Volver a palacio fue lo más parecido a un castigo. Las luces de los jardines ya estaban encendidas cuando la diligencia se detuvo frente a las escaleras. Anneliesse y Eirik bajaron entre sonrisas y carcajadas. Se habían pasado todo el trayecto bromeando sobre el día que habían vivido, las flores de Lynastis y los bollos dulces. Aunque era desalentador volver a adentrarse entre las grandes paredes de su hogar, el constante contacto con su prometido y las charlas banales hicieron que todo pareciese menos malo. Finalmente, ambos se quedaron quietos una vez llegaron al gran recibidor. El ala donde Eirik y su familia quedaba a un lado, y la de Anneliesse, a otro, varias plantas más arriba. —Gracias, por todo lo de hoy— murmuró la chica. Los magos del Aegis ya se habían acercado para rodearles con cautela. Sin embargo, estaba tan feliz que le dio igual. —Hacía tiempo que no me divertía como hoy.
—Me alegro, Anneliesse.
—Llámame Ann —pidió ella.
—No quiero excederme con las confianzas.
—Nos casamos en cinco días, Eirik. Llamarme Ann es... lo conveniente —insistió la muchacha. El hombre la miraba con comprensión y ternura. Un brillo sincero apareció en sus ojos cuando el silencio reinó entre ambos. No sabían que decir. A la princesa le tembló el labio inferior. Quizás esperaba un beso... No, no podía ser eso. Ya había rechazado besarla cuando tuvo la oportunidad durante la obra. Con caballerosidad, se negaba a tocarla. Y ella lo agradeció enormemente. Aunque Eirik la agradaba, y parecía ser tan encantador e ideal como podría haber deseado en un futuro marido, no le amaba. Y siendo sincera con ella misma, no sabía tratar con hombres. Se puso nerviosa con la sencilla idea de darle un beso en la mejilla. ¿Estaría bien? ¿Sería lo oportuno? ¿Se molestaría? ¿Estaría siendo demasiado lanzada con él? ¿Pensaría algo malo de ella? Tanto quedó sumida en pensamientos, que no actuó.
—Buenas noches, Ann.
—Buenas noches Eirik —susurró ella viéndole marchar. Sí. Él era ideal.
Entre sonrisas y recuerdos de aquel día, la mujer ascendió por las escaleras. Los magos la seguían como si fueran su sombra. Estaba tan pletórica, que ni si quiera se daría cuenta de si era el propio Nero quien la seguía. Tan ensimismada, de hecho, que ni si quiera se percató de que los magos que custodiaban el ala no estaban. No cayó en cuenta de la ausencia de los mismos hasta que no abrió la puerta de su habitación.
Aun en la penumbra, le costó darse cuenta de que su padre la esperaba dentro. Por ello, cuando le vio, dio un pequeño respingo sobresaltada. —¿Padre? — preguntó sorprendida. El rey, sin embargo, no respondió. Alzó su vista. La luz lunar que se filtraba a través de las rejas se reflejó en sus elegantes y redondeadas gafas. —¿Qué estas haciendo aquí? ¿También vas a vigilarme mientras duermo? —replicó ella.
—¿Te lo has pasado bien, Anneliesse? —preguntó en un susurro. Aquello no fue una pregunta animada y sincera, sino una declaración de intenciones. La seriedad, la tensión en su mandíbula y sus manos nerviosas arremolinadas la una sobre la otra, le delataban. —Te has salido con la tuya ¿No es así? —. La princesa no sabía qué decir. No porque no supiese como enfrentar a su padre, sino porque no esperaba, ni muchísimo menos, un sermón a aquellas horas. Un sermón injusto. —Pensaba que te comportarías esta vez. Que estúpido he sido...—una leve sonrisa se mostró en su comisura. Aprovechó para alzarse las gafas sobre la nariz.
—¿De qué hablas?
—¿No tenías suficiente con comportarte como una maleducada ante los Gelhart? ¿Tenías que manipular a Eirik para que todo saliera como quieres? —preguntó con veneno, cuestionándola. Reginald se puso en pie. A penas era más alto que su hija, pero su pose fue intimidante.
—Te estás confundiendo — intentó defenderse. —Si te refieres a lo de hoy, yo nunca he propuesto nada. Eirik ha sido quien...
—¡¿Ahora me engañas a mi?! ¡¿Pretendes que me crea que Lord Eirik es tan descarado y maleducado como para infringir las normas de este palacio?! ¡¿Incluso cuando quedan tan pocos días para que él y tú os unáis y heredéis un poder político, económico y militar que nunca antes nadie a llegado a tener?! —gritó. —¿Intentas convencerme de que Lord Eirik es como tú, Anneliesse? No intentes caer tan bajo.
—¡¿Como puedes estar acusándome de eso?! ¡¿Como puedes tener tú la valentía y el descaro de venir a mi habitación a culparme de asuntos que crees que yo misma he provocado?!
—¡¿Y qué quieres que crea?! ¡Hasta hacía unos días te negabas a contraer matrimonio con nadie! ¡Y ahora, mírate! ¡¿Ahora sí aceptas?! ¡Qué casualidad!
—¡Quizá acepto porque Eirik me trata como nadie nunca lo ha hecho conmigo!
—¡Quizás te trata como tú quieres porque eres tú quien le provoca! Con tu palabrería, tus súplicas, tus formas de vestir... —enumeró. Anneliesse se quedó helada. Su última palabra le había dolido más que todas sus acusaciones.
—¿El vestido de la otra noche? ¿A ese te refieres? ¡¿Ese que tu mismo encargaste para mi?! ¡Yo ni si quiera tengo poder en las prendas que visto?! ¡No hay nada que pueda decidir por mi misma y aún así crees que he sido capaz de manipular al heredero de Ryudo a mi favor! ¡¿Te oyes?! —Incapaz de controlarse, Anneliesse empujó a su padre. Estaba furiosa, harta y enormemente ofendida. —¡No voy a consentir que sigas tratándome así!
—¡¿Consentir?! ¡¿Tú?!
—¡Sí, yo! ¡Estoy harta de que me trates como el punto negro de todas tus debilidades! ¡Que me uses de diana para tus miedos e inseguridades! —le reprochó con odio en la mirada. —¡¿Crees que no lo se?! ¡A ti lo que te pasa es que estas furioso porque sólo ha hecho falta que alguien de fuera entre aquí para que tire por tierra tus ideas! ¡¿Y sabes por qué?! ¡Porque hasta Eirik comprende que estás torturándome! ¡Estas furioso porque no puedes controlar a Eirik, y si no puedes controlarle a él no podrás controlarme a mi! —le señaló, clavando su dedo en el pecho de su padre. Éste, para no caer, se había apoyado en el escritorio. —¡No puedes ir a gritarle a él! ¡No puedes ir a sus aposentos a decirle que se está excediendo conmigo porque te da miedo! ¡Eres un cobarde! ¡Siempre lo has sido y por eso me tratas así! ¡Desfogas tus miedos conmigo! ¡Y no puedo más!
—¡Deja de gritarme así!
—¡No! ¡Porque ¿Sabes qué?! ¡No voy a callarme! ¡El otro día decidí que estaba harta de tus manipulaciones y las de Nero! ¡No voy a seguir ocultándome bajo tu sombra! ¡No puedes controlarme más! —tomó aire. —¡Tus mentiras, tus insistencias... todo va a quedar para siempre en el olvido! ¡No vas a volver a manipularme! ¡No vas a volver a mantenerme otros veintiséis años bajo tus horribles ideas! —volvió a señalarle, ésta vez sin tocarle.
—No me estás tratando con respeto, Anneliesse. ¿Qué clase de...?
—Tú nunca me has tratado a mi como a una hija —escupió la princesa. Su padre, dejó a un lado la rabia para verse envuelto en una mezcla entre sorpresa y horror. Extendió su brazo, amenazando con abofetearla. Ella se encogió. Sin embargo, el golpe nunca llegó. Reginald tembló. Temblaba de forma descontrolada. Estaba siendo presa de tantas emociones incontroladas, que acabó marchándose dando un portazo.
Anneliesse se quedó sola, respirando con nerviosismo. A pesar de todo, le dolía hablarle así. Pero no quería. No estaba dispuesta a ser manipulada ni un solo día más. Había cambiado y ya nadie la iba a parar.
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Los días pasaban y la fecha se acercaba.
Los preparativos estaban más que asentados, todos en marcha a punto de terminar. El lugar elegido para la ceremonia, como no podía ser de otra forma, era el Palacio de Cristal, aquel complejo del que sólo la familia real podía disfrutar. Quedaba lo más cerca posible, y era el lugar más seguro. Una boda dentro de casa.
Por otra parte, la lista de invitados era bien escueta. Sólo la familia real de ambos contrayentes, el Aegis, los miembros del Consejo y el capitán de la guardia estaban invitados. Por parte de los Gelhart, no habían decidido proponer a nadie más. La idea de una boda íntima parecía cumplirse con esta premisa.
Las flores poco a poco parecían inundarlo todo aún más. Los sirvientes y el personal de palacio trabajaba a destajo para que todo estuviese preparado cuanto antes. Jamás, nadie, se había enfrentado a una boda contrarreloj. Era, en parte, una locura. Sólo alguien con el suficiente dinero y poder podría conseguirlo, cosa que a nadie le extrañó. Nadie se quejó, y por ello, a veces Anneliesse sintió lástima. Veía día a día como los empleados se afanaban en que todo estuviese perfecto cuanto antes, sin posibilidad de quejarse. Era cruel. No era justo para ellos. No lo era para nadie.
Aquel día, la princesa se probó su vestido de boda. Una pieza impresionante, de un color crema envuelto en finísimas capas de tul que aportaban pequeños motivos rosados y morados en distintas partes de su cuerpo. Las flores cubrían sus hombros, su cintura y toda la cola del vestido, cuan larga era. Excesivo y maravilloso. Le quedaba como un guante, y quizá por ello las costureras suspiraron de puro alivio. Anneliesse, sin embargo, no se encontraba así misma en el espejo. Estaba viendo a una mujer que no era ella. Una mujer que iba a vender su vida a un hombre, a un reino y a una causa. Eirik era encantador, esperanzador para su futuro, pero... seguía siendo un futuro que no anhelaba. En su interior crecía una chica libre, con ansias de conocer el mundo, de volver a sujetar un arco y ser de utilidad. Nada que ver con la Anneliesse del espejo. ¿A quien de las dos veían cuando la miraban? ¿A la verdadera? ¿O la que intentaba aparentar? Si Eirik supiera cuanto deseaba ser libre del todo... ¿La seguiría viendo como una mujer fuerte? ¿Seguiría congeniando de la misma forma? Era desesperanzador sólo de pensarlo.
La fortuna de que el vestido le quedase bien la sonrió regalándole algo de tiempo libre. Los últimos tres días habían sido un no parar de responsabilidades sobre la boda. Firmas, pruebas, opiniones... Ocupaciones demasiado estúpidas.
Caminó, seguida por los magos, hacia el lugar central de aquel ala. Para su sorpresa, Eirik estaba allí. Sentando en un sofá de terciopelo, y con la katana desenvainada sobre sus rodillas, parecía sumido en pensamientos. De forma alegre, la chica se dirigió hasta él. —¿También te queda bien el traje?—preguntó divertida. Eirik alzó la vista. Estaba serio, pero rápidamente, su expresión cambio a una más dulce y común en él.
—Eso dicen las costureras. ¿Tú igual? —Anneliesse asintió, tomando asiento junto a él. —Sí que van las cosas rápido. Nos hemos despertado con nuestros atuendos listos, esta tarde ensayaremos el baile... y en dos días, todo este jaleo habrá acabado. Podremos descansar.
—Eso parece... —suspiró. —¿Qué hacías?
—Oh, esto —señaló a su katana. —A veces la admiro con tranquilidad. Le dedico el tiempo que merece. Hago promesas de futuro para Ryudo con ella —explicó. La katana, su arma real, era preciosa a la par que inquietante. Los dragones que decoraban la empuñadura estaban acompañados de piedras de obsidiana incrustadas. La hoja lucía brillante, con grabados en un idioma que la chica no entendía. Y lo las llamativo de todo, es que no estaba pulida. Parecía serrada.
—¿Qué pone ahí?
—Devoraalmas —. Anneliesse miró impresionada al hombre. —Un lema sellado para quienes tengan la osadía de oponerse a mi poder y linaje —explicó. Era, cuanto menos, violento e impactante. Un lema demasiado oscuro para tiempos de paz. —¿Te asusta?
—No, no —se adelantó a decir. —Sólo pensaba y recordaba. No hace mucho, conocí a alguien con una katana.
— ¿Alguien de Ryudo?
—No lo sé —afirmó.
—Pensaba que no salías de palacio, que no conocías a nadie fuera de este lugar.
—Es una larga historia. Muy larga —insistió.
—Vamos, estoy esperando oirla —la animó. Anneliesse podría haberle revelado la verdad. Haber explicado que fue secuestrada por una banda de saqueadores, en parte solidarios. Que lo que empezó siendo un terrible acontecimiento se convirtió en una experiencia de lo más liberadora. Que se vio envuelta en peligros, que aprendió a usar un arco... Pero ¿Y si eso hacía que la viese de otro modo? ¿Y si dejaba de ser encantador con ella al creer que no era más que una mujer con desvaríos impropios de una princesa? Decidió callar.
—Otro momento, otro día. Quizás después de la boda —prometió.
—¿Buscas que te diga que estoy deseando casarme contigo? —preguntó bromista, ganándose un codazo de la joven. —Puedo decirlo, si es lo que deseas.
—¡Anda, cállate! —río, devolviendo la vista a la katana —Yo ni si quiera se como es el arma real que me pertenece. El arma real que una vez fue de mi madre —murmuró. —Sé que es una daga, pero no se más — ¿Cómo saberlo si su padre siempre se había negado a que se acercara a ella?
—No se por qué el rey te priva de un legado tan personal.
—Porque es peligrosa.
—Este arma también es peligrosa —señaló Eirik a su katana.
—No de ese modo —señaló. —¿Es que no lo sabes? —preguntó confundida. Eirik entornó los ojos.
—¿Saber qué? —Anneliesse no sabía si hablar. El poder de su arma real iba más allá que el de cualquier arma mágica de cualquier heredero o rey. El arma real de los Casters tenía un propósito más. Uno demasiado peligroso para un portador del Ente. El arma real de los Casters era una llave, y el de los Gelhart, una cerradura. No estaba segura de si Eirik lo sabría. Ni si quiera estaba segura de que la katana que el portaba fuese ese arma que ella pensaba. O si aún Sion la conservaba, y la que Eirik, Kyran y Caleb Gelhart portaban eran réplicas creadas para uso común, como solía ocurrir con aquellos herederos que no eran primogénitos, o con los primogénitos que aún no habían heredado la corona y el arma auténtica de sus padres. Era una información demasiado sensible.
—Nada, da igual —le evitó. —Sea como fuere, no, no se como es mi arma.
—¿Y si la pides como regalo de bodas al rey?
—Eirik, ya te he dicho que es peligrosa.
—Peligrosa en manos inadecuadas ¿No crees? Eres una mujer inteligente, Anneliesse. ¿Qué daño iba a hacer una daga que sabes manejar? Si sabes que es peligrosa, no la uses. Pero deberías tenerla. Era de tu madre y sólo tú tienes el derecho a custodiarla —La princesa se quedó pensativa porque no le faltaba. en parte, razón. Guardó unos segundos en silencio.
—¿Sabes? Cuando mi madre murió, mi padre se encargó de eliminar cualquier recuerdo de ella. Sus retratos desaparecieron, tiró sus ropas y sus pertenencias, quemó sus cartas y derramó sus perfumes por los desagües del baño. —explicó. —Estaba roto de dolor. Y en parte creo que parte de ese dolor es el que ahora se refleja en él. Hay un miedo constante que le rodea y que es incapaz de dejar atrás —tragó saliva. —Pero lo que quiero decir es que no tengo nada de mi madre. Ningún recuerdo o algo que me haga saber como era ella. Si me parecía. Si era... no sé... real.
—Siento oír eso, Anneliesse —murmuró Eirik. Extendió su mano hasta acariciar la mejilla de la princesa. Su mano era gruesa y firme, pero fría. —Nadie debería verse desprovisto de los recuerdos de un ser querido.
—Sí, lo sé... —alegó ella, dejándose acariciar por el hombre. Era embriagador el olor de su perfume, la suavidad de su tacto y la cercanía que ejercía entre ambos. Eirik tenía razón. Lo sabía. Claro que lo sabía.
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