Los pasillos de palacio eran más frescos de lo que podría haber llegado a imaginar. Una leve brisa parecía correr entre la multitud de corredores que componían las dos únicas plantas del hogar de los Rajash. No, no era un edificio alto de grandes torreones y prominentes estructuras, como lo era el de Lynastis. El castillo de Ravahta era más bien un complejo extraordinariamente extenso, donde todo tipo de riquezas se disponían en diferentes salas, unas junto a otras, pero todas en la misma altura. Un sin fin de tapices decoraban las paredes, relatando grandes historias de antaño. Las celosías dibujaban en los suelos enlosados docenas de figuras fantásticas, y las plantas decoraban casi cualquier rincón. La variedad de flores que crecían en aquellas tierras áridas, nada tenían que ver con las brillantes y coloridas de la Ciudad de los Lagos, sin embargo, Anneliesse no podía dejar de admitir que eran hermosas a su forma. Todas con tonalidades verdosas y rojizas, eran monótonas, pero dotaban de vida un lugar tan árido como aquel. 

— Y aquí están vuestros aposentos. He dispuesto todo lo que podéis necesitar —terminó Namur por decir. Se había pasado hablando todo el tiempo que había durado aquel corto paseo, pero la princesa casi ni le había escuchado. A pesar de no tener nada contra el príncipe, el significado de su propia presencia le desagradaba por completo. —Anneliesse ¿Puedo hablar contigo como con una igual? Es más cómodo, más cercano, a mi parecer —añadió. —Al fin y al cabo, tenemos familia en común. Somos cercanos —insistió, viendo como la chica no contestaba. —Y... bueno, creo que seremos más cercanos aún en cuanto tenga tu beneplácito.

—Si tu lo dices—bufó la chica. Se negaba rotundamente a hablar sobre nupcias, relaciones y nada que tuviese que ver con su futuro. Sin esperar ofrecimiento, abrió ella misma las puertas de la habitación. Lo primero en lo que se fijó fue en la enorme cama que coronaba el centro de la alcoba, repleta de cojines de varios colores y cuyo dosel dejaba caer cortinas de seda de la más extraordinaria calidad. Las alfombras decoraban el suelo hasta tal punto que era imposible encontrarlo a simple vista. La habitación tenía un olor peculiar, pues sobre una mesa auxiliar, pequeña y redonda repleta de pequeños cristales incrustados, se quemaba un incienso que conferían a la habitación un ambiente privado e íntimo. 

—Tienes un baño sólo para ti corriendo aquellas cortinas —señaló Namur. A la derecha de la habitación, aquella cortina ocultaba un arco que llevaba hacia otra sala. —Y sobre aquella mesa, las doncellas han colocado frutas. Aunque yo sugeriría no comer nada, pues la cena no tardará en servirse — La princesa asintió cansada, aquel hombre no se callaba. —¿Puedo mostrarte una cosa? —preguntó, adelantándose a los pasos de la chica y caminando hacia la cama. Por un momento, la chica se sintió muy tensa. Al menos, cuando Namur mostró una caja que estaba oculta sobre algunos cojines, pudo respirar aliviada. —Es un regalo para ti —aclaró. Anneliesse, sin decir nada, se acercó a dicha caja. Desenvolvió los lazos de seda colorido que sujetaban su tapa, y al abrirla, contempló lo que parecía ser un auténtico vestido de Ravahta. La tela roja, impoluta, brillaba gracias a la cantidad de abalorios dorados que la rodeaban. Sin si quiera extenderlo, la chica comprendió que aquel no era el vestido de una mujer normal de la Ciudad de las Arenas, aquel era el vestido de una auténtica reina. Los bordados florales parecían cosidos a mano con un mino extraordinario, y la tela de tul que cubría parte de la prenda, aun doblada, parecía tener incrustadas algunas piedras. —Encargué a la mejor modista de Ravahta que lo creara el mismo día en el que tu padre me comunicó que había sido elegido para tomar tu mano —se atrevió a decir. —Anneliesse... —valiente, lazó sus manos hasta atrapar las de la chica. Él se había sentado sobre la cama, pero ella seguía en pie. —Nada me hace más feliz en este momento que contemplarte. Eres una mujer muy hermosa —habló con voz dulce. Anneliesse no podía decir lo mismo. Namur era un hombre guapo, con un atractivo innegable. Sus músculos, los cuales se empeñaba en mostrar, parecían cincelados. Su aspecto salvaje daría curiosidad a cualquier mujer, y sus ojos, tan verdes como una esmeralda, calaban en el más frío hielo. Pero para ella, era tan horrendo como el futuro que le esperaba con él.

—Tu a mi no me gustas —dijo sin tapujos, liberando sus manos de su agarre. Namur quedó petrificado, boquiabierto. Sin lugar a dudas, no se esperaba una respuesta así. Sin embargo, la ofensa acabó dando paso a una perfilada sonrisa. 

—Lo comprendo. Es pronto. No quiero presionarte.

—No me presionas —aclaró ella. —No me voy a casar —Ante aquellas palabras, Namur soltó una risa leve. —Que mi padre quiera que me case, no implica que yo lo acepte. Si estoy aquí es porque él me lo ha ordenado. Quiere que me ablande, que acabe aceptando algo que él impone. Pero no va a ser así.

—Vaya, no eres de las que callan.

—Veo que tu tampoco —comentó la mujer, siendo una indirecta bastante cargada. De repente, las fachadas parecían desprenderse por sí solas. Namur se puso en pie y la rodeó, para después caminar hacia las cortinas que separaban la alcoba del baño. 

—Hay un último regalo — afirmó. Una forma irregular quedaba oculta tras una lona, la cual se apresuró a destapar, desvelando un enorme espejo. Su marco, de madera de caoba, tenía decenas de piedras preciosas incrustadas al rededor, haciendo que pareciese un mosaico. —En Ravahta son famosos este tipo de espejos. Los artesanos colocan las joyas una a una al rededor del mismo. Son tan valiosos, que sólo las princesas y reinas más reconocidas han tenido la oportunidad de mirarse en ellos. —explicó. —Me alegraría saber que esta noche te vestirás frente a este espejo con el vestido que te he regalado, y que acudirás a la cena con él. —La chica se cruzó de brazos. Tantos halagos empezaban a cansarla. —Además, es mágico —añadió. De alguna manera captó la curiosidad de la muchacha, quien arqueó una ceja. —A veces se reflejan en él figuras que no están en este lugar.

—¿A que te refieres?

—Contémplalo constantemente y lo entenderás —terminó por decir. Namur hizo el amago de marcharse tras una reverencia. Quizás esperó que la chica ofreciera su mano para ser besada, pero, al ver que no se movía ni un ápice, terminó por desaparecer de la habitación por fin. 

Anneliesse soltó un suspiro pesado, muy largo. Caminó hasta la cama, donde tomó la caja con el vestido y la tiró al suelo. Después, se acomodó sobre la misma, entre sus múltiples cojines. Tenía que admitir que era cómoda, y que entre las cortinas del dosel y el aroma del incienso, sintió un enorme pesar en los ojos. Y no era raro. No había dormido apenas desde el accidente en el río, puesto que su cabeza no se lo había permitido. Y ahora, no pudo evitarlo.

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Corrió tanto como pudo. Sorteó ramas y grandes raíces que emergían del mismísimo suelo, y sin embargo, no conseguía dejarle atrás. El pánico que recorría su cuerpo cada vez la incapacitaba más. Las piernas le temblaban, y aunque quería seguir moviéndose, llegó un momento en el que no pudo continuar. Abrió la boca para gritar, pero no emitió sonido alguno de entre sus labios. Era como estar atada por una fuerza sin igual que impedían que actuase de forma autónoma. 
Y entonces, él llego. Su enorme figura la envolvió de oscuridad. Y cuando sus manos rodearon su cuello, la noche más oscura brilló en sus ojos. 

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Anneliesse se despertó de un salto. Con la mano en el cuello intentó recobrar el aliento. Estaba sudando a mares, como si hubiese estado corriendo de verdad. De hecho, el cuello le dolía. Casi podía sentir cada dedo de aquel hombre aprisionando su piel. ¿Por que había soñado con él? Angustiada, terminó por salir de la cama.

Conforme caminaba hacia el baño, intentó dejar atrás cada pensamiento o recuerdo. Por suerte no fue difícil, sobre todo al comprobar, maravillada, que aquel no era un baño normal. Un sin fin de espejos rodeaban las paredes en los que la princesa podía observarse desde todos los ángulos. La bañera, en forma cuadrada, parecía una fuente. La forma en la que presidía la sala, hacían parecer a todo el conjunto un jardín de fantasía. 

Cuando Anneliesse las llamó, las doncellas no tardaron en preparar el baño. Trajeron agua caliente hasta llenar la bañera, para después, verter sobre la misma varios aceites aromáticos y un buen puñado de pétalos de flores de distintos colores. Sobre el lavabo, dejaron varios aceites más para usar tras el mismo, así como unas cuantas toallas. Pero cuando terminaron su tarea, no se movieron. La princesa supuso que la familia real se aseaba con ayuda de sus sirvientes, como era normal en muchas familias nobles. Al contrario, en Lynastis no se seguía aquella costumbre. No desde que ella lo solicitó. Las doncellas no comprendieron por qué la mujer las echó de la habitación, pero sólo cuando consiguió convencerlas, la chica se desnudó.

Al introducirse en el agua, sintió un cúmulo de sensaciones placenteras recorrer su cuerpo. La temperatura del agua, desprenderse del sudor, del cansancio... No tardó en sumergirse de lleno en el agua, y al salir, contempló que incluso en la bañera podía ver su reflejo en todas partes gracias a aquellos espejos. Se acercó a uno de ellos, prácticamente nadando gracias a la profundidad de la bañera. Y en vez de fijarse en ella misma, en su pelo húmedo o la herida de su frente, se fijó en su cuello. Aún sentía aquellos dedos como si fuesen pulsaciones. Se acarició la piel lentamente, intentando comprender.... ¿Por qué? ¿Por qué aquel hombre quiso matarla? ¿Por qué le hizo aquello? Pudo habérselo contado al Aegis, solicitar más protección y que expulsasen a aquel malnacido... Pero no lo hizo. Hacerlo, implicaría que Nero se obsesionaría más con ella, con su protección y su cautiverio. Le había dado muchas vueltas después de lo ocurrido, y lo mejor era dejarlo estar. Parecía una locura, un auténtico disparate no delatar a quien le había dicho daño, pero... no quería. Era estúpido, pero algo le decía que, a pesar del daño, se había sentido viva por primera vez.

Terminó por alzarse un poco más, seguir descubriendo su cuerpo a través del espejo hasta que, finalmente, el sello apareció. Una estrella de cinco puntas, encerrada dentro de un círculo y cubierta de runas que antaño tuvo que aprender a leer. La silueta estaba desgastada, borrosa, imperfecta. Ni una línea del dibujo estaba terminada. —Y pensar que este maldito dibujo es el origen de todo el calvario que he sufrido... un maldito dibujo —susurró. Y cuando giró el rostro porque le pareció ver algo, gritó.

Gritó tanto como pudo y se escondió bajo el agua. Mientras las doncellas entraban a toda prisa para comprender qué ocurría, Anneliesse comprendió que en el arco no había nadie observándola. Namur no estaba allí, sólo su presumido y presuntuoso perfil reflejado en el espejo que le había regalado. 

—¿Qué le pasa?

—¡¿Como diantres se está reflejando ahí?! ¡¿Donde está Namur?! —preguntó la princesa histérica, señalando constantemente al espejo. Las doncellas, al comprender lo que ocurría, sonrieron y soltaron pequeñas risitas.

—Son los espejos del techo, mi señora — Anneliesse observó por primera vez el techo, cuya forma era una bóveda. Estaba repleta de espejos móviles. —El príncipe está en su habitación, con los espejos del techo colocados de tal forma que su reflejo se proyecta en su espejo. Al fin y al cabo, si alcoba está aquí al lado, junto a esta —aclaró. —¿A que es mágico? Los espejos se mueven con pequeñas cuerdas hacia distintos lados, dependiendo de a que espejo de este ala se quiera proyectar el reflejo. Los príncipe de Ravahta llevan años cortejando a sus parejas de esta forma. Me parece precioso, si se me permite la opinión —comentó la chica con vergüenza. ¿Precioso? Aquello era horrible.

Anneliesse salió del baño como un vendaval. Cubierta en toallas se acercó hasta el espejo y lo cubrió con su lona original. Apenas llevaba unas horas en esa casa y ya estaba harta de todo. Furiosa, secó su pelo de mala gana e instó a las doncellas a que volvieran a marcharse. Y por último, tomó el vestido que Namur le había regalado. Se puso la falda de mala gana, maldiciendo entre dientes y susurrando improperios que una princesa jamás debería decir. Se estaba haciendo un lío con tantas telas pesadas, pero acabó comprendiendo que aquel vestido era un conjunto de dos piezas, y que su vientre, inevitablemente quedaría al aire. —¡Maldita sea! ¡Agh! —gruñó, lanzando las prendas que le quedaban sin poner contra el suelo. Aquello no iba a quedar así. Ni hablar.


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Anneliesse abrió de par en par las puertas que llevaban al gran salón. No le había costado demasiado tiempo encontrarlas, ya que se encontraban en una zona céntrica de palacio y los sirvientes no paraban de entrar y salir, cargando consigo todo tipo de aperitivos y bebidas.

Al cruzar el umbral, todos se quedaron mirándola. A juzgar por las sonrisas tranquilas de todos, y sus manos ocupadas con copas de vino, debían haber estado compartiendo momentos antes unos agradables momentos de charla y alcohol antes de pasar a la cena. A juzgar por la cara de todos, la princesa había aguado aquel momento, sobre todo a los Rajash. Y no era de extrañar. No lucía el vestido que Namur le había regalado. En su lugar, había optado por lucir un vestido propio, de lo más sencillo y poco elegante. Apenas se había arreglado el pelo, el cual había optado por dejar suelto, sin más. 

La verdad es que a la mujer le dio igual lo disgustados que los hermanos pudiesen llegar a estar, pues anduvo con grandes zancadas hasta llegar al lugar donde, el que se supone que iba a ser su prometido, aguardaba. —¿Se puede saber que trucos estás usando conmigo? —le señaló furiosa. —¿A que juegas? —insistió, obviando por completo que todos la estaban escuchando. Namur miró de un lado para otro antes de hablar.

—¿No te ha gustado lo que has visto? —preguntó juguetón. —Yo, sin embargo, he contemplado una silueta preciosa desde mi habitación —susurró cerca de ella. Anneliesse se quedó a cuadros. Hasta ese momento, había entendido que el reflejo del hombre aparecía en el espejo de su habitación gracias al mecanismos de espejos móviles que lucía la bóveda de palacio. Lo que no esperaba es que aquel mecanismo funcionase en sentido contrario.

—¡¿Como has...?!

—Parece que intiman —aseguró Reev, alzando una copa y rompiendo un poco la creciente tensión que se acumulaba en el ambiente. —Es la pareja que menos tiempo ha necesitado para hablarse con total confianza de todas las que he llegado a conocer —aseguró con voz bromista, haciendo que su familia, Nero, y los capitanes de la guardia de ambos paises riesen. —Namur, ¿Por que no presentas a Anneliesse ante nuestro padre? —preguntó. Más que una pregunta, aquello era un recordatorio. A la chica se le había pasado totalmente por completo el hecho de que Ras-Fari, monarca de Ravahta, aguardaba entre los presentes. Sentado sobre una silla de ruedas, aguardaba con mirada seria a que los jóvenes se acercasen a él. 

Mientras Namur instaba a la chica a acercarse a él, ella pudo comprender que apenas había rasgos que compartieran aquel hombre con su padre. Si bien Reginald había heredado la piel tostada por el sol de los Rajash, las finas líneas de su rostro le hacían parecer un hombre mucho más delicado que Ras-Fari. El rey tenía una nariz ancha y prominente, y su barba gris era larga y despeinada. Su cara de pocos amigos, sin embargo, si parecía ser algo de familia. —Así que ésta mujer es la hija de mi sobrino —pronunció tras un rápido estudio con la mirada. Anneliesse, a regañadientes, hizo una reverencia. Aunque la habían interrumpido, pensaba terminar lo que había empezando con el príncipe. —¿Por que no vistes el vestido que mi hijo te ha regalado? Mi sobrino le regaló a tu madre uno similar, y ésta no tardó ni dos segundos en vestirlo. Es una falta de respeto —alegó sin miedo.

—No me queda bien —dijo la chica. —Es demasiado revelador —añadió.

—Pues entonces ese vestido se arreglará, pero deberás lucirlo para que mi hijo pueda contemplarte con él. 

—Su hijo debería dejar de contemplar tanto y aprender a respetar lo que dicen los demás —escupió la chica. Ras-Fari abrió los ojos con sorpresa. Hasta entonces casi no se le habían visto, pues estaban ocultos bajo unas cejas muy pobladas y canosas. Parecía que iban a saltar chispas entre ambos, y por ello, Nero acabó interponiéndose entre ambos.

—Pido, Majestad, que disculpéis a la princesa. Está cansada, y el accidente que sufrimos no le ha sentado muy bien. El calor que Ravahta tampoco ayuda. Comprendedlo, está muy emocionada por todo esto. Al fin y al cabo, como sabéis, hace mucho tiempo que no sale de palacio. Todo esto es nuevo para ella —la sarta de excusas del Aegis produjeron una mueca de asco en la cara de la princesa.

—Si, ese es el verdadero problema —murmuró.

En el ambiente, pareciera que iba a iniciarse una guerra. Unos segundos más allí, en silencio, y Anneliesse acabaría por gritar a todos todo cuanto pensaba sobre el matrimonio concertado, el eterno confinamiento y el Ente al que todos temían. Por suerte, la princesa Yaali, la menor de los Rajash, fue la que mejor supo manejar la situación —¿Cenamos ya?


Todos pasaron al gran comedor, donde una en gigantesca mesa central ya se había dispuesto todo tipo de alimentos. Carne, legumbres, verduras, frutas, pan y vino. El olor que ocupaba toda la sala era embriagador, pues toda la comida que esperaba a los comensales parecía estar preparada con todo tipo de especias de la mejor calidad. Los Rajash se sentaron todos en un lado, Anneliesse y Nero en otro, y Ras-Fari, acabó presidiendo la mesa. Reev fue quien le ayudó a sentarse, de ahí que fuese el último en hacerlo. Todos se habían vestido de forma muy elegante. Ellos con largas túnicas bordadas, y la princesa, con un sari tan resplandeciente como el que la princesa había elegido no lucir. —Por favor, comenzad.

Las manos no tardaron en volar hacia los distintos alimentos. Anneliesse, aunque había tenido hambre, había perdido todo el apetito al saber que Namur la había estado viendo desnuda sin su consentimiento. No podía dejar de mirarle, con ojos repletos de furia, que sólo eran correspondidos por parte de él con guiños y sonrisas. —¿Y que fue lo que ocurrió exactamente? El accidente —preguntó Reev.

—La princesa fue a estirar las piernas —comenzó a hablar Nero. —No se alejó demasiado del lugar en el que descansábamos, pero fue suficiente para que unos asaltantes la encontraran —explicó con cierto nervio en la voz. No sonaba seguro ni convencido.

—No estaría siendo vigilada adecuadamente —sugirió Ras-Fari.

—Al contrario, mi señor. Los soldados de Lynastis cumplieron extraordinariamente su función. De no ser por ellos, la princesa podría haber llegado a sufrir cualquier tipo de mal peor. Sin embargo, gracias a la rápida actuación de los mismos, todo quedó en algunas magulladuras y un leve susto.

—A mi eso no me parece una magulladura —señaló el rey a la frente de la chica, que aún lucía amoratada. La herida empezaba a secarse, pero aún estaba reciente. 

—Me consta que os acompañan leales soldados —intervino Yaali. Su voz sonaba dulce y juvenil. Alegre como nadie en aquella sala. De hecho, era la única que sonreía. —También habéis venido con hombres fuera del servicio de palacio ¿Me equivoco? —la chica se dirigió expresamente a la princesa, y ésta dio un respingo sin entender por qué preguntaba por aquellos hombres. Los ojos asesinos de aquel que casi la mata, aparecieron en su mente.

—Así es, expertos en caminos —se adelantó a decir antes de que Nero volviese a tomar la palabra.

—Uno de ellos se comportó de forma muy cortés esta mañana conmigo. 

—¿Quien? —preguntó Anneliesse interesada.

—Kassad Ramar, creo que se llama. Me complacería personalmente que se recompensara la labor del grupo de expertos, y en concreto la de ese hombre. Quisiera que...

—Pero ¿Tú de que estás hablando? —preguntó Reev. Los buenos modales y el afable y servicial gesto que había parecido presenciar hasta entonces, se esfumó. Ahora, lanzaba una mirada asesina a su propia hermana.

— De lo que me place. He hecho una promesa a Kassad de protección y mente. —alzó la voz. Parecía ser algo importante, pero Anneliesse no entendió el significado de ello. Y ni se te ocurra reprenderme por ello porque ya soy bastante mayorcita para ejercer mis potestades como princesa —le señaló. Poco a poco, todo empezaba a desmoronarse otra vez.

—¡¿A un mercenario?! ¡¿Tú estas loca?! ¡¿Sabes lo que implica que una mujer de tu posición haga algo así con un cualquiera?! —añadió Namur con un torrente de voz no mostrado hasta entonces.

—¡¿Y a ti quien te ha mandado a opinar?! —le señaló Yaali.

—Por esto no hay que darle rienda sueltas a las mujeres —explicó Ras-Fari, impasible. Escuchaba a sus hijos sin participar en la pelea, limitándose a sentenciar sobre el asunto. —Las mujeres son impulsivas, rebeldes. No atienden a razones, y llegadas a una edad, se vuelven histéricas. Todo cuanto quieren la capacidad de decidir por sí mismas, y acaba pasando lo que pasa —continuó tras dar un sorbo a su vino. A la princesa no se le pasó por alto aquellas crueles palabras. De hecho, incluso apretó los puños sobre la mesa al comprender la dureza con la que un padre hablaba de su hija. Otra cosa más que parecía venir de familia. —De hecho, debería encerrarla a Yaali en su habitación, para siempre, como tú —señaló a Anneliesse. Y ésta no pudo contenerse. Dando un porrazo contra la mesa, se puso en pie.

—¿Qué se cree que está diciendo? —le rugió, provocando el silencio de todos los comensales. Quizás, aquel día, en aquel momento, una guerra podría haber estallado, pero no ocurrió. No, al menos, por parte de ella.

Un sirviente llamó varias veces a la puerta, y sin esperar a tener consentimiento para entrar, acabó haciéndolo por pura urgencia. Se trataba de un chico joven con aspecto muy nervioso, que no tardó en inclinarse —Majestad, tenéis visita.

—¿Visita? ¿Ahora? No me interesa ver a nadie.

—Majestad, me temo que... —Una figura alta y fornida atravesó el umbral de la entrada sin tan si quiera esperar a que el sirviente. La sonrisa de aquel hombre de melena dorada brillaba con luz propia. Sus dientes blancos se expusieron de lado a lado. Con las manos en las caderas, lució una pose triunfal. —Majestad, con vuestro permiso... El príncipe Hardum Svartal, de Arunna. 

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