El día pasó con una lentitud dolorosa. Anneliesse ni si quiera pudo dormir aquella noche, y tras tantas horas desvelada, ahora que volvía a otear un nuevo atardecer a través de las gruesas rejas que la alejaban del bello paisaje, ni si quiera podía cerrar los ojos.

El dolor que sentía en el pecho era asfixiante, lo suficiente como para que su cabeza no dejara de pensar. El odio y la rabia carcomían su ser desde lo más profundo de sus entrañas. Rememoró cada discusión, cada grito y cada llanto que había compartido con su padre desde la niñez, descubriendo ahora el entramado de engaños y mentiras en el que había vivido constantemente. Era superior a ella aquella sensación que la asfixiaba. Le dolía el interior con una fuerza descomunal. 

La constante vigilancia no mejoraba su situación. Sabía que si gritaba, Nero la oiría. Que si salía de su habitación, el Aegis iría en su búsqueda. Que si lloraba, el hombre quebrantaría hasta su momento más doloroso de intimidad. No estaba dispuesta a ello, de forma que guardó sigilo cada hora y derramó lágrimas en silencio. No quería darle la satisfacción de comprenderla, no quería que le hablase, ni si quiera que la viera. 

Por ello, que alguien llamase a la puerta a aquellas horas hizo que chasqueara la lengua con cansancio y abatimiento. Ya había dejado claro al servicio que no quería comer, ni tomar un baño, ni salir para nada. Quería estar sola. Y aunque costó unas horas que lo comprendieran, al mediodía dejaron de atosigarla. No le quedaba más que suponer que los magos del Aegis eran quienes ahora la molestaba, o el propio Nero. —Dejadme en paz — suplicó la mujer con voz rota. Sin embargo, quien fuera la persona que aguardaba al otro lado de la puerta, insistió. —¡He dicho que me dejéis!

—¿Anneliesse? —aquella voz fue inesperada para ella. Rápidamente, se secó con las mangas del vestido la humedad que quedaba en sus ojos. No era, ni por asomo, un vestido con el que pudiese recibir a un heredero, sino una pieza de seda cómoda, celeste y de mangas hasta el codo, que llevaba la mayoría de los días en los que no podía hacer otra cosa que permanecer encerrada. Sin embargo, la sorpresa de que Eirik estuviese allí fue suficiente para que no pensase en ello. —Sólo quería saber cómo estabas. Anoche no volviste a aparecer en la cena y hoy no he sabido nada de ti. Me preguntaba sí... —. La chica entreabrió la puerta en cuanto alcanzó el pomo. Lo primero que pudo ver fue al hombre, engalanado con un traje menos elegante que el del día anterior, pero lo suficientemente llamativo y propio de Ryudo como para que destacara. Tras él, los magos del Aegis se encaraban con un par de Satsus. 

—¿Qué haces aquí? Mi padre dijo que...

—Oh, lo siento, Anneliesse. Pensaba que, después de lo de anoche, no harías caso a... ¡Vaya! ¡Que equivocación más inoportuna! —Eirik se acarició la nuca con nerviosismo.

—Ya se lo hemos dicho, mi señora. Lord Eirik no tiene permiso para estar en este ala —explicó uno de los soldados, tenso y rabioso. 

—No eres quien para prohibir el paso al Lord. Te recuerdo que está por encima de tu posición —replicó uno de los Satsus, con la mano colocada de forma cautelosa sobre la katana que colgaba de su cinto.

—Son ordenes del rey y de Lord Nero —insistió el soldado. —El Aegis ya estará de camino, así que os sugiero aguardar un castigo ejemplar —amenazó. La idea de que Nero llegase y estropease aún más aquella situación, consiguió que la chica cometiese un acto imprudente. Abrió la puerta de su habitación, invitando al heredero a entrar. Cuando éste pasó, la princesa hizo el amago de volver a cerrar. —¡Princesa! ¡No puede hacer eso!

—Decidle a Nero cuando aparezca que no me place la idea de que se meta en mis asuntos. Y que si osa interrumpirnos a mi y a Eirik, yo misma me encargaré de que él reciba un castigo —ordenó la mujer, justo antes de cerrar dando un sonoro portazo.

Al girarse, encontró al hombre estudiando con meticulosidad la habitación la chica. De forma inevitable, se sonrojó. No por el hecho de tener a su prometido en su habitación, sino por la impresión que ésta podía causar. Los muebles estaban completamente decorados con dibujos hecho a mano de incontables flores propias de Lynastis. Del techo, colgaba un móvil hecho a mano con diferentes papeles de colores y algunos recortes tornasolados. La estantería junto a la ventaba, rebelaban los nombres de sus libros favoritos, todos con nombres curiosos que podrían dar que pensar. No parecía la habitación de una princesa, eso lo sabía. No era elegante ni estaba bien dispuesta. Aquello no era más que una cárcel decorada al gusto. —¿Qué quieres? Mi padre te ha prohibido estar aquí —insistió la princesa.

—Me había pasado todo el día esperándote. Pensaba que podríamos haber paseado un rato, habernos conocido un poco más —explicó, sin dejar de mirar a su al rededor. 

—No te ofendas, Eirik. Pero no me apetecía en absoluto —confesó.

—Lo comprendo —suspiró el hombre. Tenía algo entre las manos que no alcanzaba a diferenciar de algo envuelto. —No quería importunarte, de verdad. Imaginaba que esto estaría siendo duro para ti, porque para mi también es algo incómodo ¿Sabes? —confesó. —Pero no imaginaba que llegase a ser tan... complicado para ti —la miró. Anneliesse se abrazó a sí misma, frotándose los brazos y mirando hacia otro lado. —Siento mucho que estés pasando por un mal momento por mi culpa.

—No es tu culpa. Es mi padre y... el estúpido del Aegis real —bufó. Los ruidos que escuchó a su espalda la hicieron comprender que éste ya había llegado. —Me vigila constantemente, oye cada paso que doy, cada palabra que sale de mi boca... —murmuró. Si Nero la estaba oyendo o no, le dio igual.

—¿No es eso un poco invasivo? —preguntó arqueando una ceja.

—No sabes cuanto —suspiró la chica, apartándose de la puerta. El ruido de fuera pareció remitir tras unos segundos. —¿Qué es eso? — preguntó señalando con la barbilla a lo que Eirik guardaba  entre sus manos.

—Ah, esto —. Poco a poco desenvolvió la forma, hasta descubrir un bollo glaseado en su interior —Pensaba que estarías hambrienta. No has probado bocado hoy. 

—Es que yo... —Anneliesse tragó saliva. No había tenido apetito, por supuesto. Pero ver el bollo hizo que su boca salivase. A fin de cuentas, lo que menos deseaba era cruzarse con su padre o el Aegis. Probar algo... podía perdonarse. Algún destello hambriento debió brillar en sus ojos, pues con una sonrisa, el hombre ofreció el dulce a la chica. Sin pensarlo dos veces comenzó a engullirlo, mientras que Eirik pasó a tomar asiento en la silla del escritorio.

—Vaya, esto parece una cárcel —señaló a las ventanas.

—Lo es —confirmó la chica, sentándose a los pies de su cama. En aquella posición, podía quedar frente al hombre. 

—¿Cómo pueden mantenerte así?

—¿Es que a caso no lo sabías? Mi padre se ha tenido que asegurar bien de que estáis al tanto de las condiciones que me impone, sobre todo de cara al futuro —habló, para después lamerse un dedo. El bollo estaba relleno de chocolate.

—Bueno, mi padre debe estar más al tanto que yo, eso seguro —explicó Eirik, elevando una de sus comisuras. De padres con aires de superioridad, Anneliesse conocía un rato. Asintió con comprensión. —Entonces ¿El Aegis nos está oyendo? —preguntó con curiosidad, entrecerrando los ojos. A ojos de la chica, había tardado demasiado en preguntar aquello que, sin duda alguna, era demasiado inquietante.

—Si nuestro tono de voz puede llegar a los magos que están ahí fuera, sí. Nero tiene una conexión mágica con ellos. Son su Legión —confirmó.

—No lo digo porque quiera... decirte algo inapropiado o sugerirte algo indecente —insistió. Incómoda, Ann se revolvió un poco a los pies de la cama. —¿Pueden encarcelarme por decirme que te sienta mal llorar? Tienes una cara preciosa, es una lástima que se vea empañada por un puñado de lágrimas que seguro que, por quien las derrames, no la merecen— murmuró con una sonrisa encantadora. Anneliesse, sin embargo, frunció el ceño. Y no por que hubiera descubierto que lloraba, precisamente.

—Eirik, dejemos las cosas claras cuanto antes —suspiró. —Yo no tengo por qué lucir bien para ti. ¿De acuerdo? No te amo. No me gustas y ni si quiera te conozco. Si esto es tan difícil para ti como para mi, comprenderás que cualquier sobreesfuerzo por conseguir que todo salga bien hará mella en el futuro. Yo no he aceptado el compromiso, lo ha hecho mi padre por mí. Y en vistas de que no puedo hacer nada por negarme, no me queda más remedio que aceptar la situación, al menos, por el bien de Lynastis. Intentar gustarte no está en mis planes, y si necesito llorar, yo no tengo por qué...

—Anneliesse, para, por favor —Eririk se puso en pie rápidamente, interrumpiendo el discurso. —No me malinterpretes, por los dioses. Sólo buscaba hacer un cumplido.

—Los cumplidos no funcionan conmigo —alegó. —Los hombres que anteriormente han intentado conquistarme con palabras no han acabado bien precisamente —recordó. 

—¿Eres una mujer dura? —sonrió.

—No, no busco que me conquisten. Solo evito el interés —. La forma en la que la chica hablaba, consiguió dejar a Eirik en silencio. Anneliesse siempre había detestado las fachadas, y ahora, más que nunca, necesitaba que quedaran a un lado.

—No ha sido fácil ¿Eh? — preguntó finalmente, apoyándose de espaldas contra el borde del escritorio. Cruzado de brazos, su semblante cambio. Del hombre encantador pasó al hombre serio y comprensivo. —Todo en tu vida, me refiero. Restricciones, prohibiciones, adulaciones innecesarias, interés constante en todos quienes te rodean... Es como si fueras capaz de adivinar que todos ven en ti una imagen que no es real. Como no vieran a la verdadera Anneliesse —. Las palabras de Eirik no podían ser más ciertas.

—Algo así...

—Si prefieres los bollos a los piropos, no tendrás otra cosa por mi parte, entonces — bromeó, provocando una sonrisa en la chica. 

—No me dejan comerlos muy a menudo.

—¿También tienes dietas estrictas?

—Uf, sí —. La princesa cerró los ojos con fuerza y suspiró.

—Pero ¿Hay algo que te dejen hacer por tu cuenta? 

—Absolutamente nada.

—Pero... ¿Qué clase de tortura es esa? —abrió los ojos con sorpresa —Anneliesse, no soy quien para decirte esto. Ni si quiera soy tu marido aún, pero si nadie te lo ha dicho me temo que estoy en la obligación de hacerlo —. Su tono serio hizo que la princesa se sobrecogiese. —No puedes permitir que te hagan esto. Tienes que plantar cara a quienes te retienen. Una cosa es la política, la conveniencia... y otra cosa es tu vida. No deberían prohibirte vivir. ¿Qué haces si no? ¿Lees libros y... oteas el horizonte? ¿Siempre así? —Ann fue incapaz de responder a eso, sentía demasiada humillación. —Puede que ahora sí que me encarcelen con lo que voy a decirte, escucha. —Eirik se acuclilló sobre el suelo, de forma que su rostro quedó cerca de el de ella, a la misma altura. —Bajo mi punto de vista, te están anulando más de la cuenta —susurró. —Te quieren convertir en una mujer sumisa y apaciguada, alguien a quien controlar con facilidad. 

—Eirik...

—Ya, ya se que no está bien lo que te estoy diciendo. Pero es así. Mírate, mira estas rejas... —señaló a las ventanas. —En Ryudo las mujeres son guerras, libres e independientes, casi como en cualquier otro lugar. Te comparo con ellas y sólo veo a una muñeca mal usada —siguió susurrando. —Y todo ¿Por qué? ¿Por interés de tu padre? ¿Por el Ente? Mi hermano es un hombre libre. Con conciencia, cuida de la responsabilidad que porta, pero no hemos permitido que su vida se vea marcada sólo por su condición. ¿A caso no es eso lo que están haciendo contigo? Apenas llevo un día aquí y ya me lo parece —insistió.

—No puedes acusar, aquí, en mi habitación de...

—Pero ¿Me falta razón? —Una vez más, la mujer no pudo contestar. No, no le faltaba razón.

—No te voy a pedir que me ames, Anneliesse. Tenlo presente. Pero si voy a pedirte que confíes en mí. No voy a seguir la misma ruta que está siguiendo tu padre —. La princesa sintió un pellizco en el corazón, un amago de esperanza inesperada. Una señal de... ¿Algo en lo que poder aferrarse?

—Pero él...

—Por favor, no le protejas más. ¿No ves que te haces daño a ti misma? —suspiró. —Seca esas lágrimas, ponte firme. Estoy seguro de que vales más de lo que ellos insisten en mostrar de ti —Extendió su mano hasta apartar un mechón del rostro de la chica. —Voy a jurar ante los dioses protegerte dentro de unos días, no me importa empezar un poco antes. Así que, por favor, deja de vivir a la sombra del rey. Odiaría pensar que la heredera de Lynastis, futura reina de este continente y del mío propio, es una mujer empequeñecida. ¿A caso sabes el poder que guardas? —Anneliesse le miró a los ojos, esos ojos de un claro helado frío y congelado. Brillaban con determinación.

—Te van a encarcelar, Eirik —. Fue lo único que se le ocurrió a la chica decir, en parte en broma, en parte con sospecha.

—No podrán conmigo, y tampoco deberían poder contigo —terminó por decir, justo antes de ponerse en pie nuevamente. —Pero si que preferiría no generar tensiones tan pronto. Si paso más tiempo de la cuenta aquí... bueno, tendremos problemas. Sólo quería traerte el bollo y preguntarte si mañana podríamos pasar algún momento juntos. Si quieres, claro. No voy a obligarte a nada. —añadió. —Me imagino que tendrás la agenda apretada. Mi padre ya me ha aclarado que mañana comienzan los preparativos también y bueno, las tareas a contra reloj suelen ser estresantes.

—Sí, sí... está bien.

—Perfecto entonces — Sonrió por última vez. Sus dientes blancos y afilados serían capaces de iluminar la más absoluta oscuridad. De ahí a que, cuando desapareció, la mujer se quedase pensando en él. 

Era descarado, algo impertinente. Tampoco parecía querer respetar las normas, y en su linaje había una historia de violencia que la intimidaba. Pero... a Eirik no le faltaba razón. Todo cuanto había dicho era verdad. Anneliesse se recostó en la cama, ahora con el estómago lleno. 

—El poder que guardo... —susurró. Instintivamente, llevó una mano a su vientre. No le quemaba desde que volvió a palacio. No ardía con aquella peligrosidad. Y quizá se debía a eso, a que era peligrosa. Y si era peligrosa ¿Por qué no imponía? Eirik decía la verdad. Ella debía imponerse, de cualquier forma.




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