Como un depredador que persigue a su presa, Ren avanzaba de forma incansable entre la nocturna espesura de arbustos y árboles. La criatura a la que perseguía no tenía forma definida, solo era una sombra negra sin rasgo alguno, a excepción de un par de ojos y una boca que no eran más que huecos por los que se filtraba algún tipo de luz hacia el exterior, alguna luz que por alguna razón llevaba dentro. La oía gritar, quejarse. La criatura parecía estar enfadada por el hecho de ser perseguida y, a fin de cuentas, no era para menos. Ren no se dejaba amedrentar por su extraño y siniestro aspecto y menos aún por sus constantes gañidos y terminó alcanzándola, acorralándola contra un árbol. La silueta le miraba sin expresión alguna, pero alzaba los brazos en un intento inútil de protegerse del mercenario, que avanzaba hacia ella impetérrito, sin que nada lo perturbarse. Lanzó su mano como si fuese la zarpa de una bestia hasta alcanzar la garganta de la criatura, a la que alzó haciendo un alarde de fuerza descomunal -Ya te tengo- gruñó -No vas a volver a escapar de mí- la mano de Ren se cerró como un cepo en torno al cuello de la criatura, que se sentía frágil y delicado. Cada vez apretaba más y más y, podría jurar el mercenario, que cuanta más agonía y asfixia sentía aquel ser, más humano parecía. Ren entornó la mirada para darse cuenta de que en todo momento había estado persiguiendo a una persona. De pronto había dejado de ver a ese extraño ser sombrío. A quien tenía atrapada en su agarre no era otra que esa mujer, la princesa, que le miraba con ojos llorosos. Entonces, como la otra vez, la mano le ardió. Le quemó de tal forma que sintió que el dolor alcanzaba el hombro, viéndose obligado a soltarla. Lo extraño fue que al deshacerse de ella la chica volvió a desaparecer. Ahora, de nuevo, era una extraña entidad oscura que poco a poco se hacía más y más grande, que amenaza con ahora agarrarle él. Fue entonces cuando Ren despertó.

Eran altas horas de la madrugada cuando el mercenario levantó la cabeza con tanta velocidad que sintió mareos al instante de percatarse que todo había sido un sueño. Sin embargo, la mano le dolía de verdad. Se la examinó con cuidado y para su fortuna no encontró ningún tipo de herida o quemadura pero... la sensación era tan real, tan vívida... Miró a su alrededor para comprobar que todo seguía en orden y, efectivamente, así era. Gustav, Iona, Aiko... todo el grupo parecía dormir plácidamente sobre sus lonas, pero le faltaba Kassad. Ren se puso en pie con ánimo de estirar un poco las piernas y despejar un poco su cabeza de ese extraño sueño que todavía le enviaba pequeñas sensaciones de ardor al brazo. Cuando se puso en pie sí logró ver entonces a Kassad, que estaba sentado lejos de aquella arena de entrenamiento, en las escaleras de acceso a los jardines de palacio. Se dirigió hacia él, viéndolo encogido, jugando con los dedos de forma visiblemente nerviosa. La claridad de las noches de Ravahta hacía que ambos pudieran estar junto al otro sin necesidad de luces, pues la luna era grande y brillante como una moneda de la plata más pura -¿Mala noche?-

-¡Dioses, Ren!- se exaltó Kassad, que dio un enorme respingo al oír la voz de su compañero -Menudo susto-

-¿Temes que alguien te asalte?- le miraba desde arriba, cuan alto era.

-¿P-por qué lo dices?- comentó avergonzado.

-Somos compañeros desde hace mucho, Kas- Ren se sentó a su lado en las escaleras -Sabemos de sobra cómo es esa sensación de no poder dormir porque sentimos que algo nos persigue- Ren estiró una de sus piernas mientras doblaba la rodilla de la otra para poder apoyarse en ella.

-¿Te pasa lo mismo?- le miró Kassad.

-No-

-Vaya...- suspiró -Pensé que quizá podriamos desahogarnos mutuamente- rio sintiéndose estúpido. Se rascó la nuca -¿Por qué no estás durmiendo, entonces?-

-Un mal sueño- confesó Ren.

-¿El temido Ren sufre de pesadillas? El poderoso Espadachín del Oeste, El Demonio de Otoño, El Destripador de...- comenzó a enumerar Kassad.

-Vale ya- bufó Ren -Por muchos motes que la sociedad te eche encima, eso no quita el factor de que soy humano-

-Tienes razón, lo siento. Es solo que te has granjeado una fama como mercenario que resulta difícil pensar que algo así pueda quitarte el sueño. Siempre te he admirado por ello ¿sabes?-

-¿Tú a mí?- arqueó las cejas Ren.

-¡Claro! ¿Cómo no hacerlo? Tienes todo cuanto hace falta para convertirse en una leyenda, Ren. Y yo, sin embargo, aquí estoy, temiendo a ser asesinado por una flecha porque una princesa adolescente se ha encaprichado conmigo. Si se enteran e indagan en mi pasado, si descubren quienes eran mis padres, estaré criando malvas antes de que Gustav se coma un trozo de cecina. Y Gustav siempre está comiendo cecina, Ren. Siempre- hizo mucho hincapié en ello. Ambos sabían que era verdad.

-Uno se vuelve leyenda cuando muere, Kas- sonrió Ren -Así que me falta lo más importante, porque no pienso morir. Y a ti tampoco te pasará nada- le puso la mano en el hombro -Ya verás-

-¿Cómo lo sabes?- bufó -Dioses... No debimos aceptar este trabajo-

-En eso estoy de acuerdo contigo- gruñó.

-Esto va más allá de tu odio exacerbado por la corona- suspiró.

-Lo sé. Sé que además soy el último que puede darte consejos en este tema-

-Ya- sonrió Kassad con tristeza -Tú lo arreglarías colándote en su habitación esta noche y cortándole el gaznate a la princesa ¿No es así?- Ren le miraba lleno de intenciones. Con un brillo que delataba que Kassad tenía razón -Esa no es la solución. Si pudiera hablarlo con ella... ¡Pero no puedo! Me matarán veinte veces antes de siquiera acercarme a ella sin permiso previo- Ren se miraba la mano mientras escuchaba las miserias de Kassad.

-¿Y si le pides ayuda a la Carsters?- sugirió, sin dejar de mirarse la mano. Aún sentía el ardor y el tacto de la piel del cuello de la chica. Su fragilidad.

-¿A la princesa Anneliesse?- se sorprendió Kassad -No deja de ser otra princesa, Ren. Sus soldaditos me lo impedirán-

-Estamos oficialmente a su servicio. Hasta que regrese a Lynastis, somos tan guardianes como ellos. Siempre puedes buscar un momento para intentar hablar con ella. Y si no, quizá Iona pueda ayudarte. Es más descarada y sabrá buscarte el camino o... algo así-

-¿Tú...crees?- preguntó Kassad, sopesando que podía tener una posibilidad.

-Y si no, aquí estaremos para protegerte. Llegamos juntos, nos vamos juntos- sonrió Ren.

-Eres un buen tío- Kassad se le echó encima, intentando abrazarlo -Siempre lo has sido y siempre lo serás. Te quiero, hermano de armas-

-Bueno, vale, basta- se carcajeó Ren un tanto incómodo -Venga, va, se acabó- se lo intentaba quitar de encima pero no había forma. Supuso que, si quería terminar de ayudarle, se tendría que conformar con que ahora se desahogara y refugiara en el agradecimiento y afecto de la propia banda.

-

Era temprano pero el sol ya brillaba con fuerza en el horizonte, bañando las tierras ravahtas con la prístina luz de una mañana hermosa, prometiendo también otro día caluroso en aquellas tierras de dunas y desiertos. Anneliesse apenas se había terminado de despertar cuando llamaron a la puerta con insistencia pero con cierto decoro -¿Princesa Anneliesse? ¿Estáis despierta?- la chica se extrañó de que viniese una doncella tan temprano.

-Sí, puedes pasar- la puerta se abrió con sumo cuidado y la doncella entró sin abrir demasiado, lo justo para poder entrar y luego cerrar a sus espaldas -¿Sucede algo?-

-Hardum Svartal, nuestro invitado de Arunna, la aguarda en los jardines, mi señora-

-¿Tan... temprano?- la mirada de Anneliesse se perdió en la pared. Qué pereza.

-Sí, mi señora. Está engalanado y me ha pedido personalmente que os avise- la doncella parecía nerviosa. No era de extrañar, pues estaba haciéndole de servicio a Hardum. Seguramente sería terriblemente castigada si Namur o Reev se enteraban.

-Gracias. Iré enseguida- la doncella se inclinó educadamente y se marchó a toda prisa. Anneliesse suspiró pesadamente y recordó, precisamente sentada en la cama, las palabras que cruzó con Nero antes de dormir. Decidió poner de su parte para hacerse la vida más fácil tomando parte activa en lo que la rodeaba, de modo que se puso en pie y buscó el sari que los Rajash le regalaron, pues esa era la prenda que debía lucir para verse con Hardum.

El rubio arunnes la esperaba con las manos cruzadas al frente, observando los exquisitos jardines a los que en ese momento se les refrescaba con un sistema de rociado para evitar daños debido al sol. La luminosidad del día junto con los rociadores de agua creaban pequeños arcoiris que danzaban de aquí para allá según el agua se movía. Todo un espectáculo de color y frescor para acompañar la elegante presencia anunciada por los graciosos tintineos del sari de Anneliesse, que casi hicieron atragantar de asombro a Hardum al verla. Se sintió un poco decepcionado, eso sí, de no poder vislumbrar mejor su cuerpo, ya que la chica había cubierto la parte baja del tronco con un nuevo pañuelo que tapaba su vientre, espalda y caderas, algo que interesaba bastante al norteño -Princesa Anneliesse- inclinó la cabeza -Llevo tantos años oyendo rumores sobre vuestra belleza. Cuando os pude presenciar ayer pude descubrir que son ciertos todos ellos, pero viendoos ahora... ¡Ah! Cuán cortas se quedan las historias. Además, he de sentirme afortunado por veros luciendo un traje de ese tipo, que bastante os favorece. Lástima que sea algo típico de Ravahta y no de Lynastis-

-Tierras frías del norte, corazón caliente- se mofó ella -Sois muy amable y adulador-

-Tuteadme. Sois la princesa. Solo vos podéis hacerlo- empezaron a caminar juntos.

-¿Sabes? Tú también, entonces. Tuteame. Estoy harta de formalidades-

-Perfecto. Se hara como me ordenes- no era una orden, era una sugerencia. Y fue un tanto sorprendente cómo aceptó sin más cuando no se conocían de nada. Por mucho que ella lo pidiera, la buena educación y conciencia de clase le llevaría mucha insistencia de la princesa para lograrlo. Hardum no parecía querer ocultar su predisposición a ponerse al nivel de la casa real.

-¿De qué querías hablar conmigo?-

-Ah, de nada en particular. Tan solo consideré que era una buena ocasión para estrechar lazos. A fin de cuentas, no nos vemos desde que eramos unos críos tan pequeños que prácticamente ni te recordaba-

-Yo tampoco, a decir verdad- la chica miraba distraida las bellas flores y diversas plantas. De vez en cuando le salpicaba alguna partícula de humedad que se hacía sentir muy agradable.

-No es de extrañar. Debe ser difícil llevar una vida así ¿no es así?-

-¿Perdón?- Anneliesse se paró en el acto.

-Tu vida. Encerrada, enclaustrada- explicó Hardum sin vergüenza alguna.

-¿Crees que puedes opinar sobre cómo llevo mi vida?- la princesa lo miró de forma desafiante.

-No creo que haya nada de malo, Ann- se echó a reir el norteño.

-Anneliesse- cercó ella.

-¿Eh?-

-Me llamarás Anneliesse. No Ann- lo que le faltaba era que encima no le tuviera el más mínimo respeto.

-Ah, perdón. Lo siento- inclinó ligeramente la cabeza Hardum -No pretendía molestar. Es que a veces me dejo llevar y me relajo a la hora de hablar- la diferencia entre Namur y Hardum eran palpables a la vez que se parecían más de lo que creían. Namur era educado al menos, aunque igualmente irritante e insoportable. Hardum no parecía tener tanto el afán por seducirla que tenía Namur, pero sí poseía una arrogancia que intentaba tapar con falsa inocencia o con simples descuidos. Desde un análisis detenido, Anneliesse no sabría señalar cual de los dos era peor a sus ojos -¿Podemos continuar?- la princesa continuó caminando junto al hombre, cada vez más a su pesar.

-¿Qué te trae realmente aquí, Hardum?-

-Ja. ¿Realmente? ¿Crees que tengo intenciones ocultas?-

-No soy estúpida. Ninguno lo somos. Es evidente que es mucha casualidad que hayas llegado justo cuando estoy aquí- Anneliesse le miraba con ojos afilados.

-¿Crees que he venido por ti? ¿Porque sabía que estabas aquí?- le sonrió de forma pícara -Puede llegar a gustarme esa sugerencia, princesa. Definitivamente sí, me gusta que pienses así- pese a que no parecía un gran lumbreras, Hardum era un poco difícil de leer. Sus intenciones estaban difusas. Solo quedaba esperar que la conversación no se prolongara demasiado. Y eso no era algo que solo ella esperaba, ya que en la distancia, sobre una de las pequeñas torres del palacio, había ojos que vigilaban.

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