Pasar la mañana con Hardum dando vueltas, prácticamente en círculos, en los interiores de palacio, había sido de lejos el compromiso más aburrido que Anneliesse había tenido nunca, y ya era decir. El heredero de Arunna hablaba constantemente de sí mismo, y no había quien le parase. Sus posesiones más preciadas, sus galardones conseguidos desde su niñez, los premios que se le había entregado, sus méritos académicos y físicos... todo un alarde de información que, de no ser por cuanto Nero había suplicado, la princesa le habría dejado con la palabra en la boca desde hacía ya buen rato. La voz de Hardum empezó a sonar hueca para la chica cuando el sol ya brillaba en el punto más alto del cielo. El calor tampoco ayudaba. La sensación de estar sudando constantemente, así como el sopor que provocaba la bochornosa temperatura, empezaron a hacerla sentir demasiado molesta con todo. Se le acababa la paciencia.
— Estaba pensando en lo complicado que debe ser portar con tantos méritos — sonrió la chica falsamente, de una forma en la que cualquiera lo notaría. — Arunna debe sentirse afortunado por contar con un heredero tan preparado para gobernar en el futuro.
— ¿Tu crees? — preguntó con orgullo. Fue visible la forma en la que se le hinchó el pecho como si de un pájaro se tratase. — A mi se me ocurren otras formas de darle un futuro mejor a Arunna — declaró por fin. La princesa ya le veía venir. — De hecho, la verdadera razón por la que he venido no es, realmente, procurar las buenas relaciones con mis vecinos. Si estoy aquí, es porque quisiera proponerte algo, Ann.
— Anneliesse.
— Eso, sí. — sonrió galán, deteniendo el paseo. Se habían quedado parados en mitad de la arena de los jardines traseros de palacio. Estaban repletos de soldados, tanto de Lynastis como de Ravahta. También había algunos soldados de Arunna, que de seguro, habían acompañado al príncipe hasta aquellas cálidas tierras. Eran inconfundibles gracias a las pieles que cubrían los cuellos de sus pecheras, las cuales, sin más remedio, habían tenido que quitarse para no morir de calor. Hardum era inteligente, no cabía duda. Iba a lanzar una pregunta comprometida en el lugar de palacio con más oídos. Quería que todo el mundo oyese su proposición, o que hiciesen correr las palabras que iba a decir. Pero ¿Por qué? — Princesa, se por qué estáis aquí. Vuestro padre ha decidido que uno de los herederos de Ravahta, presumo que Namur, se quede con vuestra mano — comenzó a decir. Finalmente, arrancaba. ¿Por qué se había entretenido tanto contando durante horas su aburrida vida, haciendo que la chica casi desfalleciese del hastió, para negociar? No cabía duda de que estaba vendiéndose. — Quisiera renegociar esa propuesta, y me parece más correcto hacerlo contigo que con el rey de Lynastis. A fin de cuenta, ya estas aquí. Y me parecería absurdo viajar hasta Lynastis si es contigo con quien debo tratar — aseguró.
— ¿Me ves más con más potestad de elegir que a mi propio padre? — preguntó curiosa, sin poder quitar la vista de todos los soldados que los miraban.
— Bueno, es a ti a quien tengo que convencer — otra vez, aquella sonrisa prepotente. — Anneliesse ¿Qué te parecería cancelar las negociaciones con los Rajash y comenzarlas con los Svartal?
— ¿Me pides que cancele los planes de mi padre?
— No, no, no. Solo que los cambies — Hardum se tomó la increíble libertad de tomar a la princesa de los hombros. — Seamos adultos. Los Rajash no pueden darte lo que yo si puedo. Ravahta tiene armamento, pero Arunna tiene soldados. Muchos soldados. Dudo que no estés al tanto de las proezas que mis hombres consiguen. Son temerarios, están entrenados para no perder una batalla. Ningún país, ni de este continente ni del otro, se atrevería jamás a alzar las armas contra Lynastis si tu y yo... nos aliamos — propuso con descaro.
— Ningún país se atreve a alzar las armas contra Lynastis.
— ¿Eso crees? — La seguridad con la que el príncipe formuló aquella pregunta, consiguió que la chica le sacudiese un escalofrío helado por toda la espalda. ¿Qué quería decir con aquello? ¿La estaba amenazando? ¿Con qué valor podría estar haciendo algo así? Anneliesse se quedó petrificada, ansiando contarle a Nero lo que acababa de oír. Sin embargo, su vista y su mente se distrajeron unos segundos cuando, no muy lejos de ella, pudo encontrar entre los soldados al grupo de mercenarios que los acompañaban. Estaban todos, incluso aquel que la había tomado por el cuello en el bosque. Y él la miró.
— ¿Ann? ¿Me estás escuchando? — insistió el hombre. Debía haber estado hablando algo más, pero la mujer no le había escuchado. Pestañeó un par de veces y devolvió su vista a Hardum. Fuera como fuese, tenía que seguir manteniendo la compostura.
— Agradezco tu propuesta — se limitó a decir la chica. La escasez de palabras, la sensación de que obviaba aquella propuesta, pero a su vez, la amabilidad con la que se le trataba, hicieron que el heredero frunciese el ceño extrañado. Anneliesse no llegó a saber si se había ofendido o quizás no había barajado en ningún momento la posibilidad de que fuese rechazado, porque sin verle venir, fueron interrumpidos por Namur. El hombre no dudo un solo instante en separar el agarre que Hardum seguía manteniendo sobre la chica.
— ¿Quién te ha dicho que puedes tocar a la heredera de Lynastis? ¡¿Sabes con quien estás tratando?! — le gruñó. Anneliesse se vio arrojada varios pasos hacia detrás.
— ¿Me estás llamando estúpido, Namur? Además, yo no he visto a Ann quejarse.
— Anneliesse — insistió ella. No, no pensaba consentir que alguien con quien no tenía confianza se tomase tantas libertades con ella.
— ¡¿Te das cuenta de las consecuencias de tu comportamiento?!
— ¿Quieres tu conocer las consecuencias de dirigirte a mi de esa forma? — conforme más se alteraba Namur, más calmado y burlón se mostraba Hardum. Los dos parecían la cuenta atrás de una bomba de relojería que estallaría de un momento para otros.
— Caballeros, hace mucho calor. Quisiera tomar algo fresco. ¿Y el almuerzo? ¿Aún no está preparado? Contaba con la idea de comer algo pronto para pasar la tarde descubriendo algunos rincones más de palacio — desvió la conversación la mujer. Sonó tan ridícula, que hasta a ella misma le dio nauseas de imaginarse con unos modales tan aplicados con aquellos dos orangutanes.
— Yo te acompaño, Anneliesse — se adelantó Hardum.
— ¡No la tutees!
— Prefiero ir sola ¿De acuerdo? — insistió la chica, manteniendo a duras penas la compostura. Sin lugar a dudas, Nero le había pedido demasiado. — Voy a buscar a Reev Rajash yo misma, para consultarle sobre la comida.
— Yo quería acompañarte a ver a mi padre. El rey quiere mantener una charla contigo — intentó Namur sobreponerse.
— ¿Y si... lo dejamos para mañana? — sonrió, una última vez, con todas las fuerzas que pudo. — Nos vemos en el almuerzo, caballeros — Anneliesse, prácticamente, salió huyendo. Necesitaba respirar un poco de aire a solas, dejar de lado la tensión que entre aquellos hombres se vivía y reflexionar sobre como tratar el gran problema que parecía venirse encima. Tenía que pensar, tenía que evitar a toda costa que de aquella maldita propuesta de matrimonio naciese un conflicto. Y por supuesto, tenía que huir para que las docenas de ojos que la observaban dejasen de hacerlo. Sabía perfectamente que los mercenarios debían haber estado mirándola, incluso riéndose de ella, como la primera vez. Pero lo que menos soportaba es que aquel hombre que le hizo daño la mirase. Algo en su interior le quemaba solo de pensarlo. Estaban ocurriendo demasiadas cosas extrañas.
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