A ojos de la princesa, a pesar de la espeluznante sensación que sentía, no se dibujaban más que las siluetas de una familia poderosa y acaudalada. Desde que había nacido, se había instruido tanto en política como su posición de futura reina lo requería. Los Gelhart, gobernantes de Ryudo, habían compuesto durante siglos la oposición más dura y letal a la que Oriest jamás se había enfrentado. Si bien en el pasado la sangre había sido derramada entre ambos continentes innumerables veces, con la aparición del Ente se abrió una brecha temporal en la guerra. Ambas casas se unieron hasta que consiguieron derrotar al enemigo común de la humanidad, haciendo que cada mitad de su oscuridad fuese custodiada por las dos coronas con la promesa de que jamás volverían a unirse. Desde entonces, la guerra había pasado a ser fría, calculada y controlada. Un tira y afloja constante y medido, dadas las condiciones, que habían conseguido dibujar desde la más tierna infancia de la princesa una imagen de aquella familia oscura y siniestra. Sin embargo, ahora podía comprobar con sus propios ojos que sus grandes enemigos políticos eran personas normales, aparentemente civilizadas y de apariencia común. Se sintió estúpida si alguna vez, de niña, los imaginó con la piel azulada y largos colmillos.
Los Gelhart ascendieron las largas escaleras que llevaban a las puertas de palacio, tras dejar los jardines y su séquito de soldados detrás. Casi como un ritual, el primero en llegar ante la posición en la que ella y su padre se encontraban, fue Sion. Su semblante serio no se quebrantó mientras le sostuvo la mirada a Reginald, ni si quiera cuando ambos se estrecharon la mano. Anneliesse se extrañó al comprobar que, con total seguridad, aquel era el primer hombre que no se arrodillaba ante el rey dado que él también lo era, pero de otro continente. Eran las dos caras de una misma moneda. —Es un placer poder teneros entre nosotros, Lord Sion. Sin duda este día marcará una fecha histórica en los futuros libros que relaten nuestra era —comentó Reginald, más serio y tenso que de costumbre.
—El gusto es mío, Lord Reginal —. El rey de Occest tenía una voz algo quebrada, quizás debido a su edad. Movió sus ojos con la facilidad con la que un soldado desenvainaría una espada, para clavarlos en la princesa. Ésta hizo una reverencia deprisa, angustiada por la presión que se vivía en el ambiente. Si iban a negociar sobre su boda ¿Por qué sentía que había algo que pendía de un hilo? Como si un paso en falso pudiese acabar con un conflicto instantáneo. Era muy difícil para la chica cambiar la opinión que tenía de ellos de un día para otro, sobre todo si, a fin de cuentas, habían acudido allí para hacer un trato con su mano. —Tú debes ser Anneliesse.
—Así es, mi señor —asintió la chica, incapaz de sostenerle la mirada a unos ojos tan claros como el hielo.
—Éste es mi hijo Caleb —señaló al menos de los Gelhart. El rostro simpático del chico alivió momentáneamente las tensiones colindantes. Con una sonrisa nerviosa, hizo una inclinación de lo más torpe. En sus gestos se podía apreciar la poca experiencia que debía tener sobre mantener la compostura en actos políticos. Algo extraño, teniendo en cuenta que apenas sería unos años menor que la chica. —Y Eirik, mi primogénito. Herdero de Ryudo y futuro rey de Occest —Sion señaló al hombre, que terminó de subir el par de escalones que le quedaban. Si bien la princesa hizo una reverencia corta y sencilla, el príncipe se inclinó hasta tomar la mano de la muchacha. La llevó hasta rozar sus labios, dando un beso cortés en los nudillos. Por supuesto, allí sólo había dos de los tres hermanos. El que faltaba, el que debía portar la mitad del Ente... debía estar lejos, en una situación parecida a la suya.
—Es un placer conoceros, princesa —su tono de voz sonaba cálido y adulador. Al erguirse, no apartó los ojos de la mujer, quien no sabía qué decir exactamente. —Me alegra enormemente poder conocerlos al fin —. Anneliesse bufó para sus adentros. Estaba atravesando una época tediosa y sofocante, donde ya eran tres los hombres que afirmaban estar alegres de conocerla, rodeados de un enorme aura de interés. De hecho, todos los hombres que hasta ahora había conocido, habían tratado con ella por puro interés en mayor o menos medida. Se sintió ofendida y entristecida a la par.
—Debe haber sido un viaje de lo más cansado. Son muchos los kilómetros que separan ambos países. ¿Necesitáis aseo? ¿Descanso? —preguntó Reginald, haciendo un gesto con el brazo que les invitaba a pasar a los interiores de palacio. —El servicio ha dispuesto un ala de palacio para el uso que necesitéis.
—No quisiera ofenderos, Lord Reginald, pero me temo que mi tiempo es bastante preciado —comentó Sion, quien ya caminaba con ambas manos entrelazadas tras la espalda. —Tengo demasiados asuntos que atender en Ryudo, de forma que desearía acabar cuanto antes con las negociaciones —confesó. La frialdad con la que hablaba sobre el futuro de su hijo y el de Anneliesse, hicieron que la chica sintiese un enorme escalofrío.
—Por supuesto —asintió el rey. —¿Qué os parece que pasamos a mi despacho? Allí podréis acomodaros mientras tomáis un buen vino. Hablaremos todo cuanto necesitéis sobre el acuerdo. Si teméis contratiempos en Ryudo, preferiría dejar zanjado el asunto antes de que pasemos a temas más banales. Odiaría que os marcharais con un simple pacto, sin disfrutar un poco de nuestra hospitalidad. —sugirió. Sion pareció complacido ante la idea de darle celeridad a las negociaciones. Cuando echaron a caminar, Anneliesse los siguió. Apenas fueron unos pasos, dados de forma distraída, hasta que Reginald y Sion pararon en seco y se giraron. —Hija, ¿Qué te parecería la idea de mostrar a los príncipes el palacio? Lord Sion y yo estaremos ocupados unas horas —. La princesa les miró confundida, incrédula. No iban a dejarla participar en su propio futuro de ninguna manera.
—Sería un placer para mí, Anneliesse —murmuró Eirik, mientras que Caleb quedó una posición más expectante. La mujer se vio momentáneamente entre la espada y la pared, sin elección. Ocultando su frustración, terminó por aceptar. El príncipe Eirik ahuecó su brazo, ofreciéndoselo. —¿Está bien? ¿Soy descortés si os pido que me tendáis la mano? —preguntó. Distraída, la mujer negó con la cabeza. Al entrelazar su brazo con el del príncipe, sintió una piel tensa bajo las prendas.
—Por favor, seguidme.
El palacio de Lynastis era, a todas luces, demasiado gigantesco. Compuesto por un total de dieciséis alas, repartidas en cuatro plantas y dos jardines, se hacía casi imposible de recorrer en una sencilla tarde. Anneliesse intentó ser escueta, concisa y poco aburrida en sus explicaciones. Atravesó largos pasillos enumerando los tipos de flores que decoraban las esquinas y columnas, mientras trataba de recordar los nombres de todos aquellos antepasados cuyos retratos adornaban las paredes del lugar. Explicó con brevedad cual era el ala asignada para que descansasen aquella noche, así como las formas más sencillas de solicitar al servicio lo que pudiesen necesitar. Alabó la gran biblioteca, ubicada en una de las zonas más centrales de palacio, como a un gran lugar histórico patrimonial. Los miles y miles de libros que se disponían en un sin fin de estanterías brillaban en un sin fin de colores gracias al rosetón que coronaba a la gran sala. Por último, a la chica solo se le ocurrió la idea de darles a conocer los jardines traseros, ya que los delanteros habían podido conocerlos al llegar.
Rodearon una gran fuente, adornadas con figuras de mujeres desnudas con cántaros entre los brazos y cuyas aguas se coloreaban gracias a las perlas que cubrían el fondo. Deambularon lentamente a través de caminos de piedra adornados a cada lado con flores exquisitas y relucientes hasta llegar a un enorme largo que separaba al jardín en dos zonas. —Y hasta aquí —informó la chica.
—Vuestro palacio reluce con luz propia, princesa. El palacio de Ryudo es lúgubre y oscuro comparado con éste —apuntó Caleb. Ambos hermanos parecían tener sed de estudiar cada rincón de aquel lugar. —Me llama la atención la enorme variedad de flores que pueden llegar a existir, no conocía tantas —. La mujer sonrío ante aquel halago a su tierra.
—Nos gusta mantener el atractivo de la ciudad, sin duda.
—¿Y que es aquello? —señaló Eirik. Al otro lado del lago, una arquitectura de hierro y cristal se alzaba a las orillas del mismo. Con forma de invernadero gigante, componía uno de los lugares más exquisitos del lugar.
—Es el Palacio de Cristal —explicó la chica, deteniendo su paso y deshaciendo el agarre que mantenía con Eirik. —Normalmente, se usa para para festejar, llevar a cabo celebraciones —explicó. Sabía que, cuando se casara, su matrimonio se celebraría en aquel lugar, lejos del mundo y en intimidad. Siempre había sido así entre los Casters, y ella no iba a ser menos.
—Comprendo. Me parece un lugar precioso. Me gustaría verlo —. La princesa le miró extrañada, pero en él sólo encontró una sonrisa encantadora. No entendía de donde salía el interés, pero ante la imposibilidad de causarles mala impresión, terminó por asentir. —Caleb ¿Por qué no vas a buscar al servicio y les pides que nos sirvan una merienda en el lago? —La tonalidad seria con la que el heredero de Ryudo formuló la petición, consiguió que el chico aceptase raudo y desapareciese. Sin embargo, aquello no fue lo que más confusa dejó a la chica. Estaba claro que deseaba estar sólo con ella, sí, pero ¿Como podía tomar tal confianza con el servicio nada más llegar? Anneliesse puso los ojos en blanco sin que pudiesen verla, pensando que debía de tratarse de un hombre rico, adinerado y mimado más.
—Espero que no te parezca atrevido haber inventado esta situación para estar a solas —murmuró el hombre. La chica sintió un escalofrío ante la idea de que pudiese haberle leído la mente. —Quisiera que comprendierais que esto es... algo incómodo. No os conozco, y vos no me conocéis a mi. Sin embargo, nuestros padres, en una se esas salas, negocian sobre nuestro futuro —explicó, apuntando con la barbilla a las numerosas ventanas de palacio que cada vez dejaban más atrás conforme reanudaban el paseo, rodeando el lago esta vez. —Me gustaría poder conoceros, Anneliesse. ¿Puedo tutearte? Me parece que puede agrandar más la distancia entre nosotros si no lo hacemos.
—Sí, es posible... —contestó ella, forzando una sonrisa.
—¿Quién eres? —preguntó sin tapujos, ofreciendo nuevamente su brazo. —Y por favor, no respondas todo lo que deberías responder ante cualquier persona. Todos saben quien eres. Me refiero a quien eres tú, en realidad. La mujer que aguardaba bajo los títulos.
—Vaya, es una pregunta muy difícil.
—No lo creo, a todos nos apasiona algo. Tenemos aficiones, ideas, aptitudes...
—Supongo que solo soy una princesa, encerrada en una torre, sin más aspiraciones que las de reinar en paz —sonrió de nuevo con disgusto. —Me gusta leer, dibujar, tocar el piano... —enumeró.
—Me gustaría oírte tocar —aseguró, lazando una nueva sonrisa encantadora. Adulador, demasiado adulador. Tanto que Anneliesse no supo descifrar qué había detrás de aquellos dientes tan blancos. ¿Nuevamente interés? Debía ser así. Hasta hacía unas semanas habían sido enemigos, y ahora, casi parecía que deseaba intimar con ella. —¿Qué me dices de tu vida aquí? Tengo entendido que no se te permite salir de palacio. Imagino que tu perfil debe resumirse perfectamente entre estos jardines. ¿Quiénes han sido tus amistades hasta ahora?
—Supongo que no puedo responder como debería a esa pregunta. No son muchas las amistades con las que cuento —confesó con vergüenza.
—Oh, claro, es verdad. Lo comprendo.
—Nero si puede considerarse mi única amistad, sin embargo.
—¿Nero?¿Quién es? —preguntó con sumo interés. Anneliesse empezó a sentirse agobiada, pues aquello bien parecía un interrogatorio.
—Es el Aegis real, además de mi tutor.
—¿Un Aegis ha ejercido como tutor ? —preguntó extrañado.
—Así es. Mi padre le tiene en gran consideración, sobre todo, dado el hecho de que estoy viva gracias a él —. El silencio expresó que Eirik quería saber más. —Cuando nací, mi madre murió. Si el Ente no se desató aquella noche fue gracias a que Nero pudo contenerlo. De no haber estado él, la mitad del Ser habría escapado y yo no hubiese podido salir a delante. Fue un momento complicado.
—Oh, lo entiendo —asintió. —No quería molestar con esa pregunta, Anneliesse. Imagino que la responsabilidad que conlleva portar el Ente es inmensa. De hecho, no pretendía inmiscuirme ni muchísimo menos en ese tema —comentó algo apurado.
—No pasa nada.
—Imagino que debió ser extraño ¿No? Los Gelhart y los Casters, unidos otra vez después de tantos siglos. Sólo que la última vez fue para separar a una criatura oscura y ahora, para unirnos —recordó. —Por mi no temas, yo no porto a esa criatura —aclaró. —Puedo descamisarme ante el rey Reginald si lo solicitas, para poder quedar tranquila. El Ente no va a unificarse por nuestra cercanía y... unión —tras aquellas palabras hicieron que la mujer se sonrojase avergonzada. Captó rápidamente a que se refería.
—No, no, no. No es necesario. El mundo no ganaría nada ante una nueva calamidad —se adelantó Ann a decir, cambiando el rumbo de la conversación. No deseaba hablar sobre las consecuencias maritales que contraerían entre ambos, por muy encantador y adulador que Eirik fuese. Tenía que reconocerlo. Mientras que Namur y Hardum habían sido unos sacos llenos de presuntuosidad, egoísmo y brutalidad, Eirik parecía ser el más civilizado de todos sus pretendientes hasta ese día. —¿Puedo preguntar por... el hermano que porta la otra mitad? —preguntó con inseguridad. —A veces he sentido curiosidad por las vivencias de la persona que comparte mi responsabilidad en esta época. Entiendo que no haya venido, dadas las circunstancias. No sólo es peligroso que estemos tan cerca el uno del otro, sino que además, me imagino que compartirá las restricciones que...— el príncipe comenzó a reír
—Con total sinceridad, Anneliesse. Me encantaría saber donde está mi hermano en este momento —. Aquellas palabras hicieron que la princesa se detuviese en seco y le mirase.
—¿A que te refieres?
—No veo a Kyran desde... ¿Hace diez? ¿Quince años? La verdad es que ni yo mismo llevo la cuenta —. Las palabras de Eirik cayeron como un jarro de agua helada sobre la chica. —La historia de Kyran es algo larga, y con gusto la explicaré más adelante, quizá tras nuestro compromiso. Es triste y no merece manchar a una tarde tan preciosa como la de hoy.
—¿No está... en palacio? ¿No está encerrado como yo?
—No, él vive de forma independiente a la nuestra —aclaró. —¿Anneliesse? ¿Te encuentras bien? —. La princesa se llevó una mano a la frente. Las piernas le temblaron. Le faltaba el aliento. —¿Anneliesse? ¿Qué te pasa? ¿He dicho algo que no debería? —. Rápidamente, la rodeó con un brazo.
—Yo pensaba que él... que él era como yo...
—¿No lo sabías? Pensaba que el rey... —chasqueó con la lengua. —Lo siento mucho, Anneliesse. Pensaba que lo sabías. Debería haber mantenido la boca cerrada, he metido la pata —A pesar de sus palabras, Eirik sonrió.
Anneliesse se apartó de su agarre como pudo, asfixiada. Desearía que la tierra la hubiese tragado en aquel momento. No... que la tierra se hubiese tragado a los Gelhart, a Nero y a su padre. ¡¿La habían engañado?! ¡¿La habían mantenido viviendo bajo una mentira durante veintiséis años?! La voz de Eirik sonó hueca a su espalda, ni si quiera supo que decía. Anneliesse solo pudo alzar la vista y mirar a los grandes ventanales de palacio, ubicando el lugar exacto donde estaba el despacho de su padre. Se sentía enormemente traicionada.
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