En cuanto la ceremonia terminó, la celebración ya esperaba en palacio.

Con los últimos destellos del sol a sus espaldas, la recién unida pareja encontró que en los jardines traseros todo estaba dispuesto para una celebración memorable. Numerosas mesas decoradas con manteles blancos florales se hallaban dispuestas de forma estratégica al rededor de un gran centro cubierto de alimentos, bebida y diversos aperitivos. Pequeñas lámparas colgaban de finos alambres, dotando de una luz íntima todo el lugar. Los músicos tocaban los instrumentos con tranquilidad, presentes pero poco molestos, creando un aura casi mágica. Y la gente, al menos, parecía disfrutar.

Los miembros del consejo de Reginald habían acudido acompañado de sus parejas e hijos, así como también lo había hecho el capitán de la guardia. No eran demasiadas personas, poco más de una veintena, pero gracias a las risas, la charla y la comida, aquello parecía una boda. Anneliesse había pensando en ese día demasiadas veces, y sabiendo que Reginald la privaría de una fiesta normal, había imaginado una celebración aburrida y triste. Sin embargo, aquello era mejor de lo que esperaba. 

Tomó asiento junto a Eirik en una gran mesa ubicada en el centro, entre todas las demás. Sin embargo, estaba desprovista de alimentos. La princesa no entendió por qué, mas cuando observó como un par de sirvientes acercaban hasta su posición un enorme montón de libros, dosieres y pergaminos, suspiró aburrida. —Debéis firmar los documentos —explicó Reginald. El rey se había ubicado a espaldas de la pareja, sin apenas hacer ruido. —Son actas de conciliación de ambos reinos, tratados a los que debéis prestar firma y documentos sobre el matrimonio. 

—¿De verdad es necesario hacer esto? ¿Ahora? —gruñó la chica en voz baja. 

—Cuanto antes —se limitó a decir el rey. Bufando, acabó sosteniendo entre sus manos la pluma que había sobre dicha pila de documentos. Al menos, se alegraba, de que las modistas hubiesen tenido la brillante idea de lucir dos vestidos distintos aquel día. El vestido para la ceremonia era precioso, pero un incordio. La enorme cola no la dejaba moverse con soltura, y las mangas largas de gasa no la ayudarían ni si quiera a sostener un tenedor. Por ello, decidieron confeccionar un segundo vestido para la celebración. Uno más liviano, cómodo y perfecto para festejar la ocasión, sin que dejase de ser elegante. Tenía decenas y decenas de piedras incrustadas en toda la extensión de tela de un celeste que casi parecía blanco. La espalda apenas tenía tela, pues dejaba la piel de la chica al aire. Las tirantas se anudaban en la nuca y la parte más baja del vestido llegaba a sus tobillos. Fresco, cómodo, para dedicarse a poner firmas.

—No te preocupes, Ann. Tenemos todo el tiempo del mundo —murmuró Eirik a su lado, acariciando con sus nudillos el dorso de la mano de la chica. No le quedaba más remedio. Ni si quiera el día de su boda la iban a dejar en paz.

Conforme la pareja firmaba documentos, los invitados pasaron uno por uno junto a los recién casados. Felicitaron con entusiasmo a la princesa, así como agradecieron al heredero su predisposición para forjar una unión nunca antes vista. Algunos eran más escuetos, mientras que otros decidieron alargarse un poco más, mezclando las felicitaciones con asuntos personales y políticos que Anneliesse y Eirik empezaban a cansarse de oír. Por suerte, terminaron mucho antes de lo esperado con sus tareas, de forma que pudieron suspirar aliviados de, por fin, poder celebrar entre ambos su propia unión. 

Comieron, bebieron y se sonrieron el uno al otro. Eirik susurraba temas banales y bromistas al oído de la chica, quien constantemente soltaba una risa ante sus palabras. Una de esas veces, se percató de que Nero la observaba. Estaba frente ella, bien vestido y ataviado. El chaleco que lucía estaba bordado con flores oscuras y su chaqueta era de un terciopelo inigualable. Sus cabellos ondulados lucían bien peinados sobre sus hombros, y su barba estaba bien recortada. Estaba elegante, pero su rostro no conjugaba con el resto de su aspecto. Bebía sin parar, analizando a la pareja con un deje horrible en el rostro. A la mujer no se le pasó por alto ¿Qué ocurría? ¿Estaba él resentido ahora? ¿Después de todo? —¿Qué le ocurre? —preguntó Eirik, quien se había dado cuenta sobre como ambos se miraban.

—No es nada.

—No creo que sea nada. Os miráis con una intensidad de la que debería preocuparme —confesó. Anneliesse frunció el ceño, mirándole. Le encontró con una copa de vino en la mano y una sonrisa divertida. Por un momento, pensaba que no estaba bromeando.

—Ya te dije que él era un buen amigo para mi.

—Era —repitió él.

—Me traicionó. Me engañó. Ha jugado conmigo demasiado tiempo y ahora se cree capaz de hacerme sentir mal por no dirigirle la palabra, por ser dueña, por una vez, de mis decisiones —susurró.

—Yo diría que le gustas. Te ama —reveló sin tapujos. La princesa le miró con ojos muy abiertos. —No me mires así. Conozco a los hombres, Ann, y se lo que se oculta debajo de la mirada de cada uno. Distingo perfectamente una mirada de dolor y él —señaló. —La tiene.

—Te estás equivocando con él. Es muy mayor. Y yo he crecido con él—insistió ella.

—¿Y? —lentamente, volvió a beber de la copa. Si las cuentas no le fallaban a Ann, la llevaba un par de ellas encima. Se le notaba en los ojos, que brillaban con chispa. Quizás la lengua se le había soltado. —No conoces a los hombres ¿Verdad? No sabes como funcionan —. Aquella afirmación la dejó bloqueada. Razón no le faltaba, y eso la había ayudado a recordar que no conocía a los hombres... en ninguno de los sentidos. Se puso nerviosa, incómoda. Necesitaba aliviar la ansiedad que comenzaba a crecer en su pecho. Con la boda y los preparativos lo había dejado a un lado, lo había apartado e incluso había cometido el error de verlo como un asunto muy lejano. Pero ahora... —Ven, voy a demostrártelo. 


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Eirik tiró de la chica hasta que la puso en pie de forma suave. Después, la guio hasta que ambos acabaron en el lugar designado para bailar. Alguno de los invitados ya se habían aventurado a apegarse a sus parejas, aprovechando el ritmo lento y relajante de la música que sonaba. La gente bailaba de forma lenta e íntima, y Eirik no quiso ser menos. Tomó a la mujer por la cintura, acercándola así. Con la mano libre, sostuvo la suya. Era embriagador, su olor, su comportamiento, su actitud... todo en él. Pero Anneliesse estaba demasiado incómoda. —Escucha, Eirik, yo.... —

—Fíjate bien —susurró cerca de su oído, interrumpiéndola. Por encima del hombro, la princesa pudo observar como el Aegis había ensombrecido el rostro aún más. Extrañada, se hizo demasiadas preguntas. Eirik no podía tener razón. Nero no la amaba.

—Creo que te estás equivocando.

—¿Estás segura? —insistió. Con un  habilidoso giro, la puso de espaldas a él, continuando con el baile. Estaban aún más apegados, si cabía. Eirik acercó aún más su boca a su oído. —Mírale bien —lentamente, la mano del hombre se fue deslizando a través de sus caderas hasta llegar a su vientre. —Mira como su rostro empeora. Desearía ser yo, tenerte con él —Nero se bebió de un trago la copa de vino que tenía mientras los miraba. Empezaba a tambalearse. ¿Cuántas se había bebido ya? —Siente unos celos irrefrenables.

—Es imposible. Si el me quisiera, nunca me habría hecho daño —murmuró con asco en la voz.

—El daño es la forma en la que muchos hombres demuestran su satisfacción —dijo de forma enigmática. Anneliesse no llegó a comprender esa frase. Y, en cualquier caso, tampoco estaba disfrutando con aquella conversación. Cuando Nero se marchó, ella se giró.

—Eirik, lo que quería decirte antes es... Me cuesta decirte esto, pero... —intentó proseguir la chica. Tenía un nudo en el estómago. Sin embargo, algo volvió a interrumpirla. Sion se había acercado hasta ellos.

Su rostro frío e inquebrantable ni si quiera lucía feliz dado el acontecimiento. Serio, casi como si fuese capaz de estallar en ira, se interpuso en mitad del baile. —Me marcho a Ryudo. Yo ya nada tengo que hacer aquí —explicó.

—Su presencia ha sido agradable, lord Sion. Espero volverle a ver pronto aquí. Ahora este palacio es suyo también —se acercó Reginald.

—Sí que lo es —la forma en la que Sion pronunció aquellas palabras, le dio frío a la propia chica. —Y tú, Anneliesse. Espero verte pronto en Ryudo. Tendrás que hacerlo. Ahora tienes obligaciones con mi hijo —le recordó. Otra vez aquel nudo en el estómago. —Espero que sepas cual es el papel que te corresponde ahora —ella asintió con cierto temblor. Estaba tan atemorizada, que ni si quiera se percató de que Caleb esperaba tras su padre. Él también se marchaba. Había estado tan ocupada, que ni si quiera había tenido ocasión de conocerle. —Y tú, Eirik. Espero de ti una soberanía ejemplar. Cumple con tu cometido —terminó por decir. Sin más, comenzó a marcharse ante la atónita mirada de todos. 

—Epérame aquí. Quiero acompañarle hasta la salida —pidió Eirik. Tras darle un beso en la mejilla, se apartó de ella y se perdió tras los muros de palacio, acompañando de su padre, su hermano y parte de su séquito. 

Anneliesse esperó, pero no le volvió a ver en la fiesta.

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La habitación de la princesa había cambiado para siempre. Sus pertenencias se habían trasladado a otra habitación durante la celebración de su boda, aquella noche. Ahora, descansaría en una habitación más grande, en una cama propia para dos personas, ubicada en la zona más céntrica de palacio y un poco menos elevada. Por otra parte, las ventanas habían sido selladas con rejas y la puerta tenía una cerradura idéntica a la de su habitación.

La princesa caminó incómoda a través de la alcoba, intentando reconocerla. Estaba fría, lúgubre y destartalada. Echaba en falta los muebles pintados con flores a mano, su propia mano. Los libros de novelas estaban ahora lejos, así como su caja de costura. Era una estupidez. Sabía que podría tomarlo cuando quisiera, pero, a pesar de que detestaba su habitación, cambiar de cárcel no era, ni mucho menos, algo conmovedor.

Se encontraba sola, además. Eirik seguía sin aparecer, pero, de cierta forma, aquello la aliviaba. Aprovechó a toda prisa para desvestirse. Tras quitarse el vestido, encontró el camisón que quiso ponerse en el interior del armario. Después, se quitó el recogido y desmaquilló su rostro. Solo le quedo esperar sentada al filo de la cama, buscando palabras adecuadas en su mente, echa un manojo de nervios. Eirik debía entenderla, era un caballero, no tenía nada que temer...

El hombre apareció una hora después, tan compuesto como cuando se marchó. Observó a su esposa esperando sobre la cama y cerró la puerta sin decir nada. —Eirik... ¿Dónde has estado? —preguntó la chica con miedo en la voz.

—Celebraba mi boda, despedía a mi padre... —explicó, quitándose la chaqueta de su traje. Después, colocó los gemelos y la corbata sobre la mesita de noche que quedaba más cerca de la chica.

—Comprendo —asintió. —Eirik... yo quería hablar contigo sobre algo —comenzó a decir. Mientras, el hombre no se detuvo. Se despojó del chaleco y después de la camisa. Anneliesse quedó impresionada con el enorme tatuaje que cubría su espalda. Se trataba de un dragón, majestuoso, arremolinándose al rededor de su musculatura. Estaba envuelto en detalles trabajados con mimo. Era tan impresionante, que la princesa no supo qué decir. Desde luego, no esperaba ver algo así. Eirik la rodeó, subiendo a la cama tras ella. —Verás, Eirik... yo nunca me he... acostado con ninguna persona —consiguió soltar. —Es estúpido, pero me siento bastante nerviosa con esto. Yo... entiendo que debemos tener hijos, pero... yo creo que tampoco es necesario tener prisa —tragó saliva. Era incapaz de girarse y mirarle a la cara para decir aquello. —Y contigo quiero hacer las cosas bien. Quiero que esto funcione y que, quizás, con el tiempo, pueda llegar a ser algo agradable para los dos. Por eso... —. La princesa sintió el aliento del hombre en su cuello. Se había acercado a ella lo suficiente como para apartar los cabellos de la chica a un lado y poder colocar sus labios sobre su piel. Comenzó a besarla con pasión, aportando pequeños bocados de vez en cuando. —Eirik, no es broma... —sonrió con nervio la chica. Estaba temblando como un bebé. No sabía que hacer. —Quiero esperar. No estoy preparada para esto —terminó por decir. El hombre aferró su cuerpo desde atrás y condujo sus manos hasta sus senos, los cuales apretó con demasiada fuerza tras colarlas a través del escote. —¡Eirik!

[Final Fantasy XV OST: Song of the Stars]

El heredero la empujó hacia atrás. La mujer estaba tan paralizada, tan atónita de lo que estaba ocurriendo, que no pudo ni tan si quiera moverse cuando el hombre la desnudaba. Una vez se sintió expuesta ante él, consiguió reaccionar. Pataleó hasta conseguir empujarle hacia atrás, ganándose con ello una bofetada que consiguió que girara su rostro a un lado. Una lágrima brotó de sus ojos, incrédulos. —¡¿Qué haces?!

—¡No seas tan llorica, Anneliesse! ¡Comportante como una mujer! ¡Como mi mujer! —rugió el hombre. Su aliento olía a vino y su flequillo engominado se había despeinado. No parecía, ni de lejos, el hombre que ella había conocido.

—¡Suéltame! —gritó ella, intentando zafarse de su agarre mientras él terminaba de desnudarse. Aferró su cuello con una mano, asfixiándola y apegándola a la almohada, donde su cabeza se hundía cada vez más. Hizo tanta presión, que la chica tuvo que dejar de pelear para centrarse en apartar la mano del hombre de su cuello, pero no pudo. Ejercía demasiada fuerza y estaba... asfixiándola. Aprovechó el momento para lamer su rostro.

—Oh, Ann... he esperado demasiado —confesó. —Ya está bien de fingir ser un caballero. El trato está firmado —susurró mientras ella se debatía en conseguir algo de aliento. Eirik se abrió paso entre sus piernas, a pesar de los errados intentos de la chica por mantenerlas unidas. Se abrió paso en ella, penetrándola. Una oleada de profundo dolor la sacudió, un dolor horrible e indescriptible, asqueroso. Hubiese gritado de haber podido, pero sentía que perdía la capacidad de respirar. Notaba los labios ardiendo y el rostro helado. ¿Iba a morir así? 

Eirik siguió tomándola, cada vez con más dureza. Sin apartar la mano del cuello, disfrutó de su cuerpo con la que quedaba libre. Era tan repugnante, tan horrible sentirle...Anneliesse incluso cerró los ojos, incapaz de comprender por qué estaba ocurriendo aquello, incapaz de mantenerse con vida sin poder respirar. Cuando Eirik retiró su mano, tomó una bocanada de aire desesperante. Tosió y rompió a llorar, temblando y presa del pánico. El hombre no perdió el tiempo. La golpeó en el estómago hasta que la chica se dobló sobre si misma, para después girarla y alzar sus caderas desde atrás. —No puedo con esa cara. Eres horrible, Ann. No tienes ni idea de como dar placer a un hombre —se quejó. Ella intentó huir, pero ni si quiera tuvo fuerzas para hincar los codos sobre la cama. Antes de que pudiese hacer nada, el heredero volvió a tomarla. Sus acometidas se volvieron más severas, más duras y dolorosas. Las lágrimas cayeron por el rostro de la chica, suplicando que se detuviese. Eirik la tomó de los cabellos y la estampó contra el cabecero de la cama, no lo suficiente como para que perdiese la conciencia, pero si lo bastante como para que dejase de gritar, llorar y pelear. —Mucho mejor. 

Eirik terminó en su interior, para después dejarse caer sobre ella. Mordió su cuello tras un suspiro y se echó a un lado. No dijo nada. Actuó como si nada hubiera pasado y se dedicó a descansar. Anneliesse, sin embargo, se hizo a un lado. Echa un ovillo se quedó al filo de la cama, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Se sentía sucia... asquerosa... humillada. Casi no podía llorar del impacto que sacudía su cuerpo...

¿Por qué?... ¿Por que el mundo se afanaba en manipularla? ¿En unirla a personas que mentían, que la engañaban, que la usaban...?... ¿A caso ella nunca podría ser... libre?

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No durmió. Fue incapaz de hacerlo, después de todo. Pero, a pesar de que no dormía, su visión se tornó muy oscura. Sintió como si de repente escapase de la realidad para refugiarse en un lugar más apartado, oscuro y personal... pero no estaba sola. Allí, frente a ella, había alguien más. Alguien a quien conocía muy bien. Ann se intentó incorporar apoyándose con un codo sobre el colchón. Su vista no la engañaba. Recostado de un lado, encarándola, estaba Ren. Y él también la miraba. Ambos se quedaron atónitos, sin saber qué decir. Era como si diese miedo hablar... e incluso moverse. Pero el ambiente no daba miedo, sin embargo. Era... reconfortante. 

La princesa separó los labios, dispuesta a hablar. —Ren... — mas, cuando las palabras salieron de su boca, todo se disipó. Todo desapareció. Seguía en la habitación con el hombre que la había engañado.


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Eirik se marchó temprano y en silencio. Ann y el no volvieron a cruzar palabra desde la noche anterior, y eso, de alguna manera, la alivió. Aún le temblaban las manos y se sintió horrorizada al comprobar, tras ponerse en pie, que las sábanas estaban manchadas de sangre y que su zona más íntima ardía como el mismísimo infierno. Sintió ganas de desplomarse, de ceder ante aquella sensación oscura, tan conocida, que una vez casi la mató, pero... ¿Iba a hacerlo? ¿Por un hombre miserable? Ni hablar. 

Tras vestirse, salió de la habitación. Para su completo desagrado, Nero estaba al final del pasillo, esperándola. El Aegis corrió hasta a ella mientras la mujer se afanaba por seguir caminando e ignorarle. —¡Ann! ¡Espera! ¡Tenemos que hablar! —gritó, intentando alcanzarla.

—No hay nada que hablar.

—Ann, te lo suplico, por lo que más quieras. No puedo más con esto. No puedo seguir siendo ignorado —insistió, alcanzándola y tomándola por el codo. Cuando la princesa se giró, el Aegis contempló con horror como su cara lucía demacrada. Tenía los ojos envueltos en lágrimas y la piel cenicienta, fría como un témpano. 

—¿Ignorado? ¿Así te sientes? —preguntó con dolor. —¡¿Quieres que te diga como me siento yo?! ¡¿O ya estas cansado de oír siempre lo mismo?! —le gritó, zafándose de su agarre y caminando hasta el baño. Nero se negó a quedarse quieto.

—¡Ann! ¡Ann! ¡Por los dioses! ¡Ann! ¡¿Qué te ocurre?! ¡¿Qué te pasa?!

—¡¿Ahora sí quieres saberlo?! 

—¡Siempre quiero saber qué te ocurre!

—¡¡¡Mentiroso!!! —volvió a encararle, junto a la puerta del baño. —¡¡¡ Anhelas destrozarme!!! ¡Llevas engañándome años! ¡Y nunca te ha importado lo que yo sienta! ¡Disfrutas con mi desgracia! ¡Y ahora, por si fuera poco, pretendes quitarme lo poco que me queda con tu Legión! ¡¿No te valía con tenerme aquí encerrada?! ¡¿No era suficiente ser tu amiga?! ¡¿Por qué destrozas mi privacidad ahora espiando cada palabra que suelta mi boca?! —le gritó. Nero no sabía ni que decir. No podía controlar la situación, se le iba de las manos.

—Ann... Ann yo no te... yo no te he privado de... Si lo dices por anoche... pedí a la Legión que se retirara de la habitación. Yo no... nadie tenía por qué oír... —intentó explicarse.

—¡¡¡Y ahora corres a por mi, deseando saber qué te has perdido!!! ¡¡¡Déjame en paz, Nero!!! ¡¡¡Todo esto es culpa tuya y de mi padre!!! ¡¡¡Todo!!! —rugió, incapaz de contener las lágrimas.

—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Qué te ha hecho?! —insistió atemorizado.

—¡Me tomó sin mi consentimiento! —rompió a llorar. —¡Me obligó a... hacer lo que no quería! ¡Me violó! —confesó. —¡Y ahora que tienes esa información satisfaz tus deseos con ella como siempre! ¡Ya lo tienes todo de mi! ¡Ya no me queda nada! ¡Tú y mi padre os habéis quedado con todo y ahora se lo dais a ese hombre! ¡Al maldito hombre al que me habéis encadenado! ¡Malditos seáis! —terminó por decir. Se introdujo en el baño y dio un portazo tras ello, dejando al Aegis con la palabra.

Sus súplicas y sus ruegos se oyeron desde el otro lado, pero Anneliesse las ignoró. Se limitó a mirarse en el espejo. A observar aquella mujer que hacía unos días había jurado que nadie más la engañaría y que había fracasado. Odiaba a esa mujer con todo su ser... odiaba... todo....

De un puñetazo, dos, tres, cuatro... rompió el cristal hasta que se hizo añicos. Su rostro, dividido en docenas de trozos, se reflejó por todas partes mientras sus manos goteaban sangre. No podía más.

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