El tenso silencio se prolongó durante largos e interminables minutos en los que la princesa no pudo hacer otra cosa que cruzarse de brazos y mirar para otro lado. Con los ojos húmedos y la garganta hecha un nudo, en su cabeza aparecieron docenas de ideas, motivos por los que Nero, tras toda una vida de atenciones y comprensión, había decidido reprenderla de tal forma. Si lo pensaba con detenimiento, parecía, en aquella discusión, que fuese ella la niña mimada e insolente que había incumplido una orden y que, ahora, se las ingeniaba para no derramar lágrimas tras cuatro avisos mal expresados, como si le faltase madurez. Y quizás, en otras circunstancias, así finalmente hubiese terminada la charla. Así se habría convencido a ella misma de parar el ajetreo de pensamientos que surcaban su mente, y así se habría olvidado todo. Pero quizás era el cansancio, el dolor de que a quien consideraba su mejor amigo le hablase de aquella forma, o la sencilla evidencia que de marchaba en pos de un matrimonio concertado, lo que la llevaron a no guardar silencio. —No hice nada malo —soltó. De seguro, Nero ya había dado por hecho que el conflicto había terminado, pues la miró con sorpresa.
—Te pusiste en peligro, en mitad de la noche, en un camino que no conocemos. Anneliesse ¿Hace falta que te recuerde quien eres? O peor, ¿Es necesario que te recuerde la responsabilidad que portas? —Las palabras del Aegis salieron de su boca reptando cual serpiente. Había una tonalidad, una forma de elaborar las cuestiones, a la princesa se le clavaron como puñales en el pecho. Se quedó asombrada, incapaz de entender cómo había podido preguntar algo así.
—No me estás preguntando eso en serio...
—Nunca te lo habría preguntado si no hubieses desobedecido mis ordenes.
—¡Fui a estar las piernas y me topé con esos mercenarios! ¡Ni si quiera crucé palabra con ellos! —extendió los brazos, incrédula. —¡Y aunque lo hubiese hecho, aquí estoy! ¡No me han puesto un cuchillo en el cuello! ¡No me han hecho daño! —insistió.
—No me parece que ser parte de una puesta implique no cruzar palabras. ¡¿Sabes lo que podría haber pasado?! ¡¿Sabes el peligro que has corrido?!
—¡Cállate, suenas igual que mi padre! —gritó la chica, esta vez en tono más alto. Los soldados que cabalgaban más cerca debían estar oyendo a la perfección la discusión, y los más lejanos, al menos, debían haberse dado cuenta de que algo pasaba. Nero miró de un lado para otro, comprendiendo que todos cuchichearían. Comprendiendo que la situación se le estaba yendo de las manos. —¡Estoy harta de que me culpen de lo que los demás hagan! ¡Estoy harta de que me culpen por una vida que yo no he decidido tener! ¡Me paso años encerrada para que ni el más mínimo peligro se atreva a rozarme! ¡¿Y para qué?! ¡¿Me vas a prohibir también mirar por la ventanilla?! —rugió.
—Anneliesse...
—No, ahora no me hables con pesadez —. La princesa, de haberse podido poner en pie en el interior del vehículo, lo habría hecho. En su lugar, apretó los puños hasta dejar los nudillos blancos. —Lo último que esperaba era que tú, después de todo, te pusieras de parte de mi padre.
—Él es el rey,
—Y yo tu futura reina, aunque creo que eso siempre lo olvidas —comentó con odio. —No puedes darme órdenes, soy yo quien debe darlas. ¿Y sabes qué, Nero? Que no pienso quedarme de brazos cruzados hasta que lleguemos a Ravahta. Llevo años sin salir y pienso disfrutar del camino, sea como sea, y no me lo vas a impedir. Ni tu ni nadie comprende que es estar prisionera, siempre controlada, en un lugar donde todos te miran con miedo y aprensión.— tragó saliva. —Siento mucho si pensabas que la cordialidad con la que nos tratamos iba a conseguir que me controlaras, pero no va a ser así.
—Escúchame, Ann. Lo que estás diciendo está fuera de lugar. Estás molesta y...
—¡No estoy molesta! ¡Estoy dolida! —vociferó. —¡No pienso seguir las directrices de nadie más! ¡Estoy al límite!—ésta vez sí, una lágrima surcó su mejilla. Las manos le temblaban con rabia, de una forma que hacía años no veía. El pecho le dolía, lo sentía enormemente oprimido. Aquella sensación la conocía, la había vivido antes y... juro no volver a vivirla. No estaba dispuesta. —Esta noche pienso salir a comer con los hombres que han dejado atrás sus hogares para acompañarme, es lo menos que podría hacer. —sentenció. Nero cerró los ojos durante unos segundos, después esbozó una sonrisa algo desquiciada, entrelazando los dos entre sí.
—Creo que sigues sin entender la situación.
—No la estás entendiendo tú.
—¡No puedes salir de este carruaje de ninguna manera!
—¡No pienso quedarme encerrada ni un día más!
—¡Te he dicho que no puedes! ¡Y no hay otra opción! ¡Y si hace falta usar la fuerza para que no lo hagas, así lo haré! ¡Tienes que mantenerte a salvo pase lo que pase! ¡Y no pienso seguir discutiendo, Anneliesse! ¡Tu padre y yo llevamos años intentando que comprendas que ésta es tu responsabilidad! ¡Ya sabemos que es cruel, pero es la única maldita forma en la que nadie te hará daño!
—¡Tú eres el que me está haciendo daño! ¡Maldita sea! —derramó otra lágrima. —Me da igual lo que digas, Nero. Ésta es mi decisión.
— ¡No puedes!
—¡Déjame en paz!
—¡Agh! —gruñó el Aegis. —Menos mal que los Rajash están al día de como deben lidiar con ésta situación —musitó. Fue corto, rápido, pero la princesa lo oyó claramente. Le tembló el labio inferior cuando quiso hablar.
—Así que es verdad...
—Tú misma lo sospechabas, Ann. No te estoy revelando nada nuevo —comentó el tutor con cansancio, estaba abatido. Anneliesse, sin embargo, se apagó. Si antes se había presentado como una furia, envuelta en cólera, con el rostro tan encendido que parecería que golpearía algo de un momento a otro... ahora lucía taciturna. Se dejó caer, lánguida, contra el asiento. Miró al suelo, sin saber qué decir. Porque, aunque sabía que su futuro marido portaría el legado de las estrictas órdenes de su padre, era mejor no saberlo con certeza. Era mejor vivir en la esperanza que incluso el propio Nero había decidido fomentar en ella. Ahora todo había quedado frío en su mente, como una farsa. —Anneliesse...
—Déjame en paz —terminó por decir, dirigiendo su mirada hacia la ventanilla y dándole la espalda. No quería hablar ni con él ni con nadie, y Nero lo respetó. Había vivido demasiados momentos alicaídos de la princesa, algunos realmente delicados y privados, como para saber que era mejor dejarla en paz.
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Al caer la noche, la marcha volvió a detenerse. Los soldados se desplegaron una vez más, dispuestos a descansar, comer y beber lo suficiente como para reponer energías. Como la noche anterior, el ambiente se llenó de olores, así como de la calidez que emitían las llamas de las fogatas.
Tutor y princesa no habían vuelto a intercambiar palabra alguna. La joven ni si quiera se movió de su posición. El Aegis llegó a sospechar que se había dormido alguna que otra vez, pero cada vez que había comprobado si era así, la había encontrado despierta, oteando algún punto en el horizonte de los paisajes que cruzaban, cada vez más secos y aburridos, desprovistos de colores. —¿Quieres comer algo? —preguntó el hombre por fin. Sin embargo, la princesa no estaba dispuesta a decir nada. —Anneliesse, por favor. Intenta colaborar. —Una vez más, el silencio. —Yo iré a buscar algo para mi. Te traeré fruta. Tienes que comer algo, no has probado nada en todo el día. —La chica emitió un suspiro, sin más, por lo que, finalmente, Nero acabó abandonando el carruaje sin poder conseguir más palabras.
Fue entonces cuando Anneliesse se movió. Sabía que Nero estaría vigilando el carruaje con atención, incluso desde la lejanía. Pero, algo le decía, que si creaba una distracción mayor, el Aegis dejaría de prestar atención al vehículo. Rauda, se asomó a la ventanilla contraria por la que el hombre había salido. —Disculpad, ¡Eh! —llamó a uno de sus soldados. Era un chico joven, demasiado, incluso más que ella. Sus ojos brillaron nerviosos al comprender que su princesa le reclamaba. —¿Podrías decirle a los mercenarios que os acompañan, que deben buscar al Aegis para que éste les ceda el pago por los servicios? He dispuesto que paguen a esos hombres por adelantado, como incentivo. El Aegis es quien tiene las monedas, pero me supongo que estará entretenido comiendo y bebiendo. No quiero que se le olvide recompensar a esos hombres. —dijo de forma rápida. Ni si quiera estaba segura de que aquella fuese una buena excusa. Sin embargo, el soldado asintió y marchó raudo en busca de los mercenarios. La chica aprovechó para asomar aun más su cuerpo por la ventanilla, hasta conseguir ver como el soldado comunicaba sus palabras a la banda, quienes estaban descansando tan lejos que casi no podía distinguirles. Al menos, si vio como se ponían en pie para buscar al Aegis. Era su momento.
Abrió la puerta del carruaje con decisión. Seguidamente, descendió del mismo de un salto. Algunos soldados la miraron, sin saber qué decir. —Necesito... un momento de intimidad —fingió. Los hombres comprendieron rápidamente que necesitaba orinar, de forma que no intercedieron cuando la chica se adentró en el bosque. No se lo pensó dos veces cuando echó a correr. La verdad es que ni si quiera lo había metido ni un segundo. Durante el trayecto, solo había sentido dolor en el pecho, dolor en el alma. Sólo había sentido una enorme necesidad de huir, de cambiar su vida, de olvidarse de todas las lágrimas que había derramado hasta entonces. Y al verse sola en el carruaje, comprendió que aquella era la única y última oportunidad que tendría de escapar de su padre, de los Rajash y del futuro. Era ahora, o nunca.
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