Las puertas principales de palacio se abrieron, por fin, tras demasiado tiempo para princesa. Casi no reconocía la última vez que vio el exterior de palacio desde la perspectiva de la entrada principal y eso le acarreaba una emoción que mezclaba perfectamente la excitación con el pánico más absoluto ¿Y si su padre tenía la más mínima razón sobre el mundo exterior? ¿Y si realmente era tan terrorífico como él decía? Solo pensar en ello le hizo tener en cuenta la cantidad de veces que había rechazado aprender a utilizar la magia como era debido o a aprender algún tipo de arte marcial como tantas veces le había propuesto Nero. Quizá de haber aceptado, se sentiría mucho más confiada para atravesar esa puerta -Calma- le susurró el Aegis cerca del oído -No hay de qué temer-
-¿Quién dice que tengo miedo?- preguntó ella con falsa soberbia.
-Ah, bien- sonrió Nero complacido -Entonces supongo que esos temblores deben ser por el frío- Anneliesse le dedicó una sutil mueca debido a la mofa del Aegis, pero pronto se recompuso. A fin de cuentas, primero, tocaba la cabalgata de soldados que la acompañarían como protección. Eran dos filas de cuatro soldados, ocho en total. Según Reginald, que aguardaba en la puerta a que su hija cruzara el umbral, eran la élite de la élite de la guardia real: todos eran hombres jóvenes, altos y fornidos. Ninguno parecía haber perdido un ápice de musculatura con respecto al otro. Prácticamente eran calcos entre ellos, indistinguibles aún más llevando todos el mismo uniforme y casco, así como los mismos sables en los cinturones.
-Hija mía- la llamó Reginald con una sonrisa tan tensa como falsa. Anneliesse lo podía percibir de sobra, el cómo se estaba forzando a sí mismo a permanecer ahí, tan cerca de ella, dejándola salir sin su estricta vigilancia. El hecho de que no dejara de jugar con sus manos enguantadas con sus deliciosos guantes negros de terciopelo ya decía mucho del estado anímico del monarca -Estás resplandeciente- concluyó, sin más.
-Padre- Anneliesse simplemente lo saludó con una ligera inclinación de su cabeza.
-Está en buenas manos, majestad- inclinó igualmente la cabeza Nero.
-Sí, eso lo doy por supuesto- le sonrió el rey a su mano derecha, el hombre en el que más confiaba en todo el reino. No, en todo el mundo. Le debía la vida de su hija y por supuesto, la seguridad del reino. Cada vez que los veía juntos, como en ese instante, se acordaba del día en que la chica vino al mundo y cómo los pilares que sostenían la realidad estuvieron a punto de venirse abajo porque su nacimiento casi propició la liberación del Ente y una nueva edad de oscuridad -No obstante es obvio que un padre sienta temor ante el primer viaje en solitario de su hija. Cierta... impotencia-
-Sin duda- Nero lo miraba con ojos afables y tiernos, comprensivo -Anneliesse es un tesoro que merece ser guardado entre los mejores algodones, lo sé. Pero confío en que mi compañía será suficiente para mantenerla a salvo. Tampoco conocemos bien las intenciones de los Rajash ante este encuentro-
-Bueno, si no conociera sus intenciones, no la enviaría- comentó nervioso Reginald -Estoy seguro de que se comportarán- durante un instante, los tres permanecieron en silencio.
-Ann ¿Y si sales, tomas el aire, y compruebas que todo en el carruaje está a tu gusto? Dispón de los guardias como quieras- pidió Nero con amabilidad, invitándola a dejarle a solas con su padre un instante. La chica no sabía exactamente qué debían hablar a espaldas de ella que no supiera ya: "compórtate, mantente siempre bien vestida y educada, nada de enfados ni salidas de tono, procura mantener tu carácter bajo llave"... Por lo general, ella parecía más un utensilio, un ornamento, más que un ser humano encerrado en ese palacio día sí y día también. Por ello recibir la luz del sol en la piel de forma directa, aunque con la mañana fresca, le sentó como un sueño hecho realidad.
La joven se permitió pasear hasta el carruaje que estaba aguardando bajo las amplias escaleras principales, construidas en forma de media luna perfectamente redondeadas. Sus pasos le pedían prisa por bajar y alejarse de la puerta antes de que su padre se arrepintiera y la volviera a enclaustrar, pero la constante retaila de cómo debía comportarse era una pesada losa que le impidió abandonar su compostura. Más aún cuando apreció unas extrañas siluetas que para nada concordaban con los exquisitos y elegantes trajes de la guardia real. Allí, apartados a unos cuantos metros, unos extraños individuos observaban a los soldados trabajar preparando todo tipo de equipaje en el maletero del carruaje. Podía incluso apreciar cómo les disparaban unas miradas jocosas y unas sonrisillas punzantes que los soldados contestaban con miradas desafiantes y desdeñosas. Tan curiosa se quedó mirando a aquel grupo que su presencia, quieta a mitad de las escaleras, llamó la atención de los individuos.
-¿Sois la princesa?- preguntó uno de ellos. A juzgar por sus rasgos, la chica diría que era de Ravahta, pero no lucía unas ropas típicas de allí. Tenía el pelo revuelto y una barba muy fina y mal recortada. Se lo podía apreciar incluso en la distancia. A su lado, una muje también de tez morena la miró un momento de arriba abajo y se echó a reir, apartando la mirada. La otra chica que estaba al lado de la que se reía solo la miraba en silencio y el último de los cuatro, más alejado, ni siquiera la miró. Estaba de espaldas a ella y parecía estar limpiando una katana con sumo mimo ¿Pero eso no eran armas de Ryudo...? Perdida en su reflexión, tardó en reparar que uno de los soldados se dirigía hacia el grupo con porte amenazante -Eh, eh. Calma, amigo. Que solo he querido ser amable- dijo el muchacho de Ravahta.
-Estáis al servicio del rey y vuestro cometido es proteger a la princesa, mas no relacionaros con ella- dijo el soldado llevando la mano al sable -Aprende tu posición, escoria-
-¿A quién llamas tú escoria, rata aterciopelada?- preguntó la chica que antes se burlaba de la princesa -Echa mano a ese sable y será lo último que tus manos van a tocar-
-¿Amenazáis a la guardia real? Esa osadía no quedará impune aunque seáis mujer- el soldado comenzó a desenvainar el sable con destreza, pero incluso así, antes de que llegara a desnudar por completo la brillante, fina y curva hoja de la espada del ejército, ya tenía la katana del desconocido silencioso en la garganta. La risueña mujer volvió a echarse a reír.
-Anda, vete por donde has venido. No vaya a ser que Ren pierda la paciencia. Está un poco escocido hoy- el soldado miró a la mujer y luego clavó sus ojos en los del tal Ren. Este le estaba quemando vivo con la mirada, de forma que prefirió dejar las cosas estar. Enfundó de nuevo el sable y eso hizo que Ren le apartara la hoja de la garganta; un milímetro más y la punta de la hoja se le habría clavado en la piel. En definitiva, sin llegar a salir del todo de palacio, ya Anneliesse estaba presenciando eventos que nunca antes había visto.
-Todo un espectáculo ¿eh?- oyó de pronto la princesa de fondo a su espalda mientras sentía cierto movimiento sobre sus hombros. Al girarse, un hombre descuidado estaba palpando la capa de la princesa como si fuera una especie de maestro costurero -Discúlpalos, son nuevos en esto de tratar con la alta cuna- el tipo le dedicó una sonrisa tan cargada de malas intenciones como verdaderamente divertida. Anneliesse no pudo evitar dar un respingo. Los soldados acudieron en ejambre, sables en ristre, a poner fin a la vida de ese atrevido delincuente que había osado poner una mano encima sobre la princesa -¡Bueno, bueno, bueno!- alzó ambas manos, casi cubiertas por guantes rotos que dejaban al desnudo los dedos -No sabía que ahora es delito apreciar la buena costura-
-El buen gusto a veces se paga caro- la poderosa voz de Reginald se hizo oír, pues ya por fin salía del umbral acompañado de Nero -Y en este caso, el crimen es acercarte a Anneliesse sin intenciones claras y, peor aún, poner una mano encima- realmente no había hecho el menor daño a la princesa, pero viendo a Reginald y su rostro desencajado, cualquiera diría que la habían torturado -Esto ha sido un grave error, me temo- concluyó mirando a Nero -Será mejor que ellos vengan aquí. Anneliesse, vuelve dentro-
-Me temo que no, señor- interrumpió Nero -Lo pactado, está pactado. Seguramente estarán preparando la recepción para la princesa. Sería un insulto, una burla hacia ellos el hacerles recibir un mensajero en lugar de la futura heredera de Lynastis ¿No os parece?- Reginald bufó pesadamente -No negaré que es cuestionable la intención de estos...- se frotó los dedos tratando de buscar una palabra.
-Hombres y mujeres de mundo de múltiples habilidades y amplios conocimientos del día a día- asintió Gustav, el aprehendido, con tono socarrón.
-...don-nadie- corrigió Nero -Pero fuisteis vos, alteza, el que quiso un refuerzo externo-
-No es por poner en duda tus habilidades, desde luego. Sé que puedes proteger a Anneliesse de cualquier mal- suspiró tratando de calmarse.
-Pero queréis una cabeza de turco- volvió a decir Gustav -Lo sabemos, lo aceptamos. Solo queremos el dinero-
-Las ratas van al queso ¿eh?- dijo Nero posicionándose ante Gustav y examinándolo con cuidado.
-Y la cabra tira al monte- sonrió éste malicioso, mirando a Nero y luego a Anneliesse para volver al Aegis -Queremos el pago así que nos aseguraremos bien de que a la princesa no le pase nada... por parte de nadie- terminó de aclarar con rintintín. Nero hizo el amago de soltar una carcajada, pero lo dejó en una media sonrisa.
-La gente como tú no cambia ni en mil vidas ¿eh?- reflexionó.
-¿Me conoces de antes?- se sorprendió Gustav -Yo no he tenido el "placer"-
-No me hace falta conocerte. Ni a ti, ni a los demás. Os sugiero cumplir vuestro trabajo y marcharos por donde habéis venido. El rey Reginald será generoso y cumplirá con las cuotas, os lo aseguro- gruñó Nero.
-Efectivamente. Así que empecemos de nuevo, como es debido. Tú vuelve con tu grupo y mantened la comitiva a salvo. Obtendréis vuestro pago una vez hayáis regresado sanos y salvos. Bueno, al menos Anneliesse y Nero- especificó el rey, haciendo sonreír al Aegis -Y vosotros, Nero, Anneliesse, manteneos a salvo en el carruaje y prescindid de compañías desagradables hasta la llegada a Ravahta-
-Una lástima que teniendo que prescindir de compañías desagradables la metais con ese estirado dentro del transporte- comentó Gustav agitando la mano mientras se marchaba hacia la banda, liberado por los soldados.
-No hagáis caso- bufó el rey -Si dan problemas, líbrate de ellos. Pero si apareciera algú grupo de Kuvlais, que ellos luchen primero. No quiero bajas en mi bando. Ellos son secundarios- Nero asintió.
-Así será, majestad- el Aegis miró a la princesa por fin, a la que no habían dado espacio para hablar o pronunciarse -¿Vamos? Comienza tu primer viaje-
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