Las manos le temblaban. Y no sólo las manos. Sentía que sus piernas se tambaleaban sobre el caballo y que todo su cuerpo se sacudía. Estaba sudando como si hubiese corrido durante horas, pero no sentía calor, sino un frío desolador a través de su piel. Atónita, era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera aquello que había oído en la taberna. Los soldados de Arunna llegaba, la estaban buscando. Hardum Svartal estaba vivo después de todo, y la cabeza inerte de su padre servía como reclamo de conquista y sumisión para otras regiones. 

Desde que su vida cambió de forma abrupta, había conseguido, de alguna forma, guardar en un rincón alejado de su mente las pesadillas que le rodeaban. Había logrado no rememorar demasiado la imagen de su padre decapitado sobre su propio charco de sangre, el olor que recorría los pasillos de palacio, el Aegis a quien nunca volvió a ver y la increíble e inexplicable fuerza que sintió, con la que asesinó a docenas de soldados en apenas unos minutos. Sin embargo, unas cuantas palabras de boca de un desconocido habían conseguido echar abajo la muralla que había levantado a su al rededor. La certeza de que estaba en peligro y de que no podría dejar atrás lo ocurrido la invadían ahora, como cientos de cuchillos acribillando su cabeza a la vez. Y lo peor es que el vientre le palpitaba. Le ardía como hacía ya días que no sentía... Estaba reviviendo la misma situación, otra vez.

 —Ren, la chica — alzó la voz Gustav. De forma precavida, recorrían las calles menos céntricas de la capital en busca de la salida. Habían conseguido alejarse del tumulto que se estaba formando con la llegada de los soldados. Sin embargo, Ann se seguía sintiendo allí, cerca. Estaba aterrada. 

—Está bien, sólo esta nerviosa — aclaró Ren a su espalda. Su voz martilleó en sus oídos debido a la cercanía que ambos tenían. Ren era poderoso por alguna razón, pero la chica no encontró manera de sentirse protegida junto a él. No lo estaba. 

—Están... están asediando todo Oriest... ¿Verdad? —murmuró con voz rota. El mercenario siseó, obligándola a callar. 

—Annie, ¿No dijiste que Hardum había...? —Kassad no quiso terminar la pregunta. No era necesario puesto que todos entendieron perfectamente a qué se refería.  La princesa sintió que se asfixiaba ante aquel hecho.

—Yo pensaba que el... Yo le vi... —recordó. Su cuerpo cayó al vacío en mitad de la noche lluviosa. A su juicio, la caída debería haberle dado una muerte segura. Pero no ocurrió así. Ahora estaba vivo, y sabía de primera mano lo que ella había hecho. —Va a ir a por mi. Va a vengarse por lo que hice. Va a...

—Cállate —insistió Ren. Ann podía sentir su cuerpo tenso tras ella. Todo estaba yendo mal.

Las salidas de la ciudad estaban cerradas. La gente empezaba a aglomerarse. Inseguras por el futuro que se avecinaba ante las amenazas de los soldados que, poco a poco, parecían invadir la ciudad, muchas familias comenzaron a huir. Los carros ocuparon colapsaron los caminos, llamando tanto la atención, que los aruneses acudieron rápidamente a detener aquellos intentos de fuga. No fueron sólo una, ni dos, sino tres los caminos que la banda intentó cruzar sin éxito. Estaban encerrados y los soldados no iban a dejar que escapara. —Mierda —gruñó Gustav.

—Vayamos por los caminos del puerto —susurró Iona, dando marcha atrás. —Es la única escapatoria que se me ocurre. 

—Vamos entonces —. El grupo no tuvo tiempo si quiera a girar a los caballos cuando observaron como los bárbaros guerreros tomaron mujeres al azar de las que intentaban huir para desnudarlas. No lo hicieron con actitud libidinosa para aprovecharse de ellas. Estaban buscando algo. Algo que Anneliesse comprendió rápidamente. 

—¡La princesa de Lynastis, Anneliesse Casters, se encuentra en búsqueda y captura por orden de su Majestad, Hardum Svartal! —vociferó uno de los soldados. —¡Cualquier persona que tenga información sobre ella, debe ponerla a disposición de los soldados de Arunna cuanto antes! —continuó, tomando a otra mujer y alzándole la camisa. Al comprobar que no tenía ningún sello, la arrojó contra el suelo. —¡Recordamos a la región de Romhal que encubrir a una fugitiva será penado con la muerte! —terminó por decir.

Ann se quedó del todo petrificada. Una lágrima se escapó por su rostro y, de forma inconsciente, apoyó su mano en el muslo de Ren. Apretó sin querer. Estaba desesperada y necesitaba aferrarse a algo, algo que la mantuviese cerca de la realidad, porque algo en su interior parecía tambalearse de forma frenética. Su respiración, sus pensamientos, el ardor en el vientre... Sospechaba que algo malo iba a ocurrir. E incluso cuando Ren posó su mano sobre la de ella para tranquilizarla, no sintió que nada fuese a mejorar. A fin de cuentas, el contacto con el hombre le provocó una sacudida eléctrica, algo lo suficientemente poderoso que cambió algo en su interior. 

La banda cruzó la capital en diagonal, con una prisa prácticamente inevitable de mostrar. La situación se complicaba por momentos, sobre todo cuando los gritos desesperados de los ciudadanos empezaban a oírse desde todas las esquinas. Arunna ya había empezado. Se volvía a repetir lo que había ocurrido en Lynastis y, quizá, a la familia real, le esperaba un funesto futuro. El puerto, de todas formas, estaba tan atestado de personas como sospecharon. Muchas intentaban huir en pequeños barcos pesqueros, o esconderse en los grandes almacenes en los que se distribuían los productos del mar. Sin embargo, Iona vio un poco más allá. Saltó con su montura sobre unas cajas apiladas y tomó una estrecha calle sinuosa que no parecía llevar a ningún lado, pero que terminó guiándoles hacia el norte de la ciudad. Tuvieron una suerte desmedida al comprobar que una pequeña salida, desprovista de calzada y adoquines, estaba prácticamente vacía y conducía a los bosques limítrofes con la siguiente población. En un abrir y cerrar de ojos, Anneliesse dejó de contemplar el mar a través de la limitada visión que le otorgaba la capucha, para volver a verse rodeada de grandes pinos que oscurecían hasta el más claro de los días. Apenas pudo dedicar un último pensamiento a lo que veía, puesto que aquella era la primera vez que pudo ver el mar.

—¿Los hemos dejado atrás? —preguntó Gustav, después de varios minutos cabalgando a toda prisa entre los árboles. La intensa bruma no dejaba ver nada.

—Eso parece —respondió Iona.

—No, alguien nos sigue —contradijo Ren. Ante aquel comentario hizo que la princesa se pusiera histérica. Como un resorte, se irguió y miró hacia atrás. Apenas pudo ver nada con el torso del mercenario a sus espaldas.  Pero, de repente, se detuvo. Tiró de las riendas del caballo hasta que éste se colocó sobre sus dos patas traseras, deteniendo el paso. 

—¡Ren! —gritó la chica, horrorizada por el miedo que la invadía.

—¡Eh! ¡¿Que estás haciendo?! — preguntó Gustav, deteniendo la marcha y consiguiendo que los demás lo hicieran por igual.

—No va a dejar de seguirnos —terminó por responder. Bajó del caballo sin decir más. —Quédate aquí —le murmuró a Ann, para acto seguido, desenvainar su katana. Tal y como había afirmado, les seguían. De entre la niebla, una figura encapuchada apareció cabalgando hacia ellos. Lo hacía de forma tranquila y segura, tanto, que daba escalofríos. Nadie sabía que intenciones traía.

—Ren, vámonos... —rogó Ann, sintiendo una opresión en el pecho horrible. Pero fue ignorada completamente. El mercenario encaraba al desconocido con el arma en guardia, dispuesto a atacar. El hombre, por su parte, bajó del caballo. Su rostro apenas era visible a excepción de unos mechones castaños que caían a cada lado de su mandíbula. 

—¡¿Qué quieres?! —preguntó Ren.

—Eso debería preguntarlo yo — Su voz sonó joven, tranquila. — Aparecéis en Romhal en mitad de un asedio, os largáis corriendo en cuanto el peligro os pisa los talones y... os afanáis en ocultar a alguien —. Con su mentón señaló a la princesa. 

—¡¿Quien eres?! 

—Eso no os incumbe. Sólo estoy buscando a alguien. A una chica —hizo una pausa. —A una princesa —añadió. Ann sintió que algo se empezaba a descontrolar en su interior. Ni si quiera se dio cuenta de como los demás empezaban a rodearla, haciendo un círculo al rededor de ella mientras bajaban de sus monturas. No iban a dejar a Ren sólo, ni tampoco a ella. 

—Muchos hombres buscan princesas, amigo. Es una causa perdida para hombres sin título como nosotros —comentó Gustav con tono jocoso, intentando evitar el conflicto y distrayendo la atención del hombre, quien no quitaba ojo de Anneliesse.

—No esperaba encontrarla en Romhal después de lo sucedido en Lynastis. Pensé que se encontraría cerca, por los alrededores. Pero viendo que no daba señales de vida, me atreví a expandir el radio de búsqueda —explicó, caminando despacio hacia delante. —Mi primera suposición fue que, si había llegado sola hasta tan lejos, debía haberlo hecho en compañía de alguien. Y, como caídos del cielo, aparecéis vosotros —señaló, paseando frente a Ren, como si intentase predecir sus movimientos. —Un grupo considerable de personas, rodeando a una muchacha encapuchada a la que sacáis corriendo de la ciudad en cuanto los hombres de Hardum aparecen. Es sospechoso. 

—Pues te equivocas con tus pesquisas —intervino Kassad. —Esta chica es nuestra compañera. No es ninguna princesa. ¿Te crees que de serlo, no la habríamos entregado? Su cabeza debe valer una montaña de oro. Vete por donde has venido y deja de molestarnos.

—Claro... A no ser que no la hayáis entregado porque es mucho más interesante la ventaja que ganáis teniéndola con vosotros en vez de entregándosela al nuevo gobierno del norte. ¿Me equivoco? —Con la paciencia quebrada, Ren amenazó más de cerca al hombre, dispuesto a travesar su piel con la katana. Ann pudo verlo. Sangre desparramándose por todas partes, como aquella vez.

—Muy osado por tu parte —El desconocido desenvainó su espada. —¿Así la amenazas a ella? 

—Ren... —insistió la chica. Bajó del caballo, para disgusto de todos. Se sentía mareada, con taquicardia. Le faltaba el aire.

—Os aseguro que no voy a detenerme hasta comprobar si esa mujer es la princesa a la que busco. Si lo es, se vendrá conmigo. No me importa si tengo que mataros para hacerlo —amenazó.

—Por favor parad.

—Tú lo has querido —siseó Ren. Sus armas tronaron ante el primer impacto, rápido y certero. Ninguno quedó sin sorpresa ante la enorme rapidez que los dos hombres mostraron para ensalzarse en una pelea. Pero si bien todos esperaron verles luchar, lo que menos esperaron fue ver que el desconocido se zafaba de Ren con una patada y se acercaba corriendo a la chica. No iba a pelear. No iba a perder tiempo. Iba a por ella.

Todo ocurrió muy deprisa.

Aiko y Kassad desenfundaron sus armas. Gustav e Iona se lanzaron a por la chica. El desconocido extendió su brazo para agarrarla... y todos volaron por los aires contra los árboles más cercanos.

Anneliesse respiraba con dolor. Todo cuanto rodeaba su cuerpo estaba siendo sacudido por una enorme oleada de poder. Otra vez, aquella sensación que parecía hacerla irrompible la rodeaba. Sólo que aquella vez no deseaba sentirla. Aquella vez quiso rechazarla, mientras se miraba las manos sin comprender y sus ojos brillaban con un halo morado escalofriante. Pero al observar por el rabillo del ojo cómo el desconocido se ponía en pie y se volvía a abalanzar contra ella, espada en mano, se descontroló por completo.

Con una fuerza invisible alzó al hombre sobre el suelo. Sólo tenía que extender su mano para hacerlo. Era sencillo, fácil y eficaz. El desconocido se retorcía mediante el agarre que era incapaz de comprender y, Ann, de cierta forma, disfrutó viendo cómo no podía hacer nada. —No vas a llevarme a ninguna parte —murmuró. —No vas a arrebatarme nada. Ni tú y ni nadie más —. Con fuerza, extremó el agarre que ejercía. El hombre se asfixiaba. Quizás reventarían sus entrañas. La verdad es que no lo sabía.

—¡Ann! — Gustav agarró su brazo. Y sin darse cuenta, como un reflejo, Ann le arrastró por el suelo con aquella fuerza invisible hasta estamparlo con un árbol muy lejano. Iona y Aiko también intentaron detenerla, pero corrieron la misma suerte que el líder. Al final, Ren la encaró.

—¡¿Qué estas haciendo?! ¡Para! —gritó Ren. La chica pestañeó, como si se encontrara fuera de sí, y a veces, recuperase el control.

—No... No... puedo... —. Deseó con todas sus fuerzas hacerlo, pero cuando Ren se echó sobre ella, a él no pudo detenerle. Su fuerza impactó contra la de él. Un choque de poder y magia que centelleó en las extensiones. Como ya hizo una vez, el mercenario la agarró y se la llevó. 

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Ren soltó a la chica lejos del lugar. Su agarre le quemaba los brazos, como si en vez de tocar a una mujer estuviese tocando un metal candente. Cuando Ann rodó sobre el suelo, atacó. Pero no al hombre, sino a su al rededor. Una onda de fuerza sacudió los árboles, el suelo y cada pieza natural que les rodeaba. A sus pies, la tierra comenzó a quebrajarse, a dividirse. Los troncos de los árboles se partían y caían conforme las ondas atravesaban cada cosa que se interpusiera a su paso. Ren tuvo que esquivar, caer al suelto y volver a ponerse en pie con torpeza antes de poder regresar hasta la mujer, que miraba a todas partes como si estuviese completamente loca. 

—¡Anneliesse! ¡Deja de atacar! —Sólo porque gritó, la chica consiguió alzar enormes masas de tierra que quedaban a sus pies, las cual lanzó contra el hombre, a quien no le quedó más remedio que esquivar y responder. Con sólo apretar sus puños, un tirón hizo que el cuerpo de la princesa llegase hasta él. —¡Contrólate! ¡Estás perdiendo el control! —insistió. Ignorándole, Ann se impulsó contra él. Con las manos en alto, hizo el intento de atacarle con más poder. En respuesta, Ren creó un escudo a su al rededor. La chica intentó con todas sus fuerzas romperlo, y él, mantenerlo estable. Al final, fue el mercenario quien superó el momento. Deshizo el escudo, pero antes de que el impacto del poder de la chica le alcanzase, la arrojó contra el suelo. —¡Para! ¡Estás fuera de ti!

La tierra se dividió entre ellos cuando Ann volvió a ponerse en pie. Se giró con rostro asesino conforme la el suelo temblaba y amenazaba con destruir el lugar. Ren se frotó una comisura de su labio. No le quedaba más opción. 

Saltó hacia ella. La alzó por los aires y la estampó contra el suelo nuevamente. Después volvió a alzarla, hasta hacerla chocar contra un árbol. Si no la dejaba cansada, no iba a poder controlarla. La mujer intentó zafarse de su poderoso ataque, pero el dolor de los golpes no la estaban ayudando. Ren volvió a tirar de ella hasta que la tuvo delante. La tiró al suelo y se colocó sobre ella. Anneliesse alzó las manos para golpearle, para matarle. Pero el hombre fue más rápido al agarrárselas e inmovilizárselas contra el suelo. Una vez más, podía ver cada uno de sus movimientos antes de que los llevara a cabo. Se colocó de forma que ella no podía moverse, y aunque su cuerpo parecía haber ganado una fuerza enorme y todo a su al rededor temblaba, se concentró en ella. —¡Anneliesse! ¡Contrólalo! —le gritó. Los ojos de la mujer seguían brillando en un color morado espectacular.  —¡Si no pones tu de tu parte el poder te controlará a ti! 

—No... No puedo hacerlo... —susurró. Era como si, de repente, dos personalidades lucharan en su interior. La Ann temerosa e incapaz, y la Ann poderosa que no iba a permitir que nada volviese a interponerse en su camino. 

—Cierra los ojos. Respira —insistió el hombre. —Busca el centro del poder. ¡Enciérralo! —gritó. Le estaba costando demasiado aguantarla. Temía que se escabullera. Anneliesse intentó cerrar los ojos y hacer lo que el hombre le decía, pero no podía. —Nadie te va a llevar a ninguna parte. Nadie va a volver a encerrarte. Nadie te va a hacer daño —repitió. —No va a pasarte nada —. Ante aquellas palabras, finalmente, la chica cerró los ojos. —Respira. 

—No puedo controlarlo —gimió.

—Si puedes. Porque de lo contrario vas a permitir que estropee todo tu poder —. Con otro sollozo, la chica consiguió respirar. Lentamente, la fuerza que ejercía desapareció. Todo dejó de templar a su al rededor. Ren ya no tenía a una bestia acorralada, sino a una mujer cualquiera. —Sigue respirando. 

Cuando Anneliesse abrió los ojos de nuevo, el ardor de su vientre desapareció. Todo era normal. Todo volvía a ser común a su al redor, frágil. Impactada, observó como el rostro de Ren estaba lleno de magulladuras sobre el de ella. Y su propio cuerpo comenzó a dolerle por cada uno de los golpes que tuvo que recibir para poder ser controlada. Su pecho se movió deprisa, asustada. —¿Qué he hecho? —preguntó. Pero la respuesta la sabía perfectamente. —Ren... lo siento. Lo siento mucho, Ren. Dioses, lo siento de verdad. No te quería hacer daño. Yo no quería tocarte. Por los dioses... Ren... yo...

—No me has hecho daño.

—Lo siento mucho... lo siento de verdad —. Ann rompió a llorar. El llanto de una niña pequeña acorralada tras una enorme travesura. Soltó su miedo, soltó todo cuanto había estado guardando en su interior desde que escapó de Lynastis. Su cuerpo tembló como el de un recién nacido bajo los brazos del hombre que no dejaban se sujetarla.  —No podía controlarlo... otra vez ha pasado... y os he hecho daño a todos...—alcanzó a decir. 

De forma inesperada, Ren la rodeó con sus brazos. La alzó hasta apegársela contra su pecho, donde la mujer se sintió más pequeña y débil aún. Sin embargo, aquella muestra de comprensión, de cercanía, la desestabilizó. Hacía muchos años que nadie la abrazaba cuando estaba mal, que nadie parecía entenderla cuando su interior gritaba. Y se dio cuenta de que llevaba demasiados años necesitando aquel contacto en los peores momentos, un contacto que nadie le dio hasta entonces. Ann se desmoronó. Se agarró a la ropa de Ren, asustada. —No se que me pasa —insistió. —Por favor, no me echéis. No se... no se que voy a hacer sola... os lo suplico... 

—Nadie te va a echar, Ann —murmuró con voz seria, casi dolida. —Deja de llorar —. La chica intentó controlarse. Se secó las lágrimas como pudo, pero no se despegó del abrazo. Sólo se quedó inmersa en la calidez que sentía en su vientre. No quemaba, no vibraba, no palpitaba. Sólo desprendía calidez. Anneliesse miró a Ren, quizás más confundida que nunca. Pero no dijo nada. Había algo en la mirada de ambos donde sobraban las palabras.



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