La llegada del nuevo día trajo consigo una visita de Eirik a los aposentos de su padre, que se encontraba sentado en una elegante y cómoda butaca en la que leía un panfleto del noticiario de Lynastis tratando diversos temas de la calle: cotilleos, restaurantes que habían pagado publicidad y crimenes menores, como el tener cuidado con ciertos ladrones en según qué calles. Con la otra mano, el líder de Ryudo sostenía una manzana casi completamente comida. Los rayos de sol vespertinos le despertaban destellos en el cabello cano a ojos de Eirik mientras se acercaba al mismo, con las manos cruzadas tras la espalda -Buen día, padre- Sion lo miró casi sin ladear la cabeza.

-Buen día- dijo sin más.

-¿De mal humor?- preguntó el hijo, sabiendo que cuando su padre era tan escueto, algo le escamaba.

-¿Tengo alguna razón para estar de mal humor?- pregunta trampa. Estaba pidiéndole a Eirik que reflexionara.

-No por mi parte, al menos- asintió el joven.

-¿No?-  el monarca de Ryudo, el cual no apreciaba ese título, estrujó la manzana con su mano como si fuese un pequeño trozo de papel inservible. Básicamente se hizo zumo en mitad de su mano, incluso el corazón de la manzana. Era un hombre anciano, pero tenía una fuerza que muchos consideraban antinatural y que, de alguna forma que no terminaban de analizar, parecía provenirle de familia, pues era conocido que su hermano Benedikt, actual líder de Zastra, al norte de Ryudo, poseía la misma fuerza sobrehumana -¿Te parece divertido andar jugando al forajido fuera de la ley?- otro signo que denostaba el mal humor de Sion era que hablaba casi sin apenas abrir la boca, con mucha sutileza, marcando bien las palabras y entonandolas con cierto siseo amenazante.

-¿Perdón?- Eirik ladeó la cabeza.

-Fuiste tú el que le contó a la princesa lo de su encierro ¿Me equivoco?- dejó el panfleto y se puso en pie, encarando a su hijo. Tan alto era que lo miraba desde arriba -Ese inútil de Reginald es como una mosca que no se aparta ni un instante de mi oreja. Ha venido hace un rato, antes que tú, a lloriquearme sobre el estado de la princesa y a pedir disculpas por la tensión de anoche. Me ha explicado que, al parecer, se ha enterado de que nosotros no hemos tenido encerrado a Kyran durante 26 años y eso ha creado un pequeño problema familiar en el palacio-

-¿Y qué tiene de malo que lo sepa? Hablábamos de cosas en general- sonrió Eirik como de costumbre.

-Reginald está desesperado por llevar a cabo la boda- Sion miró de forma distraida la puerta, pensativo -Está pasando por alto muchas cosas que no haría de no ser porque somos quienes somos- gruñó -Pero no te olvides de que nosotros también nos beneficiamos hartamente de este enlace. No voy a permitir que metas la pata ¿Está claro?- regañó.

-Claro como el agua, padre- asintió Eirik.

-Ayer fuiste a verla- continuó. Eso sí pilló por sorpresa a su heredero.

-¿También te lo ha dicho el rey? Qué cotilla-

-No, te estuve espiando ¿Crees que eres el único que ha traido a sus Oni aquí, entre los Satsu?- Eirik sintió, de pronto, sudor frío en la nuca ¿Su padre se había dado cuenta? Traer sus Oni era un problema, pues se trataba de la élite de la élite de los Satsu, operaciones especiales encubiertas, maestros del camuflaje y de hacer "desaparecer" a alguien o algo que pudiera molestar. Eran los asesinos personales y mano izquierda de la familia Gelhart.

-¿Por qué traer tus Oni, padre?- quiso saber.

-¿Por qué traer los tuyos?- esta vez fue Sion el que torció su boca en una retorcida mueca de diversión que no gustó nada a Eirik.

-Pensaba que podían ser útiles- explicó, apartándole la mirada.

-Ellos son solo útiles para asesinar- inquirió -¿No estarás planeando asesinar a alguien, verdad? ¿No estarás tramando asesinar al rey, o al aegis?- Eirik maldijo en su interior a su padre. Siempre iba varios pasos por delante.

-No, yo...- buscaba rápido palabras para excusarse -Solo...-

-Eres un buen guerrero- afirmó Sion, tomando asiento de nuevo, relajándose -Eres fiero, entregado y visceral. Eres todo lo que esperaba tener cuando tuve descendencia. Afortunadamente, al menos uno me ha salido bien- Eirik suspiró, al parecer no iba a recibir un castigo -Pero no vas a matar al rey ni a nadie- declaró.

-¿Por qué?- aquella pregunta de Eirik no era curiosidad, era un desafío. Sion frunció el ceño al percatarse.

-Porque estamos en territorio hostil. Este es el hogar de los Carsters, nuestros enemigos desde hace eones ¿Y tú pretendes aparecer con la premisa de una boda y asesinar al rey? Eres más inteligente que eso, Eirik. Sabes que inmediatamente vendrán a detenernos y, aún sin pruebas, nos querrán ejecutar-

-¿No será que te estás ablandando?- se atrevió a preguntar Eirik.

-Cuidado, chico- las blancas y huesudas manos de Sion se aferraron a los reposabrazos como garras.

-Reginald y tú parecéis compartir esos pequeños síntomas de debilidad, padre. Esa debilidad, precisamente, es nuestra mayor baza pero a su vez nuestra mayor debilidad si tú también comienzas a dudar. Aprovechemos para darles el golpe de gracia- Eirik abrió los brazos -¿No lo ves? Podemos tomar este lugar sin problema alguno. Tenemos a nuestro ejército aquí y...-

-Di una palabra más que contraríe mis deseos y no volverás a dormir tranquilo, Eirik- le interrumpió Sion con voz cruel -Sí, eres mi favorito entre mis hijos, pero eso no te hace inmune a mi ira, muchacho. Si fallo también contigo, me encargaré de convertir a Caleb en tu perfecto sucesor. Aprovecha esta última oportunidad que te doy antes de que empieces a temer hasta de tu sombra al caminar. Sabes bien, por Kyran, que no me tiembla el pulso a la hora de deshacerme de vosotros- Eirik lo sabía, sabía de sobra que podía hacerlo y además dormir tranquilo por las noches -Mis onis se ocuparán de los tuyos. Estarán vigilados, al igual que tú. No hagas daño a nadie de la familia real hasta la boda y, cuanto puedas, embaraza a esa estúpida zorra llorona que tienes como prometida. Quiero los derechos legales de este reino y tú me los vas a conseguir- Eirik bajó la cabeza, sumiso.

-Sí, padre. Entendido-

-Ahora ve a cortejar a esa mocosa. Gánatela. Distrae tu mente- concluyó mientras despedía a Eirik con un gesto de la mano, obligándolo a marcharse.


La reunión con su padre no fue como esperaba, pero ciertamente le había dado unas ideas. Quizá su plan de organizar un asesinato no era posible si quería mantener la cabeza sobre los hombros al día siguiente, pero eso no cambiaba sus planes originales, que era hacerse con el control de palacio y la ciudad con un golpe maestro. Cayó en cuenta de cierto detalle sobre la reclusión de Anneliesse y pensó que sería una oportunidad muy valiosa de poder reclamar la ciudad sin tener que asesinar a nadie, de momento. Por ello, como si no hubiese sido regañado por su padre, llegó hasta el despacho del rey, donde imaginaba que estaría y donde, efectivamente, lo encontró. Parecía estar liado junto a Nero y unas doncellas con un montón de papeles que parecían ser entre facturas, cartas y bocetos de trajes ¿Estaban ya con los preparativos? Muy, muy dedicados, Sí, señor -Buenos días, majestad ¿Interrumpo algo?-

-Sí, interrumpís- dijo Nero tras un breve silencio, pero carraspeó para corregir su tono -¿Necesitáis algo?-

-Oh, nada en especial. Solamente quería informar de que Anneliesse y yo vamos a dar una vuelta por la ciudad, para que no se alarmen si notáis la ausencia de la princesa y, si es posible, prepararnos un transporte- el golpe de aquellas palabras fue tal que a Reginald se le escurrió la pluma de la mano y cayó sobre uno de los bocetos de los trajes, empapándolo de tinta.

-¡Maldición! Disculpe, señora Whistle- dijo el rey, nervioso y apurado.

-No os preocupéis majestad, tengo más copias- sonrió la mujer, recogiendo el boceto y enrrollándolo para que no goteara.

-Creo haber oido mal, Lord Eirik- quiso sonreir Reginald, pero no pudo. Las gafas se le empañaron.

-Yo también. Creo que es un caso de sordera comunal- Nero estaba tenso como un resorte.

-Repetiré con mucho gusto- Eirik se acercó a la mesa del rey -Voy a salir con Anneliesse a dar una vuelta-

-No- dijo Nero -Definitivamente no- se acercó al heredero Gelhart -¿Es que a los Gelhart solo os dura la memoria una noche? ¿No es cierto que vuestro padre acordó con su majestad que acatariais al pie de la letra lo acordado en el acta de la reunión? Respetaréis los límites de movimiento de Anneliesse. Ese es el punto principal en vuestro matrimonio-

-Pero... aún no estamos casados- mostró los dientes, resplandeciente. Las doncellas presentes casi no contuvieron un suspiro y Nero tragó saliva -Pero eso no...- bufó -Veamos, se da por hecho que aunque no estéis casados...- Eirik avanzó pasando de largo a Nero, ignorándole y dejándole con la palabra en la boca.

-Majestad, no soy quién para desafiaros, pero sí que tengo derecho a poner también mis propias condiciones para aceptar este matrimonio. Cierto es que mi padre habla en mi lugar a la hora de reunirse con vos, pero yo soy ya un hombre adulto, hecho y derecho, como podéis apreciar. No tardaré demasiado en peinar mis primeras canas y no tengo gana alguna de casarme con una mujer a la que no conozco. Deseo poder pasar un día con ella fuera de palacio, donde pueda enseñarme la ciudad y conocerla con mayor intimidad-

-¿Más?- intervino Nero -¿No fue bastante íntimo entrar en sus aposentos anoche?- Reginald miraba con impotencia y escuchaba sorprendido.

-Veo que estáis al día de mis movimientos, Aegis- Eirik ni lo miró. Nero tuvo que claudicar y moverse para poder mirarle a los ojos.

-¿A qué viene este comportamiento tan arrogante, Eirik?- siseó amenazante. El heredero de Ryudo frunció los labios.

-Habláis como si me conocierais de algo. Mucho me temo, Aegis, que no es el caso, aunque no negaré que lo estás intentando poniendo la oreja en mis conversaciones con mi futura esposa- remarcó enormemente esas últimas palabras. Nero gruñó arrugando la cara, visiblemente molesto.

-Majestad, despachad a este hombre. Os lo aconsejo. No podemos ceder a tales demandas. No hemos pasado este calvario por la princesa para que ahora...-

-¿No confiais en mí, alteza?- interrumpió Eirik de nuevo -¿Es eso? ¿Creéis que le haré daño a mi prometida?- frunció el ceño, fingiendo ofensa -Yo pensaba que ibamos a dejar nuestras rencillas atrás con este matrimonio. Por los dioses, qué decepción. Mis antepasados blandieron sus katanas contra vosotros y yo solo demando poder pasear con la que será mi mujer y se me niega tal placer y derecho. Os recuerdo que somos iguales en poder, majestad ¿No podéis mostrar ni tan siquiera ese respeto?-

-No es cuestión de nuestro respeto, sino el vuestro ¡Anneliesse nunca ha salido y no saldrá ni con vosotros ni sin vosotros!- estalló Nero -Es el deseo del rey, y el mío como su tutor y mejor amigo desde su infancia- remarcó -Aquí ella está a salvo, aquí está protegida. Aquí está...-

-Encarcelada, encerrada, confinada y olvidada en una habitación que detesta- Eirik afiló la mirada, como tan bien solía hacer -Me estáis confirmando los peores temores que podía tener por ella ¿Es este vuestro deseo? Pensé que su encierro podría ser por miedo a lo que hay ahí fuera- señaló hacia el gran ventanal -¿Y resulta que no valgo yo como protector? ¿Significa que la encerráis por gusto y placer?- bufó -Ni siquiera puede enseñarme entonces la ciudad ¿Es eso?-

-Exacto- se mofó Nero -Porque no la conoce. Quizá hasta menos que tú-

-Y te burlas de ello- negó Eirik con la cabeza -Aún tienes la poca vergüenza de llamarte su tutor y mejor amigo. Tú, Aegis- le señaló, acusador -Eres el peor enemigo que Anneliesse tendrá jamás-

-¡¿Cómo osas...!?-

-¡BASTA!- Reginald se puso en pie dando un fuerte golpe en la mesa -Estoy harto de discutir ¡Esto no es lo que debería suceder! Tendriamos que estar centrados en los preparativos, la ceremonia y...-

-No habrá ceremonia si no salgo con Anneliesse hoy, sin retrasos, sin quejas ni excusas- sentenció Eirik. Era un claro chantaje a su favor -Soy el invitado en este hermoso hogar que es el palacio de Lynastis, pero no toleraré que se me insulte al no permitirseme pasar, al menos, un día con Anneliesse. Si respetamos el acuerdo, nunca podré disfrutar de un paseo a su lado. Si voy a aceptar esa clase de matrimonio que me destina a una vida conyugal delimitada, con una esposa destruida por su cautiverio, al menos exijo poder conocerla un día fuera de su jaula. Quiero ver hasta dónde llegan sus alas antes de echar el candado para siempre- Eirik se dio media vuelta y se dispuso a marchar. Contó cuatro pasos hasta que Reginald le pidió que se detuviera. De espaldas al rey le costó contener la risa. Esperaba que al menos podría contar ocho o nueve pasos. Realmente estaba desesperado.

-De acuerdo...- se sentó Reginald, devastado, agotado -Al menos, solo por hoy...-

-¡Pero majestad...!- Nero no pudo contener su enfado -¿¡Sois consciente de que os está manipulando con chantajes!? ¡Es un ultraje! ¡No lo pienso tolerar!- rugió.

-¿Quién eres tú para decirme a mí lo que puedo o no consentir?- Reginald le miró con aparente calma, pero sus ojos contaban una historia diferente. Estaba aterrado, verdaderamente acobardado y eso le volvía inestable. Nero sintió que se le encogía el estómago ¿Otra vez estaba fallando? ¿Otra vez... había metido la pata? Había sembrado tantas semillas de duda y temor en Reginald que ahora, al florecer con el agua de los Gelhart, sus raices se estaban volviendo exageradamente extensas y profundas. No podía hacerle entrar en razón, no podía manejar la situación como de costumbre. Se arrepentía enormemente de haber propuesto a los Gelhart como candidatos para la boda, pues estaba claro que había sido su tercer gran error en su vida. Ahora el segundo gran error y el tercero, Reginald y los Gelhart, se estaban uniendo en su contra -He dicho que está bien. Es hora de depositar confianza y qué mejor momento que hacerlo con Lord Eirik- le señaló gentilmente con la mano -Os concedo vuestro deseo. Tratad bien a mi hija y hacedla disfrutar. Espero que sea suficiente para que veais, vos y vuestro padre, que nuestro compromiso es firme. Pero... solo sera por esta vez- quiso reafirmar.

-Solo por esta vez, alteza- sonrió Eirik complacido -Os estoy enormemente agradecido por esta oportunidad única en la vida. Iré a comunicárselo a mi padre- Reginald asintió -¿Podría alguien comunicárselo a la princesa? Las doncellas están ocupadas con los preparativos, como veo-

-Es cierto- asintió de nuevo Reginald -Nero, encárgate tú-

-¿Qué?- aquella interrogante sonó como un reproche. El rey y el Aegis se mantuvieron una larga y tensa mirada.

-¿Tengo que repetírtelo, hechicero? Ve. Comunícaselo a tu princesa- hablaba despacio y autoritario -Te lo ordena tu rey- sin mediar palabra, el hechicero se desvaneció en una corriente de humo que se desvaneció en el aire. Reginald se quitó las gafas y se masajeó los ojos y el entrecejo para intentar paliar el creciente dolor de cabeza. Todo se estaba complicando. Todo se estaba escurriendo entre sus dedos... y lo único que no debía fallar bajo ningún concepto, era la boda. Cualquier coste a cambio de poder cerrar el matrimonio y que Anneliesse contase con la protección que merecía.

Comentarios