquella cordillera cada vez más pronunciada. La mujer relucía en mitad de la noche. Había dejado atrás su pena, el dolor de su rostro, para dar paso a una mujer más tranquila, relajada y extrovertida. De hecho, ninguno de ellos la conocía a excepción de Gustav, pero todos pudieron darse cuenta de que estaba demasiado distinta que la primera vez que la vieron.
—No tardaremos mucho más. Colina arriba, unos muros rodean la hacienda. No es gran cosa, un puñado de kilómetros a la redonda repleto de tiendas de campaña y poco más —explicó.
—¿Siempre han sido un puñado de bárbaros? —preguntó Gustav con curiosidad.
—Al principio fueron más. Pero poco a poco, el número ha ido decreciendo. Desconozco por qué. Por desgracia, Steiner y ese perro faldero de Lars son suficientes para amedrentar a todo Zere —Era de admirar como la pelirroja hablaba de su pueblo como si aún fuese una nación. Un puñado de personas, para ella, era todo un país. Su país. Anneliesse se quedó absorta viéndola hablar.
—Malditos desgraciados... —murmuró el hombre. —No va a quedar ni uno en pie, Ada. Te lo juro. No me da miedo hacerles frente. Y si tengo que morir en el proceso, lo haré. Pero no voy a permitir que esto siga ocurriendo. Yo nunca quise que...
—Gus, da igual —murmuró ella, evitando que siguiera por ese camino. —Resolveremos eso cuando todo esto haya terminado. Y espero que lo haga —añadió. Después, carraspeó y miro al resto. —¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? ¿Siempre habéis estado... juntos? —se interesó. No quería dejar de hablar. Quizás estaba nerviosa, o quizás, detestaba el silencio.
—He hecho muchas cosas, la verdad. He viajado, he robado, he encontrado tesoros y los he gastado. He sido solidario y egoísta —comenzó a decir. —Y he secuestrado a una princesa. Ese último hito lo llevo con orgullo —confesó. Anneliesse tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no reírse. —Y al principio empecé solo. Pero después conocí a Iona, a Aiko, a Kassad y por último a Annie y a Vian —A nadie se le pasó por alto como omitió a Ren de aquella ecuación. —Aunque éste último todavía va de paquete — se burló, consiguiendo que Vian alzara una ceja. Ada, por su parte, miró a todos con una sonrisa. Iona no se la devolvió. —Somos un grupo bastante peculiar, lo admito. Pero no nos ha ido mal hasta ahora.
—No nos ha ido mal, porque hemos estado ahí para salvarle el pellejo. Muchas veces —enfatizó Iona con seriedad.
—Tampoco es para tanto, mujer.
—Oh, te digo yo que sí Gustav. No serías nada si no hubiese estado ahí, contigo —añadió. Ada frunció el ceño y decidió encaminar de nuevo la conversación.
—Se os ve muy unidos —aseguró.
—Y a ti y a Edward —se atrevió a decir Gustav, para después fruncir la nariz al coger aire. Como le daba la espalda, no la miraba. La chica solamente se agarraba a su cintura. —Ya he oído que tú y él...
—No es nada —respondió rápida. —Él y yo nos hacemos compañía. Eso es todo —. Gustav no supo que decir tras aquello. La situación se puso incómoda de forma inesperada.
—Me alegro por ti. No es un mal hombre. Tiene un puño fuerte, eso sí —se burló. Aún le costaba reirse por cada golpe que había sufrido.
—Ya... —La voz de Ada se vio apagada. Quiso decir algo, quiso hablar. Pero no pudo. Ante ellos, luces diminutas aparecieron en la lejanía. Estaban estáticas, quietas, por lo que indicaban que el asentamiento estaba frente a sus narices, no muy lejos. —Es ahí.
—Todos abajo.
Caminaron durante un trayecto de varios metros, agachados, hasta que consiguieron bordear los muros de la hacienda. Con el corazón latiendo con fuerza encerrado en un puño, poco a poco, se atrevieron a alzar la vista tras apearse en piedras y salientes de la superficie enladrillada. La altura de Gustav, Iona y Vian fue suficiente para que consiguiesen ver, mientras que Aiko, Kassad, Ada y Ann necesitaron sujetarse a algo. Cuando la princesa consiguió ver, alcanzó a comprobar que había diversos soldados de Arunna por todas partes. Caminaban de un lado para otro, distraídos, entre risas y quehacerse. —Annie, apártate. Tranquila —Kassad la intentó apartar con suavidad.
—No pasa nada. Estoy bien —aseguró. Aunque su corazón estaba desbocado y las manos le sudaban con intensidad.
—¿Estas segura? —susurró Gustav.
—Que sí, de verdad, tranquilos. Quiero ayudaros.
—¿Qué le pasa? —preguntó Ada entre susurros más bajos aún.
—Malas experiencias con los de Arunna, algún día te lo contaré si salimos de esta —mintió, quitándose de encima pronto aquella incómoda pregunta. —Bien, ¿Qué tenemos aquí?
—Cuento quince soldados —aseguró Kassad.
—Diecisiete. Mira arriba —corrigió Vian. Sobre la hacienda, en un balcón cerca del tejado, había dos soldados apostados. Quizá hacían guardia, aunque estaban distraídos charlando entre ellos. Con aquella actitud, la oscuridad de la noche y la distancia prudente que mantenían, era muy complicado que alguno de los bárbaros distinguiesen sus cabezas asomadas sobre el muro.
—Faltan Steiner y Lars —recordó Ada. —Deben estar dentro. Son los únicos que descansan en una buena cama. Los demás descansan por aquí, en tiendas de campaña. Hay caras que ni si quiera me suenan. Deben hacer cambios de vez en cuando entre los soldados —razonó. —Y eso no me gusta. Significa que aunque nos quitemos de encima a estos, tendremos que enfrentarnos a una nuevo grupo en cuanto se intercambien.
—Por eso es tan importante que los carros estén listos cuando eso ocurre. Nos iremos por patas —insistió el líder. —¿Veis algo más?
—Están demasiado tranquilos —dijo Ann, quien no quitaba vista de los soldados. En su mente se cruzaban imágenes dolorosas de hacía un mes. Pero cuando aparecían, tomaba aire y las apartaba. Estaba demasiado decidida en ser útil, en ayudar, en compartir la responsabilidad. Aunque eso supusiera volver a mancharse las manos otra vez.
—Annie tiene razón. Sé como actúan los soldados y ésta panda no se está comportando como tal. Están distraídos, tienen la guardia demasiado baja. Miradles, ni si quiera tienen cerca sus armas. Están charlando, bebiendo o jugando —señaló.
—No sienten peligro —terminó por decir la chica. —Quiero decir, no temen a nada. No tienen la más mínima sospecha de que algo pueda ocurrir. Ni si quiera su superior debe alertarles. Sólo están pasando el rato.
—Estupendo —La sonrisa de Gustav se cargó de malicia. Casi parecía un villano de cuentos con aquellos dientes blancos y la cara repleta de magulladuras y manchas de sangre.
—Ahí, Gustav —señaló Iona. —Tienen una entrada trasera y una delantera, sin soldados custodiándola. También hay árboles al rededor con los que podríamos ayudarnos para colarnos por encima de los muros. ¿Cómo es la hacienda por dentro?
—No estoy segura —admitió Ada. —Quizás, si Gina despertara... aunque no me atrevo ni tan si quiera a dirigirle la palabra —tragó saliva. —Estoy segura de que deben tener armas dentro, un pequeño arsenal. Aunque puede que, visto lo visto, tampoco esté custodiado. A estas alturas, no me extrañaría que Steiner y Lars estén durmiendo.
—Esto es demasiado fácil —volvió a sonreír Gustav.
—¿Fácil? ¿Es para vosotros fácil enfrentaros a veinte hombres? Y ya os aviso de que Johan es un hueso duro de roer. Es alto y corpulento, y sabe manejar el hacha más como un asesino que como un soldado de la corona.
—Ada, cuando volvamos, tú ocúpate de ayudar a los demás. Lo que queda de noche la pasaremos serrando árboles y construyendo los carros. Procura que las familias tengan un vehículo asignado para cuando demos el golpe. Los niños que sean los primeros en estar dentro, preparados, para cuando nos toque huir ¿De acuerdo? —la miró a los ojos. Una vez más, hablaba como un líder. Tenía un carisma desbordante, una determinación que Anneliesse envidiaba. —Todo va a tener que ocurrir bastante deprisa. Me aseguraré de que podamos robar armas de aquí para dároslas, por si se da el caso de que algunos capullos no sigan en la huida —hizo una pusa. —Pero, pase lo que pase, no dejes al pueblo de Zere sólo. No soy quien para pedirte esto, pero no lo hagas. Tú les guiaras mientras nosotros hacemos el resto —Ella asintió. Se miraron de una forma cómplice abrumadora, atrayente. Ann tuvo que pestañear y mirar a un lado, incómoda por la intimidad que rezumaba en el ambiente.
—Vámonos —Iona fue la primera que se despegó del muro. Sola, caminó la primera hasta los caballos. Los demás la siguieron conforme se dieron por satisfechos con aquel fugaz reconocimiento del terreno.
Ann dio un salto hasta volver al suelo. Quiso andar, pero Vian la tomó del hombro. Al girarse, contempló como el hombre la miraba sonriente, orgulloso. —Lo estás haciendo muy bien, Annie —le dijo. Y aunque ella le correspondió con un suspiro y una sonrisa, no pudo evitar sentir un escalofrío. Vio algo en él, un gesto en la luz que emitía. Su mirada le resultó familiar. Demasiado familiar.
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