Durante dos días más, el enorme grupo de inmigrantes se mantuvo unido y soportando el duro golpe del frío, que no cesaba ni de día ni de noche. La banda, a esas alturas, se habían eregido sin querer como los héroes y protectores de aquellas buenas gentes de Zere, pero eso también los convirtió de algún modo en sus guardianes y, hasta cierto punto, en su policía. A veces se creaban pequeñas disputas a la hora de la comida, o a la hora de descansar para dormir un poco. Gustav era la figura principal que ponía orden cuando hacía falta, y por suerte, tampoco era necesario recurrir nunca a la violencia. Les respetaban lo bastante como para confiar en su juicio con respecto a las situaciones que se creaban... pero empezaba a cansar. El propio líder era el primero que estaba hasta las narices de soportar discusiones estúpidas por a quién le tocaba comerse un trozo de carne y a quién no. Se le podía ver bastante claro en el rostro a aquellas alturas. Kassad no perdía nunca oportunidad de burlarse de él -Esas ojeras te quedan bien- se mofó.

-Kass... Estoy atravesando la delgada línea que separa la humanidad de la bestia. Te aconsejo de buena gana que no intentes pincharme si no quieres llevarte una paliza- gruñó. Kassad por su parte, rio. Siempre le amenazaba de la misma forma y al final no le hacía nada.

-No has nacido para reinar- se atrevió a decir Ann, desde su caballo, junto a él. Le sonrió de forma cálida y compasiva. Gustav la miró con paciencia y una mueca de derrota que le recorría todo el rostro.

-Me compadezco de aquellos que tengan que hacerlo sin opción a elegir-

-Yo me compadecería más de los que tienen que hacerlo y no han podido encontrar una salida- contestó ella con cierto ánimo.

-Cierto. Me alegro por los que hayan podido huir de tan funesto destino- asintió -¿Y tú, Vian? ¿Qué opinas? Estás muy callado últimamente. Se te escucha poco- llamó Gustav. El ex soldado montaba un poco por detrás de Anneliesse, sumido en pensamientos.

-¿Eh? Ah, sí. Yo también me alegro, sí- dijo. Se había enterado por encima de la conversación y pudo salir del paso, pero no siempre era así.

-¿Te encuentras bien? ¿Quieres pasar a un carro un poco?- quiso saber Ann, que empezaba lentamente a conocerlo y a reconocerlo como un compañero más en la banda. No parecía ser mal hombre ni le recordaba a ninguna clase de soldado de Lynastis, para su fortuna.

-No... No hace falta. Gracias, Annie- contestó distraido -Mirad. Ya se ven las murallas- indicó, cambiando de tema. Y era verdad. Tras la arboleda nevada se apreciaba la alta muralla que delimitaba el alcance del territorio de los grandes reinos. Occest estaba ya ahí, al otro lado. Solo les quedaba tener paciencia y suerte y poder pasar sin demasiados problemas.

-Recemos a los Dioses todo lo que sepamos. Esto no va a ser nada fácil... En absoluto- Gustav compuso un semblante serio y aceleró la marcha de su corcel para encabezar la comitiva. Ann y los demás hicieron lo mismo para acompañarle, pues la banda debía estar junta en toda clase de situaciones.

Pasaron unas horas cuando por fin encabezaron una calzada que emergía de la nieve como si fuese un camino sagrado que acababa en la enorme puerta que atravesaba las murallas, en forma de arco. Como era costumbre debido a la "paz" que reinaba siempre entre Oriest y Occest, y más aún tras el matrimonio de Anneliesse con Eirik, las puertas permanecían abiertas. El tratado fronterizo exigía que cada lado de la muralla estuviese custodiado por guardia del reino contrario, de forma que el grupo de soldados que tendrían a bien examinar y dar el visto bueno al enorme grupo era gente de Zastra, y se dejaba ver en sus ropas. Lucían largas gabardinas rojas con cuellos de pelaje espeso, de lobo u oso según el soldado. Además, sobre sus cabezas, llevaban unos distinguidos sombreros igualmente forrados o confeccionados con el mismo pelaje.

Gustav y los demás se adelantaron mucho antes que la caravana, que empezaba a asomar carro a carro por la arboleda, poniendo en guardia a aquella guarnición de defensa del muro. No tardaron en echar manos a las armas, unas lanzas, para posicionarse en un arco cerrado frente a la puerta e impedir el paso -En nombre del ilustrísimo señor Benedikt Movich, ordenamos la detención inmediata de la marcha de esta comitiva- dijo el que parecía llevar la voz cantante. Era un chico joven, de cabellos rubios y cara extraordinariamente cuadrada. Sus ojos azules repasaban a los miembros de la banda con cierto entusiasmo. Parecía tener ganas de ruido.

-Buenos días- dijo Gustav con tono alegre -La frontera está abierta ¿O me equivoco?-

-La frontera está siempre abierta bajo nuestra vigilancia- asintió el chico -Y necesitáis permiso para pasar, sobre todo con tamaña carga que lleváis. Porque vienen con vosotros ¿Me equivoco?- Gustav echó la vista atrás y luego volvió a mirar al joven.

-Sí, vamos todos juntos. Somos una gran familia feliz- sonrió como de costumbre. El rubio también sonrió.

-Ya veo. Y como buena familia feliz deberiais pasar todos- Gustav asintió -Pues me temo que no. Dados los recientes acontecimientos en Oriest, está prohibido el paso a más que evidentes refugiados de guerra. Lord Benedikt prohibe el paso a Zastra, en especial a fugados arunneses-

-¿Tenemos pinta de ser de Arunna?- Vian preguntó con tono violento.

-Tenéis pinta de lo que yo diga ¿Tienes algún problema, melenas?- Vian le sacaba varios años a ese chaval y sin embargo no sería capaz en varias décadas de igualar el tono de desprecio con el que el soldado zastra le habló.

-Perdónale el tono- intervino Gustav -Pero en serio... no somos de Arunna-

-¿Y qué hacéis cruzando la frontera tan al norte si no sois norteños? ¿Creeis que somos imbéciles, o qué?-

-Escucha, guapo- Iona se inclinó sobre las crines del caballo y le sonrió -Vamos al grano ¿Te parece? ¿Y si nos dices qué quieres a cambio de pasar?- debido al frío iba bastante abrigada, y aún así encontró la forma de moverse para sugerir su figura por encima de la ropa. Todos pudieron apreciar cómo los ojos del rubio se fueron directamente a la curva que dibujaban sus pechos bajo la ropa y el abrigo, pero rápidamente la apartó.

-No negociamos con nuestra lealtad a Lord Benedikt. Por tan solo insinuar tamaño insulto hacia nosotros, la guardia de Zastra, os negamos el paso ahora y por siempre. Si no retrocedéis ahora mismo más allá de la calzada pedregosa, os tomaremos como enemigos en actitud de asedio- todos los soldados les apuntaron con las lanzas al decir aquello, obligándolos a retroceder. Preocupado, Gustav ordenó la retirada, volviendo el grupo entero con los carros.

Una vez allí, Gustav explicó la situación como buenamente pudo, descubriendo decenas y decenas de rostros espantados y preocupados de sus compatriotas zeritas -Así que, antes de que me preguntéis, dejadme adelantaros que no tengo ni idea de qué podemos hacer. Ese grupo es enorme y no solo están ellos, hay una guardia arunnesa al otro lado del muro vigilando que nadie pase hacia Oriest sin permiso. Si intentamos atacarles y pasar por la fuerza, estamos muertos-

-¿Ni siquiera con las armas que traisteis de la hacienda?- quiso saber Ada.

-No. Solo serviría para que murierais para nada. Caeremos todos. Son demasiados-

-Yo puedo hacer algo- dijo Vian, dando un paso al frente. Todos le miraron.

-¿Tú? ¿El qué?- quiso saber el líder.

-Me conocéis de hace poco, no conocéis mis recursos- aseguró con mirada furiosa y ardiente. Apretaba los puños impaciente.

-Es un suicidio, chaval. Déjalo- se negó Gustav.

-Iré yo solo. En el peor de los casos, moriré y no seré una gran pérdida. Solo un "chaval" menos- miró a Ann después -Es mi decisión. Quiero intentarlo. Si puedo, los sabotearé desde dentro. Puedo colarme con facilidad por alguna de esas ventanas en la muralla. Soy un buen escalador-

-Mira, Vian...-

-Gustav- interrumpió Claus -Entiendo que es un compañero vuestro- suspiró el anciano -Pero no estamos ahora mismo en posición de perder el tiempo, y menos aún de retroceder. Ni yo ni nadie vamos a obligar a ninguno a jugarse la vida. Ya habéis hecho demasiado- miró a Vian -Pero si el joven se ofrece, tampoco podemos permitir que tus sentimientos te impidan dejarlo actuar. Es por el bien común- Iona trató de contener una carcajada.

-¿De qué te ríes?- gruñó Gustav.

-Sentimientos, dice el pobre- el líder se exasperó ante ese comentario.

-Vale, Vian... Ve y haz lo que puedas. Si la cosa se pone peligrosa, no hagas tonterías-

-En absoluto- sonrió lleno de malicia. Fue a marcharse pero le retuvo un tirón en la cama en la que se envolvía. Al mirar, se trataba de una Anneliesse que le miraba extrañada.

-¿Estás seguro?-

-Nunca he estado más seguro- el hombre se deshizo de la capa -No la necesitaré. Devuélvemela lugo, por favor- Ann se quedó con ella, recogiéndola entre los brazos mientras el hombre se marchaba dándoles la espalda en completo silencio ¿Qué era lo que planeaba...?

Pese a que había luz, Vian consiguió acercarse al muro sin que las tropas de custodia lo viesen. Se movía rápido, veloz, como un felino. Sabía dónde posicionarse, cuando moverse, cómo pisar. Podría ganarse la vida como asesino de querer, pero no era lo suyo. No al menos en el sentido estricto de la palabra.

Cuando llegó a la gigantesca pared de piedra, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista en el horizonte, se aferró a las piedras con las manos y las botas y comenzó a escalar con una aptitud endiablada. Parecía que la piedra le hablaba, que le decía dónde pisar y a qué ritmo. Tardó poquísimo en alcanzar una de las ventanas construidas para arqueros y ballesteros, pudiendo colarse en el interior con suma faciliad. A partir de ahí, la banda y los zeritas lo perdieron de vista.

Una vez dentro, pasó lo que obviamente iba a pasar, y de hecho Vian lo esperaba con ganas. Allí, junto a la ventana, un grupo de soldados estaban sentados en torno a una mesa jugando a las cartas. Cuando le vieron entrar, se pusieron en pie a toda prisa, echando mano a las armas -Ah, no os molesteis...- musitó Vian -Esto no es más que un mero trámite para un objetivo mayor...- dicho aquello, los miró con ojos brillantes de un penetrante color violeta, como soles oscuros. Los soldados no llegaron a gritar. La muralla se agitó en una repentina explosión que llamó la atención en el interior y en el exterior, a ambos bandos, haciéndose cuestionar por igual a la banda y a los zeritas qué había sucedido

[Berserk OST - Hundred years war]

Que las paredes de las murallas no se hubieran quebrado era una buena prueba de lo poderosamente que había sido construida, pero de nada serviría para detener a Vian y su poder. Los soldados fueron llegando con prisa e incredulidad mientras todo ardía. Los cadáveres de los primeros soldados apenas eran reconocibles más allá de unos cuantos huesos calcinados -¿¡Qué diablos eres tú!?- cuestionó uno de los soldados que llegaron.

-Soy la patente de cruce- Vian extendió la mano y una espada de fuego se materializó en su mano mientras que otras tantas aparecían en el aire, a su alrededor -Vamos. Entretenedme. Necesito desahogarme-

-¡Por Zastra!- gritaron los soldados lanzándose al ataque. De primeras, Vian no tuvo siquiera la necesidad de moverse. Las espadas de su alrededor comenzaron a danzar llenando el aire de chispas y lenguas de fuego. Las hojas atravesaban, degollaban y mutilaban a todo cuerpo humano que cometía la osadía de acercarse a él, prendiéndolos en llamas a ellos y a todo cuanto le rodeaba. Vian simplemente caminaba, bajando las escaleras lentamente una vez las alcanzó. Los soldados del exterior comenzaban a subir. Cometían el error de agolparse todos en las escaleras queriendo alcanzar al extraño atacante. Error absoluto.

Dejándose llevar por la adrenalina y la necesidad de sangre, dejó que las espadas de fuego se desvanecieran y portando una única y llameante arma conjurada, comenzó a sesgar las vidas de diez, veinte, treinta, cuarenta soldados, siguiéndoles muchos más, que no llegaron ni a rozarle un solo pelo de la cabeza. Vian saltaba, giraba, atacaba, se agazapaba, fintaba. Se movía como una hoja arrastrada por un vendabal: de forma errática, imposible de leer, fiero y veloz. Él era la tormenta y había llegado a la frontera de Occest. Y Dioses... qué bien le sabía y le olía la sangre de los enemigos salpicándole la cara.

Mentiría a cualquiera si dijera que había llevado la cuenta, pero a sus espaldas se incineraban al menos más de cien soldados, todos agolpados sin posibilidad alguna de huir. Para una persona normal no hubiese sido posible ni siendo el mejor luchador del mundo, pero Vian, obviamente, no era normal. Aquel rubio que les negó el paso era el último que quedaba en pie mientras la muralla se llenaba de llamas por doquier. El chico se arrastraba por el suelo, aterrado, hasta alcanzar una pared infranqueable. Vian caminaba hacia él con desinterés, con la cara empapada, así como la ropa. La sangre que le manchaba humeaba y se iba desvaneciendo progresivamente como si el ex soldado ardiera a temperaturas inimaginables -Tú estabas con esos... Todo esto...- decía asustado el rubio -¿¡Todo esto por no dejaros pasar!? ¡Sois unos animales!-

-No... Todo esto es porque perdí a mi mujer y a mi hijo recién nacido- confesó, en pie ante el muchacho -¿Sabes...? He cruzado cada posibilidad, cada pequeño cambio, cada linea de tiempo y espacio en el que ella se encontraba. En todas he fracasado: ha muerto en todas. La pierdo siempre. Se me escapa de las manos...- se miró la mano que no empuñaba la espada de fuego -Y este es el último mundo, la última variable. Debo salvarla. Debo protegerla de él. Mantenerla lejos. No puede volver a ocurrir...-

-Desvarías... Estás loco-

-Quizá... Llevo cientos de años viviendo con este dolor... y ahora que la he visto, con ese bebé en brazos...- al recordarlo, arrugó el rostro cargado de rabia -Qué injusta es la vida ¿Verdad...?- escupió -¡El destino es cruel!- sentenció -No me culpes a mí- al decir aquello, la espada voló de su mano directamente hacia el pecho del rubio, matándolo al instante. Luego, el arma se deshizo en chispas y ascuas que prendieron en llamas el cadáver. Ya era suficiente... Podrían cruzar sin problemas.

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Con el fin de aquel extraño espectáculo de fuego y gritos, Vian se dejó ver bajo el arco de la puerta. Con un gesto de la mano, hizo que toda la comitiva se pusiera en marcha a toda velocidad. A lomos de sus corceles y arrastrando al de Vian de las riendas, la banda le alcanzó en un abrir y cerrar de ojos -¡Por los Dioses, Vian!- clamó Kassad -¿¡Qué demonios has hecho!?-

-Los barriles de ron y whiskey pueden volverse en contra con una simple chispa- mintió, lleno de hollín, pero limpio de sangre. Aquello parecía apoyar su versión.

-¿Cuantos han quedado vivos para seguirnos?- apremió Gustav mientras el joven montaba tranquilamente.

-Ninguno. Fueron idiotas y se agolparon en las escaleras. Ahora son carbón irreconocible-

-Que los Dioses los guarden. Qué muerte más cruel...- comentó el ravaht.

-Son sus vidas a cambio de la de los zeritas- asintió Vian -¿Todo bien, Annie?- la chica asintió, mirando las llamas ¿De verdad... habían muerto todos? ¿Tantos como zeritas se habían salvado? La forma en la que funcionaba el mundo tenía un extraño sentido del humor retorcido...

Pese a todo, el enorme grupo debió aprovechar la situación que Vian les había proporcionado poniendo su vida en juego, por lo que cruzaron a toda prisa sin mirar atrás. La gigantesca columna de humo que se alzaba hacia el cielo y lo oscurecía no tardaría en atraer a decenas y decenas de soldados de Zastra y de Arunna, por lo que era imperativo alejarse de allí varios kilómetros y, finalmente, despedirse, pues así era como Claus lo había determinado y como sucedió una vez estuvieron lo bastante lejos de la muralla, al menos a una hora de distancia a caballo.

La gente, por fin, bajó de los carros. Aquel momento en el que se pudieron detener a tomar el aire, a abrazarse, a reír... fue mágico para todos. No estaban a salvo del todo hasta que se separasen, pero la despedida no tenía por qué ser tan fría como el norte de los reinos. Claus fue el primero en despedirse de todos sin demasiadas ceremonias. Tan solo estrechó la mano de los miembros de la banda uno por uno, deteniéndose especialmente en Anneliesse -Muchas gracias- se detuvo a decir -Gracias por darnos a todos una nueva oportunidad en la vida. Este joven- señaló a Vian -Se ha jugado la vida por nosotros dos veces. Pero fue tu plan... tú lo empezaste todo-

-Solo... creía que merecíais ser felices. Tener la libertad de hacer lo que queráis. Creeme, sé lo que me digo-

-Algún día me gustaría oír tu historia- sonrió paternal.

-Algún día, quizá- sonrió Ann mientras el anciano se alejaba a despedirse de los demás. Realmente no era de extrañar que pese a ser los héroes que habían logrado romper las cadenas y derribar los muros que los alejaban de la libertad, no fueran el centro de atención. Había amigos y familiares que se distanciaban para siempre por el bien común, para hacer su vida, para sobrevivir. Ellos no merecían ser el centro de atención y lo aceptaban de buena gana. Estaban acostumbrados a pasar desapercibidos -Por cierto... ¿Y Gustav?-

-No le he visto. Le he perdido justo cuando nos hemos detenido- comentó Kassad.

-Su caballo está aquí- señaló Iona -Qué extraño...-

El líder de la banda estaba lejos, unos cuantos metros perdido en mitad de la arboleda nevada, dejándose caer en un árbol mientras veía caer hermosos copos de nieve. A su espalda, unas pisadas ágiles anunciaban su llegada al aplastar la crujiente nieve cuajada. Pese a todo el tiempo que había pasado, reconocía bien, muy bien, aquella forma de caminar -¿No te despides?- preguntó la cantarina voz de Ada a sus espaldas. El hombre se giró con su sempiterna sonrisa, mirándola con ojos nostálgicos.

-Casi añoraba esa forma que has tenido siempre de asaltarme por la espalda. Veo que las costumbres no mueren-

-No, no mueren. Solo se aplazan en el tiempo- la mujer se acercó a él, acurrucándose en sí misma, con una cálida y tierna mirada en sus ojos y una sonrisa en los labios -Creo que es cruel por tu parte no decir adiós por segunda vez-

-Déjalos que se despidan, yo no dejo de ser el tránsfuga que os condenó a todo eso- declaró.

-Para mí no dejas de ser el hombre que siempre creí que serías. A pesar de todo, nos has liberado, Gus- sus ojos brillaban.

-No he sido solo yo. Mis chicos y chicas...-

-Gus... nos has salvado- Ada dio un paso más y Gustav se dio de espaldas contra un árbol, acorralado -Como me prometiste que harías. Sabía que... no me fallarías. Nunca lo hiciste- poco a poco la mujer se apegó a él. Gustav frunció ligeramente los labios al percibir, lo primero, la voluptuosa forma de los pechos de Ada, aquellos que tanto añoró en su día, apretándose contra él -Creía que era una estúpida por echarte de menos. Más aún lo pensé cuando sentí que debía perdonarte por todo... y míranos ahora. Libres, gracias a ti. Te debemos la vida Gus...- la mujer le tomó del rostro y con un ligero brinco le besó. Buscó en los secos labios del hombre una profunda y húmeda respuesta a su pasión mietras a la pelirroja se le escapaba un ligero gemido de tantas ganas que tenía de besarlo, de tantos años que esperó volver a verle... pero... -¿Ocurre algo...?- dijo en voz baja mientras se separaba ligeramente de la boca del hombre -¿Tienes frío? Puedo solucionarlo...- su mano bajó juguetona hasta el pantalón del hombre, pero Gustav la detuvo con firmeza.

-Ada... no. Esto no está bien-

-Claro que sí ¿Acaso no recuerdas nuestra primera vez, en los bosques de Ridra...?- Ridra, el primer pueblo donde habitaron. Donde tenían aún permiso para entrar en bosques y gozar de algo más de libertad.

-Ada- la forma que tuvo de llamarla hizo que a la chica se le escapara una risilla.

-Ya veo...- incómoda, se alejó un paso de él, dejando de hacer contacto. Se arregló el pelo en un intento desesperado de no sentirse humillada por el rechazo tras haberse mostrado tan ansiosa -El tiempo ha pasado factura-

-No es solo eso Ada. No es el tiempo, ni nuestra posición en la vida- explicó Gustav con cierto pesar -Simplemente... es que no puede suceder. No voy a besarte, ni voy a hacer el amor contigo. No voy a irme contigo y tu padre, ni voy a intentar ser un padre de familia. Ni seré un rey- remarcó -Soy el líder de una banda y mi sitio está con ellos-

-Ya... con la "banda"- Ada mantuvo la sonrisa triste -Comprendo. De todas formas... eso no quita que esté enormemente agradecida contigo-

-Y yo agradezco tu agradecimiento y con gusto lo recibo... pero solo tu agradecimiento-

-Eres un buen hombre, Gus. Siempre lo fuiste- esnifó tratando de contener las lágrimas -Cualquier otro me habría usado contra el árbol y después me hubiera rechazado, cuando ya hubiera derramado sobre la nieve todo lo que fuera capaz de expulsar- rio tontamente.

-En otras circunstancias habría sido divertido echar una canita al aire- sonrió triste Gustav.

-Siempre fue divertido. Y placentero. Me conocías bien- entre ambos hubo un tenso silencio -Supongo... que debo irme. No quiero hacer esperar a mi padre-

-Sí, es lo mejor- asintió Gustav -Tened cuidado. Y sed felices-

-Tú también- Gustav extendió la mano para estrechársela. Ada soltó una carcajada -Por favor, no seas ridículo. Te pasaré por alto este insulto porque te debemos demasiado- y la insultaba. Ella le había confesado sus sentimientos y su deseo de regresar a su lado y él solo le ofrecía estrecharle la mano como despedida -Hasta más ver, Gus. No mueras estúpidamente, que es algo que se te daría bien- la pelirroja se dio media vuelta y comenzó a caminar -Ah... Y no esperes demasiado en decírselo. Nunca se te ha dado bien abrirte a estos temas del corazón- comentó con sorna, algo dolida -Conmigo no tuviste demasiada competencia, pero a ella puedes perderla cualquier día si te lo piensas dos veces-

-¿Qué...?- masculló el líder.

-Adiós Gustav. No te olvidaremos jamás- dijo ya de espaldas, lejos de él -Nunca...- musitó para sí misma, ajeno a los oídos de Gustav.

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