A la mañana siguiente, Anneliesse se encontraba en la misma posición en la que se había quedado dormida. Dado que la taberna sólo contaba con un par de camas en una única habitación, la chica ocupó una de ellas junto con Aiko. Iona, por su parte, durmió junto a Kassad. Vian se prestó de forma caballerosa a descansar en el suelo, haciendo guardia por si algo volvía a torcerse. Una actitud muy loable después de tantos días descansando sobre grava, raíces y pequeñas piedras.

Aiko había colocado una pierna completa sobre la joven, quien tuvo que apartarla con sumo cuidado mientras se incorporaba en la cama. Todos dormían aún. No los juzgada, ya que debían estar enormemente cansados, tanto física como mentalmente. Sin embargo, ella no había podido dejar de pensar en Zere, en el país olvidado y en sus supervivientes. Se había despertado varias veces durante la noche con la sensación de que algo se estaba escapando de sus manos, que algo no encajaba del todo en su conciencia, y por ello, con los primeros halos de luz de la mañana, decidió ponerse en pie. 

Se ajustó la chaqueta, que estaba desabotonada, a la par que se subió un poco los pantalones. A penas llevaba un puñado de semanas en la banda, y pese a sus modales, empezaba a perder las vergüenzas y a ganar confianza con ellos. Al menos, las suficientes como para no escandalizarse al dormir junto con dos hombres. Si algo había aprendido, era que había formas mucho peores de compartir la cama con alguien. Con ellos, se sentía segura.

—Es temprano —. La voz de Vian la sobresaltó. Estaba sentado junto a la puerta, contra la pared. Y apenas se había movido, de forma que no esperó que estuviese despierto. Al contrario que con los demás, con aquel hombre le costaba congeniar. Su pasado, su forma de aparecer, sus pretensiones... habían demasiadas cosas de él que la desencantaban. No tenía voz ni voto para decidir sobre su compañía, pero de haber podido, ella no hubiese permitido que los acompañaran. Era algo que prefería no confesar para no iniciar discusiones inapropiadas. Pero... había sido tan repentina su llegada, que su simple presencia la incomodaba. 

—No tengo sueño —se limitó a contestar la chica. 

—¿Quieres comer algo? —Vian se puso en pie, curioso. Anneliesse se sintió un tanto bombardeada, encerrada ante sus intenciones. —Algo harás ¿No?

—Sí, pensaba salir —confesó entre susurros. De hecho, caminó hasta la puerta. Si seguían hablando los demás se despertarían. 

—Te acompaño.

—No es necesario.

—Anneliesse, por favor —Los ojos claros del hombre se clavaron en los de la chica. Su gesto era tremendamente suplicante, apagado. No había ni un ápice de malicia en su rostro. Pero ¿Cómo confiar en personas que podían ocultar fácilmente sus intereses? A aquellas alturas, no podía. Aunque, siendo justa, estaba siendo una hipócrita. Confiaba en Gustav, Iona, Aiko y Kassad. Confió en Ren. Habían demostrado intenciones verdaderas de querer ayudarla ¿Por qué le daba la espalda a él? Soltó un suspiro, algo exasperada, para finalmente terminar asintiendo.

La taberna estaba vacía. No había nadie desayunando. Las intenciones de la chica eran salir, dar un paseo por las cercanías y pensar. Pero Vian fue más rápido al pedir al tabernero un par de cafés. Prácticamente, la obligó a tomar asiento y beber aquel líquido humeante y amargo mientras lo acercaba a la mesa que habían ocupado el día anterior. —Corre, se enfría —la animó. Con una sonrisa medianamente agradecida, dio el primer sorbo. El café estaba amargo, poco dulzón. Apenas sabía a nada. Literalmente, era agua oscura. —Nada que ver con el de Lynastis ¿Eh? —Quizá la pregunta del hombre no estaba malintencionada, pero a la chica se le ensombreció el rostro. —¿Todo bien?

—No quiero hablar de Lynastis, Vian. No quiero hablar de nada que tenga que ver con el pasado. ¿Lo comprendes? —preguntó con dureza.

—Lo siento, se me había olvidado que...

—No, no lo sientas —suspiró. —Oye, Vian. Entiendo que puedas tener buenas intenciones con... —Anneliesse alzó la mirada. Aunque sólo estaba el tabernero allí, prefería no hablar más de la cuenta. Sentía un miedo atroz, horrible, sólo de pensar en ser descubierta. —Lo que quiero decir es que agradezco tu dedicación. Pero tienes que comprender que no tienes un objetivo, ya no. Para lo que has trabajado durante toda tu vida, ya no existe. No hay nada que puedas hacer.

—Tú estás aquí.

—Yo no soy quien era antes. No quiero serlo —insistió. —Deberías irte —dio otro sorbo. —Eres joven, no eres un hombre demasiado mayor. Asiéntate en algún pueblo, echa raíces. Busca a tu familia. ¿Es que no tienes familia?

—No —. Su voz estaba desprovista de remordimientos, penas o lamentos. Sonaba clara y sincera. La joven pestañeó. —Mis padres fallecieron hace años y el servicio prestado hasta mi posterior expulsión me ocupó demasiado tiempo como para tener pareja e hijos. No me quejo, hacía lo que quería hacer. 

—Mi padre te comió la cabeza. A ti y a todos los que estaban junto a él —sentenció, echándose hacia atrás. Empezaba a ser incómodo seguir con aquella conversación. 

—En absoluto. Él me dio una oportunidad cuando superé las pruebas, él me nombró lo que soy. Lo que sigo siendo —se inclinó hacia delante. —Recibí un buen sueldo, mantuve a mis padres durante bastante tiempo, no me faltó de nada. Yo sólo... me quejé. Me quejé porque nos dijo que debíais protegerte y no te conocía —Ann chistó nerviosa. —Lo que quiero decir es que voy a seguir haciéndolo, con o sin retribución a cambio. Lo juré ante el escudo y la bandera del país. ¿Sabes que es el honor para un soldado? Para mi es esto. Seguir tus pasos hasta que...

—No voy a volver.

—Hasta que estés a salvo y tu apellido tenga un futuro —terminó por decir. La mujer se cruzó de brazos, cansada. —No insistiré más. Salta a la vista que esto te molesta, y lo comprendo. No debe ser fácil para ti. Tanto como no lo es para mi hablarte como a una cualquiera —bromeó. —Al menos necesito que recaiga sobre mi conciencia que serví para algo, que cumplí con mi promesa.

—Eres un fanático —contestó ella. No sabía si le ofendería o no, pero fue lo primero que se le pasó por la cabeza. Lo primero que pensó tras oír su discurso. Seguidamente, se terminó el café. —Y ser un fanático de una tierra no sirve de nada. Mira este sitio, mira a esta gente...

—¿No sabias nada de Zere?

—Por supuesto que no. En los libros de historia se mencionaba que el Ente destruyó todo el país. Que se vio sumergido entre terribles y siniestros ataques de pura oscuridad y que, a día de hoy, nada quedaba con lo que se les pudiera recordar. Lo que menos imaginaba era que hubiese personas, supervivientes e incluso herederos de aquellos que una vez fueron reyes en las tierras del norte. Por los dioses... —. Ann tuvo que frotarse los ojos, abrumada —¿Qué clase de maldición tengo con los herederos de este mundo? Parece que me persiguen. Me hubiese cortado un brazo antes que dar por sentado quien era Gustav en realidad —Aquello lo dijo muy en serio, sin embargo Vian se río. Tenía una sonrisa limpia y clara. —No me hace ninguna gracia.

—Me río porque te quejas de que te persiga tu propio destino. Respeto tu decisión, ya te lo he dicho. Pero creo que te confundes si piensas que puedes ser una mujer nueva sólo con desearlo —. Anneliesse no dijo nada. Sólo deseó que no tuviera razón. —Querías despejarte ¿No? Vamos.

La mañana estaba helada. Una fina capa de hielo cubría el suelo, las ventajas y los tejados de Midda. Todo estaba húmedo en el ambiente y amenazaba con calar hasta los huesos de la pareja, que se limitó a estirar las piernas por los alrededores sin mayores distracciones. Los zeritas, quienes empezaban a trabajar en sus quehaceres diarios, les lanzaban miradas asustadas, preocupadas y temerosas. No hacía falta ser buen observador para comprender que la presencia de ellos en aquel pueblo era desagradable para todos. —¿Qué vamos a hacer con Gustav?

—No lo sé. He estado pensando toda la noche y no se me ocurre nada —comentó Vian con una mueca en los labios. —Sólo podríamos sacarlo de aquí a la fuerza. Y eso implicaría enfrentarnos a toda esta gente, cosa que no deberíamos hacer. Sobre todo después de que tú...

—Ni hablar. No pienso hacer eso. Esta gente no es mala, no parecen haber hecho nada. Si lo que dijo Claus es cierto, sólo tienen sed de venganza por lo que Gustav hizo. Y no... no quiero volver a ponerme nerviosa.

—¿Has pensado como controlarlo? ¿Tu padre no te dio ninguna instrucción?

—Vian, por favor, no es momento de hablar de eso —le encaró ligeramente. —Me preocupa más saber cómo vamos a ayudar a Gustav. Cuando lo consigamos, me dedicaré a pensar en cómo controlar este... problema —. La verdad es que no sabía ni como llamarlo. 

Continuaron caminando por la villa. Las casas eran tan pequeñas como las que habían alcanzado a contemplar a su llegada. Apenas se percibían olores conforme cruzaban las calles, desprovistas de adoquines o estructuras que marcaran un camino lógico entre viviendas. Los campos que rodeaban el lugar a penas tenían siembra, y dado el frío, podían imaginar por qué. Era desolador. Cada esquina, cada recóndito lugar de la villa estaba envuelto en tierra yerma, escasez de vida y poca esperanza. El relieve, la tierra, el frío... nada allí permitía que la vida creciese. Ni la tierra, ni la tiranía.

Sin esperarlo, se encontraron con Claus. El hombre se afanaba en transportar unas cajas del exterior al interior de una vivienda. Parecían pesadas, y una de ella, se le resbaló de las manos. Anneliesse no se lo pensó dos veces antes de acercarse y tomar aquella caja. —¿Estás bien? 

—Sí, sí. La espalda y la humedad no perdonan a un hombre anciano — contestó de forma afable. 

—Esto pesa bastante —aseguró la chica.

—Es la cosecha de hoy. De ahí comerán durante el mes todo Midda —señaló. Vian se acercó, extendiendo sus manos hasta tomar el resto de las cajas. Asombrosamente, pudo con todas a la vez. —Por favor, llevadlas dentro.

La pareja se adentró en la vivienda. Era pequeña, estaba vacía, pero parecía muy humilde. El fuego de la chimenea calentaba el hogar con intensidad, mientras que el goteo de la humedad cayendo sobre el techo, dotaba al ambiente de una sensación acogedora. Vian apiló las cajas en una esquina, donde Ann hizo lo mismo con la suya. —¿Sólo esto es para todo un mes? —preguntó la chica, viendo que las cajas estaban llenas de hortalizas de aspecto bastante pobre. —¿Para tanta gente?

—Es lo poco que ha podido crecer —admitió el hombre. Un silencio incómodo los rodeó. Era una situación demasiado tensa. A fin de cuentas, tanto Claus como Ann y Vian tenían sus intereses particulares con Gustav. De cierta forma, eran enemigos. Pero no querían serlo. —¿Os puedo ofrecer algo?

—No, gracias, estamos servidos —respondió Vian.

—Dejadme preguntar al menos por vuestros nombres. Ayer... entiendo que no era el mejor momento para presentaciones.

—Yo soy Vian Kallum. Ella es Annie.

—¿De donde sois, Vian y Annie? —preguntó Claus, colocando las manos en sus lumbares antes de tomar asiento sobre una silla. Con un gesto, invitó a que le acompañasen. Había asiento de sobra.

—De Lynastis —volvió a responder el soldado. Quizás, porque sabía que ella no lo haría.

—Vaya...  El terrateniente Johan ya nos advirtió de la suerte que corre vuestro país en este preciso momento —se mesó la barba. —No quisiera verme en la piel de los que ahora están perdiendo sus hogares. No otra vez.

—Claus ¿Puedo preguntar algo? —intervino la chica. Para su sorpresa, el hombre sonrió y sus arrugas se acentuaron por todo el rostro. Era como si estuviera esperando a que alguno de los dos se mostrase ligeramente amigable, o interesado. Como si estuviese luchando por tener un motivo para no odiarles. —¿Cómo habéis sobrevivido? No me refiero ahora. Me refiero a hace cientos de años atrás. No sabía nada sobre vosotros. No sabía que el antiguo pueblo de Zere se mantenía en pie. 

—¿Cómo ibas a saberlo? Estoy seguro de que los actuales dirigentes se afanan por ocultarlo a toda costa. Arunna nos mantiene encerrados y los demás callan. No les interesa perder tierras ante la posibilidad de que las exijamos —contestó. —Pero, si es lo que te interesa... Ya te puedes imaginar cuantos hemos llegado a ser para que, ahora, al menos unos pocos podamos seguir manteniéndonos en pie. Imagino que al principio, mis antepasados consiguieron mantener relaciones de comercio con el resto de paises. Es posible que los Welstach, antiguos reyes, aún consiguieran firmar tratados y acuerdos con Arunna y Lynastis, incluso con Zastra, ya que son los paises limítrofes de lo que una vez fue Zere. Sin embargo, está claro que en algún punto de la historia nos convertimos en una amenaza. Nos dieron la espalda, borraron nuestros nombres de los libros y nos mantuvieron ocultos, encerrados y controlados para que no nos extendiéramos... hasta día de hoy —suspiró. —Ya no quedamos muchos... con poco más de cien personas estamos avocados a la extinción. 

—Yo... lo siento mucho —se lamentó la chica.

—¿Por qué lo sientes?

—Es... demasiado implicada —Vian habló rápido. 

—No es por eso. Es que soy de Lynastis, y lamento profundamente no haber sabido nunca nada de esto —confesó con valentía. Ya había dicho que no quería hablar de Lynastis, pero en aquel momento... era como una responsabilidad.

—¿Qué hubieras hecho de saberlo? ¿Plantarle cara al rey? ¿Formar una protesta? —sonrió Claus. Anneliesse se mordió el labio inferior y Vian tragó saliva. —Aunque confieso que me alegra oír eso por parte de alguien de fuera. De hecho, prácticamente sois los primeros extranjeros que llegan aquí. Midda esta demasiado escondido como para que eso sea común. ¿A donde os dirigíais? —preguntó de repente.

—Queremos ir a Occest. Huimos de lo que está ocurriendo en el continente. Arunna no se conforma con asediar Lynastis. Ha comenzado a atacar Romhal y todas las ciudades que la componen. Imagino que pronto llegarán a Ravahta, si no lo han hecho ya —explicó el soldado. 

—Tenemos un enemigo común... —sopesó Claus. —Gustav pensaba volver a huir, después de todo.

—No es de la forma que piensas —dijo Ann. —Todos íbamos hacia Occest... por mí. 

—¿Por ti? ¿Quién eres tú? —preguntó intrigado. La chica se quedó helada. Había confesado aquello sólo para que entendiera que Gustav no había sido un mal hombre con ella. —¿Una criminal buscada por Arunna? 

—No soy una criminal —contestó con dureza, con un deje ofendido en la voz. Claus se echó a reír.

—No tienes pinta de eso, la verdad. Una criminal estaría llena de cicatrices, tendría la uñas sucias y malos intereses allá donde fuese. Tu pareces una chica normal. Demasiado normal como para andar por ahí con Gustav. 

—Te sorprendería la cantidad de personas que son auténticos criminales y llevan ropa nueva cada día. 

—En eso tienes razón, Annie. Touché —sonrió. 

—¿Vas a dejar ir a Gustav? —preguntó repentinamente. Quizá era descarado decir aquello, pero tenía que dar la cara por él. Se lo debía.

—No.

—Pero él no es mala persona. De verdad, él...

—El resto de tus amigos tendrá que ayudarte a salir de Oriest. Él se queda aquí. Por Zere, él debe quedarse aquí —repitió. Su sonrisa se esfumó. Ahora Claus estaba serio, estoico, pero compungido. Tragó saliva  y se puso en pie. —Os invito a que no tardéis demasiado en hacerlo. Si Johan aparece mientras estáis aquí, nos meteréis en un problema y vosotros también lo estaréis. Por vuestro bien, marchaos.

Ann y Vian salieron de aquella casa con un aire demasiado desolador siguiéndoles. La impotencia empezó a hacer mella en el interior de la chica, quien lanzó una mirada preocupada al soldado. Tenía que pensar... tenía que hacer algo. Tenía que ayudar a Gustav.

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