Tras los sucesos acaecidos aquella misma mañana, Anneliesse comprendió que no habría ni un solo día en los que no tuviese que enfrentarse a problemas en Ravahta, sobre todo, porque no cabrían más días que disfrutar allí.

Tras lo sucedido entre los herederos de Ravahta y Arunna, al Aegis y al capitán de la guardia no les quedaba más remedio que cancelar la visita de la chica en aquellas tierras. Lo que empezó siendo un viaje con fines políticos entre dos países, había terminado por convertirse en los inicios de lo que podría ser una inminente guerra. La princesa ya no estaba segura en la Ciudad de las Arenas, ni tenía opciones para seguir manejando con entereza y razón los acontecimientos que allí sucedían. Por ello, Reev Rajash, ordenó que el resto el día la chica lo pasase en el interior de su alcoba, donde nadie más inesperado pudiese interrumpir nuevamente los planes y mucho menos la serenidad que la mujer debía mantener. 

Desde el balcón de la habitación, cubierto por celosías que apenas la dejaban contemplar el exterior, Anneliesse pasó la tarde. Intentó adivinar las calles que cuadriculaban la capital ravihta, así como el número de palmeras que la adornaban. Procuró grabar en su mente las especies de aves que sobrevolaban las bóvedas de palacio y, de vez en cuando, se posaban en estructuras cercanas a su posición, e incluso se afanó en no olvidar nunca la bellísima puesta de sol que ante sus ojos se dibujó tras horas y horas sumida en pensamientos. Aquella iba a ser la última vez que observara a un sol tan rojizo fundirse entre los edificios de aquella calurosa ciudad. De hecho, iba a ser la última vez que observara algo distinto a lo que comúnmente podía otear desde su habitación en Lynasits. Su pequeña salida había acabado, y con ella, el anuncio de un nuevo cautiverio se imponía. Era tan desesperanzador, que apenas sintió temor por lo que pudiera llegar a ocurrir en los días venideros después de lo ocurrido. Su papel jugaba una pieza clave en medio de un mar de incertidumbre, y aun así... no pudo sentir el más mínimo remordimiento. De alguna forma, todo le daba igual. No quería que el futuro de su reinado se viera envuelto en guerras, por supuesto, pero. ¿Qué mas daba los problemas políticos? ¿Qué mas daba a quien eligiese finalmente como pretendiente? ¿Qué importaba lo que su padre pudiera ordenar? A fin de cuentas, su destino era el mismo. Debía estar encerrada, para siempre, en su pequeña cárcel personal.

Cuando alguien llamó a la puerta, Anneliesse pausó de manera rápida sus pensamientos. Las primeras estrellas ya despuntaban en el cielo, de manera que frunció el ceño. ¿Quién podía querer algo más de ella aquel día? Sólo podía ser Nero. Deslizó sus pies hasta bajar del alfeizar, dirigiéndose descalza hacia la puerta. Cuando la abrió, efectivamente, encontró al otro lado de la misma al Aegis. Le sonrió con cansancio, sin embargo, no venía sólo. Y al comprobar quien era aquel que le acompañaba, su sonrisa se borró por completo. — Princesa, me alegra ver que te encuentras presentable — aseguró el tutor, con un tono de voz nerviosa fácilmente reconocible.

— ¿Qué... qué ocurre? — preguntó ella insegura, sin poder dejar de mirar al mercenario que le acompañaba. Era aquel hombre de tez tostada y cabellos despeinados. Sus ojos parecían cansados, en comparación con la felicidad que parecía rebosar la primera vez que le vio.

— Este hombre implora poder pedirte ayuda, personalmente, sobre un asunto que le concierne en este país. Se pregunta si puede hacer una consulta y una petición formal a pesar de la hora que es — explicó Nero de mala gana. — Asegura que se trata de un asunto de extrema importancia que necesita ser resuelto hoy mismo, dado que mañana partimos de nuevo hacia Lynastis — Anneliesse les miró con enorme confusión. No llegaba a entender de qué podía tratarse, ni mucho menos como había conseguido aquel mercenario convencer a Nero de tal cosa.

— ¿Qué puedo hacer por...?

— Kassad Ramar, mi señora — se inclinó el hombre. — De verdad que no os pediría nada, ni se me ocurriría molestaros, de no ser porque me juego el cuello en esta situación. Necesito que me ayudéis, o mañana al amanecer Reev Rajash me cortará la cabeza — aseguró de forma apurada.

— ¿Que, qué? — La princesa pestañeó incrédula. Miró de un lado para otro en aquel pasillo, comprobando que aquello no se trataba de una broma pesada, y sobre todo, que el otro mercenario al que ahora temía estuviera entre ellos. Comprobando que todo estaba en orden, abrió aun más la puerta de la alcoba. — Pasad.

— Anneliesse ¿Te parece esto correcto? En mitad de la noche, y con un mercenario... — 

— Nero, no estoy casada todavía. Por los cielos, déjame respirar un poco — gruñó ella. Kassad no se lo pensó dos veces al entrar en la habitación. El Aegis cerró la puerta tras su entrada, rezando para que nadie les hubiese visto adentrarse en los aposentos de la princesa. Ésta, tomó una silla que quedaba junto a un pequeño escritorio y la colocó en mitad de la habitación, sugiriendo al mercenario que se sentase en ésta. Cuando lo hizo, comenzó a entrelazar sus dedos con nerviosismo, justo después de intentar peinar sus cabellos con los dedos. Sin duda alguna, estaba muy angustiado.  — Hablad.

— Veréis, Majestad. Se trata de Yaali Rajash, la pequeña de la familia. Ayer, a nuestra llegada, algunos soldados intentaron sobrepasarse con ella. No le hicieron daño ni nada por el estilo, no os confundáis, por favor. Lo que quiero decir es que se burlaron de su juventud y la ingenuidad que parecía desprender. Me pareció ofensivo que se tratase así a una princesa, así que me interpuse — comenzó a explicar.

— Ya veo que se os da bien interponeros en todo — comentó Nero, con los brazos cruzados.

— La princesa debió sentirse muy agradecida. No lo hice por obtener nada a cambio de ella, ni si quiera contaba con su gratitud. Lo hice porque es lo que debía hacer. Pero la chica... se lo tomó muy personal. Me instó a compartir con ella un... juramento. Yo no lo vi venir, de haberlo sabido lo hubiese evitado. Hizo una promesa de protección. Hizo un Beso de Pensamiento.

— Sí, algo he oído — alegó la chica, recordando la discusión en la pasada cena. — Pero ¿Qué es eso? ¿De que se trata?

— Se trata de que Yaali y Kassad están ahora prometidos, y se tendrán que casar ocurra lo que ocurra — explicó el Aegis, viendo que el mercenario tenía complicaciones para hablar, quizá por vergüenza, quizá por remordimientos.

— Pero si tu no eres noble — murmuró la princesa.

— El Beso de Pensamiento va más allá de eso, mi señora. En la costumbre Ravahta, un juramento así implica un enlace eterno entre dos personas. Un matrimonio, una promesa de protección y un juramento de eterno pensamiento el uno sobre el otro. Y ninguna ley, en teoría, debería imponerse ante ello. Es un ritual sagrado. Todos los herederos de los Rajash han contraído nupcias utilizando este rito. Pero como habéis dicho, yo no soy nadie. No soy más que el hijo de dos ladrones de Ravahta, y aunque esto en teoría no debería importar, ésta claro que Reev Rajash y el rey no opinan lo mismo. — terminó de decir el hombre.

— ¿Y por qué no le dices a Yaali que ha sido un error? Que no quieres aceptar ese juramento.

— No es tan fácil. Además, no tengo oportunidad de acercarme a ella. Reev ya me ha avisado de que, mañana, al amanecer, quiere que nos veamos a solas en su habitación. Omito todos los insultos e improperios que acompañaron a sus palabras — tragó saliva. — Él debe pensar que yo la he engañado, que me he aprovechado de ella, y me matará. Sobre todo cuando descubra que mis padres tienen las manos manchadas —se quejó. — Es todo un maldito malentendido y no puedo hacer nada porque no soy quien para poder intermediar en esto — se puso en pie. — Princesa, por favor. ¿Podríais hablar por mi? Explicad a los Rajash que todo ha sido un malentendido y que deben obligar a la princesa a retirar su juramento. Por favor, os lo suplico. — Kassad estuvo a punto de ponerse de rodillas, pero Anneliesse se lo impidió. Era muy incómodo tener a un hombre suplicando por su vida frente a ella, como si en su mano estuviese la potestad de ser una salvadora o un verdugo. Era horrible.

— No, no. Poneos en pie. No me estáis pidiendo nada descabellado — le explicó apurada. Desde luego, nada tenía que ver él con su compañero. ¿Por qué eran tan distintos perteneciendo al mismo grupo? Mientras Kassad parecía un cachorro abandonado, el otro más bien era comparable con un lobo hambriento.

— ¿Te das cuenta de lo que está sucediendo, Kassad? La futura reina piensa interceder por ti — señaló el Aegis con asco.

— Nero, por favor. Déjale. Ésta asustado.

—Sólo quiero que comprenda lo afortunado que es por contar con tu bondad.

— Te he dicho que no es nada.

— En cualquier caso, si quieres ayudarle, debes hacerlo ahora. Y si consigues algo, éste hombre y sus vulgares compañeros te dejarán tranquila a cambio, hasta que lleguemos a Lynastis — le obligó a aceptar.

— Por supuesto, Majestad. Quiero que sepáis que la apuesta que hicimos no fue más que una tontería, fruto del aburrimiento. Y que Ren tiene un temperamento fuerte, de ahí a que haya intervenido esta misma mañana en el combate. Le haré saber que estáis disgustada con su actuación si es lo que queréis. De verdad, os lo juro por el poco honor que le queda a mi familia — insistió. Así que se llamaba Ren... A la princesa le pareció curioso, sin embargo, que no desvelara nada de lo ocurrido en el bosque. ¿A caso ese tal Ren no les había contado nada? ¿O es que ocultaba la verdad frente al Aegis? Definitivamente, eran hombres muy extraños.

— No, no. Deja a Ren. No le digas nada — se apresuró la chica a decir. — Simplemente, acompáñame. 

 

La princesa, el mercenario y el Aegis caminaron a paso rápido por los pasillos de palacio. Anneliesse ignoraba cual era el despacho de Reev Rajash, pero contaba con el siempre informado Nero para que éste le condujese correctamente. De mientras, Kassad caminaba el último en la final, temeroso. No era para menos.

La princesa dio dos simples toques a la puerta del despacho del príncipe. Éste tardó en abrir, pero cuando lo hizo, su rostro hizo un gesto tan sorprendido como el que había tenido minutos antes la chica, justo en el momento en el que ella también fue sorprendida. No lucía tan arreglado y engalanado como hasta entonces le había visto, sino que sencillamente lucía una camisa medio abotonada y unos pantalones bombachos de algodón. No esperaba visita alguna. — Princesa Anneliesse ¿A que debo esta visita? — preguntó extrañado. Su rostro estaba enormemente cansado, incluso tenía ojeras. Era como si los problemas recientes le afectasen más a él que a Namur, e incluso que a su propio padre.

— Quisiera resolver un asunto.

— ¿A estas horas?

— Se trata de uno de mis hombres — La chica se movió a un lado, descubriendo a Kassad tras ella. Reev montó en cólera. Casi se abalanzó hacia él.

— ¡Tú! ¡Maldito embaucador!

— ¡Reev! ¡Basta! — La mujer colocó su mano sobre el brazo del hombre. — Por hoy creo que hemos presenciado demasiada violencia. ¿No os parece? — La intervención de la heredera calmó un poco la ira del príncipe. Éste respiró profundamente y se serenó. Sólo entonces, todos pudieron pasar al despacho.

Una vez dentro, Anneliesse se limitó a explicar todo lo que Kassad le había contado. Conforme hablaba, en su cabeza apareció la posibilidad de que todo fuese una mentira. ¿Y si el mercenario estaba actuando a favor de un interés más profundo y clandestino? Se la estaba jugando por él, de alguna forma. Y tras los actos de su compañero, no le debía nada, pero... Si era verdad ¿Iba a dejar que Reev dejase caer toda su rabia contra él? No podía. Antes que princesa, era humana. Y como humana, no podía mirar para otro lado. El príncipe se mesaba la barba afeitada y recortada conforme la chica hablaba. De vez en cuando, lanzaba miradas calculadoras al mercenario. Si bien podría haberse negado, su semblante, cada vez más tranquilo, parecían decir lo contrario. — En resumidas cuentas, todo ha sido un error y pido disculpas, en nombre de Kassad, si éste ha podido actuar de alguna forma en la que la princesa haya podido sentirse confundida. A fin de cuentas, no hemos venido hasta aquí para causar problemas. Y vos lo sabéis — terminó de decir la joven, arqueando una ceja. A su lado, Nero sonrío, orgulloso de verla actuar con cabeza, tal y como llevaba años enseñándola. Él era su tutor, y le había enseñado todo cuanto sabía, y eso incluía negociar.

— ¿Quién me dice a mi que éste hombre no quiere aprovecharse de mi hermana? A fin de cuentas, casado con ella, tendría todo cuanto querría.

— Os lo digo yo, he dado mi palabra. Además, nunca permitiríais que eso llegara a ocurrir ¿Verdad? Sólo os estoy pidiendo un perdón para él, que obliguéis a la princesa a retirar el juramento mañana por la mañana y que todo esto quede como un absurdo error, justo lo que es — insistió. Reev se cruzó de brazos y comenzó a caminar en círculos al rededor de ellos.

— Ésta bien. No puedo negaros una solicitud tan personal. Ya veo que en Lynastis cuidáis bien de vuestros hombres. Incluso de los mercenarios a sueldo —dicho aquello, Kassad pudo empezar a respirar con normalidad. El enorme suspiro de alivio que soltó se oyó en todo el ala.

— Aunque mercenario, este hombre ha formado parte de la comitiva. Jamás se nos ocurriría tratarles con desigualdad. Es lo menos que podemos hacer — intervino Nero. 

— Sin embargo, en este perdón no gano nada a cambio. Obligo a mi hermana a renunciar al juramento, como consecuencia, consigo una bronca que durará días con ella, y de seguro, obtenemos nuevamente la ofensa de mi padre. Debe sentirse muy avergonzado al saber que su hija, públicamente, deberá admitir que se ha equivocado con nada más y nada menos que un cualquiera —. El tono de su voz reflejaba demasiadas pretensiones, algo que no gustó demasiado a la chica.  — En Ravahta, se suele decir que un Beso de Pensamiento lleva a otro. Creo que, para éste caso concreto, sería correcto decir que la anulación de uno traerá consigo la sustitución por otro. 

— ¿Qué queréis decir?

— Perdonaré la vida a vuestro hombre si a cambio os comprometéis a sellar el pacto con mi hermano. Os casaréis con él, pase lo que pase. Los Casters y los Rajash se unirán nuevamente en matrimonio — declaró, deteniéndose frente a la chica. Le mantuvo la mirada inquebrantable, y ella, se negó a romper aquel contacto. Sintió un pellizco en el estómago, sin embargo, al verse obligada a tener que prometer tal cosa. No quería. Ni mucho menos tenía por qué hacerlo por un hombre al que no conocía. Era su vida... —¿Qué decís? Me parece un trato más que acertado teniendo en cuenta lo que acaba de ocurrir. No quisiera que los Svartal intervinieran en el trato que nuestros padres ya habían negociado de ante mano. Sería una ofensa — añadió más leña al fuego... Y no le faltaba razón. Pasara lo que pasara, Anneliesse tendría que casarse con alguien. Al final, el momento llegaría, quisiera ella o no. Le daba igual que fuese un Rajash, un Svartal o incluso un miembro de los Drelen, porque no amaría a ninguno de ellos. Su destino estaba sellado desde hacía ya demasiado tiempo.

— Está bien, lo prometo — dijo con voz valiente. Nero y Kassad quedaron asombrados ante aquellas palabras poco dubitativas. Sin embargo, había un pequeño hilo de dolor en sus palabras. Un pequeño detalle imperceptible para cualquiera, excepto para alguien que la conocía desde su nacimiento.

— No, no quiero una simple promesa. Mañana, al alba, realizaréis un Beso de Pensamiento con mi hermano antes de marcharos. Así sellaréis el pacto con nosotros, y el futuro de Namur y el vuestro quedarán enlazados para siempre. ¿Estáis de acuerdo? — Reev sonrió. Acababa de conseguir su triunfo.

— He dicho que sí — Anneliesse apretó los puños.

— Entonces, todo arreglado — El príncipe frotó sus manos. — Tú, vete ya — señaló a Kassad. Éste salió corriendo del despacho a toda prisa, sintiéndose liberado por fin. — Entonces, me imagino que ya puedo empezar a trataros como si fuerais de la familia. ¿Que tal si lo celebramos con algo de bebida? — sugirió.

— La princesa no bebe licores fuertes — intervino nuevamente Nero, veloz como un rayo. La historia de la chica con la bebida era demasiado larga.

— Bueno, bueno. Entonces empecemos a tratarnos con más cercanía. Puedo empezar a llamarte hermana ¿No crees? — sonrió. — Anneliesse, cuanta alegría acabas de traer a esta casa —. Reev sacudió los hombros de la chica, para después sostenerle la mano en señal de admiración y agradecimiento. A su modo de ver, la princesa se sintió una simple muñeca.


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