El grupo se quedó consternado ante lo que acababan de contemplar. Kassad se agarraba firmemente al borde de la ventanilla, mientras que Aneliesse deslizaba su espalda contra la pared, rendida ante la impotencia y el miedo. Aiko se llevó la manos a la cabeza, mostrando, por primera vez, un enorme alarde de terror. — ¿De verdad esperabais que iba a ser algo mejor que eso? ¿Qué la situación no era tan grave? — preguntó Vian. Su tonalidad no era ofensiva, a pesar de sus palabras. — Esta pobre gente está sufriendo.
— Gustav ni tiene culpa de esto — gruñó Iona. La mujer estaba helada, cruzada de brazos junto a Kassad. A veces, su cuerpo temblaba bajo un escalofrío. — No pueden culpar a Gustav de esta dictadura. ¿Qué tiene que ver su escapada con esto? No tiene relación.
— No estoy culpando a Gustav. Sólo digo que al anciano no le faltaba razón. Arunna está torturando al pueblo de Zere bajo el silencio de todos los paises de Oriest. Seguramente, incluso de Occest — añadió.
—¡Al demonio con Arunna y todo los malditos reyes de este mundo! —. Iona dio una patada contra el cabecero de una de las camas de la habitación. Seguidamente, se corrigió. Carraspeó con la garganta y miró de reojo a Anneliesse. Pero la chica no se había molestado. Al contrario, estaba trastornada. Atónita ante lo que sus ojos acababan de contemplar.
— Zere necesita a alguien que les proteja — concluyó Vian. Aiko hizo un gesto con la mano, uno que representaba la pregunta que todos tenían en la cabeza. — No se quien. Pero está claro que necesitan ayuda. Y a este paso, la necesitarán toda la gente de Ravahta, Romhal y Lynastis —. Ann por fin alzó la cabeza. Miró a Vian con agobio, con la sensación de que algo le oprimía el pecho y jalaba de él hacia atrás, hacia un punto inexistente. Un tirón.
La puerta se abrió de repente. Claus apareció, cansado y dolorido. Tenía los cabellos pegados a la frente sudorosa, así como un rostro bastante ceniciento. Miró a todos, uno por uno, como si los contara. — Ya se ha ido— consiguió decir.
— ¿Cada cuanto pasa esto? — preguntó Kassad.
— Todas las semanas. En el mejor de los casos, una vez cada dos. No sabría decir. He perdido la cuenta ya — se quejó, dejándose caer contra el marco de la puerta.
— Pero esa niña...
— No podéis hacer nada por ella ¿De acuerdo? — sentenció con dureza. — A esto me refería cuando os dije que deberíais marcharos. Hoy no, pero quizá esta noche decida hacer recuento de personas, registro de propiedades o inspección de los hogares y os encontrará. Y si os encuentra aquí, lo que ocurra va a ser mucho peor. Tenéis que iros.
— No nos iremos sin Gustav — insistió Iona.
— ¡No vais a llevaros a Gustav! ¡Esto está ocurriendo porque él decidió marcharse! ¡Es un traidor que decidió alejarse del problema y abandonarnos!
— ¡¿Y es un pecado capital decidir buscar un buen futuro en vez de quedarse aquí a ver como os consumen?! — contrarrestó.
— ¡Fue egoísta!
— ¡Fue humano! — la voz de Iona se alzó sobre la de él. El silencio se instauró entre ambos. Aneliesse temió que la mujer fuese capaz de echarse sobre el hombre. Incluso Kassad dio un paso a delante por si tenía que llegar a detenerla. Sin embargo, no hizo nada. Tragó saliva y echó la vista a un lado con impotencia.
— Tenéis hasta esta noche para marcharos — terminó por decir el hombre, justo antes de marcharse con enorme aflicción escaleras abajo.
----
El sol comenzó a ponerse, y la banda siguió sin moverse de la habitación. Las horas contaban a contra reloj mientras todos meditaban sobre qué hacer. Kassad y Vian habían perdido toda esperanza de convencer a Claus y al pueblo de Zastra de que Gustav no debía pagar por la injusticia colectiva. Aiko, se limitó a estar quieta y no aportar nada, con la cabeza dando bandazos entre pensamiento y pensamiento. Iona estaba desesperada, histérica y al borde del colapso. Por eso, cuando miró a Anneliesse y no encontró respuesta en ella, se acabó marchando de la habitación sin decir nada.
Caminó escaleras abajo con decisión, ignorando cuantos la miraban con enorme desaprobación por seguir allí. Salió de la taberna y anduvo a paso rápido hacia el sótano donde tenían encerrado a Gustav. De lejos, pudo ver que alguien custodiaba la trampilla que servía de entrada. Era Ada, cruzada de brazos y con rostro sombrío. Iona decidió ignorarla cuanto más se acercaba, llegando a tocar la puerta sin si quiera mirarla. — No puedes pasar — Ada la empujó con suavidad hacia atrás, interponiéndose entre la mujer y la entrada.
— No me hagas reír.
— No me fío de vosotros.
— ¿Qué te piensas que voy a hacer? ¿Sacar a Gustav arrastras con todos vosotros mirando? — la encaró. — Cachéame si quieres. No traigo armas ni nada que darle para salir de aquí. Sólo quiero hablar con él.
— No puedes.
— ¡¿Por qué no?! — Ambas mujeres se miraron a los ojos con intensidad. Ada no supo dar respuesta. —Nos obligáis a marcharnos, os negáis a que le veamos... ¿También vas a pedirme que entregue mis pertenencias? — sonrió con crueldad. — ¿Por qué le tratas así? —. Terminó por preguntar, con dolor. Un dolor que no pudo reprimir ni esconder. La pelirroja agachó el rostro, pensativa. Finalmente, se apartó.
— Sólo un rato — Iona no necesitó nada más. Abrió la trampilla y descendió las escalerillas cuando ésta se cerró tras su paso.
Encontró a Gustav recostado sobre la pared, con las manos atadas tendidas sobre el regazo y los ojos cerrados. Tenía sangre seca por toda la cara y parecía... demasiado distinto a lo que el hombre siempre había expresado. Estaba apagado. La luz que radiaba, se había ido. — Gustav — susurró la mujer. El líder abrió los ojos sorprendido.
— De todas las personas a las que pensaba ver esta noche...
— ¿Estás bien? — preguntó ella, ignorando la sarta de palabrerías que era capaz de soltar en un momento como aquel. Se arrodilló junto a él y le examinó. El pómulo morado, un ojo hinchado, la nariz rota, un labio quebrado... — Estas horrible.
— Tu también, encanto. Tienes cara de querer matar a alguien.
— No me faltan ganas — escupió. Seguidamente, extraño un pañuelo raído de su bolsillo. Lo llevó a la cara del hombre con la intención de limpiársela, pero ante el primer toque, el mercenario gruñó. Apretó los dientes y siseó.
— ¿Desde cuando te dedicas a hacer de enfermera? — bromeó cuando pudo emitir palabra.
— Desde que te conozco. Desde la primera vez que te metiste en un lío. Siempre he ido detrás tuya limpiando tus estropicios, pero no te has dado cuenta hasta hoy — recordó con un suspiro. Pasó el pañuelo por las zonas menos afectadas, retirando las manchas de sangre con enorme dificultad. De alguna forma, podía adivinar que era lo próximo que el hombre iba a decir.
— ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no os habéis ido ya? — preguntó con seriedad. Iona había acertado.
— No te pienso dejar aquí, Gustav. Cuando tú y yo decididos unirnos, prometimos que nos ayudaríamos en todos los problemas porque aquella era la única forma que tendríamos de sobrevivir. Y siempre nos ha ido bien. De una pareja, nos convertimos en una banda. No pienso faltar a mi promesa ahora.
— Esto no va de promesas ni de la banda. Va de mi pasado. Y no puedes hacer nada — recordó. Los ojos de Gustav brillaban con un deje de lamento, incapaz de dirigirlos a otro punto que no fuese la mujer. — Ada me ha contado lo que ha pasado esta mañana — confesó. — Todo es culpa mía... y tengo que pagar por lo que hice.
— ¿Por qué no me lo contaste? — preguntó de repente, deteniendo su mano. — ¿Por qué no me dijiste lo que ocurrió después de dejar a tu pueblo? ¿Por qué no me dijiste quien eras de verdad?
— ¿De qué habría servido? — se preguntó. — ¿Te habrías aliado con el rey de un país extinto? Entre tú y yo, Iona. Nunca has sido de hombres con grandes títulos. Nunca te habría gustado.
—Eres un capullo—. A pesar del tono bromista del líder, la mujer estaba seria, fría, inquebrantable. — ¿Cómo puedes bromear? ¿Cómo puedes reírte y pedirnos que nos vayamos? ¿Eso es lo que vale para ti tu vida?
— Iona... — Gustav alzó la mano hasta atrapar la muñeca de la mujer, que aún reposaba sobre su rostro, sujetando el pañuelo. Clavó sus oscuros ojos sobre los de ella, que, aunque habitualmente eran del color de la miel, aquella noche, en aquel lugar, lucían tan apagados como la madera chamuscada.— Márchate — insistió. — Sin mi, tu tienes el mando de la banda. Entre Kassad y Aiko tenéis que llevar a la chica a Occest. El soldado, Vian, ahora es una ventaja con la que contáis. Sacadla de donde Arunna pueda alcanzarla y ponedla a salvo o todo se irá a la mierda — recordó.
— No.
— Escúchame, joder. Anneliesse tiene un poder enorme, uno que va a tener que aprender a controlar ella sola, como lo hizo Ren. Sigue entrenándola, empieza a mostrar aptitudes con la espada. Tiene potencial, sácaselo. Pero ten cuidado con ella, porque vas a tener que impedir que se vaya,al igual que Ren. Yo... he pensado... Creo que ella y él podrían...
— ¡Esto no va de Anneliesse y Ren, Gustav! ¡Esto va de ti! ¡De nosotros! ¡De la banda! ¡¿No puedes parar a pensar ni tan si quiera un segundo?! — le gritó, soltándose de su agarre. — No te voy a abandonar. No voy a dejar que te hagan pagar por un hecho del que no fuiste culpable. No es tu responsabilidad lo que está pasando ¿Entiendes? No está en tu mano que ésta gente viva encerrada bajo las ordenes de Arunna. No eres tú quien les obliga a estar aquí. Tú solo...
— Iona, es más complicado de lo que crees.
— ¡Pues explícamelo! ¡Hazme entender por qué deber pagar por las injusticias de tu pueblo! Tú no eres el rey de nada. Zere no existe. Hace años que dejó de existir. Tú sólo eres un hombre libre, un buscavidas, un...
— No puedo — se limitó a decir. — Marchaos ya de aquí antes de que provoquéis un problema peor. A mi no me queda mucho tiempo, eso está claro. Así que aprovecha tú el tuyo, por mí. Y por lo que más quiera, no me lo pongas más difícil. ¿Quieres?
— No me puedes estar pidiendo esto...No me creo que...
— Iona... — Tras un suspiro, el hombre alargó el brazo hasta colocarlo tras la cabeza de ella. La acercó a él y le dio un beso en la frente, dolido y triste. — Vete ya. Olvídate de mi —. Como si quemara, la apartó de su lado. La empujó hacia atrás, consiguiendo que ella le mirase con enorme resentimiento. — Vete, joder —. Con su última palabra, los ojos del mercenario se humedecieron. Se mordía la lengua, conteniendo palabras que no podía o era incapaz de expresar.
— Gustav...
— ¡Vete!
----
Iona llegó a la habitación de nuevo, secándose unas lágrimas que se afanó por intentar hacer desaparecer. Al entrar, se encontró con que Vian y Kassad hablaban de forma seria, en voz baja. Aiko los escuchaba con enorme atención. Pero faltaba alguien. — ¿Dónde está Anneliesse?
— Quería esperarte, pero dado que ese cabrón va a volver a aparecer, ha tenido que salir corriendo.
— ¿A donde? ¿A donde ha ido?
— Va a intentar solucionar las cosas — respondió Vian. — Ha tenido una idea.
— ¿Una idea? — pestañeó confusa. — ¿Qué clase de idea?
— Una que le ha costado mucho esfuerzo aceptar.
----
La puerta de la trampilla volvió a abrirse. La luz de una antorcha inundó la completa oscuridad de aquel sótano. Gustav entrecerró los ojos para poder ver mejor. Una vez más, pensó en las posibilidades. Dudaba que volviese a ser Iona, de forma que sólo espero ver a Claus, a Edward o a quien fuese a ser su verdugo aquella noche. Pero, una vez más, tuvo que guardar para sus adentros sus anticipadas deducciones y fruncir el ceño con confusión. — Polluela. ¿Qué haces aquí? ¿Se puede saber por qué no os habéis ido ya? — Tras Anneliesse, apareció Claus. El hombre parecía acelerado, pues se acercó deprisa a desatar las manos del hombre.
— A esta chica le debes tu vida. Vas a necesitar papel y pluma para hacer la cuenta de a cuanta gente le debes algo, Gustav — se quejó el hombre. Estaba enormemente apurado. Por eso, cuando Gustav volvió a sentir las manos libres, los miró con extrañeza.
— ¿Soy libre?
— No, ni hablar. Sólo te estoy dando una oportunidad — le señaló. — Una única y última oportunidad, y más te vale cumplir con ella — añadió. — Así que ahora limítate a esconderte y mantener el pico cerrado. Después, te estaré vigilando hasta que nos ayudes.
— ¿Cumplir? ¿Ayudar? ¿Qué es lo que tengo que hacer? — Ante su pregunta, Ann dio un paso adelante. La cara de la chica rebosaba determinación, así como sus ojos verdes brillaban con esperanza.
— Gustav, creo que tengo un plan.
Comentarios
Publicar un comentario