Una semana después.


Se sucedieron los días uno tras otro en aquel agobiante palacio donde la princesa no encontraba solaz ni tan siquiera ya en su habitación. Apenas podía entretenerse leyendo un libro o tratando de hacer algún esbozo en una hoja de papel debido a que los guardias estaban siempre detrás de la puerta y, a menudo, hablaban de sus cosas de tal manera que era imposible que la princesa pudiera obviar la conversación y centrarse en lo suyo. Además, desde hacía un par de días, los soldados habían sido sustituidos por hechiceros de la nueva Legión de Nero. Hasta donde Anneliesse había podido apreciar, ahora eran muchos más que antes, todos jóvenes adeptos sensibles a la magia con los que Nero había forjado un vínculo mágico para compartir su poder. En esencia, aquello era algo demasiado extraño que jamás se había oído que se podía hacer. Nero lo atribuyó a un logro en sus constantes estudios sobre la magia y que era algo beneficioso a la hora de formar un escudo en torno a la princesa. Ella estuvo presente cuando durante una de las cenas le contó al rey lo que suponía realizar una conexión mágica de esa manera con los hechiceros de la Legión, pues el siempre leal y faldero Nero no parecía querer actuar jamás a la sombra de Reginald. Le explicó al monarca que aquello no solo le permitiría prestar parte de su gran poder a esos jóvenes hechiceros, sino que en cierta medida conectaba sus mentes; Nero podía leer sus pensamientos, recibir sus voces en la mente como si fueran sus propias ideas. Saber al instante lo que esos jóvenes veían o hacían, a cambio de que ellos pudieran sustraer y aprender a usar automáticamente las habilidades que él poseía. Era, a ojos de la princesa, un atentado gigantesco contra el derecho a la autonomía de aquellas personas. A Reginald, por supuesto, le pareció bien siempre y cuando ellos no pudieran saber lo que Nero pensaba a cambio. El Aegis se burló de forma disimulada del rey por sugerir aquello, ya que era imposible que ellos accedieran a su mente debido a que él era el maestro y hacedor de aquel hechizo de comunión. Solamente los convertía a todos en una en un enjambre, una colmena que servían a una abeja reina, que era el Aegis. De esa forma no haría falta dar la voz de alarma y todos sabrían al instante dónde podía aparecer un intruso o hacia dónde se dirigía Anneliesse con solo verla. En definitiva, tras una semana, Anneliesse estaba más vigilada y controlada de lo que jamás llegó a imaginar.

-¿Y qué te dijo?- se oía desde el otro lado de la puerta mientras la chica trataba de leer para distraerse. Suspiró de forma pesada. Otra vez la iban a molestar.

-Me dijo que no sabía. Precisamente por culpa de este hechizo de comunión- contestó el otro hechicero -Daphne dice que le incomoda pensar que podamos avanzar en nuestra relación, que intimemos y que Lord Nero pueda... ya sabes. Vernos- contaba

-Interesante planteamiento, Zack- se burló el compañero -¿Crees que si tú y Daphne os acostais, Lord Nero sentirá lo que sentís? No nos ha explicado los límites de esta comunión-

-¿Verdad? Es inquietante. Además, siempre da largas cuando queremos indagar en el asunto-

-Pero ¿Sabes qué? A mí me vale. Jamás pensé que podría tener este poder. El Aegis es increible. Es como una fuente inagotable. Los entrenamientos son una pasada-

-Sí, pero... Yo quiero avanzar con Daphne. No quiero perder nuestra relación por culpa de...-

-¡Venga ya! Anímate, hombre. Además ¿Crees que Lord Nero no tiene sus propias complacencias? Es el Aegis. Apuesto a que cualquier mujer de Lynastis o de todo el reino puede servirle. A propósito de eso, se ha rumoreado que quizá, la princesa...- la puerta se abrió a espaldas de ambos hechiceros, que se giraron ipso facto y se colocaron rectos como soldados.

-Que la princesa ¿Qué?- quiso saber ella, cruzada de brazos y visiblemente enfadada.

-¿Alteza?- preguntó el hechicero, fingiendo no saber a qué se refería.

-Estabais hablando de mí ¿Os creéis que soy sorda o algo similar, par de idiotas?- Anneliesse estaba demasiado molesta. Estaba harta y no podía fingir ni por un día más que era una princesa paciente y sumisa. De hecho, los días que pasó con la banda le vinieron muy bien para aprender a soltar lo que llevaba dentro. Más de lo que pensó hacía ya una semana -¿Creéis que vais a durar mucho diciendo estupideces sobre mi persona, o algo similar? Se os escucha desde dentro- los hechiceros se miraron y Ann juraría que rompieron a sudar de inmediato, totalmente asustados. Se les veía el temor en los ojos mientras trataban de mirarla a la cara con suma vergüenza. Eran más jóvenes que ella y visiblemente estúpidos. No tenían ni la menor idea de hasta qué punto podían llegar a escucharles... Novatos en el más puro sentido de la palabra -Ni siquiera os habéis parado a pensar que Nero estará oyendo lo que estáis diciendo, palurdos. Seguramente en cuestión de minutos estará aquí y os pasará uno por uno al patíbulo por sugerir la menor injerencia hacia mi persona o hacia él- solo con decir aquello, se arrodillaron ante ella.

-¡Lo lamentamos profundamente, alteza!- sí, imbéciles. No se habían parado a pensar en ello y eso que estaban hablando del tema precisamente. Niñatos llenos de hormonas y sueños estúpidos que Anneliesse ya sabía que de poco servían en Lynastis, pues todo está siempre en manos de su cambiante padre.

-¡Por favor, perdonadnos!- suplicó el otro a la vez que un pequeño fogonazo de luz apareció tras ellos en el pasillo. Annelisse miró tras ellos aburrida. Los hechiceros giraron la cabeza terriblemente asustados, pues era Nero -¡Piedad, señor! ¡Por favor!-

-Cerrad la boca. Tendré tiempo para hablar con vosotros dentro de un rato- dijo visiblemente asqueado. Definitivamente, sabía de qué hablaban -Y tú, Zack, no te preocupes tanto por tu intimidad con Daphne. Preocupate más por su intimidad con tu amigo, aquí presente- le señaló con la barbilla -Ah, claro...- asintió Nero con una sonrisa cruel -Quizá debería remendar la comunión para que entre vosotros podáis verlo y oirlo todo y no solo lo concerniente a Annelisse. Así, Zack sabría que tú y Daphne ya habéis probado hasta qué punto me inmiscuyo en vuestra intimidad- los dos jovenes se miraban. Zack miraba a Duke, su compañero, con enorme rabia -Sí, Zack. Se lo pasaron muy bien anoche, pero solamente yo puedo saber esas cosas. Y tú, Duke, si sobrevives hasta que vuelvas a ver a tu amante, la novia de tu amigo, te recomendaría intentar controlar tus impulsos un poco. Le haces daño tocándola de esa manera en la entrepierna y no le gusta que le muerdas los pechos con los dientes. Ah, y eso de tirarle del pelo la vuelve loca, pero intenta hacérselo con más firmeza y dureza. Eres muy blando- Duke se puso blanco al oír aquello -Ahora idos. Ya nos veremos más tarde. O quizá solo vea a Zack, no lo sé- ambos obedecieron y se marcharon a paso ligero. Annelisse estaba negando con la cabeza y de brazos cruzados mientras miraba al Aegis.

-Eso ha sido repugnante- condenó la chica -Es intrusivo hasta decir basta ¿Habéis cogido afición a vigilar y controlar a todo el mundo? Mi padre te está contagiando la paranoia- escupió malhumorada.

-Dadas las circunstancias, Ann, es un sacrificio necesario-

-¿Es necesario sacar a relucir las miserias de esos chicos delante mía? Soy su princesa. Se supone que deben protegerme y tú los humillas. No tienen bastante con verse sometidos a tu "comunión" y a estar todo el día pegados a mi puerta ¿Que ahora los haces enemigos?-

-¿Yo? Ellos eligieron formar parte de la comunión a cambio de poder mágico y de tener el orgullo de servirte- asintió Nero -Sacar a relucir sus miserias, como dices, no es más que el castigo por rumorear e imaginar que entre tú y yo hay algo- Anneliesse compuso un gesto repugnado que no pasó por alto a Nero, que bufó -Son jóvenes y están revolucionados. Son un grupo más grande que de costumbre y además, mixto. Desde que los uní a mí en comunión me paso el día apartando pensamientos lascivos de mi mente. No míos, claro, sino suyos. Constantemente tienen ganas de...-

-¿Querías algo o solo has venido a sacar trapos sucios?- interrumpió Ann de forma impaciente.

-Ah- Nero se llevó una mano a la boca -Es descortés por mi parte, pero sí, se me había olvidado que venía a decirte algo- se encogió de hombros -Hace varios días que no hablamos tú y yo y supongo que se me suelta la lengua-

-Qué quieres- insistió la princesa.

-Vístete- indicó Nero -Los Gelhart han llegado- ahora fue Ann la que se puso blanca.


El despliegue de medios para recibir a los Gelhart era el mayor en toda la historia de Lynastis, y no sin razón. Como bien Reginald había recalcado varias veces, una reunión entre los monarcas de ambos reinos era realmente histórico, pues ni para una guerra o para pactar la paz se habían reunido en persona con anterioridad. Las calles de Lynastis vibraban con el gentío que veía pasar la gigantesca comitiva que venía desde Ryudo, admirando los elegantes trajes de guerra de los soldados, conformados por placas de armadura en brazos, piernas y torso por encima de un hakama que les permitía moverse con cierta libertad pese a la protección. Sus semblantes serios y su gigantesca disciplina impidió que se distrajeran ni un solo instante para mirar a los ciudadanos.

Los soldados de Ryudo, comunmente llamados Satsu, llegaron mucho antes que el rey Sion y su familia de tan alto que era el número que traían con ellos. Prácticamente era una pequeña porción del ejército y Reginald y Nero, que esperaban en las puertas de palacio, no tenían ni idea de dónde los iban a meter. Eso, de todos modos, quedaba en un plano secundario cuando un carruaje un tanto extraño en su diseño, más parecido a un palanquín, se abrió paso entre el mini ejército de Satsu. Del mismo emergió la joven figura del menor de la familia, Caleb Gelhart, que apenas estaría empezando los 20 años. Era atractivo y se apreciaba su físico fornido bajo la elegante ropa que lucía, que no era más que unos pantalones conjuntados con un chaleco grises y una camisa blanca debajo, con una corbata negra. Les dedicó una amable sonrisa a Reginald y Nero, que le devolvieron el saludo con un gesto de la cabeza. Sin embargo, todo cambió con la siguiente figura en bajar.

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El aura que despertaba Sion Gelhart al bajar lentamente del transporte hizo callar incluso al gentío que estaba más cerca y podía apreciarles. El hombre era anciano, pero su porte, su lenguaje corporal y, además, su estatura, le proporcionaban una percha capaz de silenciar a los mismísimos dioses, pues hasta Reginald tragó saliva al verle. Debía medir cerca de 2 metros de estatura y a pesar de su edad era vigoroso y fuerte. Al igual que su hijo pequeño lucía pantalones y chaleco grises con una camisa gris en lugar de blanca junto a una corbata negra. Además, por encima de los hombros, llevaba una gabardina negra sobre los hombros a modo de capa que ondeaba de forma pesada a cada movimiento que hacía. Las manos del rey de Ryudo quedaban guardadas en los bolsillos del pantalón, denostando una enorme indiferencia por todos aquellos que le rodeaban, incluyendo el rey de Lynastis. Sus cabellos, otrora rubios y ahora canos, estaban perfectamente repeinados hacia atrás. Su barba apenas creciente le dejaba una sombra plateada de edad en la cara acompañando sus ligeras arrugas, no demasiado pronunciadas para su edad. Y, finalmente, sus ojos: claros como un cielo despejado o como el destello de la hoja de una espada. Automáticamente se clavaron en el Aegis y el rey en cuanto se hubo apeado totalmente del carruaje y no hizo señal alguna, pues aún faltaba el último.

En ese momento Anneliesse acudía, por fin, vestida con un nuevo traje para la ocasión. Se trataba de uno bastante pesado debido a las capas que lucía, todo de color lavanda y decorado con flores bordadas por todo el frontal, desde el tronco encorsetado hasta la parte más baja de la falda, con capas de tul por encima. Cuando llegó, la chica esperaba que su padre ya estaría lamiendo las botas del tan mencionado Sion, ya que no dejó de mencionarle durante toda la semana -¿Qué sucede?- preguntó perezosa al llegar junto a su padre y Nero, viéndolos a los dos petrificados ante la nada. Cuando bajó la mirada escaleras abajo, ella también lo pudo percibir. Aquel aire extraño, denso, que parecía manar de ellos como si fueran monstruos, como si fueran... algo más que humanos. Aquel ejército de Satsu donde predominaba el color negro, el ominoso carruaje, el aspecto para nada amistoso de Sion, el anciano, y del último de los hijos que bajaba del transporte: una vez más, iba igual vestido que su hermano y su padre, pero la camisa era negra y la corbata roja carmesí, como si estuviese empapada de sangre. Era mayor que ella, más o menos podía compararlo con la edad que tendría Iona o Kassad. Lucía una barba como la de su padre, fina y bien recortada, pero al no ser canosa le salpicaba la cara con una oscuridad que le agraciaba demasiado. Su pelo oscuro también estaba peinado hacia atrás, más largo que el de su padre y más tupido, casi comenzando a ser una pequeña melena creciente. Por último, sus ojos. Eran exactos a los de Sion Gelhart, su padre. Fríos, claros, afilados. Desde la distancia podía sentir cómo eran espadas que les atravesaba de un lado a otro. Desde la última vez que vio a Ren no había imaginado unos ojos así. De hecho, era muy similar, al menos solo en la forma de observar. El mercenario parecía cortarte con pasarte un vistazo por encima y esa familia causaba la misma sensación. La única palabra que todos los presentes tenían en mente cuando se mostraron en su totalidad, exceptuando al joven Caleb, es que eran terroríficos. Esa era la mejor palabra que los podía describir: eran la personificación del poder, exhudaban visceralidad, autoridad y despertaban el instinto primario del ser humano... un miedo auténtico e incontrolable.

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