El viaje empezaba a prolongarse a través de largos y tediosos días, así como cada vez unas noches más y más frías. Conforme el grupo se aproximaba más al norte, el viento se iba transformando de forma progresiva en cortantes cuchillas que les ralentizaba, así como les impedía descansar de manera adecuada. Fue más de una semana de viaje cuando, por fin, el terreno dejaba de mostrar hierbas y una variedad considerable de vida para que el terreno pasase a ser nada más que grava y piedra mientras que las lejanas cumbres de las fronteras eran cada vez más y más grandes -Este maldito clima va a acabar conmigo- gruñó Iona, temblando -No puedo más-

-¿Y tú, Anneliesse?- preguntó Vian, mirando a la princesa. Durante el transcurso de aquellos días no habían hablado mucho, pero el ex soldado se mantenía enormemente leal, preocupado por ella hasta el último detalle. Seguía costándole el hecho de no dirigirse a ella de forma cordial y respetuosa como acostumbraba antiguamente, pero al ser tuteada por todos, suponía que era lo más normal si debían pasar desapercibidos. La chica, por su parte, tan solo asintió, sin contestar con palabra alguna -Estás muy callada- observó el hombre con tono preocupado.

-Está bien que esté así- comentó Gustav con cierta picardía en la voz -Las mujeres hablan de más, a veces ¿No crees?- miró a Vian.

-No entiendo por qué debería molestarme que hable más una mujer que un hombre, o viceversa. Cada uno habla lo que habla, Gustav- expresó el hombre.

-Dioses- se sorprendió Iona -¿Además de estar bueno eres todo un caballero? Y no en el sentido profesional de la palabra, me refiero...- aquellas palabras arrancaron una sonrisa divertida a Vian -Deberías aprender algo de él, Gustav-

-¿Aprender? ¿De un ex soldado que sigue a su princesa como un perrito faldero?- se mofó con una carcajada -Y no te ofendas, Vi-

-¿Vi?- el ex soldado ladeó la cabeza -Es un extraordinario ejercicio de confianza, Welstach- se echó a reir -La verdad es que no me gusta. Prefiero Vian-

-¿Y si te llamo V?- lo miró con interés.

-¿Qué tiene de malo mi nombre?- preguntó por fin. No entendía ese interés.

-Es como como un bostezo adolorido, no sé. Me resulta desagradable al oído-

-Tú si que eres desagradable. Deja al muchacho- decía Iona frotándose los brazos.

-Vale, de acuerdo. No quisiera ofender a tu nuevo y flamante y buenorro compañero de equipo- rio. Vian le acompañó en la risa, mientras que Iona simplemente farfullaba distintos deseos de muerte para el líder de la banda. Kassad, por su parte, soltó un suspiro aburrido.

-¿Ann?- la chica había estado ausente durante toda la conversación, cabizbaja y en silencio. El cuerpo parecía tambalearsele un tanto mientras el caballo abanzaba pendiente arriba, entrando por fin en senderos montañosos -¿Estás bien?-

-¿Eh? Ah...- suspiró -Sí, yo... estoy bien. Algo mareada-

-¡Un alto!- exigió Vian.

-¿Estás de puta coña?- Gustav jaló de las riendas del corcel con suavidad para detener el avance. Todos le imitaron -¿Cómo vamos a parar por aquí? ¿Ves que estamos en plena pendiente y sin nada que nos refugie?-

-Anneliesse necesita descansar- asintió.

-Estoy bien, he dicho- se quejó la chica mirando al ex soldado -¿Desde cuándo decides por mí?-

-Discúlpame, pero es lo mejor- explicó el hombre con paciencia -Estamos adentrándonos en caminos que no son seguros y en los que no podemos permitiros estar en baja forma. Lo mejor es descansar- Ann gruñó, pero no era mentira. Se encontraba mal y cada vez iba a peor. No era un tipo de malestar que le hiciera pensar que estaba enfermando, era algo momentaneo, estaba segura, pero terriblemente molesto. Empezó de pronto y estaba siendo agudo, como si algo la cortara con una cuchilla y solo pudiera desear que se detuviese para dejar de sentir ese dolor.

-Eh...- de pronto todos miraron a Kassad cuando los llamó. El ravaht miraba al horizonte con el rostro desencajado -¿Estáis viendo lo mismo que yo?- cuando todos miraron en la misma dirección que él, compusieron la misma mirada de terror. En la bóveda celestial parecía haber un extraño error y no uno que luciera inocente: unos casi imperceptibles relámpagos surcaban el cielo limpio, impoluto y claro, sin ninguna nube que los ocasionase. De pronto, dichas nubes comenzaron a aparecer como atraidas por un viento que ellos no sentían. Las amontonaba, las arremolinaba. Pronto se dejaron escuchar los primeros rugidos de las tormentas.

-¿Qué cojones...?- Gustav miró a Ann. La chica simplemente se mostraba mareada, se acariciaba las sienes con los dedos tratando de concentrarse -¿Estás haciendo algo tú?- preguntó de pronto, curioso.

-¿Yo...? ¿En serio?- se molestó Ann -¿Por qué iba yo a...?- la chica miró al cielo, pues no lo había hecho todavía -Dioses- se sorprendió -¿Cuándo ha llegado esa tormenta?-

-Ha aparecido de pronto- explicó Vian -Mirad- señaló -¿Aquello es una villa? Más nos valdría detenernos allí-

-El precioso tiene razón- los ojos de Iona dieron la vuelta con molestia al oir aquellas palabras de Gustav -Si eso nos cae encima en estas pendientes podemos pasarlo bastante mal-

-¿Lo ves bien, Anneliesse?- quiso saber Vian.

-Yo...- gruñó -No negaré que me vendría bien descansar la cabeza un poco-

-Eh, que el líder aquí soy yo-

-Claro que sí, precioso- contestó Iona con ironía -Venga, en marcha- dieron la vuelta a los caballos y descendieron lo poco que habían subido para girar rumbo a aquella villa, que ya de por sí parecía pequeña y poco interesante, pero para descansar un poco no vendría mal. Quizá, incluso, para que pasara el temporal.

Llegaron al cabo de 20 minutos a paso ligero en los caballos, pero sin galopar. Las oscuras nubes cada vez se iban haciendo más y más amenazadoras conforme avanzaban, pero afortunadamente no rompía a llover. Anneliesse ya se quejaba en voz alta, gruñendo, tratando de no decir una palabra, pero le costaba mantener los ojos abiertos. Era un dolor de cabeza, fatiga muscular y mareos tremendos que estaban a punto de tirarla del caballo. Afortunadamente, pudieron descabalgar más rápido que tarde.

Aquel lugar parecía inhabitado. Gustav hubiese pensado que era un pueblo fantasma de no ser porque había enseres en algún que otro banco contra las paredes de algunas casuchas. Todas eran pequeñas y escasas. En ese pueblo no llegaban a los 200 habitantes seguro ¿Cómo no se morían de aburrimiento en un lugar tan apartado y con poco interés? Lo único que tenían eran unas arboledas a uno de los lados y varios campos bien trabajados -Quizá ese lugar sea la taberna- comentó, señalando al edificio más grande, que no era difícil dado el tamaño de las casas -Venga, adentro- ordenó. Y así lo hicieron. La banda al completo entró para encontrarse con que allí dentro apenas había unas 5 personas sentadas en torno a una mesa y una barra que solo ocupaba una esquina del local. Si era una taberna, dejaba mucho que desear. Parecía más una enorme sala de descanso que otra cosa -Sí que está muerto esto- bufó, llamando la atención de los que se sentaban. Uno de ellos se puso en pie tan deprisa al verles que la silla calló de espaldas y de forma ruidosa al suelo y, sin cortarse un pelo, apartó a Gustav de un empujón para salir corriendo por la puerta -¡Eh, eh!- se quejó -¡Oye! ¡Que va a caer la de los Dioses!- lo llamó, pero no sirvió de nada. El tipo se fue dejando la puerta abierta -Poca educación ¿eh?- se giró sonriente, sin haberse percatado de que el resto también se había levantado. Los miraban con unos ojos furiosos, llenos de fuego. Se habían hecho algunos enemigos, sí, pero jamás les habían mirado así.

-Creo que deberiamos irnos- sugirió Iona.

-No hasta que Anneliesse se encuentre bien y pase la tormenta- insistió Vian -Es por el bien de todos-

-Lo sé, pero...-

-Te lo está diciendo tu enamorado. Hazle caso- dijo Gustav sin siquiera mirarla. Avanzó hasta una de las mesas y los demás los siguiero, sentándose en torno a la misma. En cuanto lo hicieron, comenzó la lluvia tras un trueno tan fuerte y poderoso que pareció arrancar el tejido mismo de la realidad en la que se encontraban. Los candiles que iluminaban aquel recinto, a falta de energía eléctrica, se apagaron con aquella tormenta. El aguacero parecía pesar toneladas encima del tejado de madera. Seguramente, a juzgar por su estado, en breve tendrían goteras. Miles de ellas.

-Dioses...- Ann se dejó caer sobre la mesa -Santos Dioses...- reiteró -Por fin ha pasado...-

-¿Ya estás bien?- quiso saber Vian -¿Así, de pronto?-

-Sí- asintió ella. De pronto estaba como nueva. Ni un solo retazo de dolor en su cabeza. Era tan extraño que ella misma se sentía presionada, de pronto, por obtener respuestas.

-Y justo empieza a llover- se lamentó el ex soldado -Podriamos haber aprovechado para irnos si se te hubiese ido antes- chasqueó la lengua -Pero definitivamente hemos hecho bien. Mirad qué tormenta-

-Es como las tormentas de arena de Ravahta pero en agua. Apenas se ve el exterior desde las ventanas- comentó Kassad, sorprendido -Nos habriamos destrozado en esas pendientes. Los caballos podrían haber resvalado o...-

-Ahí- dijo de pronto una voz en la puerta. Era el hombre que salió corriendo -¿Esos vienen con él?- preguntó el individuo a los otros que se pusieron en pie y desde entonces no les quitaba ojo a la banda. Asintieron -Todos van juntos- Gustav los miró, así como lo hizo el resto. El líder se puso en pie con expresión aburrida, pues para variar, tocaba dar explicaciones de que no eran criminales.

-A ver... ya sé lo que parecemos- mientras hablaba, un grupo de hombres se acercaba a él y a los demás. No parecían armados. Llevaban como unos sacos vacíos en las manos y aquello no alertó al grupo. Craso error -Pero pese a que lo parezcamos, no somos criminales. Las apariencias siempre engañan, amigos- sonrió.

-Siempre engañan- confirmó aquel hombre -Engañan muchísimo- y sin venir a cuento, golpeó a Gustav tan fuerte con un directo a la mandíbula que lo dejó tumbado en el suelo. Antes de que los demás reaccionaran, los sacos cayeron sobre sus cabezas y acto seguido, los envolvió el silencio tras un golpe seco en cada una de las cabezas de los miembros.

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Fue imposible para ninguno de los miembros de la banda medir el tiempo cuando comenzaron a despertar. La primera fue Aiko, pero incapaz de hablar y con las manos atadas, poco pudo hacer por los demás. Progresivamente fueron siguiéndole los demás, terminando por el propio Gustav. Pese a que primero recibió un puñetazo, luego siguieron muchos más. Fue el único al que no le taparon la cabeza con un saco, de manera que cuando todos se vieron con los ojos libres y acostumbrados a la pobre luz de unas velas, se encontraban sentados en semicírculo al rededor de Gustav. Él, en el centro, tenía la cara apaleada y sangrando, lleno de moratones y un ojo algo hinchado -¡GUSTAV!- exclamó Iona -¡Dioses! ¿¡Estás bien!?- se tambaleó, se agitó, pero no se soltaban los amarres de las muñecas que a la vez la amarraban a la silla -¡Joder! ¡Gustav, contesta!-

-Si alguna vez has sentido simpatía por mí...- dijo en un hilo de voz, dolorido -Baja la voz... me va a estallar la cabeza...-

-Gustav...- Anneliesse nunca se imaginó que Iona podía preocuparse tantísimo por la salud de Gustav. Era normal, como podía suponer. Aún así no podía evitar mirarla con asombro. Jamás pensó en observar semejante espectáculo en su rostro.

-Nos han secuestrado- comentó Vian mirando a su alrededor. Estaban en lo que parecía ser un sótano, debido a los barriles y cajas viejas que había apiladas en una pared.

-No me digas...- se carcajeó con agonía el líder.

-¿Has podido verles las caras?- Gustav negó a Vian.

-No sé cómo me han dado esta paliza pero... me acabo de despertar... igual que vosotros- le costaba hablar. Juraría que tenía la lengua hinchada. La boca le sabía a sangre.

De pronto, la puerta se abrió en el techo, como una trampilla. Luz del exterior se filtró, haciendo oscuras las siluetas de aquellos que bajaban. Eran, en principio, tres personas. Dos hombres y una mujer, pudo adivinar Anneliesse. Todos los miembros esperaban impacientes la revelación de aquellos captores y la razón por la que lo estaban haciendo. La trampilla se cerró y finalmente quedó la luz de las velas, iluminando con luz rojiza y danzarina a aquellos tres extraños. Primero, a un hombre mayor de aspecto cansado y ojos furiosos. Ninguno reconocía a nadie, salvo Gustav. El líder bajó la mandíbula inferior con lentititud, derrotado por el peso de la incredulidad -Ha pasado mucho tiempo, Welstach- dijo el hombre mayor con voz carrasposa. Tenía el cabello largo y desgreñado, así como una barba picuda y descuidada.

-¿K-Krauman...?- los ojos de Gustav se llenaron de lágrimas -No puede ser... ¿Claus Krauman...?-

-Y no solo él- de detrás del hombre, se reveló la imponente figura de una mujer algo más joven que Gustav, quizá cercana a la de Iona. Tenía el cabello rojizo como el fuego de las velas y lo miraba de igual forma que él a ella, con ojos acuosos, inquisitivos y crueles que, paradójicamente, deseaban verlo en libertad -¿O es que te olvidaste por completo de mí, Gus?- los miembros de la banda se miraron entre sí.

-¿Gus...?- cuestionó Iona en voz baja con un deje de asco. Apretó los dientes con furia. Él jamás había permitido que nadie le llamara "Gus". Siempre se jactó de cómo odiaba ese diminutivo, que le causaba nauseas, que era estúpido y demás excusas... ¿Pero que ella le llamara así,  además de la misma forma en que se miraban...? ¿¡Era por ella!?

-¿Ada...? ¿Cómo es posible...? ¿¡Qué hacéis aquí!?- se agitó nervioso en la silla -¿¡Lograsteis huir!?- ante aquella última pregunta, Claus reaccionó con un fortísimo puñetazo al estómago del líder de la banda. Tan fuerte fue que hilos de saliva densos previos al vómito cayeron de su boca. Era un hombre mayor que rondaba los 60 años, pero tenía un brazo duro como un truco.

-Padre- Ada agarró al anciano Claus -Ya está demasiado vencido-

-Qué asco- la última figura, un hombre de la misma edad aproximada que Ada, lo contemplaba en la sombra. Con los brazos cruzados dio un paso al frente para que la vela le iluminara el rostro y Gustav también pudiera reconocerle. Era rubio con tono oscuro y sus ojos azules como el mar. El cabello lo tenía peinado hacia atrás y una barba poderosa decoraba su rostro. Era un hombre guapo y fornido Al menos, esperaba que también le reconociera -Y pensar que tenemos que aguantar tu sucia cara aquí, en Midda, una vez más...- gruñó con tanta fuerza y odio que hasta mostraba los dientes.

-Edward... También estás aquí...- quiso sonreír -Me alegro... tanto...-

-¿Te alegras?- Edward dio un paso al frente, apartando a Claus.

-¡Edward!- Ada quiso pararlo, pero no lo consiguió. Agarró a Gustav de los cabellos y le alzó el rostro. Antes de que la sonrisa de Gustav se pudiera apagar del todo, comenzó a recibir puñetazos brutales sobre el rostro. La sangre que brotaba de la boca del líder salpicaba el suelo e incluso las botas de Ann, que observaba atónita aquella escena grotesca mientras intentaba no escuchar los siniestros crujidos de la mandíbula de Gustav. Los puñetazos de los brazos de aquel hombre debían doler como el infierno. Era tan terrible que optó por apartar la mirada, para encontrar sorprendida que Iona, de igual forma, cerraba los ojos con fuerza e intentaba no mirar ¿Desde cuando... era tan blanda?.

-¿¡Te alegras!?- repetía una y otra vez Edward, enloquecido -¡Di que te alegras una vez más, maldito bastardo!- se desgañitaba, pero para sorpresa de los que aún miraban sorprendidos y asustados, brotaban lágrimas de los ojos del atacante -¡Murieron, Gustav!- Ada y Claus le detuvieron, apartándolo a tirones de los brazos. Edward mostraba tanta rabia que tiraba hacia delante y casi arrastraba a padre e hija consigo -¡Los mataron a todos, Gustav! ¡Murieron! ¡La mitad de nuestro pueblo! ¡POR TU CULPA!- rugió feroz -¡MATARON A MIS PADRES, A MI HERMANO, A SASHA!- Gustav, en su dolor y semiinconsciencia, reconoció el nombre de la que, en su juventud, era la novia de Edward -¡¡LA MITAD DE TODA NUESTRA GENTE MURIÓ POR TU CULPA!!-

-¡Basta, Edward!- pedía Ada con las lágrimas corriéndole ya por la mejilla. Hasta a Claus le brillaba una perla en el rostro, tratando de mantener la calma y la furia del chico.

-¡¡ERES EL VERDUGO DE LA MITAD DE LOS SUPERVIVIENTES DE ZERE!!- se rindió, cayendo de rodillas. Tras él, padre e hija le sujetaban por sendos brazos -Tú causaste la muerte de nuestro pueblo... de tu pueblo...- terminó de decir mientras sollozaba. Toda la rabia se convirtió en terrible impotencia mientras que, en la banda, todo el miedo y la desolación se transformó en incomprensión ¿Qué tenía que ver Gustav con Zere, el reino perdido tras el cataclismo ocasionado por el Ente hacía ya más de 30 generaciones...?

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