A Gustav no le faltaba razón, el río estaba cerca. Su caudal tranquilo y poco violento llegó hasta oídos de las mujeres, quienes se limitaron a guardar silencio mientras buscaban el camino correcto a seguir. 

Anneliesse apenas llevaba unos pocos días con ellos. Si echaba cuentas, quizá una semana. Poco tiempo para acostumbrarse al cambio de vida, a no tener una cama, no comer cuando quería o ni si quiera poder asearse con normalidad. Pero sí lo suficiente como para apreciar los recursos que tenía disponible para hacer su nueva normalidad un poco más llevadera. Sonrío para sus adentros al pensar en lo afortunados que eran al contar con una tierra tan rica como la que proporcionaba el eje central de Oriest. Las múltiples cordilleras que coronaban el norte dejaban a la zona más céntrica del mapa repleta de ríos y arroyos con los que se podía conseguir energía, cultivar y aprovisionar a las villas y ciudades. Tantos era, que la Ciudad de los Lagos no había recibido ese nombre en vano, al ser el terminal de aquel conjunto de hilos azules a través del relieve.

 —Recemos para que no esté muy sucia —. Iona se atrevió a romper el silencio. La situación estaba siendo muy incómoda desde hacía un buen rato. Ann sabía perfectamente que su presencia no era bienvenida para la mujer, quien parecía ser fría y dura como un témpano de hielo. No quería molestarla, de forma que comprendió que lo mejor era guardar silencio. Finalmente, ni la propia Iona aguantó más aquella tensión. —Si no... algo me dice que tendremos que ir a Romhal más pronto de lo previsto.

—A mi no me importa que esté sucia.

—¿Eres tonta? —preguntó con cierto deje violento. —El agua contaminada podría incluso matarte —explicó. Ann pestañeó rápidamente, humillada, rascándose el brazo.

—No lo sabía, disculpa —Iona emitió un quejido exasperado.

—¿No sabes nada nunca, Anneliesse? —. Aquella pregunta fue tan realista, que la chica agachó el rostro. Tenía razón, no sabía nada. Había necesitado un asedio a la ciudad para darse cuenta de que no tenía ni la capacidad ni los recursos para sobrevivir una sola semana en soledad. No sabía nada de la vida. Mordiéndose el labio inferior, intentó remediar aquello.

—Perdona, de verdad, es que yo...

—¿Te vas a disculpar por todo durante todo el tiempo? —insistió con el mismo deje violento. —Disculpa por esto, perdona por lo otro... Te llevas todo el día pidiendo perdón por estupideces. ¿Es que crees que sólo con educación y buenas palabras vas a conseguir llegar a cualquier parte? 

—¡Yo solo quiero...!

—¡Da la cara, mujer! —. Cuando Anneliesse la miró, si bien esperaba un rostro totalmente enfurecido y asqueado, lo que encontró fue una mirada llena de determinación. —Has pasado por un problema, de acuerdo ¿Vas a dejar que el mundo te engulla después de eso? Porque, a mi modo de ver, te estás comportando de una forma en la que se van a aprovechar de ti hasta que te caigas tu sola y mueras —. Las palabras de Iona fueron como un golpe de realidad en el estómago de la chica. Si algo no quería, si algo se había prometido, es que no volverían a aprovecharse de ella.

—Ni hablar.

—¡Pues cambia de aptitud! Deja de disculparte, deja de caminar dos pasos por detrás y agachar el rostro. Eres bastante insoportable cuando te pones así —confesó sin ningún tipo de vergüenza. —Cuando acordamos que iríamos a buscarte, después de que viésemos a las tropas de Arunna, pensé que iba a encontrarme con una princesa un poco más espabilada. ¿Es que no ha ocurrido suficiente como para que abras los ojos? —terminó por preguntar. Ante ambas, tras cruzar unas cuanta hileras de altos pinos, apareció el río. Anneliesse se quedó mirando el agua que fluía. Los rayos de sol que se colaban entre las nubes consiguieron que la superficie brillara lo suficiente como para que a las dos se les secara la boca. —Anda, vamos a probar ese agua.

Las mujeres se arrodillaron junto a la orilla. Iona llevó una mano al agua y probó un trago de la misma mientras que Ann se limitó a estudiar cómo lo hacía. Se tomó unos cuantos segundos, revolviendo el agua en su boca, para poder esclarecer si podrían beber o no aquel día. —Está limpia. Tiene tierra, pero no está contaminada —explicó.

—¿Cómo sabes que no lo está?

—Porque no sabe a sangre o a podrido. A veces nos hemos encontrado con algún río o riachuelo que, por desgracia, se encontraba en mal estado porque alguien había arrojado algún cadaver o algún tipo de mierda asquerosa por la zona.

—Eso es horrible.

—El mundo es así —concluyó. Ann tomó las cantimploras que Gustav le había encomendado y comenzó a llenarlas de agua, pensativa.

—Sé que no te caigo muy bien, Iona. No quiero que cambies tu...

—¿Quién te ha dicho que no me caes bien? ¿Ha sido Gustav? —preguntó impresionada. —¿O lo dices por lo que te he dicho antes? 

—Lo digo porque al hablar me tratas distinto a los demás. Sé que no soy una más en el grupo, que sólo me estáis ayudando. Pero si puedo hacer algo para que comprendas que no quiero molestarte, me gustaría que me lo dijeras.

—¿Ves lo que digo? Eres una lastimera, pajarillo —sonrió con una ceja arqueada. Iona pasó de estar arrodillada a sentarse sobre el suelo —Lo que te he dicho no lo he comentado para hacerte ver que me caes mal ni para que me odies. Lo he dicho porque si nadie más te lo va a decir, tendré que hacerlo yo. El mundo es duro, Ann. Y puede que los modales y la pasividad te sirvieran en Lynastis, pero aquí fuera nada de eso te va a servir. Te lo digo por propia experiencia —. La mujer recogió sus rodillas con los brazos y colocó la barbilla sobre ellas. —Si quieres que los problemas dejen de perseguirte, tienes que coger las riendas de tu propia vida. Se valiente. No tengas miedo a equivocarte, a expresar lo que sientes ni a quejarte, aunque sea a la persona a la que más valoras —Ann no sabía qué decir. La miraba con ojos brillantes, repletos de agradecimiento por lo que estaba diciendo. —Estoy segura de que puedes hacerlo, porque no me pareces alguien cobarde.

—¿Tu crees?

—¿Puede alguien cobarde infiltrarse en un campamento de kuvlais para sacar de allí a una panda de desgraciados a los que no se les debe nada? —preguntó de forma retórica. Ann acabó sentándose también en el suelo, junto a ella.

—Eso no fue nada. Además, Ren fue quien me ayudó. Fue suya la idea.

—¡Siéntete orgullosa de todas formas! Y por lo que más quieras, no hagas caso a Ren —la señaló. —No suele tener buenas ideas, sólo a veces, de vez en cuando, como aquella vez.

—Ni aunque quisiera. Él me odia —sonrió con lástima.

—Ren solo es un capullo, como Gustav, o como cualquier otro hombre. El consejo que te puedo dar, definitivamente, es que no te fíes de ningún hombre. Son todos unos cabrones desalmados, y eso también te lo digo por experiencia.

—Ya... —suspiró la chica, quien inevitablemente no pudo evitar recordar a Eirik. Su engaño le había causado un estrago permanente en sus recuerdos. Ni si quiera podía olvidar lo que le hizo la noche de bodas, y supo que jamás lo haría. La había humillado, y deseó a los cielos que los dioses se lo hicieran pagar, estuviera donde estuviese.

—¿Estás bien? —preguntó Iona de repente. —Lo pregunto en general. Hemos evitado preguntarte porque no queremos hacerte recordar lo que ha pasado. Kassad nos lo ha prohibido. Y a mi, al menos, me parece un poco ridículo. No podemos esconder lo que nos ha ocurrido por siempre, y preferiría saber, al menos, que te encuentras bien.

—Lo estoy, lo estoy. Es sólo que... A veces siento que no ha pasado nada. Que todo ha sido un sueño y que... Cuando me despierte estaré allí otra vez, en mi habitación.

—Quizás voy a sonar un poco dura con esto, pero... Siendo objetivas y optimistas ¿No crees que al menos ahora tienes algo nuevo por lo que luchar? —la miró a los ojos. —Aquella noche, en la cueva, dijiste que no querías volver a casa. Que estabas cansada de ser quien eres. Quizá no vas a dejar de estar marcada por tu apellido y lo que portas —señaló a su vientre. —Pero, eres una mujer libre ahora ¿No? Si yo fuera tú, eso es lo que más apreciaría. Lo que más me afanaría en proteger —. Anneliesse la miró con una sonrisa nueva en los labios. 

—Tienes mucha razón. 

—Ánimo, pajarillo —. Iona extendió su brazo y le dio un par de golpes suaves en la espalda. —Lo vas a necesitar. No sabes con quienes te estás mezclando —se carcajeó, volviéndose a poner en pie. —Además, te recuerdo que estamos en peligro por tu culpa. Como nos encuentren, vas a tener una deuda muy grande con nosotros — refunfuñó mientras llenaba sus tres cantimploras. Ann se apresuró a hacer lo mismo, pero Iona fue más rápida. Mientras la chica aún seguía llenando los recipientes de agua, la mujer ya se marchaba.

—¡Eh! ¿Por qué me llamas pajarillo?

—Pues la verdad es que no lo sé —comentó sorprendida. —Supongo que me hizo gracia escuchar a Ren decirlo. Se empezó a referir a ti de esa manera cuando nos separamos —terminó por decir. Ann no tuvo ni tan si quiera tiempo a reírse u ofenderse ante aquello, porque se le resbalaban las cantimploras de las manos.


Cuando regresaron al campamento, se encontraron a Gustav y Ren, apareciendo a la vez que ellas. Portaban un enorme animal a cuestas, el cual sangraba profusamente. Lo arrojaron junto a la hoguera que Kassad y Aiko habían encendido mientras los demás no estaban. —¿Es un ciervo? —preguntó Ann.

—¿Nunca has visto uno? —. Kassad se dio cuenta rápidamente, y ella negó con la cabeza. —Pues con uno de estos, podemos tener comida para una semana. Pobre criatura, tener que morir para alimentarnos a nosotros.

—La cadena alimenticia es así —gruñó Gustav.

—¿Y a vosotros que os pasa? —Iona no había quitado los ojos de Ren y Gustav. Nada más verles llegar percibió una mueca de disgusto en ambos.

—Pregúntale a Ren. El chico está sensible —se limitó a contestar el líder. Ren, por su parte, soltó un improperio mientras se dirigía hacia su montura. Algo que nadie escuchó.  —Bueno, vamos a despellejarlo. Me muero de hambre —Con los ojos como platos, Anneliesse observó como Gustav sacaba un cuchillo oculto bajo su chaqueta y lo hincaba en el pecho de la criatura, justo después de arrodillarse junto a ella y colocarla en una posición accesible. El mercenario no tuvo dificultades en abrir al animal en dos, ni tampoco en fijarse como la joven miraba. —¿Quieres hacerlo tú?

—Gustav, la chica es nueva en esto. Puede ser aprensiva —intervino Kassad.

—No, no. No pasa nada. Quiero aprender a hacerlo —se adelantó ella. Arremangó las mangas de la camisa y la chaqueta de Ren, colocándose cerca del líder. Aiko comenzó a hacer aspavientos con las manos, e Iona y Kassad comenzaron reírse a carcajadas.

—Aiko tiene razón, Gustav ¿Es que te ha entrado la vena paternal? Se te ve muy interesado en enseñarle cosas —bromeó Iona. —No te ofendas, pajarillo. Es que Gustav nos está mostrando un lado de él pocas veces visto.

—Odio a los niños, y no hay nada que me disguste más que criar a niños malcriados —soltó de repente. No había que estar muy espabilado para captar que aquello iba con segundas. —Pero Ann quiere aprender ¿No es así? —. Ella asintió. —Además, como va a quedarse una buena temporada con nosotros, no le vendrá mal. Mañana puedo torcerme las muñecas y tendrá ella que despellejar la comida —. A nadie se le pasó por alto, tampoco, el hecho de que acababa de admitir que Anneliesse se quedaría en el grupo bastante tiempo. Se tuvo que morder el labio para que nadie notase el deje de felicidad que estaba deseando mostrar. —Así que presta atención. Lo primero es limpiarlo. Hay desperdicios que hay que quitar de en medio, cosas que no se comen. Pero tratando con cuidado la piel, porque a veces nos puede venir bien. Sobre todo si la vendemos —comenzó a explicar.

Gustav no escatimó en detallar paso por paso aquella tarea en la que la princesa puso todo su empeño por aprender. Con cierto desagrado, no evitó, por su parte, llenarse las manos de sangre y cortar por donde el líder le indicaba. 

El resultado, al final, fue inesperado. Jamás a Ann le supo un trozo de carne tan bien como aquel. Y no porque la pieza fuese recién cazada, tampoco porque se hubiese tostado sobre una hoguera durante largo rato hasta ser comestible. Le subo bien gracias al orgullo que sintió al comprender que ella había formado parte de aquel proceso. Que estaba comiendo la carne que ella misma había limpiado y troceado. Era gratificante, demasiado. No pudo evitar reprimir una sonrisa mientras comía.

—Pues sí que estás contenta —señaló Kassad a su lado. 

—Nunca había hecho algo así —aclaró. 

—Me alegro de que estés feliz, Anneliesse —se unió Gustav. No había hablado con Ren desde que ambos regresaron. Ni si quiera se miraban.

—Llamadme Ann. Es más corto, y más cómodo. Además, cuando tengamos que ir a la ciudad, creo que será mejor que no me llaméis por mi nombre. Por si alguien nos escuchara, o alguien me buscara o...

—Tranquila, Ann. Está bien. No te van a encontrar —la reconfortó Kassad. —Pero no me parece mala idea. A mi me gusta más Annie.

—Como quieras, encanto. Pero al menos, asegúrate de reponer fuerzas. En unas horas el sol se esconderá por el horizonte y esta noche te toca a ti hacer la guardia. ¿Qué te parece? —preguntó Gustav.

—Sí, claro. Por supuesto. Como quieras —comentó la chica, sintiéndose útil y motivada ante un nuevo reto. 

—Perfecto. Porque la harás con Ren.

—¡¿Que, qué?! —preguntó él. Todos le miraron con sospresa.


Comentarios