Los días continuaron, y ninguno de los dos combatientes se atrevieron a hablar de cómo y de qué forma podría haber ocurrido aquello. Ren parecía sombrío, más enfurecido que de costumbre, y Ann le dolía la mente sólo de pensar, de dar vueltas y vueltas a una misma idea, a un mismo contexto que se negaba a estar viviendo. Lo rechazó desde lo más profundo de su ser para no caer en la locura.
Aquella mañana, la chica se despertó con una mala sensación. Aquella vez no fue mental, sino física. Una sensación más que familiar recorriéndole el cuerpo nada más abrir los ojos. —Oh, no —susurró. No tardó demasiado en ponerse en pie a pesar de que le dolía cada músculo de su cuerpo. No solo dormir en el suelo empezaba a hacer mella en ella. El hecho de que seguía entrenando con Gustav había conseguido que le doliesen partes de su cuerpo que ni si quiera sabía que podían llegar a sentirse.
Se deslizó entre los enseres que había repartidos al rededor de la hoguera, ya apagada después de toda la noche. Habían seguido avanzando poco a poco a través del bosque para no permanecer en un lugar fijo todo el tiempo, pero aún así, todo estaba regado con sus pertenencias. Sus pertenencias y sus propios cuerpos. Anneliesse esquivó a Aiko y Kassad, para poder llegar hasta Iona. Todos dormían puesto que aún el sol no había salido del todo y, la noche anterior, habían pasado más tiempo de la cuenta despiertos. Incluso Gustav, quien debía estar haciendo guardia, roncaba sentado sobre una piedra. —Iona... —la llamó entre susurros. —Despierta —insistió. La mujer abrió los ojos con enorme pesadez, y al encontrarse a la chica frente a ella nada más hacerlo, frunció el ceño. —Tengo un problema.
—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? —preguntó algo más espabilada.
—Baja la voz, bájala. No es nada grave —se apresuró a decir la chica, temiendo que despertara a todos por su inconveniencia.
—¿Qué te pasa? —repitió, irguiéndose por completo e, inevitablemente, comenzando a despertar a los demás.
—¿Tienes algo para... para cuando se sangra? —preguntó con enorme vergüenza. Iona pestañeó, y al comprender qué era a lo que la chica se refería, volvía a recostarse. —Iona, por favor, que no es broma.
—Que sí, que sí, que ya voy... —bufó. Ann esperó impaciente, arrodillada a su lado, a que terminara de desperezarse. Ambas mujeres entendían el asunto desde diferentes puntos de vista, pero la princesa, sin duda, estaba muy apurada. Se le había olvidado algo tan primario como la menstruación, y no la vio venir.
—¿Ya estáis despiertas? —preguntó Gustav, estirando los brazos y acariciándose el trasero después. —Sí que tenéis ganas de trabajar temprano. Bueno, aprovechemos eso —dijo poniéndose en pie. —Ann ¿Un rato de entrenamiento? Todavía estas verde. Podemos probar hoy a...
—No, hoy no hay entrenamientos, Gustav. Entretente con un palito contra el árbol si quieres —le interrumpió Iona, terminando de despertarse. Se puso en pie y recogió algunas cosas a su al rededor mientras Ann la seguía.
—¿Qué no? ¿Por qué?
—Hoy Ann no puede —insistió, pasando a buscar cosas en el interior de su alforja. Kassad, Aiko y Ren la miraban con la misma incertidumbre que el líder conforme empezaban a desperezarse a su ritmo. —Vamos a ir al río, a bañarnos. No puede estar muy lejos. Hemos estado siguiendo su caudal todos estos días.
—¿Ahora? ¿Tan temprano?
—Gustav, eres un maldito incordio.
—Pero pensaba que podría ayudarla a mejorar hoy. Tiene que aprender a poner firmes los pies sobre el suelo y...
—Voy a darte un golpe en los huevos para que te pongas hoy a su nivel ¿Quieres? —comentó de pronto, haciendo que Ann se temiese lo peor. —Le ha venido la menstruación y vamos a ir a bañarnos.
—¡Iona! —gritó ella, roja como un tomate. No había pasado tanta vergüenza como en aquel momento, jamás.
—Pajarillo, que no pasa nada —se apresuró la mujer a decir. —No se van a morir por espabilar un poco. Además, ellos también deberían bañarse porque apestan a pocilga. Aiko ¿Te vienes? —la muchacha asintió con aburrimiento, y sin hacer aspavientos, se acercó a ambas.
—Agh, mujeres —bufó Gustav. —Tenéis demasiados problemas siempre. Menos mal que tu no tienes ese tipo de impedimentos, ¿Eh, Aiko? —comentó burlón mientras la chica pasaba por su lado. Sin esperárselo, ésta le propinó un firme y contundente golpe en la nariz.
El agua estaba helada, y eso lo supieron sólo con mirar la fuerza del caudal y sentir el ambiente húmedo en las cercanías. Como Iona había adivinado, el curso del río no estaba demasiado lejos y podían seguir contando con él como llevaban haciendo varios días, aunque aquella vez no fuese para nada atrayente la idea. La mercenaria comenzó a desnudarse, sin pudor alguno, nada más pisar la orilla. —La verdad es que llevaba días deseando darme un baño. ¿Tu no? —preguntó. Anneliesse no sabía donde mirar. Iona no se detuvo hasta que no quedó desnuda por completo y la chica se negaba a mirarla, al menos fijamente. —Sobre todo teniendo en cuenta que éstos días has sudado como un pollo asado —añadió, metiendo un pie en el agua. —Está helada, pero mejor esto que nada. ¿No? —. Cuando la mujer se volvió, encontró que la chica estaba quieta, parada y sin hacer nada. —Ann, no me irás a decir que te da vergüenza ¿No? —preguntó, colocando las manos sobre las caderas. —Por mi no te avergüences, chica. No serías la primera mujer a la que veo desnuda, eso seguro —se carcajeó. Ann alzó la vista con esfuerzo. Efectivamente, y tal y como sospechaba, Iona tenía un físico de los que atrapaban. Sin apenas pararse a estudiarla, confirmó que tenía unas caderas anchas, unos pechos firmes y un trasero redondeado. Nada que ver con su propio físico, el cual se debatía por ocultar.
Sin darle más rodeos, comenzó a desnudarse. Tampoco quería seguir ensuciándose y la situación era de urgencia. Lo hizo rápido y sin detenerse demasiado, pero por el rabillo del ojo observaba que Iona la miraba fijamente. Y le daba igual que la mirase desnuda, en el fondo. Lo que detestaba tener que enseñar era su sello. Cuando lo descubrió, se tapó con ayuda de los brazos el dibujo circular con una estrella en su interior, para meterse al agua corriendo. Pero tuvo que detenerse —¡Esta helada, dioses! —gritó horrorizada. Iona, sin embargo, se zambulló sin menores problemas. A su lado, Aiko ya se había desecho de sus ropajes y se adentró al agua, igual de acostumbrada. Pero a Ann no se le pasó por alto la cantidad de cicatrices que tenía en el vientre. Cicatrices profundas, pliegues y ondulaciones en la piel. Horrorizada, se quedó sin palabras.
—A veces hay cosas que queremos ocultar y que realmente no deberían de avergonzarnos —dijo Iona de repente, leyendo los pensamientos de la chica. La joven tuvo que hacer un esfuerzo enorme para poder entrar al agua. Sintió cada músculo de su piel engarrotado, contraído. Pero, la verdad era que, sentir que el sudor y el mar olor se iba, fue como una bendición. Tanto como caer en la cuenta de que, por fortuna, no estaba embarazada. Hubiese sido una tortura hacer concebido un hijo, incluso peligroso. Podía respirar aliviada al comprender que podía olvidar a Eirik de cualquier forma. Sin esperarlo, se puso feliz.
Finalmente, las tres mujeres pasaron más tiempo de la cuenta en el agua. Hablaron de cosas banales y prestaron atención a lo que Aiko intentaba aportar. Cuando quisieron darse cuenta, los estómagos comenzaron a rugirles, lo que indicaba que se habían pasado demasiado de la hora del desayuno. Al salir del río, Ann se abrazó así misma en un vano intento por secarse. Tuvo que ayudarse de la chaqueta de Ren para hacerlo, cosa que le resultó muy incómoda. —Toma, son los últimos que me quedan —Iona extendió su brazo, ofreciéndole a la chica una bolsa pequeña. En su interior, había cinco o seis gasas compactas y plegadas. Anneliesse nunca había utilizado aquel tipo de compresa, puesto que las que usaban en palacio eran bien distintas, mucho más cómodas a juzgar por las pintas. —Tendremos que ir a Romhal ya, Ann. ¿Lo entiendes? Nos quedamos sin nada. No podemos seguir aquí más tiempo —murmuró con tranquilidad, sin pretender alterarla.
—Sí, lo sé. No pasa nada. No tendré problema —confirmó. Más que una alegación, fue un mantra que se dijo así misma mientras se vestía, aún con el pelo húmedo y goteante.
—Tranquila. Con un día en Romhal nos bastará. Compraremos comida, bebida, y algo de ropa cómoda para ti. Después podremos estudiar donde iremos.
—Claro, sí —insistió la chica. Aiko se vistió deprisa. Con un gesto de manos sencillo, indicó que se adelantaba. Quizá dijo algo más, pero Ann aún no comprendía bien el sistema de comunicación que empleaba. Se había preocupado en comprenderlo, pero aún era pronto. —¿Qué era lo que...?
—No lo sabemos muy bien —se adelantó Iona, una vez más, leyendo la mente de la chica. —No lo ha dicho, o quizás no sabe cómo decirlo.
—¿Cómo habéis aprendido a entenderla? Yo apenas consigo comprender qué significa cada gesto.
—Años y años de conexión y esfuerzo —suspiró. —Lleva con nosotros ocho años. La encontramos cerca de la frontera con Occest, al sur. Estaba desnutrida y herida. Gustav sintió lástima y, ya ves, no ha querido seguir otro rumbo que no sea el nuestro —sonrió. —Gustav tiene ese complejo de protector, recogiendo cachorros malheridos por el camino.
—¿Me lo tomo como insulto?
—Para nada. Todos hemos sido unos desgraciados cuando Gustav nos encontró. Será un complejo, pero le funciona —Ann no pudo evitar pensar en qué situación habían encontrado a Ren. Había oído que llevaba mucho tiempo con ellos, que Gustav le había enseñado todo cuanto sabía y que se comportaban como una familia de hermanos. Pero, por alguna razón incómoda, decidió no preguntar. —Aunque me imagino que, dado que la encontramos cerca de Baekshi y... sabiendo como son sus rasgos, me lo puedo imaginar —continuó. Ann la miró sin comprender en cuanto comenzaron a andar hacia donde se encontraban los demás. —Las normas en Baekshi son duras, sobre todo con las mujeres. Tienen un credo, o una ideología, que castigan severamente aquello que entienden como inmoral.
—Algo he oído. La verdad es que los tratos con Occest siempre han sido escasos, así que sólo se lo básico. Sus costumbres son patriarcales, como en Ravahta, pero las llevan al extremo a pesar de que, quien gobierna la región, es una mujer —recordó la princesa. —A parte de eso, no se más.
—A Aiko la mutilaron —sentenció, dejando a la joven petrificada. —No se que es lo que hizo, pero la condenaron a perder lo que en Baekshi conocen como identidad de mujer. Ella no puede tener hijos. Tampoco menstrua. Y hasta donde se, ni si quiera puede disfrutar de la compañía de un hombre.
—¿Cómo es eso posible?
—No quieras saberlo —contestó sombría. —Ni a mi peor enemigo le desearía la tortura que tuvo que sufrir —bufó. —Por suerte, ya la ves, parece estar bien. Ojalá pudiéramos entenderla mejor, pero, hasta donde podemos comprender, no parece sufrir demasiado. Parece... feliz.
—¿Perdió su forma de hablar por ello?
—Puede ser. Puede que el trauma de lo que sufrió la llevase a perder la forma de comunicarse. O puede que naciera así. Tampoco lo sabemos. Nos limitamos a cuidarla, y ella nos ayuda.
—Eso es muy bonito.
—Me vas a hacer sonrojar, pajarillo.
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Iona se distanció un poco del resto mientras comían. Ann y Ren parecían algo distantes aún, y eso no había pasado por alto a ojos de la mujer, quien estaba segura de que Gustav también se había dado cuenta. Aprovechando que el hombre también se encontraba apartado, se acercó a él. —No vendrás a pedirme consejos de mujeres...
—Cállate, capullo. —le golpeó el codo. —¿Eres incapaz de hablar sin soltar una tontería? Estabas bastante bien mientras te duraba el cabreo con Ren —le recordó. —¿Has hablado más con él?
—No quiere hablar —respondió. —Está ido. Algo le pasa —se rascó la barba. —Y todo tiene que ver con Ann.
—Ya, lo que a mi me parecía... —se cruzó de brazos. —¿De verdad crees que es por su título? A mi esa excusa me empieza a parecer un poco anticuada. La chica no tiene nada, lo ha perdido todo. Y no parece mala persona. Sólo hay que verla, parece una cría.
—Vaya, vaya, vaya. ¿Quién eres y que has hecho con Iona? La Iona que yo conozco estaba deseando mandar al infierno a la princesa —la mujer se sonrojó ligeramente. —Te vi aparecer antes sonriendo, charlando con la chica de a saber qué.
—Y sigo lamentándome de que podamos estar en peligro por cobijarla, al menos en parte. Pero no tiene nada. ¿De verdad piensas que sería capaz de echarla? No soy un monstruo. Además, me cae bien —confesó con algo de inquietud. No quería que su fama de mujer dura e inquebrantable se viniese abajo. —Lo que quería decir es que creo que Ren no está siendo sincero con nosotros. Le incomoda estar con ella, no por su sangre, sino por lo que porta.
—También le incomoda saber que está casada con Eirik —susurró. —Es su cuñada —añadió, con un tono de voz incrédulo, como si acabase de caer en la cuenta.
—Pero eso es lo de menos. Ese capullo no va a venir a buscarla ¿No? El matrimonio que tuvieron fue arreglado. Además, él se largó. Ann lo dijo —recordó. —Tú también lo viste, el otro día. Cuando están juntos, conectan. Cuando no lo están, chocan.
—Sí, lo he visto —suspiró Gustav. —Y lo peor es que no se si Ren va a aguantarlo más.
—Estás pensando en que se quede ¿Verdad? No quieres echarla. No eres un monstruo tú tampoco.
—La chica es simpática, se desenvuelve y nos cae bien a todos. Puede llegar a ser un bien miembro.
—¿Estás pensando en usarla?
—No, no es eso. Si ni si quiera maneja su poder como Ren. Diría que ni tiene. A lo que me refiero es que lo he estado pensando, y si ella quiere, aquí puede tener un hogar, con nosotros. El problema es que Ren no quiere eso.
—Pues tendrás que convencer a Ren, como sea —terminó por decir, dándole un par de palmadas en el hombro. —No quiero más enfrentamientos entre nosotros —concluyó. —Por cierto, nos ponemos rumbo a Romhal. He hablado con Ann y parece preparada para volver a pisar una ciudad. —añadió.
—Perfecto entonces. Rumbo a Romhal.
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