Las nubes de tormenta dieron paso a la lluvia, una que fue enormemente agradecida por los ciudadanos de Lynastis, pues ayudaba a apagar las llamas que el secuestro de la princesa había sembrado por toda la ciudad, ahora casi en ruinas. Los habitantes del lugar se ayudaban entre ellos, corrían de arriba abajo, transportaban más y más cubos de agua o utilizaban cadenas humanas o caballos para levantar cascotes de escombros y apartar grandes estructuras que permitieran el auxilio de todo aquel que hubiese quedado atrapado. Muchos de los que encontraban ya eran cadáveres por la asfixia, aplastamiento o directamente estaban horriblemente mutilados por las explosiones y derrumbes que ocasionó la batalla de Ren contra la Legión de hechiceros. Y ante aquella espantosa visión, estaban el Rey y el Aegis Real, dando una vuelta de reconocimiento por la ciudad y asignando soldados a ayudar a distintos grupos de personas como si hubiese sucedido la peor catástrofe natural desde la primera aparición del Ente hacía siglos -Esto es... insoportable- masculló el rey tambaleándose a un nivel que Nero le tuvo que sostener para evitar que cayera de plena consternación -Es... horrible- insistió, viendo de lejos cómo los soldados ayudaban a apartar un montón de escombros para que una madre descubriera a su hijo pequeño falto de vida, completamente aplastado por el derrumbe de su propia casa. No había oído gritar de dolor de esa forma desde que él mismo presenció la muerte de su esposa. No conocía de nada a esa mujer, pero era una súbdita de Lynastis, era una ciudadana a la que debía haber protegido. A ella, a su hijo, a todos en general ¿Cómo lo iba a hacer? Si había fallado hasta para mantener a salvo a su propia hija, Anneliesse.

-Ánimo, majestad. No podemos perder la compostura- quiso animar Nero.

-¿Qué compostura, demonios?- gruñó Reginald al borde de las lágrimas.

-La que un rey debe tener siempre ante su pueblo. Ellos no valorarán el veros tan destruido por lo que ha sucedido. Sí, compartirán con vos el hecho de que todo esto es culpa vuestra, pero no de un modo comprensivo- asintió Nero -A fin de cuentras vuestro palacio está intacto y una gran parte de la ciudad ha perdido sus casas por culpa de esos mercenarios que vos contratasteis-

-Y yo he perdido a mi hija ¿Eso no les bastaría?- ni siquiera tenía fuerzas para enfadarse.

-Me temo que no, alteza. Será mejor, por tanto, que regresemos a casa. Allí podréis llorar todo cuanto ha sucedido sin que nos inoportunen. Además, tenemos que organizar nuevas partidas de caza- Nero lo ayudo a seguir caminando de vuelta al palacio recorriendo de nuevo la majestuosa Lynastis, ahora la Ciudad del Dolor y la Sangre.

Ya en la sala de reuniones, el rey se sentó en la silla que presidía la larga mesa del consejo real. No había absolutamente nadie salvo él y Nero. Los miembros del consejo estaban ocupados con los repartos de tareas y ayudas de toda la ciudad. Y mejor así. Reginald no tenía ganas ninguna de soportar las charlas y bravuconadas de los listillos que componían su consejo. Sabía de sobra que todos le dirían lo mismo: nunca debiste contratar mercenarios y nunca debiste dejar que Anneliesse saliera de su habitación bajo ningún concepto -¿Os encontráis mejor?-

-En absoluto- afirmó Reginald dejándose caer sobre el respaldo de la silla con pesadez.

-En cualquier caso, alteza, debemos comenzar a movernos. Si me permitís, como ya os vengo diciendo, me ocuparé personalmente de dirigir las tropas y pondremos rapidamente ubicación a esa banda de desalmados con...-

-Ya te he dicho que no, Nero. El comandante Logan está en ello. Te necesito conmigo-

-El comandante Logan lleva mandando soldados para un lado y para otro desde que se llevaron a Ann y aún no ha conseguido nada más que cansar a los caballos- explicó Nero -Es un gran soldado pero un pobre rastreador. No todos los perros sirven para cazar, majestad-

-Yo te necesito conmigo-

-Anneliesse me necesita más, señor- la voz de Nero empezaba a tensarse.

-Te requiero conmigo- otra vez esa lastimosa voz. Nero terminó dando un sonoro golpe en la mesa de madera oscura.

-¡Ya está bien, Reginald!- terció furioso -¿¡Para qué me requieres!? ¿¡Para tener a alguien que oiga tus lamentos de hombre roto y desesperado!? Has luchado toda la vida por mantener a Anneliesse a salvo y sí, tomaste la estupidísima decisión de contratar a una panda de botarates cuando podrías haber enviado, si querías, a todo el ejército de Lynastis para protegerla. Ahora esos inútiles se la llevan y tú necesitas que esté aquí dándote palmaditas en la espalda para que la voz de tu cabeza no te recuerde constantemente el fracaso de padre y de rey que eres ¿¡Es eso lo que quieres de verdad!?- tras aquellas duras palabras, Reginald se quedó mirando a Nero en silencio con la boca entreabierta. El Aegis soltó un bufido de enfriamiento -Yo no voy a perder tiempo con Anneliesse- gruñó -No voy a perder el tiempo por nadie en este mundo, Reginald. Y menos por ti. Es tu hija, salta a la acción ¡Haz algo!- dicho aquello, Nero se retiró de la sala, dejando al petrificado Reginald en total y completo silencio.


Mientras tanto, en la guarida, Kassad se acercaba a Anneliesse con una sonrisilla nerviosa y una taza de algo humeante entre las manos -¿Queréis beber algo, alteza?- la princesa le miraba con desconfianza.

-¿Es veneno o algo?-

-¡No, por los dioses! Es té. De aquí, de Lynastis-

-¿Robado?- frunció ella el ceño.

-¿Y qué si es robado?- Gustav se acercó con interés a la pareja -¿Te va a bajar el contador de puntos de "buena chica" si das un sorbito? Tienes que tener sed-

-Lo que tengo son ganas de soltarme y...-

-¿Y volver a casa?- se echó a reir Gustav -Venga, bonita. Que nos conocemos- le quitó la taza a Kassad y dio un sorbo -Mmm...- se degustó -Sabe a pecado- le devolvió la taza a su compañero.

-Eh, que es para ella-

-Uy, perdón, príncipe encantador. No quería estropear tu cuento- se mofó -Por cierto Ann-

-Anneliesse- gruñó ella. Otro como Hardum.

-Ann- insistió Gustav con diversión -Me tienes que hacer un favor- con un gesto de la mano, llamó a Ren que acudió para quitarle las ataduras. La chica se frotó las muñecas con fruición y tomó la taza que Kassad le ofrecía con total insistancia, más para que parara que para beber.

-Tienes que estar de broma-

-¿Broma? Ninguna. Acércanos eso, Ren. Por favor- Ren trajo un tocón de madera robusto que usaban de taburete y una vieja hoja de papel. Gustav extrajo de su gabardina una pluma portatil de gusto refinado y de aspecto caro -Ten. Y para que no preguntes, sí, es robada también-

-¿Qué queréis?- Anneliesse, como de costumbre que estaba Ren cerca, lo miró. Ese maldito ardor de estómago la estaba volviendo loca a esas alturas. El espadachín parecía, a su vez, terriblemente irritado de tenerla cerca por igual.

-Escribe- ordenó Ren -¿O crees que queremos que nos hagas un dibujo?-

-No soy adivina-

-Escribe una carta de rescate- Ren golpeó la hoja de papel con un nudillo -Hay que deciroslo todo a los nobles ¿O qué?- Anneliesse se encogió un tanto ante el trato de Ren. Gustav chasqueó la lengua.

-Estás un poco alterado ¿eh?- preguntó a su compañero.

-Como para no estarlo- se quejó Iona arreglándole el pelo a Aiko.

-Vaya, por los dioses, el sonido del viento...- Gustav gesticuló con fantasía, obviando a Iona.

-Sabes de sobra por qué, Gustav. Acabemos con esto pronto antes de que me arrepienta de estar de brazos cruzados- exigió Ren.

-Está bien, está bien- suspiró Gustav -Mira, encanto. Limítate a escribir una carta a tu padre ¿De acuerdo? Dile cómo estás. Sé sincera. Cuéntale todo cuanto necesites contarle. Y luego dile que si te quiere volver a ver sana y salva, con la cabeza sobre los hombros y la piel sobre los músculos, que vaya abriendo la cartera y nos entregue 5 millones de denas- sonrió. Anneliesse le miró terriblemente sorprendida ¿Tan poco?

-¿¡Nos jugamos la cabeza por 5 sucios millones de denas!?- exclamó Iona, estupefacta -¿¡Has perdido la cabeza!? ¡Es la princesa! ¡Al menos pide 50!-

-¿Acaso crees que podemos transportar 50 millones de denas?- negó con la cabeza Gustav -Cinco millones son llevables y podremos rearmarnos con lo mejor de lo mejor- se frotó las manos -Así que venga, muñeca, a escribir. Pon que el dinero deben llevarlo al amanecer al lago Cathris. Al anochecer, que vayan al mismo sitio a buscarte. Luego de que termine, Ren, ya sabes qué tienes que hacer- Ren aprovechó esas palabras para tomarle del brazo y apartarlo de Anneliesse -Eh, eh ¿Qué pasa?-

-No hables de mis habilidades frente a ella-

-¿Por qué? Es tu colega ¿no? Compartís eso- le quitó importancia Gustav.

-No. No es mi "colega". Es una noble más y ya sabes lo que quisiera hacer con ella- le dio con el dedo en el pecho a Gustav -Así que cuanto menos sepa mi enemigo de mí, mejor-

-Vale, vale- se encogió de hombros el líder -Pues ya está. Tú haz lo tuyo dejando la carta allí y ya está-

-Y una cosa más, Gustav. Es la última vez que hago uso de este poder bajo tus demandas ¿De acuerdo?- aquell no sonaba a amenaza, pero Ren lucía disgustado.

-Claro, hombre. Discúlpame si te he hecho sentir mal. Es solo que esto es muy importante- asintió.

-Por eso será la última vez- el ambiente estaba algo enrarecido. Solo quedaba que Anneliesse terminase la carta para que el mercenario pudiera llevársela.

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