[Fullmetal Alchemist Brotherhood - Nocturne of Amestris ~ Duet~]
El movimiento de la aguja en manos de la princesa era grácil. Los constantes vaivenes a través de la tela que sujetaba el bastidor, poco a poco reflejaban la forma de hermosas rosas, bordadas con hilos de colores vivos y resplandecientes. La habilidad que manejaba era impresionante, digna de admirar. Y no era para menos, tras tantos años donde su vida se había dedicado a perfeccionar multitud de aficiones distintas que sólo podían realizarse desde la soledad de una habitación. A veces le daba paz. Transportaba su mente a otro momento y lugar distinto al que habitaba. La pintura, la música y el bordado tenían esa característica, casi mágica, que Anneliesse cuidaría para siempre.
Las rosas poco a poco fueron tomando una forma mas definida, con más profundidad. La aguja dejó a su paso espinas en los tallos que, a ojos de la muchacha, daban cierta crueldad al resto de la imagen. Una dualidad inquebrantable. Lo bello de la mano de lo doloroso. La felicidad de lo cruel. Sin poder evitarlo, su cabeza viajó unos días atrás. Pensó en Ren, en como sus manos se aferraron a su cuello como podrían hacerlo aquellas espinas, causando un dolor similar. Ambos causaban dolor y ambos... parecían tener otro lado más amable. La sonrisa que el hombre le dedicó cuando acertó en la diana apareció en lo más profundo de sus pensamientos y, aquel recuerdo, de alguna forma, consiguió hacerla sonreír.
—Anneliesse, escucha...
—Te he escuchado demasiados años ya, Nero ¿Qué quieres ahora?
—¿No vas a darme la oportunidad de que podamos solucionar esto? ¿Piensas casarte, cambiar tu vida y no darme ni tan si quiera una forma de hacer que comprendas que...?
—Voy a decirle a los guardias que llamen a mi padre. No quiero que estés aquí. —Decidida, la princesa intentó abrir la puerta del todo para salir. Nero se lo impidió, empujándola con suavidad hacia atrás. —¡¿Como osas...?!
—Eirik te está esperando en los jardines delanteros —informó con un gesto sombrío. Aquella noticia tomó a la princesa desprevenida, de forma que frunció el ceño y miró al Aegis, dejando a un lado el echo de que le había impedido salir. —Quiere que salgáis a dar un paseo, juntos —añadió. La mujer abrió la boca, incrédula.
—¿Cómo....?
—Ha convencido al rey. Una diligencia os espera fuera.
—¡¿Cómo ha conseguido eso?! —preguntó impresionada, con las manos temblorosas. Empezaron a sudarle con rapidez. El estómago se le cerró de puro nervio.
—Amenazando con retirar el matrimonio y....
—Vete, voy a vestirme — cortó, empujando esta vez ella al Aegis y cerrando de un portazo.
Nerviosa como una niña pequeña, abrió el armario de par en par. Numerosos vestidos de colores pastel, con bordados, lazos, capas de tul, manga larga, corta... lucieron agolpados todos a la vez. Anneliesse tomó uno más sencillo que de costumbre, pero adecuado para pasear. Era ridículo que tuviese un vestido que podría calificar como para pasear, pero cosas más inútiles tenía, como docenas y docenas de zapatos con los que jamás podría caminar. El vestido elegido era de color rosa, con capas de tul fina y mangas de farol. No era pesado ni calurosos, y dado que el sol brillaba con fuerza y el clima era tan primaveral como siempre, no encontró uno mejor. Se desvistió rápido, para pasar con rapidez la prenda por su cabeza. Después, se adecentó el pelo como pudo con un lazo del mismo color, para terminar poniéndose un poco de polvo sobre el rostro y cubriendo sus brazos con guantes de seda blancos. Ya está, no necesitaba nada más.
Rápidamente, abrió la puerta. Para si disgusto, Nero seguía allí esperándola. Pasó por su lado con rapidez, ignorándole por completo. Pero el Aegis fue más rápido que ella sujetándola por la muñeca y obligándola a girarse para mirarle. —Ten cuidado con Eirik.
—¿A que viene eso ahora?
—No me fío de él —se limitó a decir. Su seriedad enfatizó las arrugas de su expresión.
—Yo nunca debí fiarme de ti.
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Tal y como Nero afirmó, Eirik la esperaba en los jardines. Tras él, un carruaje esperaba. Uno más sencillo y menos llamativo que de costumbre. Uno que pasaría desapercibido en una ocasión como aquella, lo que era ideal. La prisa que llevaba Anneliesse consiguió que el bajo del vestido siseara al rozar contra el suelo. — Dijiste que los cumplidos no servirían contigo, pero tengo que decirte que estás preciosa —confesó el heredero de Ryudo con tono seductor cuando la chica llego hasta donde él aguardaba.
—¿Cómo has conseguido esto? ¿Le has puesto un cuchillo en el cuello a mi padre? Ni si quiera eso me hubiese servido a mi —aquellas palabras consiguieron que el hombre se echase a reír.
—Te dije que yo no seguiría su ruta —recordó. —¿Preparada? —Eirik abrió la puerta del carruaje, invitándola a entrar, mientras que un soldado se afanaba con entregarle a la princesa un parasol blanco con encajes. La mujer no necesitaba decir nada. Se introdujo en el vehículo y el hombre lo hizo tras ella. No se le pasó por alto que su padre y Nero la observaban marcharse desde lo alto de las escalinatas, con rostros sombríos y repletos de desaprobación.
—¿Dónde vamos exactamente?
—Donde quieras —sonrió él. —¿Qué te parece si acudimos a la plaza central? He sabido que estos días se celebra una festividad propia de aquí.
—Ah, sí. Es cierto. Se conmemora a una de las Matriarcas de la ciudad. A la mujer que trajo consigo la variedad tan rica de flores que tenemos. O eso dicen las historias, claro —sonrió. El hombre asintió y ordenó que se pusieran en marcha. En cuanto el carruaje comenzó a avanzar, a Anneliesse le crecieron mariposas en el estómago.
Eirik caminó a paso seguro, de forma que la chica se obligó a hacerlo también. Atravesaron a personas de distinta clase, con distintos oficios, distintos colores de piel e ideologías. El barullo llegaba a los oídos siempre calmados de la muchacha como truenos en una noche tormentosa. Los olores se mezclaban en su nariz, en un cruce de humo, carbón, comida dulce, té, café y aromas de flores. Porque todo cuanto los rodeaban eran flores.
Las flores decoraban cada rincón de aquel centro neurálgico. Sobre los árboles, en los macetones de las esquinas, en las columnas que sujetaban las instalaciones, en las ventanas de las casas... Los niños más pequeños tomaban los pétalos que había en el suelo y los arrojaban al aire, provocando al rededor de ellos nubes de colores dignas de admirar.
Los carruajes pasaban uno tras otro por las calles más anchas y concéntricas. Los comerciantes pregonaban sus productos. Las personas se detenían a charlar, discutir sobre temas banales o reír. Había personas que se dedicaban a pintar en mitad de las plazas retratos de mujeres preciosas o paisajes de Lynastis dignos de admirar. Otras, se dedicaban a cantar esperando ser oídos con enorme gratitud. Había vida, colores... una explosión de todo aquello con lo que Anneliesse siempre había soñado. Casi no podía respirar. —¿Te gusta lo que ves? —preguntó Eirik con enorme felicidad. La mujer aisntió. —Y que se te haya privado de esto... —bufó. —Mírales, ni si quiera reconocen a su futura reina —Y era cierto. Desde que habían llegado al lugar y comenzado a pasear por aquellas transitadas calles, ni una sola persona había reconocido a Anneliesse. Ésta aprovechó la ocasión para abrir el parasol y dejarlo caer graciosamente sobre su hombro.
—Es todo tan... colorido y mágico.
—Es una ciudad normal, Anneliesse. Todo en el mundo es así de bello.
—Ojalá tuviera la oportunidad de conocerlo todo.
—Conocerás Ryudo bastante pronto —recordó. —Te encantará. Nuestra arquitectura es muy distinta a esta, pero no menos digna. —Anneliesse casi había olvidado que estaba sellado en el pacto que ambos debían viajar constantemente entre ambos reinos para llevar a cabo sus tareas como futuros gobernantes. Aquello la hizo sonreír. Había algo bueno, al final. Un poco de esperanza.
—¿Qué es eso que huele? —preguntó ella, moviendo las aletas de su nariz. Había un olor excesivamente embriagador por el lugar que transitaban. Una calle estrecha y repleta de puestos de comida en las aceras. En concreto, en uno de ellos parecían estar cocinando y vendiendo una especie de dulce trenzado.
—Espera un momento —Eirik no lo dudó. Caminó deprisa hasta la cola de personas que aguardaban su turno. Con paciencia, esperó a poder pedir uno de esos dulces y raudo como un rayo volvió a la posición de la chica. —Para ti.
—Cualquiera diría que quieres engordarme —sonrió la chica. —Dime la verdad. Tienes un pan ¿Verdad? ¿Quieres que acabe en cama por un enorme empacho y se cancele la boda?
—¿Y perderme tu cara al ver como será el pastel de boda? Ni hablar. Te he calado, Anneliesse. Te encanta lo dulce —sonrió. —Ven, busquemos un lugar cómodo.
Ambos caminaron por aquella estrecha calle, cuyos edificios daban algo de sombra debido a la altitud de los mismos. Pero, al salir de ella, dieron de bruces con una especie de jardín que rodeaba uno de los lagos de la ciudad. La orilla estaba cercada por barandas de mármol, y había sillones del mismo material colocados estratégicamente a lo largo del mismo. Eirik no dudó al elegir uno de los que quedaban libre para tomar asiento. La chica aprovechó el momento para comer. Sin embargo, no podía coger el dulce con los guantes. El papel que lo envolvía estaba grasiento y ensuciaba la mano del hombre, por lo que la ensuciaría a ella más aún si no se lo quitaba. Lo intentó con rapidez, pero la seda estaba pegada a su piel. —Permíteme —pidió él. Tirando de sus dedos, deslizó el guante suavemente hasta que lo retiró. Mientras lo hacía dedicaba una mirada encantadora a la mujer, quien se sonrojó levemente. Sabía perfectamente que intentaba que le gustase. No era tonta. Pero a fin de cuentas, ¿Por qué debía extrañarse? A su juicio, Eirik no era un hombre feo. Su cara afilada acentuaba signos de edad que no le quedaban mal. Aunque le sacaba unos diez años, era apuesto. Se quiso permitir dejarse agasajar.
—Gracias —sonrió ella, probando por fin el dulce. La miel recorrió su lengua con rapidez. Estaba buenísimo. —Madre mía, esto está...
—Sí que te gusta lo dulce, sí.
—¿Quieres? —ofreció ella. —Esto tiene que gustarle a cualquiera —. Eirik se inclinó y le dio un mordisco al dulce de las manos de ella. Demasiado encantador.
—No es para tanto.
—¡Venga ya! — ofendida, vio como Eirik empezaba a reírse. —Te estás quedando conmigo. Esto está bueno y tu eres un mentiroso.
—¿Llamas mentiroso a quien aún es tu enemigo? Vas a obligarme a desenvainar la katana en mitad de la plaza —la amenazó en tono jocoso. Anneliesse le siguió la broma, no sin antes reparar en que, ciertamente, llevaba su katana bajo el cinto. La discreción de ese tipo de armas hacía que no llamase demasiado la atención, pero, sin duda alguna, si alguien se fijaba, se sorprenderías.
—¿Por que la llevas?
—Es el arma real. ¿Por que no la llevaría? —preguntó curioso. —Anneliesse, no me digas que tú ni si quiera tienes un arma real —la miró con sorpresa, obligando a la muchacha a negar despacio con la cabeza. Las armas reales eran armas que solo los reyes y herederos podían portar. Estaban imbuidas en magia, una muy ancestral, dado que dichas armas habían pasado de generación en generación sin verse alteradas. Reliquias en la época en la que vivían, pero armas de guerra en el pasado. Poderosas herramientas con las que defender la corona. El legado más preciado que un príncipe o princesa podía heredar. —¿Cómo es eso posible?
—No lo sé, ni si quiera suelo ver a mi padre con la suya propia —explicó. —A veces he querido curiosear sobre ella, pero no se me ha permitido. Mi padre siempre decía que era peligrosa porque... bueno...
—¿Qué le ocurre a ese arma? —preguntó con interés.
—Nada, tonterías —sonrió ella, incómoda. Lo que menos necesitaba en un momento como aquel era hablar sobre el Ente, su responsabilidad y su cautiverio. —Obsesiones de mi padre con el peligro que me rodea.
—Entiendo... Pero ¿No tiene miedo? Quiero decir. Un día, algún reino enemistado podría atacaros. Si ese arma no descansa cerca del rey, éste podría morir fácilmente.
—No estamos enemistados con nadie —aseguró la chica. Pero tan pronto como lo hizo, pensó en Ravahta. En Namur. En su promesa quebrantada por los desquiciados negocios de su padre. ¿Lo sabrían ya los Rajash? ¿Qué pensarían de ella? —Aunque quizás si que vendrían bien, un día, sacarla de la cámara. Por si las moscas.
—¿Una cámara? ¿De verdad que tu padre tiene encerrada el arma real en una cámara? Cuando decías que no la llevaba encima pensaba que hablabas de dejarla en un armario, debajo de la cama. Pero en una cámara...
—Ya, suena estúpido. Todo en mi padre suena estúpido —se cruzó de brazos la chica tras comerse el dulce. Aún sujetaba el guante con la mano.
—Eh, tranquila. No hablemos de tu padre ahora —recordó él. Al mismo tiempo, un joven de pelos rizados y revueltos apareció cerca. Repartía periódicos entre las personas, y por supuesto, dejó uno en manos de la chica. —Si que son trabajadores aquí —murmuró Eirik. Anneliesse desplegó las hojas para conocer las nuevas noticias. El compromiso de ambos estaba en portada. Se hablaba de esperanza, futuro y cohesión entre Oriest y Occest a partir de ahora. —No ha sentado mal la noticia.
—Eso parece —suspiró. Eirik se acercó. Quería leer el periódico también, pero al hacerlo, apegó su cuerpo al de la chica. Pudo oler su perfume y sentir su aliento cerca de ella. Incómoda, se retiró. —¿Y si seguimos paseando? No se cuanto tiempo tengo... quiero aprovecharlo al máximo —. Con sonrisa encantadora, Eirik se puso en pie y le tendió la mano. La chica se la tomó, y para su sorpresa, no estuvo dispuesto a soltársela mientras comenzaron a caminar.
Era excesivo en sí mismo. Era un encanto, quizás demasiado. Pero, si la comprendía, si podía regalarle días como aquel... estaba segura de que podría llegar a quererle de algún modo. La vida con él, quizá, no sería tan dura.
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