Amaneció de forma pálida. Un conjunto de nubes grises cubría el cielo, consiguiendo que una capa oscura inundara la habitación donde Anneliesse había pasado la mayor parte de la noche en vel

Estaba cansada, a pesar de todo. Sin embargo, los constantes recuerdos se agolpaban en su mente como cuchillos. La cabeza funcionaba de forma rápida y a la vez, lenta. Un cúmulo de emociones se arremolinaba en su interior mientras se hacía preguntas sin respuestas. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo saldría bien parada de aquello? ¿Podría volver a Lynastis? ¿Había perdido para siempre cualquier ápice de esperanza? ¿Qué pasaría con su futuro? ¿Con su reinado? Eirik se había marchado, y con él, había desaparecido su arma, su legado y sus derechos. ¿Y aquel poder que había experimentado? ¿De donde salía aquella magia tan oscura y siniestra? 

Deslizó los pies a través de la cama hasta tocar el suelo. Tras ponerse en pie, caminó hasta la ventana, libre de rejas o candados. Una ventana libre, como quizás, lo era ella ahora. No estaba en palacio, ni estaba acompañada de su padre o Nero. Y aunque se lamentaba profundamente sólo de recordar sus nombres, no podía negar que ahora nadie la ataba a un lugar. —Yo no quería que... ocurriera de este modo —murmuró en soledad, contemplando el cielo. Aún sentía la boca seca y el cuerpo entumecido. Le dolía el corazón. Había acabado todo tan mal... 

Salió de la habitación un rato después. Se había colocado con cierta dificultad los ropajes que los demás le habían prestado. Los pantalones de algodón de Iona le quedaban casi tan grandes como la camisa de Kassad, que a duras penas se sujetaba bien sobre el pecho. Y la chaqueta de Ren, o lo que aquello fuera... no sabía ni como vestirlo. Con las piernas algo separadas, se limitó a bajas las escaleras. Jamás en su vida había vestido pantalones, y ahora, la sensación era demasiado extraña. Quizá por ello observó con vergüenza como la banda se reía entre cuchicheos cuando la vieron aparecer. Todos se habían despertado temprano, y parecían desayunar algo que olía bien. —¿Té, Anneliesse? —ofreció Kassad. La chica tomó la jarra cuando estuvo a su lado. El líquido olía bien, aunque sabía amargo.

—¿Has escondido el camisón? —preguntó Iona, seria. La chica señaló a su bolso de cuero, el que había llevado consigo desde que escapó de palacio. Había hecho de la prenda un ovillo y lo había guardado como pudo en su interior. —Bien.

—Pongámonos en marcha, panda de gandules. Ya hemos descansado bastante —Gustav fue el primero en ponerse en pie. Los demás le siguieron. A la chica no se le pasó por alto que el hombre dejó unas monedas sobre la barra donde se atendían a los clientes. ¿Cuánto dinero se habían gastado por ella? Al fin y al cabo, si habían cumplido con su ética, apenas debía quedarles nada de todo lo que su padre les había dado. Su padre... Anneliesse, al pensar en él, se estremeció.

Fuera de la taberna, se dirigieron a las caballerizas. Sacaron a los animales de sus cuadras y anduvieron tirando de sus riendas hasta acercarse a los caminos que les alejarían de aquel pequeño pueblo, para, nuevamente, proseguir con el viaje. —¿Qué...? ¿A donde iréis ahora? —preguntó la chica, intentando pensar con claridad y distraer su mente. 

—Iremos —recordó Gustav. —¿Tienes alguna idea? —preguntó reflexivo.

—Yo no...

—¿Te buscan? ¿Hay alguien que vaya tras de ti? —corrigió su duda. La forma tan intensa en la que la miraba, consiguió que la mujer tragara saliva. ¿Arunna la buscaría? Eso seguro. ¿Los Gelhart para poder reclamar de nuevo el trono de Lynastis? No tenía ni idea. De hecho, ni si quiera sabía, dado lo ocurrido, quien gobernaría en ese momento. Sin Hardum, sin Eirik y sin ella... ¿Quién estaba ocupando su lugar?

—No lo tengo claro. 

—Entonces no podemos estar mucho más tiempo aquí. Si te buscan, hemos dejado demasiadas huellas en esta villa. Lo mejor será que nos alejemos y cubramos las espaldas, al menos hasta que podamos saber en qué situación nos encontramos —murmuró. Era mejor hablar en voz baja, puesto que podían estar rodeados de oídos indiscretos. Aiko hizo gestos con las manos, de forma que Ann tuvo que esperar a que el líder pudiese traducir lo que la mujer intentaba decir. —Sí, Aiko. Los bosques son nuestra única opción.

—Única y peligrosa. Que estén alejados de ciudades no significan que estén desprovistos de peligros. Si nos ponemos en la peor situación y todo un ejército la busca por... —tuvo que callar lo que iba a decir. Hablar de asesinato en mitad de la calle no era lo más acertado. —Lo que quiero decir es que incluso los bosques pueden estar rodeados de tropas, suponiendo que los Arunna estén tramando conquistar algo más que la capital. ¿Sabes algo sobre eso al menos? —Ann volvió a negar con la cabeza. —Estupendo. Estamos en blanco.

—Lamento no poder ayudar más con esto. Estáis... haciendo demasiado por mi.

—No es la primera vez que estamos en peligro y todo un ejercito nos sigue —recordó Kassad entre susurros, guiñando un ojo.

—¿No os da miedo? —preguntó la princesa.

—A mi sí —elevó la voz Iona. —Y os debería dar a todos.

—No la escuches si quieres mantener la cordura de aquí en adelante, hasta que estés a salvo. Ella siempre se queja de todo, en cualquier rincón ve el peligro. Parece más nuestra madre que una compañera quien, a pesar de todo, se ha ensuciado más veces las manos de las que quiere admitir —confesó Gustav para disgusto de la aludida. 

—Si tanto os disgusta mi opinión, cerraré el pico. Pero antes tengo que recordaros que las provisiones que nos quedan son pocas, y en los bosques, hasta donde yo se, no crecen botellas de agua o vino.

—¿Estás pensando en beber, mujer? 

—Estoy pensando en sobrevivir, estúpido. 

—No podemos ir a otro sitio más. ¿Y si la buscan? ¿Y si nos encontramos con que Arunna ha asesinado otros sitios en lo tardamos en viajar? —intermedió Kassad.

—Aunque me cueste admitirlo, Iona tiene razón. Nos quedamos sin provisiones. Pero tampoco es seguro estar aquí. —El líder se mesó la barba. —Vayamos a Romhal —sugirió. —Es lo más lejos de Lynastis donde podremos llegar con lo que nos queda. A Arunna sería una locura, y mucho me temo que Ravahta no puede entrar en nuestros planes esta vez. Romhal es nuestra única opción. Tendremos que pasar la frontera sin llamar la atención, por si acaso.

—Nadie me reconocería... creo. Todo pasó muy... deprisa —Anneliesse intentó ser positiva. Lo que menos deseaba es que la banda tuviese discusiones por ella. Por haberla admitido entre ellos y brindarle una ayuda desinteresada ante una situación tan arriesgada.

—Tendremos que jugar con esa ventaja — concluyó. Gustav dio una palmada, su rostro reflexivo se esfumó, para dar paso al semblante despreocupado que le caracterizaba. —Anneliesse, espero que te acostumbraras al frío suelo de los bosques durante los días que pudiste disfrutar con nosotros. De momento, no te espera otra cosa —sonrió burlón, para, acto seguido, montar en el caballo. 

—Espera, Gustav, toma esto —pidió la chica. Se llevó una mano al dedo y deslizó su anillo de compromiso hasta sacarlo. Después, lo tendió en la palma de la mano del hombre. —Creo que puede valer bastantes denas. Al menos, espero que cubra lo que habéis gastado por mi. 

—¿Estás segura? —preguntó, acariciando la plata brillante con su dedo pulgar. Ella asintió. —Esto vale algo más que un par de noches en una cama caliente. Incluso más que un mes.

—No tiene valor para mi. Además, quiero colaborar con vosotros. Yo... os ayudaré en lo que necesitéis —terminó por decir. El líder asintió satisfecho y comenzó a trotar.

—Estupendo entonces, Anneliesse. Bienvenida a la banda, donde todos nos cuidamos entre nosotros y procuramos no morir —sonrió. Y sus dientes lucieron tan brillantes que no hizo falta sol para iluminar aquel día tan nuboso. La chica le devolvió la sonrisa, algo más alegre. Aquella estúpida frase había conseguido apaciguar su corazón de alguna manera. Quizá no estaba tan perdida como pensaba. Ellos le estaban dando una oportunidad. Justo lo que más deseaba en ese momento.

Anneliesse quedó algo incómoda tras verle pasar por delante. Ella no tenía montura y por supuesto, no quería molestar a nadie para compartirla, pero no le quedaba otra. Miró a Kassad y a Aiko. Ellos dos parecían ser quienes mejor la trataban, por no decir que podían ser los únicos que la soportaban. Quiso acercarse a ellos, pero Iona la detuvo con su voz. —Ve con Ren —ordenó mientras montaba. El hombre, aludido, emitió un gruñido.

—¿Por qué yo?

—Porque esto fue idea tuya. Tu fuiste quien propuso que nos acercáramos a Lynastis por si algo había ido mal y quien acabó conduciéndonos por la oscuridad de un bosque asegurando que ella debía tener problemas. Carga tu con la responsabilidad ahora —comentó tajante. Ann se sintió pequeña ante su imponencia. Quiso que la tierra la tragase. —Además, si las tropas de Arunna la buscan, sólo tu podrás defenderla —concluyó, zarandeando las riendas y adelantándose hasta cabalgar junto a Gustav. La joven miró a Ren, y éste le devolvió unos ojos cargados de desagrado.

—Ven —ordenó. En cuanto la chica se acercó, el mercenario la alzó hasta colocarla sobre la silla de montar. Se sentía ridículamente baja al lado de un caballo. Siempre había sabido que su estatura era más bien pequeña, pero jamás había reparado en la cantidad de problemas que eso podía acarrear. Y, por qué no, la de momentos como aquel en el que se podía avergonzar. —Llevas mal puesta la ropa —señaló él cuando se colocó tras ella. Tomó las riendas y comenzó a cabalgar. Anneliesse se fijó en la empuñadora de la katana que sobresalía tras su muslo. Sintió un escalofrío horrible. Una idea vaga y fútil apareció en su mente, tan incómoda y aterradora que decidió desecharla rápidamente con lo primero que se le vino a la cabeza, aunque quizás fuese más inoportuno aún, siendo Ren.

—Ren...

—¿Qué quieres? —preguntó cortante.

—Gracias —susurró. —No se por qué has....

—Déjalo —la interrumpió. —Ya estás lejos ¿No? Es lo que querías. —Insistió. La mujer comprendió que no quería hablar de ello. No quería hablar de lo que Iona había desvelado, de sus ideas. Y ella lo respetaría. —Sigue hablando y te tiraré del caballo. Ya sabes lo que pienso de ti.

—Al menos ya no amenazas con matarme —sonrió con tristeza. Había algo en aquel tira y afloja que, a pesar de sus miserias, le hacía gracia.

—¿Crees que no lo haría? ¿Qué no te golpearía otra vez la frente? —preguntó descarado. 

—Dijiste que si volvías a verme, me matarías. Pero no lo has hecho. Sea lo que sea que te ocurra con... la gente como yo... —tragó saliva. —Puedo comprenderlo. Pero no eres un mal hombre —terminó por decir. El gruñido del mercenario fue suficiente para saber que, de alguna forma, tenía razón. Selló sus labios tal y como había pedido y se limitó a pensar mientras cabalgaban. 

A cada paso que daban, dejando cada vez más Lynastis atrás, mas extraña se sentía.

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La noche calló no demasiado pronto.

Habían cabalgado durante horas, y aunque no lo hicieron a toda velocidad, los animales comenzaban a resentirse. No estaban cerca de Romhal, pero la vegetación empezaba a variar. Los caminos que transitaban estaban custodiados por enormes pinos cuyas copas casi parecían querer alcanzar las nubes, oscuras y espesas. Apenas había arbustos, flores o animales. El suelo estaba repleto de grava y enormes raíces, nada más. Y lo más curioso era lo deshabitado que estaba todo. Durante el día se habían topado con numerosos comerciantes, carros y viajeros que de vez en cuando pusieron en tensión al grupo, pero, desde que anocheció, ni una sola persona se cruzó con ellos.

Se desviaron un poco del carril hasta adentrarse entre los árboles, no demasiado lejos. Poco a poco, descendieron de los caballos y empezaron a estar las piernas. Anneliesse estaba gratamente  sorprendida, pues en sus muslos no había ni un rasguño o laceración por cabalgar. Examinó los pantalones de algodón con bastante gusto mientras Gustav se afanó en buscar algo en las alforjas. —Tenemos raciones justas de comida para dos días ¿De acuerdo? Mañana tendremos que cazar. ¡Y tened cuidado con la bebida o no nos durará más de una semana! —Ann escuchó atentamente a quien ahora veía como su propio líder. La idea de cazar era algo que la tomaba totalmente desprevenida. Acostumbrada a que se le sirviera comida caliente cada día sin tan si quiera ver como se preparaba, hacía que no tuviese ni idea de como podría ayudar a aquella tarea tan importante para todos. Hasta que una idea le cruzó la mente.

—Ren ¿Me ayudarías a...?

—Ni hablar —soltó sin más. Sabía perfectamente a lo que ella se refería.

—Pero el arco...

—He dicho que no. Además, dejé en el camino el que usaste. No tengo nada que darte. Esperarás a que consigamos algo. No voy a perder más tiempo contigo.

—¡Quiero ayudar! ¡Me niego a que...!

—¡Pero, Ren! ¡Que la chica te está pidiendo un poco de colaboración! —intervino Gustav, extendiendo los brazos. Iona, Aiko y Kassad, mientras, dispusieron algunas mantas sobre el suelo y se afanaron en encender un pequeño fuego con el que calentarse.

—No quiero ser un incordio, ya os lo he dicho. Quiero hacer lo mismo que hagáis vosotros. Además, si llegamos a estar en peligro, quiero saber defenderme y poder defenderos. Tú lo has dicho Gustav —insistió con apuro. En su recuerdo, se vio así misma empalando a personas contra las paredes de palacio. Pero... no, no era aquella la forma en la que quería ayudar. Ni si quiera sabía como había hecho eso. —Con lo que estáis haciendo por mi, os debería casi toda mi vida. Si no llegaseis a encontrarme... no se que habría hecho —se lamentó. —Yo... —calló. El silencio en el ambiente duró poco.

—Con un arco y unas cuantas flechas podrás cazar, pero no defenderte —apuntó Gustav. —¿Sabes usar esto? —apartando el bajo de su chaqueta, mostró su espada. Colgaba del cinto, bien ocultada. Ella negó con la cabeza.

—¡¿En serio?! ¡Dime que no es verdad lo que se te está pasando por la cabeza! —señaló Iona. 

—¡Pero si es útil! ¡Piénsalo! —Iona se quedó callada. Cruzada de brazos, terminó por asentir. —¿Quieres aprender a usar una espada y poder defenderte? Yo te enseñaré. Te enseñaremos —añadió. Kassad y Aiko sonrieron de acuerdo. —Cuando lleguemos a Romhal a por provisiones, buscaremos un arma para ti —Ann sonrió con algo de ilusión. Decir que tenía ilusión era, realmente, algo casi imposible dado lo ocurrido, pero... La banda lo estaba consiguiendo. Se sentía liberada, aunque le doliese admitirlo.

—Primero deberías comer. Estás más delgada que la última vez que nos vimos —señaló Iona, para su sorpresa. —No vas a poder sostener una espada si estas medio ida y sin fuerzas. ¿Lo entiendes? —La chica volvió a asentir. Iona tenía razón, tenía que espabilar. —Además, no creas que es fácil. Yo no te lo pondré fácil. Si buscas estar a salvo, vas a tener que poner de tu parte. No somos escudos en los que puedas refugiarte. 

—Lo sé —confesó con rostro sombrío pero mirada decidida. 

Gustav se acercó a ella, ofreciéndole un trozo de carne seca y una botella casi vacía. Kassad, por su parte, le ofreció hueco a su lado para descansar. El suelo parecía liso allí, más cómodo que el resto para poder recostarse. Cuando se sentó, el hombre la envolvió con una manta y sonrió.

 La noche envolvía a todos en un silencio acogedor. Las caras de sueño no tardaron en aparecer en cada uno, quienes comían y se preparaban para echar una cabezada. Todos menos Ren, quien se había ofrecido para hacer guardia de aquella primera noche —Las primeras noches al raso son difíciles. No os preocupéis —susurro Kassad.

—No me hables así Kassad, te lo suplico —rogó, sintiendo un temblor leve en la espalda. 

—Perdón, lo siento. 

—Sólo... déjalo estar —Anneliesse arrugó la barbilla. Quizás era la noche, la oscuridad o mirar las llamas, lo que le evocó una nueva oleada de sentimientos. El ravaht fue rápido.

—Es verdad, es verdad... ¿Te sabes la historia de Gira, la bruja de Ravahta? —preguntó sin venir a cuento. Ella negó con la cabeza. —Gira, la bruja de Ravahta, vivió hace cientos y cientos de años, cuando aún no existía el desierto tal y como lo conocemos hoy día. 

—¿Por qué me cuentas esto?

—Porque las buenas historias ayudan a templar el corazón en las noches más frías —murmuró. Su rostro y su sonrisas fueron tan apacibles y seguras, que la chica acabó recostándose contra el tronco de un árbol y colocándose la manta de menor forma sobre el cuerpo, acomodándose. 

—Continúa, por favor.

Gira, la bruja de Ravahta, apareció en los sueños de la chica aquella noche. Por alguna razón, pudo dormir en paz.

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