Aquel día, nadie fue capaz de hablar de Ren.

De hecho, nadie fue capaz de decir nada. A la mañana siguiente, recogieron sus cosas y se marcharon del lugar. Con rostros cenicientos y mentes ocupadas de pensamientos, se ciñeron al plan que originalmente habían meditado. Rodearían el norte de Lynastis hasta llegar a la frontera con Occest, para poder escapar de las tensiones a las que parecía que empezaba a enfrentarse Oriest. Para huir a un lugar donde estarían a salvo... o eso pensaban.

Anneliesse cabalgó cabizbaja durante todo el día, compartiendo montura con Kassad. El hombre, a pesar de todo, no dejaba de ser dulce. De vez en cuando se preocupaba por el estado de los demás, lanzando preguntas que a veces obtenían respuesta y a veces no. Parecía ser el único con un ápice de sentimientos definidos en su interior. El único que veía algo de luz al final del túnel, o que lo intentaba por los demás. 

Cuando cayó la noche, ninguno de los presentes hizo el amago de detenerse. Aunque no iban a un ritmo trepidante como para agotar a los caballos, apenas habían hecho un par de altos para satisfacer necesidades básicas. La chica se fijó en que las estrellas despuntaban en el cielo y que todo estaba siendo demasiado asfixiante, cuando decidió intervenir. — ¿Podemos parar? —preguntó, sacando a todos de su ensimismamiento. —Quiero... hablar con vosotros. 

La banda dejó que las monturas descansaran atadas a un árbol del bosque que atravesaban. Colocaron las mantas sobre el suelo y se dignaron a comer algo. Todos sabían que a la chica no le faltaba razón, que necesitaban descansar. Sin embargo, no encendieron ningún fuego. Aún estaban demasiado cerca Romhal, y tampoco sabían con certeza cuantas poblaciones de los alrededores las tropas de Arunna podrían haber asediado. Cuanto más desapercibidos pasasen, mejor. A fin de cuentas, la incertidumbre que les rodeaba era enorme ahora.. Una incertidumbre de la que la joven se sentía extremadamente culpable. —¿Estáis todos... bien? —preguntó, arrodillándose sobre el suelo. Cada uno ya había tomado asiento sobre el mismo, formando un círculo donde fácilmente podían mirarse los unos a los otros a la cara.

—¿Por qué no iba a estarlo? —preguntó Gustav. 

—Porque Ren...

—Ren ha tomado una decisión —sentenció. —Lamentarse porque haya decidido tomar su propio rumbo es una estupidez. Él ha decidido dejarnos ¿No es así? Es su problema ahora si se enfrenta a problemas él solo. A fin de cuentas, tampoco le culpo. No es que nosotros hubiésemos sido una gran ayuda para él —Su voz, que en un principio sonaba seria y autoritaria, se desmoronó lentamente.

—No pudimos, Gustav. Y eso es algo que Ren debería haber entendido, cosa que no hizo —señaló Iona.

—Ha propósito de eso... —cortó Anneliesse. —Quería hablar sobre lo que Ren dijo.

—Dijo una sarta de estupideces. No le hagas caso —gruñó el líder. —Olvídate de él.

—Dijo la verdad —evadió la chica. —¿No os dais cuenta? Él se ha ido porque se sintió en peligro y yo... No habría ocurrido de esta forma si yo no hubiera estado. ¿Lo entendéis? La que debería haberse ido soy yo. Yo no pertenezco a esta banda, él sí. Yo he sido el problema, no él. Yo... llamé demasiado la atención. No sabía que Eirik estaba cerca. ¡Ni si quiera sabía que era su hermano! —se desahogó ligeramente. Los demás agacharon el rostro. —Lo sabíais ¿No? —Aiko asintió.

—Siempre lo hemos sabido —confesó Kassad. —No es algo que el ocultara, a fin de cuentas. No hasta que tú apareciste —añadió con voz triste. —Pero tampoco sabíamos que... Quiero decir...

—La historia de Ren es complicada —interrumpió Gustav. —Y nada tiene que ver con lo que estés pensando ahora. No vas a irte de esta banda. No vamos a dejarte sola con todo lo que parece estar ocurriendo. No vas a pagar por lo que Ren dijera o dejara de decir.

—Pero... me descontrolé. Os hice daño. Os debo una... explicación —tragó saliva. —Yo... no se que me ocurre —confesó, mirándose las manos. —Nunca me había pasado algo así. Sólo una vez, cuando Hardum llegó a palacio. Escapé con vida gracias a esto, pero... No sé como lo hago. Me puse nerviosa cuando vi a los soldados, cuando recordé lo que sentí esa noche, y algo... emergió. No era yo, no estaba controlándome a mi misma. Yo nunca os habría lastimado.

—Lo sé, Ann —Kassad asintió. Sin embargo, su rostro no reflejaba la decisión que sus palabras cargaban. —No... pasa nada ¿De acuerdo? Estaba claro que algo te ocurría, no eras tú. Sólo trata de...

—Eso es incontrolable, Kassad —. La seguridad en las palabras de Gustav hicieron que Ann abriese los ojos muchísimo. —Y lo sé porque no es la primera vez que lo veo. Una vez le ocurrió algo así a Ren. Aún era muy joven. Sólo estábamos Iona, él y yo —señaló. Los ojos del mercenario se clavaron en los de la princesa, con un brillo nostálgico que daba escalofríos. —Ese poder que tenéis, proviene directamente del Ente. Cuando te vi, cuando te secuestramos, pensé que funcionaria de distinta forma en ti. A fin de cuentas, parecías dócil y sumisa, no te ofendas —dijo levantando las manos. Vian, quien se limitaba a escuchar, frunció el ceño. —Pero parece que no. Ese bicho esta ahí encerrado, dormido, hasta que algo os altera. 

—¿Qué paso? —preguntó Anneliesse entre susurros. Quería saber más, pero a Gustav se le notaba demasiado que no quería hablar de Ren. Iona intervino por él.

—Era muy joven, apenas un crío con la edad adulta recién cumplida. Se puso nervioso, sintió que perdía el control. No le juzgo. Ren lo ha pasado... muy mal —comentó de forma enigmática. —De repente, pareció estar fuera de sí. Incluso sus ojos cambiaron de color. Expulsó de su lado a todo el que se acercara y se limitó a hacer daño. Pero no era él. Era como si una parte pequeña de él, la más temerosa, se hubiese propuesto proteger todo lo demás —tragó saliva. —No respondía a nada. —Anneliesse se sintió identificada  a la par que aliviada. Que lo entendiesen consiguió que suspirara con tranquilidad, pero que, además, no fuese la única, fue una sensación aún mejor. Ahora entendía por qué Ren supo tranquilizarla, por qué consiguió que su cuerpo se calmara y volviera en sí.

—¿Cómo le detuvisteis? —preguntó curiosa, ansiosa de entender qué era lo que le ocurría.

—No pudimos —dijo Gustav ésta vez.

—Pero... entonces...

—No podíamos acercarnos a él. Tuvimos que dejar que volviera en sí por sí mismo —continuó con crudeza. —Destrozó árboles, campos, granjas... Mató a gente —confesó.

—¿Cómo...? —Anneliesse se había quedado helada, petrificada. La sensación de alivio se esfumó. 

—Ren no... se perdonó aquello. Y jamás volvió a ocurrir —terminó de explicar Iona. —No volvimos a hablar de ello. Ya ves, ni si quiera Kassad y Aiko lo sabían. —Los aludidos estaban tan absortos escuchando la historia como la chica y Vian.

—¿Cómo lo consiguió?

—No lo sabemos.

—Yo que sé —dijo Gustav de mala gana. —Tenía sus formas. Su mundo interior. Ahora da igual —se apresuró a decir. —Anneliesse, tú simplemente procura no volver a ponerte nerviosa ¿De acuerdo? Ya pensaremos en como solucionarlo. Lo primero es lo primero. Viajemos hasta Zastra, escapemos de aquí. Consigamos evadir a los de Arunna y ya pensaremos en cómo ayudarte con eso.

—Pero... ¿Y Ren?

—¡Ren se ha ido! ¡Maldita sea! ¡¿Soy el único que se ha fijado?! ¡¿Por qué no paráis de hablar de él?!

—Es que... Pensaba que... 

—¡Anneliesse, por favor! ¡A lo mejor todavía no te has dado cuenta de como funcionan las cosas aquí! A lo mejor estamos siendo muy indulgentes contigo, por lo que veo. Te ofrecemos nuestra ayuda y nos propones seguir metiéndonos en problemas ¿Es eso?

—¡No! —Ann se puso en pie, apurada. —Pero Ren me dijo que su hermano sabía cómo encontrarle. No está a salvo.

—Tú, te estás pasando con la chica —murmuró Vian, señalando con su dedo al líder, casi a la par que hablaba Ann.

—¡Tú, cállate porque ni si quiera te conozco! —respondió a Vian. —Y tú, Ann, deja ya en paz a Ren. Olvídale.

—Pero Eirik...

—¡Lo que tengas con tu marido ni quiero saberlo! —gruñó rabioso.

—¡No es mi marido! ¡Demonios! —gritó la chica, aporreando el suelo con el pie. —¡Ni se te ocurra volver a decirlo! Sentía la impotencia correr por cada centímetro de su cuerpo. Entendía que todos estuviesen resentidos y respetaran la decisión de Ren, pero ella había visto a Eirik, le había oído. Sabía sus planes y que buscaba a ambos. Sabía que era peligroso y no le parecía buena idea que se hubiesen separado. Pero... no pudo decir nada de eso.

—Ya está bien —Iona terminó por ponerse en pie. —Tú, cállate y duérmete —se dirigió a Gustav. —Y Ann... déjalo estar ¿Vale? No conoces a Ren... no le has conocido como nosotros —insistió. —Seguiremos nosotros por nuestra cuenta, y nos enfrentaremos a lo que venga. Hemos decidido ayudarte y no hay marcha atrás. Ni queremos darla —enfatizó, acercándose a ella. La tomó por un hombro y la instó a volver a sentarse sobre su manta. —Ren estará bien, sabe cuidarse sólo. Se las apañará. Y tú no tienes que preocuparte, porque no estás sola —suspiró. —Intenta dormir. Yo haré la guarda. —Anneliesse asintió. Tampoco le quedaba otra. —Mañana podremos entrenar, si quieres. Seguir con la normalidad de siempre. Deberías probar contra mi, o otra Kassad y Aiko. 

—Claro.

—Anímate. Nada de lo que Ren dijo... debe afectarte ¿De acuerdo? —. Anneliesse se recostó sobre el suelo. Los ánimos estaban caldeados, aún más afectados que el resto del día. Y aunque la chica quisiera, era imposible despejar de su mente los pensamientos que tenía sobre Ren, sobre Eirik y sobre todo lo que podría ocurrir. Necesitaba respuestas que no tenía. Necesitaba ayuda. Y Ren... se lo había llevado todo con él. Ahora no podía hacer nada.



Comentarios