Mientras Claus llevaba una conversación en la taberna con los compañeros de Gustav, Ada, su hija, permanecía de brazos cruzados bajo la trampilla, observando cómo Edward maldecía una y otra vez a Gustav, recriminándole una y mil cosas mientras que el líder de la banda, completamente derrotado y dolorido, apenas era capaz de mirarle. Pese a todo, le contestaba a lo que podía y no se contenía siquiera en derramar alguna que otra lágrima. La chica sabía, de todas formas, que no era por arrepentimiento. Aquellas lágrimas, al menos, no -Ed- la mujer caminó escaleras abajo, alejándose de la puerta de la trampilla y luego vagó distraida hacia el hombre, cruzada de brazos -Necesito que vayas arriba a hacer unas cosas-
-¿Qué?- la miró con enfado. No lo dirigía hacia ella, solo reflejaba la furia que sentía por Gustav.
-Arriba- reiteró ella -Por favor-
-Ocúpate tú. Yo prefiero quedarme aquí- se arremangó -A lo mejor le recuerdo a este cabronazo, otra vez, lo que sucedió por su marcha- sonrió con locura.
-Edward- la chica le agarró del brazo -Si no lo entiendes con una indirecta te lo diré a las claras: quiero hablar con él a solas- el rubio, que no acostumbraba a que Ada fuese tan extraordinariamente directa, la miró con sorpresa, frunciendo el ceño.
-¿Y qué es lo que tienes que hablar con este trozo de mierda que sea tan íntimo?-
-De intimidades- asintió ella.
-¿Sí, no?- Edward esbozó una media sonrisa. Quiso decir algo, pero se contuvo. Miró a Gustav y luego de nuevo pasó los ojos a Ada -No será más de unos minutos- advirtió señalándola con el dedo -Este bastardo no va a descansar mucho de todo lo que le queda por delante-
-De acuerdo- frunció los labios la mujer mientras el hombre se marchaba de mala gana. Sus pisadas sonaban furiosas y pesadas sobre los escalones y el estruendo de la trampilla al cerrarse delataba enorme frustración. La mujer recibió aquellos impactos sonoros con los ojos cerrados, como si cada golpe en la madera le doliera como puñaladas. Entonces, una vez se quedaron a solas, reinó un silencio tan sepulcral que hasta comenzó a hacer frío.
-No solía ser yo el que comenzaba las conversaciones...- musitó Gustav con la voz tan cansada, tan débil, que sonaba como un susurro carrasposo.
-Es verdad- la mujer, aún cruzada de brazos, daba distraidos pasos de aquí para allá, incapaz de quedarse quieta. Se giraba, le encaraba, le daba la espalda... no sabía cómo posicionarse ni estaba segura de cómo actuar. Apretaba el interior de sus mejillas con la lengua en un intento inútil por contener las lágrimas. No quería hablar para que no se le quebrara la voz.
-Vamos Ada...- Gustav reunió fuerzas para alzar la cara. El único ojo que no tenía enormemente inflamado la observó con detenimiento -Tú no eres así...- sacó el inmenso coraje necesario para mostrar una torpe y debilitadísima sonrisa.
-¿Qué sabes tú, Gus? ¿Qué sabes tú de mí a estas alturas? No sabes nada- negó con la cabeza ligeramente, haciendo que sus ojos se derramaran por fin en dos hilos de agua recorriendo sus mejillas.
-Sé lo que sé... nada más ¿Tanto te ha cambiado el tiempo?- hizo un intento inútil por reposar la cabeza reclinándose en la silla, pero tuvo que detenerse. El cuello le dolía horrores. Le dolía todo, daba igual la postura que adoptase.
-No hizo falta tiempo para cambiarte a ti, rata trancionera- recriminó cargada de veneno -¿Por qué no debería cambiarme el tiempo a mí?-
-Sé que el tiempo que me queda con vida va a girar en torno a eso... ¿No es así?- bufó.
-¿Y qué demonios esperas, Gustav? Nos abandonaste... ¡Nos abandonaste, joder!- se llevó una mano a la boca -Durante tantos años, tantísimos pasé, locamente enamorada de ti, idolatrándote, dándote todo lo que tenía y tú... ¡Tú...!- agitó un puño con rabia. No quería pegarle. Ya tenía suficiente y sabía que cuando Edward regresara, el show continuaría -¿Qué más puedes querer de nosotros para tener la poca vergüenza de aparecer por aquí?- aquella pregunta arrancó una carcajada dolorida de Gustav -¿De qué te ríes encima, bastardo?-
-¿De verdad crees que si yo supiera que estabais aquí, aparecería? ¿Qué iba a ganar? Dioses... sois todos igual de ingenuos que entonces...- volvió a mirarla con pesar -Sois tan ingenuos que sigue doliendo...-
-¿Dolor?- Ada se acuclilló para mirarle más fácilmente a la cara -¿De verdad quieres hablar de dolor, Gustav?-
-¿Vas a recriminarme otra vez nuestra primera vez?- ese comentario sí se mereció una sonora bofetada por parte de la mujer. Se mordió un nudillo para no arrearle un segundo golpe, que seguramente, encadenaría con muchos más aún.
-Eres un gilipollas nato-
-Eso dicen...- musitó el líder de la banda. Luego, de nuevo, un amplio silencio -Tú no eres Edward... tú no estás aquí conmigo por venganza... ¿Qué quieres tú, Ada? Me tienes literalmente a tu servicio...-
-Explícame por qué, Gus- la mujer volvió a cruzar los brazos. Lo hacía en una postura defensiva, desesperada. Se sentía extraña -Explícame por qué te marchaste. Lo hiciste sin dar más motivos que era por perseguir tus sueños ¿¡Qué sueños!? ¿Cual era ese destino tan estupendo y mágico que te apartó de nosotros, tu pueblo, tu familia? ¿Qué fue suficiente para apartarte de mí?-
-¿De verdad quieres saberlo...?- la pregunta de Gustav sonaba amenazadora.
-Más que nada en el mundo. Si vas a morir, al menos vete a la tumba concediéndome ese último placer- contestó ella con dureza.
-El mundo...- sonrió. Hilillos de sangre recorrían sus dientes y sus labios maltrechos -El mundo, Ada... eso fue suficiente para alejarme de ese maldito lugar, ese maldito pueblucho en el que nos recluían... Había todo un mundo ahí fuera que había que explorar, que había que conocer. Gente con la que sonreir, con la que maldecir... Gente con la que vivir, por la que morir. Gente con la que compartir una cama y gente a la que envíar a la tumba. Había algo más allá de las arboledas y los límites de la familia Steiner, había un destino que debiamos hacer nuestro y vosotros nunca os atrevisteis- la miró con desafío.
-¿Nos abandonaste por algo que tú mismo no cumpliste?-
-Me marché porque sabía que iba a enfrentarme solo al mismo infierno, Ada ¿De qué me sirven las alabanzas? ¿De qué me servía el ánimo y los vítores si luego, cuando llegaban los soldados, todos bajabais las cabezas? Dime... ¡Mírame a los ojos cuando te hablo, mujer!- exigió -¿Cuántas veces recibí castigos por revelarme y ninguno de vosotros actuó?- la mujer le hacía caso, le miraba con ojos cristalinos.
-¿Es razón suficiente?- se humedeció los labios la chica -¿Porque no conseguiamos tener el mismo valor que tú, nos dejaste? Te advertimos Gus. Te advertimos de lo que sucedería si te marchabas-
-Creí... creí que solo sería un recordatorio. Algo minúsculo...- masculló arrugando la barbilla el líder.
-Minúsculo comparado con tus ambiciones ¿Eso ibas a decir?- Ada tragó saliva -Nos diezmaron. Tú no lo viste. Tú te echaste a la vida, a compartir cama, como dices, mientras nosotros veiamos nuestros hogares, nuestros campos y nuestros enseres arder. Vimos cómo arrodillaban y degollaban a hombres, mujeres y niños ¡Abrieron en canal a bebés delante de nosotros!-
-Calla... No me cuentes eso...-
-¿Alguna vez has oído a un bebé llorar de esa forma...? Porque yo jamás imaginé que sus llantos podían ser tan... tan...-
-¡Cállate!- ordenó Gustav.
-No me voy a callar- recriminó ella, armándose de furia para contrarrestarle -Eres incapaz solo de oirlo y nosotros tuvimos que presenciarlo. Mataron a tantos por tu culpa que a la mañana siguiente cuando nos ordenaron marchar hasta aquí, hasta Midda, salimos del pueblo pisando un charco de sangre que nos llegaba hasta los tobillos-
-...Lo siento- sollozó. La culpa le corroía. Solo de intentar imaginarlo...
-Gustav...- la chica no podía evitar venirse abajo si veía sus ojos lagrimear -Te amé... Te amé de verdad-
-Lo sé... Y sabes que yo también te quería. De corazón- ambos se miraron largo rato. Sin querer, Ada sonrió de forma casi imperceptible -Y jamás me perdonaré por lo que sucedió, te lo prometo-
-Eso espero... Ojalá lo recuerdes, ese amargo dolor, ese pesar... hasta tus últimos días-
-Sé sincera- intervino rápido -Esos últimos días no tardarán en llegar ¿Verdad?-
-No sé decírtelo. Seguramente Edward clamará tu cabeza pero sabes que mi padre no es tan pasional como él...-
-¿Y mis compañeros?-
-Ya viste que les ofreció libertad. Antes estaba hablando con ellos. Seguramente saldrán ilesos de esto-
-Bien...- el alivio en su voz no pasó desapercibido.
-¿Merecen la pena, Gus? ¿Son buenos amigos?- preguntó con interés.
-Los mejores que podrías soñar, como una familia, sí...- contestó con melancolía y nostalgia, recordando días pasados.
-¿Debería arrebatártelos, entonces?- aquella pregunta fue un jarrón de agua fría. De pronto Gustav cayó en cuenta de su situación y del detalle tan tremendamente importante que había revelado. En otra ocasión, sería algo nimio y sin importancia, pero dadas las circunstancias...
-No les pongas una mano encima- advirtió.
-¿O qué? Se me ocurre que sería la mejor manera de hacerte ver por lo que todos pasamos. Por lo que yo pasé- le tomó de la cara barbada, llena de sangre -¿Y hay alguien especial? ¿Alguno de esos miembros de la banda te importa de una manera concreta?-
-Si quieres saber si tengo una amante entre ellas tres... la respuesta es no-
-¿No?- la pelirroja miraba con intensidad al hombre, estudiándole la torpe mirada.
-Creo que estás llevando tu venganza personal demasiado lejos... Esto no es por lo nuestro. Se trata de los zeritas, del pueblo- agitó el rostro para que lo soltara -Si tan terrible fue, no quieras poner tu corazón roto al nivel de un genocidio-
-Tú no tienes ni idea, Gustav, de lo que sangra un corazón roto. Aún me estoy ahogando en ella, en toda la sangre que supura. Solo con verte me falta el oxígeno- dijo entredientes.
-Por favor, Ada...- suplicó -Déjales en paz. Ellos son inocentes. Apenas saben nada de mi pasado- la mujer se irguió y finalmente pareció darse por vencida, alejándose de él.
-Sabiendo lo que sabes ahora Gustav...- le habló de espaldas, sin mirarle -¿Me dirías que te ha merecido la pena? ¿Con todo lo que ha costado?- lentamente se giró un tanto para verle por encima del hombro.
-Cada maldito segundo... créeme- aquellas palabras fueron peor que su abandono, años atras. La mujer dejó de mirarle y se largó del sótano, subiendo las escaleras a toda prisa y salieno por la trampilla como un trueno -Cada maldito segundo... cada maldita vida...- Gustav apretó la mandíbula con dolor y lloró en silencio largo rato, derramando profundas lágrimas, una por cada cuerpo inocente que cargaba a sus espaldas.
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-Si no van a servirnos para nada, ni vamos a usarlos de ejemplo, que se marchen- comentaba disgustado Edward, propinando una fuerte patada a un viejo cubo de madera, mientras Claus se sentaba cómodamente en un sillón de su casa. Se lo construyó él mismo, pues lo necesitaba para la espalda. Sabía que si alguna vez los soldados se lo veían, se lo destrozarían. No tenían derecho a comodidades.
-No podemos dejarlos ir con esta tormenta. Parece que tardará en amainar-
-¿Van a pasar la noche en Midda, entonces?- gruñó -¿Y encima debemos ser hospilatarios, has dicho?-
-Sí, chico, hospitalarios. Zere siempre fue tierra de nobles caballeros, de grandes y leales corazones, de guerreras y guerreros. Nosotros no abandonaremos a los perdidos, como nunca lo hicieron nuestros antepasados-
-Nuestros antepasados ya no existen, Claus. Ahora solo queda ceniza, hueso y sangre reseca absorbida por la tierra-
-Nuestros antepasados están en nosotros, chico. No lo olvides- le señaló amenazante -No insultes la memoria de los que ya no están presentes en vida, porque lo están en su partida. Ellos están aquí, conmigo, contigo. Nos escuchan- asintió.
-Y por eso daremos ejemplo con Gustav. Lo ejecutaremos ante sus ojos ¿No? Dime que sí- quiso saber con un interés retorcido.
-Lo entregaremos a Johan Steiner y él dará cuenta de él-
-¡NO!- pateó un taburete. El objeto voló contra una pared, astillándose -¡Debemos ser nosotros! Tenemos la suerte de que ha aparecido aquí, en nuestras narices ¡Los Dioses nos lo ponen en bandeja, maldita sea! A Steiner que se lo lleven los demonios- maldijo, haciendo exagerados aspavientos con las manos.
-No somos ejecutores. Su crimen lo pagará con el sufrimiento que Steiner puede aportarle. Mucho más que nosotros-
-No pongas en duda mi imaginación- sonrió Edward.
-Basta, Edward, te estás dejando llevar por las emociones- inquirió Claus con templanza.
-Me dejo llevar por lo que he soñado durane la mitad de mi vida: vengar a nuestros amigos y familiares del traidor de Welstach- mientras discutían, la pelirroja Ada entró dando un portazo. Tenía los ojos enrojecidos de llorar. Quiso pasar desapercibida, pero obviamente no lo logró. Edward la tomó del brazo cuando pasó junto a él y la obligó a mirarle -¿Ada ¿Qué te pasa?- preguntó con interés y cariño -¿Qué ha sucedido?- su padre, Claus, se inclinó hacia delante en su asiento también.
-No es nada, yo...-
-Dime- exigió Edward tomándola de ambos brazos con suavidad -Dímelo, Ada-
-Él... Gustav...- comenzó a llorar de nuevo.
-¿Qué pasa? ¿Qué te ha dicho?- recordó que la dejó a solas hablando con él desde hacía rato.
-No se arrepiente...- negó con la cabeza -No se arrepiente... de lo que hizo...- confesado aquello, cayó en brazos de Edward, que la abrazó con cariño y calidez. El rubio miró con una furia desenfrenada a Claus, frunciendo tanto el rostro que hasta le dolía. Claus se dejó caer de nuevo en el respaldo con un sonoro suspiro.
-¿Y realmente... podemos culparle?-
-¿¡Cómo puedes decir eso!?- tronó Edward -¡Claro que podemos culparle! ¡Ahora sabe lo que sucedió y no se arrepiente!-
-¿Te arrepentirías de salir de aquí, Edward...?- la mirada de Claus se perdió en un horizonte que ni él ni su hija serían capaces de alcanzar jamás.
-Nosotros...- Ada habló, haciendo que Edward se separase un tanto de ella -Nosotros, quizá... también fuimos un tanto culpables...-
-¿¡Qué!?- la ira de Edward no tenía precedentes -¿¡Cómo podeis decir tales cosas!?-
-Él me recordó... que nunca actuamos. Que no le acompañamos cuando intentaba hacer algo por nuestra libertad y...- se secó las lágrimas.
-¿¡Es eso suficiente!? ¡Debería haber tenido paciencia! ¡Esperar a que estuvieramos listos!- tomó de nuevo el taburete que anteriormente pateó y lo estrelló contra el suelo con tanta furia que lo hizo añicos. Ada lo miraba con estupefación mientras que Claus seguía en sus pensamientos -¡NO ES SUFICIENTE!- clamó -Quitáos esas ridículas ideas de la cabeza- señaló a ambos familiares -No voy a permitir que de pronto os ablandéis. No vais a perder años de rencor por una cara malherida y sollozante ¡Él no puede tener ese influjo, ese poder, sobre nosotros!- recriminó -Recordad lo que conllevó su huida. Nada, ningún acto de duda como el que nosotros tuvimos antaño, justifica un abandono que sabía que conllevaría un castigo. No me falléis vosotros tampoco- miró a Claus -No fallemos a nuestros antepasados- dicho aquello, el anciano miró al rubio y asintió con pesadumbre. Luego, Edward se calmó -Vamos a la cama, Ada. Será mejor que encontremos solaz y algo de relajación después del día de hoy-
-¿En serio...?- preguntó consternada la chica -¿De verdad quieres...?-
-Sí- la interrumpió -Sube, por favor- era extraño, obligándola sin querer obligarla. Se le veía en la cara. Pero necesitaba no pensar en Gustav a cualquier coste. Ada también necesitaba olvidarle un instante, por lo que asintió mientras se desabotonaba el primer botón de la ropa.
-De acuerdo. Con permiso, padre- no había sugerencia en su voz, ni siquiera deseo en ese instante. Era como tomar un medicamento para olvidar momentaneamente.
-Descansad y divertíos- dijo alzando levemente una mano -Pero Edward...- llamó, mirándolo fijamente. La mujer subía hacia la alcoba mientras el rubio esperó un instantes a que tuvieran intimidad para oír lo que tuviera que decir -Sé que hasta el día de hoy no habéis afianzado una relación, Ada y tú-
-Ya hemos hablado de ello. Hemos pensado que...- Claus volvió a alzar la mano, haciéndolo callar. Tenía una expresión de terrible cansancio y no quería entretenerse más de lo necesario.
-No he puesto impedimento alguno. Sois más que adultos para hacer con vuestras vidas cuanto gustéis... entonces lo miró como si toda la tormenta del exterior fuera a caer de pronto sobre Edward -Pero soy un hombre mayor y no me queda mucho en esta vida. Eso me acerca a nuestros ancestros, a sus almas, que todo lo ven y todo lo saben...- dicho aquello, por alguna extraña razón, el rubio se sintió observado por miles de millones de ojos repentinamente. La profundidad de la mirada de Claus le calaba hasta los huesos -Y espero acertar cuando pienso que no estás utilizando a mi hija como un instrumento para tener una venganza personal con Gustav, dado que se amaron antaño-
-¿Cómo puedes pensar...?- Edward casi soltó una carcajada de incredulidad.
-Procura no hacerlo- amenazó -Si besas a Ada, si yaces con Ada, que sea dándole amor y respeto. No quieras besar a la mujer que antes besaba Gustav, ni yacer con la mujer que antes yacía con Gustav- lo sentía. Claus siempre sospechó ese retazo de dolor en Edward y ahora que el fugado había regresado, no podía evitar tener esa sucia sensación de que su extraña relación con Ada no era más que una forma de sentirse mejor, superior a Gustav. Que ahora él tenía lo que él abandonó. Esa triste y baja pasión que siempre dominaba a los hombres y los hacía sentirse superiores, cuando realmente era todo lo contrario -No tengo más que decir. Ve y olvidad, ambos. Disfrutad de la plenitud que aún gozáis- Edward se vio incapaz de responder. Asintió con respeto y subió las escaleras. El arrebato de ira que había mostrado antes no parecía más que una leve ilusión que se difuminaba. Pese a que mostraba dudas, Claus era indiscutiblemente el verdadero líder entre los zeritas, y nadie era capaz de poner en tela de juicio sus palabras ni sus decisiones. Y en él, recaía el futuro de Gustav.
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