Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Anneliesse fue incapaz de dar una explicación razonable a todo cuanto estaba ocurriendo a su al rededor, menos aún cuando la ciudad de Lynastis pareció venírsele encima mientras luchaba por zafarse de su captor. De alguna forma, y desde su posición, todo parecía correr con lentitud a pesar de todo. No sabía ni era capaz de decir por qué caminos el mercenario la estaba arrastrando, ya no sólo porque desconocía los rincones de su ciudad natal, sino porque la razón no le estaba haciendo ningún favor. Por ello, la ciudad quedó atrás antes de que pudiese reaccionar de una forma útil y propicia. Las siluetas de los edificios, la del gran palacio, la humareda que Ren había provocado... todo aquello cada vez era más lejano. Llegó un momento en el que dejó de poder contemplar nada en la lejanía, más que extensos campos de flores desprovistos de nada que no fuesen pequeños animales y vegetación. Si bien estaba contemplando todo cuanto sus ojos siempre habían anhelado ver, aquella no era ni mucho menos la forma en la que debería haber ocurrido.

El mercenario la dejó caer sobre el suelo sin miramientos, lo que provocó que la princesa se aquejase de un agudo dolor en el costado. A fin de cuentas, hacía escasos minutos, la había golpeado. En cuanto tuvo ocasión, se arrastró por la hierba que cubrían los campos exteriores de la ciudad, intentando alejarse del hombre. Sin embargo, su enorme sombra se cernía sobre ella con completa oscuridad. Y aunque luchara por arrastrar su trasero lo más lejos posible, éste la alcanzó. — ¡Déjame en paz! ¡Maldito seas! ¡¿Qué quieres de mi?! — gritó la chica, viendo como el mercenario la tomaba del hombro y la obligaba a ponerse en pie. ¿Es que para él ella pesaba lo mismo que una pluma? ¿De donde sacaba las fuerzas? ¿Cómo podía llegar a alcanzar aquella velocidad? No, ¿De donde sacaba toda la magia que había demostrado en apenas unos segundos? Ahora no le cabía duda, había sido él quien había invocado aquel ente oscuro. Pero ¿Por qué? — ¡No me toques! — insistió, luchando por zafarse de él.

— ¡Quédate quieta, niñata! — Anneliesse sintió el miedo recorrer su cuerpo en cuanto el hombre la obligó a girarse ante él. Un sin fin de atrocidades pasaron por su mente, dada las amenazas. Y sin embargo, sin esperarlo, todo acabó tornándose oscuro. El hombre colocó a la fuerza una cinta al rededor de sus ojos, impidiendo que la princesa pudiese ver nada más de lo que ocurriría.  Ahora, muévete  ordenó.

— ¡Suéltame!  insistió. La mujer se ganó un enorme empujón que la forzó a dar unos pasos hacia delante en contra de su voluntad. 

— Estoy harto de escucharte. Muévete antes de que alguien aparezca y nos vuelva a poner en problemas. Camina o lo lamentarás  terminó por decir. A la mujer le llegó con todos los sentidos aquella amenaza, fue el sonido filoso de su katana desenvainándose le hicieron comprender que todo cuanto decía era verdad. Anneliesse tragó saliva, casi sin aliento. El sudor frío que empezaba a recorrerla empapó cada centímetro de su vestido por la zona de la espalda. Estaba, a todas luces, metida en un problema.

Caminó durante largo rato sin rumbo fijo, sin ver nada, valiéndose únicamente de sus oídos y los constantes empujes que Ren le propinaba para redirigir su rumbo. De vez en cuando cayó al suelo, y se las tuvo que ingeniar para volver a ponerse en pie, pues temía que aquel hombre la apalizase de un momento a otro. Así, poco a poco, comenzó a notar que dejaba atrás la calidez del sol para adentrarse a un lugar que parecía ser húmedo y oscuro, pues a través de la tela que le cubría los ojos, ya no calaba ningún tipo de luz. También dejó de notar suelo blanco bajo los pies, para comenzar a sentir un terreno más duro, uno pedregoso, cuya grava se desmoronaba ante sus pisadas. Era como si se estuviesen introduciendo en alguna cueva, cavidad entre paredes rocosas o algo parecido. Pero, que ella supiera, no había nada parecido en el relieve del terreno más cercano a la ciudad capital. ¿Dónde demonios estaba?

— ¡Ya pensaba que te habías metido en un problema!  la voz de una mujer resonó con eco.  ¿Se puede saber donde estabas metido?

— La princesa ha decidido caminar más lenta de lo que debería  gruñó Ren, ofreciéndole un nuevo empujón a la chica, el último, que la colocó entre todos quienes allí estaban. 

— Venga ya, Ren. Ahora es nuestra invitada, déjate de malos modales con la chica  habló otro hombre. Anneliesse miraba nerviosa de un lado para otro aunque no venía nada, intentando, al menos, descubrir las posiciones de todos.  Mírala, si está temblando. ¿Qué le has hecho? 

— Nada que no mereciese.

— ¡Ren! ¡¿Estás loco?!  gruñó de nuevo la mujer.  Bastante peligroso es ya este plan como para que encima te dediques a ensuciarlo más de la cuenta. Vuelve a tocarle un pelo y estamos muertos ¿Me oyes?

— Iona, relájate. Todo va a salir sobre ruedas.

— Y tú, Gustav, te juro que serás el primero en morir como todo esto se tuerza. Tú y tus planecitos. Cualquier día vas a mandarnos a todos al hoyo.

— Ya me lo agradecerás —. Anneliesse se afanó por no derrumbarse en aquel momento, sintiéndose totalmente desubicada. Se abrazó a sí misma en un intento desesperado de protegerse e intentó recobrar el aliento que estaba perdiendo por momentos. Estaba asustada, demasiado.  Bueno, vamos a librar a la chica de esta cosa —. El hombre se colocó tras ella, y de un sencillo tirón, despojó a la mujer de la cinta. Y como sospechaba... ante ella estaban todos los miembros de la banda de mercenarios. Todos, incluso aquel a quien había salvado la vida hacía ya tres días.

— Tú...  murmuró.

— Oh, oh  sonrió quien parecía ser el líder de todos, Gustav. Kassad dio un paso atrás, apurado. Miró a todas partes, sin saber como enfrentar aquella situación.  Bueno, bueno, bueno. ¿Vamos a empezar acusándonos en lugar de presentándonos?

— Yo ya os conozco, a todos  señaló la chica. 

— Puede que nos conozcas de vista, pero no nos conoces en profundidad. Princesa Anneliesse, somos la Banda Nihilia  se presentó, abriendo los brazos con orgullo. La mujer, al oír aquel nombre, se quedó helada. La Banda Nihilia llevaba por años siendo un enorme quebradero de cabeza tanto para Lynastis como para el resto de países más cercanos. Matones, ladrones, sicarios a sueldo... la peor calaña a la que los reyes intentaban con afán eliminar. Había causado estragos en todas las ciudades y villas que habían pisado, y siempre eran tan rápidos, que ningún soldado jamás había conseguido capturarles. Incluso Reginald, el rey, había tenido problemas con ellos tras una serie de robos en Lynastis. Pero ¿Cómo era posible?  Toma asiento donde puedas, muchacha, porque vas a pasar aquí una larga temporada  reveló. La joven miró de un lado para otro nuevamente. Estaba en el interior de algún lugar natural, propio de la tierra. Las paredes que los rodeaban eran rocosas y húmedas. Incluso podía oír el goteo constante de algunas gotas de humedad en alguna parte. Aquello parecía el interior más profundo de una cueva, pero adecentado. Repartidos por doquier había enseres. Sillas, una mesa con candiles sobre ella para iluminar el lugar, un camastro mal construido y varios baúles. También había mantas, periódicos mal colocados sobre el suelo y restos de lo que parecía ser comida. Aquello era un lugar habitable. Una guarida. 

— ¡¿Qué queréis de mi?!  preguntó atemorizada.  ¡¿Dinero?! ¡¿Es eso?!  Anneliesse se quitó todos los anillos que lucía, así como sus pendientes. Seguidamente, se deshizo del collar de finas perlas que había decidido lucir aquella mañana, y por último, desabrochó el pasador que había mantenido a sus cabellos a duras penas recogidos. Al quitárselo, sus largos cabellos oscuros y lisos cayeron sobre sus hombros. Todo cuanto se quitó fue arrojado al suelo, a los pies de Gustav  Si vendes todo esto te darán un buen dinero a cambio. Y si quieres más, tan solo dejadme ir y yo os lo daré  rogó, provocando en el líder una sonrisa pícara.

 No es tan fácil. Verás, princesa. Aquí todos aspiramos siempre a más. A sacar lo máximo de cada oportunidad con la que nos topamos en esta vida. Y tú, nos vas a dar a todos una oportunidad tremenda  explicó.

 ¡¿Qué queréis?! ¡¿Qué vais a hacerme?!

 A ti nada. Tan solo te quedarás aquí, a buen recaudo, hasta que el mejor postor aparezca. ¿Cuánto dirías que vale tu cabeza?  se mesó la barba.  ¿Un millón? ¿Cinco?  hizo una pausa  ¿Qué tal diez?

 ¡Malditos seáis todos! ¡Vais a pagar por esto! ¡Cuando me encuentren os encarcelaran a todos y no volveréis a ver la luz del sol!  gruñó, apretando los puños con fuerza. Intentó demostrar valía, costase lo que costase.

 ¿Tú crees?  Gustav entrecerró los ojos con diversión.  Bueno, sólo el tiempo dirá como acaba esto. Yo apuesto a que tu papaíto soltará una gran suma de dinero a cambio de tenerte a su lado, sana y salva, cuanto antes. Y nosotros nos iremos muy lejos antes de que ni tú ni ninguno de tus hombres pueda hacer nada para impedirlo. ¿Quieres apostar tú esta vez? En la última apuesta te dejamos fuera  guiñó el ojo. La princesa le tenía tan cerca, que no pudo evitarlo. Acumulando saliva en el interior de su boca, le escupió en toda la cara. El hombre se echó hacia atrás, para después pasar su mano por la cara, asqueado.  ¿Y estos son los modales de una princesa?  preguntó con asco. A su espalda, la mujer no pudo evitar reírse.  Sí, sí. Muy gracioso  gruñó. De la mesita que tenía junto a él, tomó una cuerda liada y la llevó a las manos de la heredera. Ésta intentó alejarse, pero al hacerlo, encontró como todos se echaban sobre ella para detenerla.  Ah, ah, ah. Ni hablar. Ya nos que eres una buena escapista. ¿En serio pensabas que no ibas a tener seguridad?  preguntó Gustav, atando sus manos, una junto a la otra, con una fuerza que causaba dolor.

 Dejadme ir, por favor...  insistió la chica, ésta vez derrotada. Encerrada en palacio, encerrada en Ravahta, y ahora, encerrada en una guarida de varios bandidos. Su vida era un eterno secuestro, uno tras otro. 

 Sí, sí, cuando paguen por ti  comentó el líder con pesadez.  Anda, Aiko. ¿Por qué no entretienes a la chica? Algo me dice que se va a hacer algo pesada de soportar  Otra mujer, de cabellos negros como la noche y rasgos que denotaban su procedencia en los países del otro continente, se acercó a la princesa. Tenía cara de pocos amigos, y con su dedo índice, señaló a una silla. Anneliesse supuso que quería que se sentase allí, pero no lo dijo. Por precaución, tomó asiento en aquella silla, que chirrió ante su contacto. Aiko aprovechó para atar sus riendas al respaldo de la silla, inmovilizándola y haciendo más difícil cualquier escape. El candil que quedó a su lado, al menos, comenzó a hacerla entrar en calor. No se había dado cuenta, pero tenía mucho frío. Y sin embargo, el vientre le ardía con la misma fuerza que parecía arder cada vez que Ren estaba cerca de ella. No entendía por qué, pero era insoportable. Y aquella vez lamentó no haberle contado la verdad a Nero sobre aquello.

 ¿No vais a hacerme daño?  preguntó por último la princesa, visiblemente asustada. No podía dejar de mirar a Ren desde que se sentó. La había agredido y amenazado, por lo que se sentía más en peligro de lo que los demás parecían querer mostrar.

 Eso depende de ti  contestó él. Otra vez esa punzada horrible en el vientre. Si no moría a mano de ellos, moriría del dolor. Agachó la cabeza con resignación y temor. No pudo evitar preguntarse cual había sido el motivo del castigo que constamente la vida se dedicaba a darle. Quizás había hecho algo en otra vida, quizá tenía demasiados pecados que expiar. Sea como fuere, en aquella situación, estaba totalmente perdida.


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