Tras la visita de aquellos dos acompañantes de Gustav, el anciano cabecilla de la aldea salió de su casa con cara de pocos amigos pero con la tremenda carga de la tristeza colgando de sus ojos. Sin perder detalle de todos cuantos le rodeaban, trabajando sin cesar por el bienestar de Midda y los zeritas, el hombre, cansado y con la espalda dolorida, caminó hacia la taberna donde encontraría su objetivo. Entró sin hacer ceremonia ni decir comentario alguno. Dio un par de toquecitos en la barra con suma parsimonia y asintió con un gesto de la cabeza que indicaba al mesonero lo que tenía que hacer, como si se comunicaran mediante la mente. El encargado del lugar dejó una pequeña bandeja con una jarra de agua y unos pedazos de pan duros y resecos que sonaban como piedras al posarse sobre la superficie de madera de aquella bandeja. Luego, Claus tomó con cuidado aquellos víveres y se acercó hacia la trampilla, que le fue abierta por el mismo tabernero después de salir de detrás de la pequeña barra. Esperó, paciente, a que el anciano se adentrara en la oscuridad de las escaleras que descendían hacia el sótano y luego cerró con suavidad.
-Buenos días...- dijo Gustav sin alzar la mirada -¿Ya toca mi ración de puño matutino?- preguntó con algo más de fuerza en la voz. Aunque estaba hambriento y sediento, al menos había podido descansar del dolor que le aquejaba la cara. Alzó la mirada despacio y se sorprendió al ver al anciano allí, de pie con la bandeja, en lugar de encontrarse con Edward frotándose las manos -Claus...- no quiso, pero solo volver a verle ese rostro compunjido hizo que le picaran los ojos mientras se aguaban -¿Te toca a ti echarme la charla?-
-Imagino que soy el que más te duele de los tres ¿eh?- comentó el hombre con tono de voz devastada. Volver a mirarle a la cara, verle esas heridas, recordar el por qué... -Me alegra saberlo. Así es como debe ser-
-Lo siento...- bajó la cabeza.
-No lo sientes. Ya nos lo ha contado Ada- Gustav reaccionó mirándole.
-Que no me arrepienta no significa que no pueda lamentar lo que sucedió. Si lo hubiese sabido...-
-¿Te habrías quedado?- interrumpió -¿Eso me ibas a decir?- Claus chasqueó la lengua y dejó la bandeja sobre una de las sillas donde estuvieron atados los demás el día anterior. Luego se colocó tras Gustav y comenzó a desatarle las manos lentamente -No digas ni una palabra. No estás libre- advirtió antes de que el líder de la banda pudiese decir palabra alguna. Al terminar, le ofreció la bandeja sentándose él sobre una de esas sillas, frente a su detenido -Esto es para ti. Come- ordenó.
-¿Ahora me traes comida...?- Gustav se frotaba las muñecas con fruición. Le dolían y le ardían como el infierno -¿Edward y tú estáis jugando a eso del bueno y el malo? Conmigo no funciona- dijo mientras tomaba la jarra de agua y comenzó a beber de ella sin pensar. Lo hacía con tanta agonía que el líquido se le agolpaba de más en la boca y se le desprendía por las comisuras como pequeños ríos que luego surcaban sus barbas y caían sobre su regazo.
-No dejamos de ser humanos, Gustav. Todos nosotros. Coge el pan- indicó. Gustav dejó la jarra a un lado sobre el suelo y tomó la comida. La palpó. Sí, duro como el culo de un caballo de carreras.
-Veo que la amabilidad tiene un límite- se atrevió a decir sarcástico, por primera vez, desde que le atraparon.
-No es cuestión de castigo. Nuestro pan es así- al decir aquello, Gustav lo mordió con cierta frustración. ¿Cuántas veces era capaz de meter la pata? Masticar era como mascar piedras, crujía como una sinfonía entre sus muelas -Siempre son las sobras de lo que Johan no desea. El heredero del anterior Steiner, el que conociste-
-Imagino que esa familia no se irá al cuerno ni queriendo ¿eh?- dijo tras tragar con dificultad. Sentía la dura corteza arañándole la garganta -Gracias... por la comida- asintió. Claus se cruzó de brazos y los dejó caer sobre su barriga, mirando al hombre con interés a la par que un profundo pesar -¿También vas a preguntarme por qué me marché?-
-Ya me lo ha contado Ada esta mañana...- bufó -Edward y ella se han pasado la noche discutiendo. Está alterada. Necesitaba hablar y me lo comentó todo. Espero que no te moleste-
-Encima eres educado hasta para eso- sonrió con dolor -¿Pero... pasar la noche...?- ladeó la cabeza -¿Edward y Ada están...?- hizo gestos con las manos que indicaba que estaban juntos. Claus negó.
-No... No al menos de la forma que me gustaría. No son formalmente una pareja. Solamente comparten momentos de intimidad. El ardor que aún queda en ellos debe salir de algún lado-
-Entiendo- Gustav frunció los labios. No le molestaba. Sí, Ada era su ex pareja, la única y última que tuvo siempre, pero lo que le extrañaba era la parte de Edward -¿Cómo llevó lo de Sasha?- aquella pregunta del líder de la banda tomó desprevenido a Claus. No esperaba que se interesara por eso.
-¿Cómo crees que lo llevó? Igual de mal que todos. Era su mujer. A diferencia de ti, que siempre has sido un sinvergüenza, él era decente en aquel entonces y se casó con ella en cuanto sintió la llamada del corazón- gruñó.
-Es verdad...- Gustav no pudo evitar recordar con cariño a sus viejos amigos, entre el que se encontraba el mejor: Edward Wilhem, un verdadero confidente al que le rompió el alma y la vida al marcharse.
-Mi Ada ha seguido pensando en ti todos estos años- confesó Claus.
-Imagino que cagarse en mi figura es de lo más alentador para ella y para vosotros- se encogió de hombros -No lo critico-
-No de ese modo. Pensaba en ti como mujer, no como una zerita traicionada- suspiró -Supongo que...- miró hacia un lado y suspiró. Se le empezaba a agitar la pierna mostrando cierto nerviosismo -Hay sentimientos que no se olvidan. A veces la llama del odio se apaga aunque no queramos y pensamos en que quizá haya un hueco para rescatar de las cenizas los restos de un perdón...-
-¿Qué me estás... queriendo decir?- Claus lo miró de nuevo. Advirtió el brillo en la mirada de Gustav.
-Gustav...- Claus se inclinó hacia delante dejando caer su peso en las rodillas -Ojalá las cosas fueran de un modo diferente. Ojalá te lo hubieses pensado. Ojalá hubieses recapacitado a tiempo- negó con la cabeza, despacio -Pero por más que quisiera, no puedo dejarte salir de Midda ¿Lo entiendes, verdad? Es mi deber para con el pueblo. Mi deber con todos aquellos que forman parte de Zere. Incluso los que no están por tu culpa- el brillo en los ojos de Gustav se apagó. Las pequeñas chispas de la ilusión de obtener un indulto se esfumaron como brasas bajo una terrible tormenta.
-Al menos... ¿Tú querrías dejarme marchar?- preguntó. Ambos se mantuvieron la mirada un rato en silencio -Solo contéstame. Dime únicamente si tú serías capaz de encontrar esos restos de perdón. El resto... me da igual- Claus lo seguía observando -Fuiste un padre para mí- le tembló la voz -De no haber sido por tu paciencia y tus cuidados habría muerto nada más nacer, escondido debajo de un tablón mohoso y astillado, donde me escondieron. Y sí, murieron muchos. Os fallé a todos y a cada uno. Ada, incluso, era la mujer que me amaba... pero el único perdón que necesito es el tuyo. Tú siempre me has mirado de un modo diferente ¿No es así?- Claus entornó la mirada y frunció los labios -Tú no veias únicamente la ilusión falsa de un mesías que os sacaría de aquí. Tú me criaste. Tú sabías que tenía mis inquietudes, sabías que tenía mis sueños. Eres el único que sabía... lo que podía llegar a pasar- al decir aquello, el anciano se puso en pie lentamente y comenzó a marcharse -Claus- llamó Gustav -¡Claus!- insistió -Que me des la espalda no significa que no sepa que, en el fondo, siempre esperabas que yo hiciera algo así ¡Que me ignores no significa que ignoraras el hecho de que no era lo que esperabais de mí! Sin vosotros... yo no era nada. No podía contra ellos. Lo sabes- Claus se detuvo antes de subir las escaleras y le dedicó una oscurecida mirada debido a la penumbra del sótano.
-Aún sabiendo todo lo que podía llegar a ocurrir quise confiar en que antepusieras a tu gente antes que tu propio egoismo, Gustav. Que me recuerdes esas emociones pasadas no me hará cambiar de opinión. Tus días comenzaron con los restos de Zere y terminarán en los restos de Zere- Gustav fue a contestar, pero de pronto, se oyó ruido proveniente de arriba. Sonaba apagado, lejano, lo cual indicaba que seguramente era de la calle. Eran pisadas y relinchos de caballos. El anciano salió a toda prisa por la trampilla y la tapó colocando una mesa por encima para no llamar la atención. Si había un día en el que no debían bajar, era aquel -Eustas- llamó al tabernero -Corre, di a los compañeros de Gustav que no bajen bajo ningún concepto ni hagan el más mínimo ruido- ordenó. El tabernero subió corriendo a la planta superior.
-¡Claus Krauman!- sonó una voz en el exterior. Era un tono cruel y despectivo. El anciano no tardó en salir con pasos apresurados y torpes.
-Estoy aquí, capitán Lars- dijo el anciano con la voz cansada de la pequeña carrera.
-Ah, ahí estás- el capitán, sobre su caballo, le miraba de forma asqueada. Tenía el cabello rojo y repeinado hacia atrás, la piel extraordinariamente pálida y la boca fruncida de una forma cruel -Los tributos a Lord Steiner ¿Dónde están?- quiso saber. A su espalda aguardaban una guarnición de, al menos, 6 soldados con cara de pocos amigos. El resto de la banda los podían ver desde una pequeña ventana que había en el piso superior.
-¿Y ese despliegue?- susurró Vian de mala gana -Son un pueblo indefenso y diminuto. Esos no son soldados, son matones. Están mostrando músculo, amedrentando- gruñó.
-Shhh, cerrad la boca- se quejó Kassad -Observad en silencio y cuidado de que no nos vean-
-Allí están las cajas. El carro que tenemos está un poco maltrecho. Le están arreglando una rueda- explicó el anciano con paciencia, frotándose las manos con ansiedad.
-¿Qué?- el capitán se bajó del caballo y caminó hacia Claus con vehemencia. A su elegante chaqueta azul le volaban los bajos con su rápido caminar. Al plantarse ante el hombre, lo miró con gigantesco desafío. Era algo más alto que Claus, pero no era la altura, sino la juventud, lo que le hacía parecer por encima -¿Me estás diciendo que hemos venido hasta aquí para nada?-
-Ha sido un imprevisto...- Claus retrocedió un tanto. Daba vergüenza ver cómo alguien causaba tanto miedo en un anciano amable como él, pese a las circunstancias.
-Imprevistos...- Lars tomó aire -¿Qué es lo que siempre digo sobre los imprevistos?-
-Que deben preverse...- Claus bajó la mirada.
-Exacto... para que nunca sean un imprevisto- el capitán miró hacia el resto de la población zerita, que bien se habían acercado o salían de las pocas casas que habían. Ni un solo miembro del pueblo se quedó escondido, a excepción de Gustav. Esa era una de las condiciones -¿Y sabéis qué, pueblo de la antigua y grandiosa Zere? Podéis estar felices de que vengo de buen humor- sonrió -¿Y sabéis por qué? Porque hoy va a ser un gran, gran, gran día para mí- miró a sus soldados -¿Sabéis cuánto tiempo hace que no tengo a una mujer en la cama?- al decira quello, los soldados se echaron a reír -¡Exacto! Lord Steiner nos hace trabajar duro... así que ya que tenemos que regresar con las manos vacías de cargamento, no lo haré de compañía-
-Pero... capitán...-
-¡Cállate!- Lars no toleró la intervención de Claus, de manera que desenvainó su espada y le propinó un fuerte golpe con la empuñadura en la barriga. Claus, dolorido, tosió y cayó sobre sus rodillas.
-¡PADRE!- Ada corrió desde el otro lado de la calle para socorrerlo, arrodillándose a su lado.
-Vaya- sonrió Lars -Alguien se presenta voluntaria- Ada lo miró con los ojos llenos de rencor -¿Y esa mirada, guapa?- el capitán se inclinó sobre ella -No me digas que me odias. Eso me rompería el corazón- Ada sintió enormes deseos de escupirle en la cara, pero sabía que sería peor. Se limitó a abrazar a su padre -Venga, deja al viejo. Te vienes conmigo hoy. Tú, fósil- se refirió a Claus -Cuando dejes de gimotear, arregla el puñetero carro y traelo a la hacienda de Lord Steiner- Lars echó mano al brazo de Ada, separándola a la fuerza de Claus.
-¡Espera, un momento! ¡Padre!- intentó alcanzar al anciano con una mano.
-Ada...- tosió Claus -¡Ada, por favor...!- el hombre también trató de alcanzarla.
-¡Espera, capitán Lars!- una voz joven y aterciopelada llamó la atención del capitán, que se detuvo en su secuestro. Se trataba de una muchacha joven, bastante más que él mismo y que la propia Ada. No debía tener más de 16 años... y no estaba nada mal -Q-quiero ir- dijo, arrugándose el sucio vestido de trabajo -Quiero ir yo- el pelirrojo sonrió.
-¿Qué? ¿En serio?-
-¡Gina!- su madre se acercó corriendo -¿De qué estás hablando? ¿Qué haces?- preguntó desesperada -No le hagas caso, capitán, por favor. Es joven y está un poco perturbada...- mintió al borde del llanto, tratando de llevarse a su hija a su casa.
-No, no, no, espera- Lars soltó a Ada de malas formas, arrojándola junto a su padre. Claus la abrazó con necesidad y terror -¿Qué edad tienes, ricura?-
-15 años, señor- la chica tragó saliva. Estaba temblando como la hierba bajo un vendabal. Casi le castañeaban los dientes.
-Interesante. Estás muy crecidita ¿no?- sonrió a la madre -La has criado bien, señora- la mujer se echó a llorar. Sabía que su hija estaba sentenciada -Oh ¿Te he ofendido de alguna forma? No era mi intención. Al contrario, deberías estar halagada- tendió la mano hacia la joven y la chica, temblorosa, la tomó. El pelirrojo sonrió con malicia -Cuando no se resisten las trato mucho mejor. Si se porta bien, volverá esta noche- asintió -¿Qué me dices... Gina? ¿Quieres volver a casa esta noche?- la chica asintió con ojos enrojecidos llenos de lágrimas -Eso significa que vas a ser muy buena con el bueno de Lars ¿No es así?- la chica volvió a asentir -Estoy seguro de que podrás ser muy, muy, pero que muy buena y obediente- le acarició los cabellos hasta que alcanzó el fino rostro de la chica, fino pero cuarteado por el trabajo de sol a sol.
-Si me lo permites, capitán- comentó Edward, que estaba cerca -Si quieres una mujer obediente, es mejor elección que ella- señaló a Ada con la cabeza -Es mi esposa. Sé bien lo que digo- sonrió. El muy cínico sonrió.
-Gracias por el consejo- Lars le devolvió la sonrisa -Siento que tengas tan mala suerte, entonces-
-Los hay afortunados y los hay que no- se encogió de hombros. Aquella conversación tan repentinamente amigable helaba la sangre. Y más aún a Ada y a Claus, pero sobre todo, a la primera. Estaba dándose cuenta de una realidad terrible ¿Él habría sido capaz... de obligar a la chica a interponerse? Su intervención para terminar de convencer al capitán no era en absoluto natural...
-Me caes bien- asintió Lars -Bueno, nos vamos ¿Me acompañas, Gina?- el capitán llevó a la chica de la mano hasta su caballo y la ayudó a montar como todo un caballero para luego seguirla él -Toma las riendas. Así, no tengas miedo- la aconsejó. La chica obedeció mientras él le susurraba al oído de forma sugerente. Luego, sujetó las riendas con una mano mientras aferraba a la chica desde atrás, rodeándola hasta el vientre, bajo el ombligo, muy cerca de su intimidad -Viejo- llamó a Claus, que estaba distraido con lo que estaba viendo: la desvergüenza y crueldad del capitán bajo el mando de Steiner, como de costumbre, y la fiereza de la joven, que no se permitía llorar ¿Cómo era capaz de soportar el llanto que estaba asomando por sus ojos con tanta fuerza...? ¿Por qué lo hacía? ¿Qué ganaba fingiendo que de verdad quería ir? -Quiero el carro para esta noche. Cuando traiga a esta chica, no volveremos con las manos vacías ¿Ha quedado claro?- Claus asintió. Incluso Ada asintió -Estupendo ¡En marcha!- voceó a sus soldados para que todos dieran la vuelta y se marcharan a paso rápido en sus monturas, dejando tras ellos un silencio sepulcral, solamente roto por el dolor de una madre que temía que su hija no regresara, o si bien volvía, sabía que no sería sana y salva. Sólo podía llorar repitiendo un "¿Por qué?" que nadie contestaba, mientras que Edward solo miraba a Ada de brazos cruzados. La pelirroja frunció el ceño ignorándole, centrándose en que su padre se encontrase mejor del dolor. Quería evitar pensar... que había sido capaz.
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