A solas en la habitación, se aseguró de que todos los espejos y materiales que eran capaz de reflectar su figura se hallasen totalmente ocultos bajo lonas, cortinas, prendas y cojines. Anneliesse tenía los nervios a flor de piel, y no era para menos. Tras años sin relacionarse con nadie más que el servicio del palacio de Lynastis, enfrentarse a un grupo de personas tan problemático la había dejado exhausta y furiosa. Acababa de comprender que no podía confiar en nadie allí, y quizás por ello, Nero se sorprendió cuando encontró a la chica subida sobre la cama, añadiendo prendas que había encontrado en los armarios en la zona alta del dosel. — Pero ¿Qué estás haciendo? — preguntó en voz baja. A pesar de ello, la chica se sorprendió al verle, pues no le había oído llamar a la puerta.
— Me aseguro de que me dejen dormir en paz — explicó la chica, dando saltos sobre la cama a fin de alcanzar la altura que necesitaba. A aquellas alturas, las cortinas del dosel ya parecían una canasta cubierta de prendas arrugadas.
— ¿Se puede saber por qué?
— Para que no me vigilen mientras duermo. Créeme, que me hayan visto desnuda ha sido más que suficiente — gruñó la chica, bajando por fin de la cama.
— ¡¿Que, qué?! — preguntó el tutor aterrorizado. Anneliesse caminó hacia el espejo, alzó un tanto la lona que la cubría y lo señaló, para después volver a ocultarlo por completo.
— Se ve que los Rajash conocen trucos de magia que deberían estar prohibidos —explicó, casi sin ánimos de dar más explicaciones. ¿Para qué seguir explicando su agobiante situación allí? Ni si quiera él iba a hacer nada por ella, dados los sucesos.
— Anneliesse... Sé que está siendo difícil todo esto — suspiró el hombre, cerrando las puertas tras de sí. — Pero Reginald esperaría de ti un comportamiento un poco más... adaptado a la situación — continuó. — No te pido que sonrías, entiendo que es imposible para ti hacerlo. Te pido que no inicies una guerra, o tu propia situación actual podría empeorar. ¿Sabes lo que significaría comenzar una contienda contra nuestros aliados más preparados? — La princesa, cruzada de brazos, le observó sin saber qué contestar. — El poder militar de los Rajash contra nuestro escaso poder armamentístico. Y tú, mientras, encerrada para siempre en tu habitación, escoltada y vigilada incluso mientras duermes para que el principal valor de Lynastis no corra peligro alguno. ¿A caso no lo ves? — La chica siguió sin contestar, agachó el rostro, entristecida. Realmente, a Nero no le faltaba razón.
— Pero ¿Por qué tiene que depender de mi? ¿Por que mi propia opinión tiene que crear una guerra? Además, yo no estoy ofendiendo a los Rajash, ellos lo están haciendo conmigo. Namur se sobrepasa conmigo, ignora mis demandas, y su padre... mejor no hablo de lo que ese hombre ha soltado en mitad de la cena — explicó, sentándose sobre el borde de la cama. La forma en la que se dejó caer denotó lo cansada que estaba, no solo de aquel día, sino de todo. Con cierta prudencia, el Aegis se acercó a ella. Dudó entre si sentarse junto a ella o no, pero finalmente, acabó haciéndolo.
— Todo esto es muy injusto para ti, lo se. Y nada me gustaría más que poder hacer algo por ti — susurró.
— Sácame de éste sitio. Déjame desaparecer de aquí — rogó.
— Sabes de sobra que no puedo hacer eso. Tu desaparición también supondría una guerra. Una silenciosa, pero una guerra a fin de cuentas. Comprendo el dolor que puedes llegar a sentir por portar algo tan poderoso y tan letal, algo que tu jamás has pedido. Ni tu ni nadie en este mundo deberían portar tal responsabilidad — continuó. Finalmente, consiguió que la chica le mirara. — Me duele decirlo, pero ésta es la única y mejor opción que te queda. Se agradable, aguanta el tipo. Se que eres capaz, de peores cosas has conseguido salir — le recordó. Instintivamente, apartó un mechón de pelo de la cara de la chica y se lo colocó tras la oreja. — Intenta, al menos, buscar los puntos buenos de esto. Prueba a entablar una leve amistad con Namur. Quizá ahora no le quieras, pero, ¿Quién sabe? Quizá puedas encontrar en él, en el futuro, un amigo casi tan bueno como yo — recalcó el casi sin vergüenza alguna, lo que consiguió que la princesa esbozase una leve sonrisa.
— Pero mi padre dijo que esto no era más que un acercamiento... Una especie de prueba.
— ¿No es mejor esto que conocer a Namur en el altar? — preguntó con una pena exagerada en la voz. — Es la mejor opción — repitió.
— Dijiste que te alegrabas de que los Rajash ya supieran cuanto tienen que hacer conmigo, que era un alivio que Namur supiese actuar conforme a las exigencias de mi padre — recordó ella con dolor.
— Porque perderte sería el mayor de los dolores que puedo llegar a sufrir. Anneliesse... si supieras cuanto podría llegar a hacer por ti... — susurró. La princesa le miró a los ojos sin comprender de donde salía aquel alarde de ternura y calidez. Los ojos claros de Nero, ocultos bajo su piel algo arrugada, brillaron con un destello de dolor en la mirada. La mano del hombre surcó la mejilla de la chica, la cual acarició con el mimo de un amante. — Confía en mi, hazlo y será la última vez que te lo pida.
— ¿Y como puedo hacerlo? — preguntó ella, separándose de aquel contacto. Se había sentido ligeramente incómoda. — Quiero decir... ¿Qué puedo hacer con Namur? ¿Cómo puedo conseguir ni odiarle? ¿Cómo puedo aceptar una vida con él? Es bastante frustrante saber que tengo que permanecer siempre en palacio para que la estabilidad política no se tambalee, para que nunca llegue a ocurrir nada malo, con alguien a quien no quiero a mi lado.
— Intenta, por ejemplo, buscar cosas en común. Permítete el lujo de ir despacio con él. Eso Reginald jamás podrá negarlo —dijo con seguridad.
— ¿Y si no me caso nunca? ¿Y si decido permanecer por siempre sola?
— ¿Eso es lo que realmente quieres? — preguntó el Aegis con una sonrisa divertida.
— A fin de cuentas lo que quiero nunca se toma en cuenta. Aquí el problema es que mi padre teme morir y que nadie controle mis decisiones y como manejo mi propia situación — se señaló al vientre. — No confía en mi lo suficiente.
— La muerte de tu madre fue el detonante para que se volviese un hombre rígido, eso no lo pongo en duda. Teme que a ti te ocurra lo mismo.
— ¿Y si el Ente no funciona como él cree...? ¿Y si...?
— Anneliesse, por favor... — insistió Nero, visiblemente cansado. No sabía como lo conseguía, pero ante cualquier conversación, la chica acababa haciendo las mismas preguntas siempre. Eran imposibles de evitar. — Es tu boda, o la guerra — sentenció. — Prométeme que vas a intentarlo y podre dormir esta noche con tranquilidad — La princesa suspiró, para después poner los ojos en blanco.
— Está bien...lo intentaré. Intentaré ser responsable y no... caer en la más absoluta de las locuras — terminó por decir. Pronunciar aquellas palabras la hicieron sentir falsa, que creaba una personalidad que no era la suya. No confiaba en su propia promesa porque sabía que ella no era así, pero, a su vez, a Nero no le faltaba razón alguna.
— Sabes que siempre me tendrás a mi para ayudarme en lo que sea posible. Eso sí, lamento no poder hacerlo con lo que se te viene encima mañana. La llegada de Hardum Svartal ha sido algo con lo que no contábamos. Ojala pudiera comentarlo esta misma noche con tu padre, pues hay algo aquí que no me encaja — explicó, mesándose la barba. A Anneliesse se le había olvidado por completo el hecho de que el príncipe de Arunna había irrumpido en mitad de la cena, provocando que el cúmulo de tensiones que ya había explotase por completo. Hasta ese momento, no había recordado preguntar la razón de su visita. A fin de cuentas, tenía la cabeza en otra parte.
— No entiendo por qué ha venido ese hombre ¿Qué ocurre?
— Si ha venido es porque sabe que estás aquí, y como ya dije antes, tu estancia en Ravahta es algo que se organizó en secreto. Ni si quiera los Rajash anunciaron tu llegada. Y teniendo en cuenta que llegamos ésta misma mañana, a Hardum no le habría dado tiempo a llegar desde Arunna hasta aquí en unas pocas horas, es imposible. Alguien ha debido contar a los Svartal lo que Reginald estaba planeando. Algo me dice que no deben estar muy de acuerdo cuando el único heredero se ha plantado aquí, esta misma noche — explicó con detenimiento. Anneliesse calculó rápidamente en su cabeza.
— Oh, no. No me digas que...
— Van a competir por tu mano. A fin de cuentas, quien se case contigo gobernará Lynastis a tu lado. Es un titulo demasiado tentador como para dejarlo escapar.
— No quiero mirar a la cara a uno ¿Y voy a tener que lidiar con dos? — abrió la mujer los brazos. Aquello iba de mal en peor. — Ese tal Hardum no entraba en los planes.
— Así es, de modo que debemos ser prudentes. No le ofendas, procura tratarle con toda la cordialidad que sea posible. Si hay algo peor que una guerra contra Ravahta, es una contra Arunna. Dame esta noche para pensar qué podemos hacer con él. — pidió, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la puerta. De repente, estaba muy concentrado. Su mirada perdida revelaba lo absorto que estaba elavorando planes mentales a una velocidad pasmosa. Ya ni si quiera miraba a la joven. — Mañana, cuando estés con él, no cedas a ninguna de sus indirectas, pues seguro que las lanzará. Se firme — insistió mientras tomaba el pomo de la puerta.
— Sí, sí... ya.
— Procura descansar, Anneliesse. Mañana será un gran día para ti, ya veras — terminó por decir, justo antes de desaparecer tras las puertas.
A la chica no le quedó otra que tirarse de espaldas sobre la cama. Esta vez sí que no podía más, estaba sin fuerza. Otra vez encima demasiada responsabilidad.
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