No llevó demasiado tiempo despistar al grupo de Kuvlais que les habían estado siguiendo. La falta de animales con los que avanzar, acompañada de la destreza que mostraba Ren con el suyo propio, hicieron que en menos de unos cuantos minutos se encontrasen lo suficientemente lejos de los saqueadores como para que corriesen un peligro inminente. Sin embargo, el mercenario no se detuvo. En lugar de ello, siguió cabalgando, a un ritmo menos acelerado, hasta las inmediaciones de los bosques más cercanos que pudo encontrar. La población más cercana no debía estar lejos, y a juzgar por los caminos que se adentraban por aquel bosque de árboles bajos y espesa vegetación, algo les decía que si avanzaban, la encontrarían justo al otro lado. —¿A donde vamos? —preguntó la princesa, incapaz de precedir lo que pasaba por la cabeza del mercenario en aquel preciso momento. Para su sorpresa, Ren detuvo la marcha y bajó del caballo.
—Nos quedamos aquí —aseguró. —No nos conviene alejarnos más. Vamos a volver a por ellos.
—¿Y si vamos hacia la ciudad? Debe haber algún pueblo o villa cerca. Los caminos son...
—También sería peligroso. Sigues estando secuestrada —recordó Ren. Anneliesse tuvo que guardar silencio, sin saber qué decir. Todo le había tomado demasiado de sorpresa, de una forma tan inesperada que no alcanzaba a adivinar cual podría llegar a ser su movimiento más inteligente.
Bajó del caballo con ayuda de Ren. Era irónico. Hacía unos días había amenazado con asesinarla, y ahora, la ayudaba descender del animal para no tropezar. La forma en las que las tornas cambiaban era asombrosa. Y si bien la mujer pudo tener la oportunidad de reírse sobre ello o mofarse de la situación, no lo hizo. Sí, aquella banda eran una sarta de malnacidos desprovistos de empatía y educación. Y sí, Ren seguía siendo, a todas luces, todo un misterio cargado de amenazas y peligro. Sin embargo, no podía recrearse en la miseria de los demás, incluso cuando ellos mismos eran quienes, hasta ahora, se habían estado aprovechando de ella. No podía llegar a imaginar qué era sentir que las personas con las que vives y admiras están en peligro, uno muy real.
Ren se desplomó sobre un tronco destrozado, volcado de una forma bastante natural. A juzgar por extremos secos, la falta de lluvia de hacía unos años debía haber terminado con él. Ahora, asomaba sus raíces yermas. Si bien ya no servía para dar sombra, al menos el mercenario podía descansar sobre él. Colocó los codos sobre sus rodillas y frotó su rostro con las manos enguantadas, no sin antes aquejarse de haber rozado la herida de su rostro sin querer. Sus ojos estaban perdidos en algún punto del suelo. Pensaba, no paraba de pensar. —¿Qué vas a hacer? —preguntó Anneliesse, insegura. Por mucho que el hombre estuviese derrotado, tampoco quería tentar a la suerte. Sus anteriores experiencias con él, le habían llevado a temerle.
—Ya te lo he dicho, ir a por ellos. Sólo necesito descansar un rato —bufó. Estaba muy molesto. Parecía que en cualquier momento iba a romper a gritar. —Además, no voy a ir solo. Tú vas a venir conmigo.
—¡¿Qué?! ¿Por qué?
—No te voy a dejar aquí para que escapes. Volverás a Lynastis cuando el intercambio termine. Además, ni si quiera tú sola serías capaz de llegar a pie. Antes te secuestrarían otros, o te atacaría un animal salvaje, o algo peor —aseguró. Alzó la vista para mirarla, pero sus ojos se quedaron clavados bajo la cintura de la chica. Anneliesse levó sus ojos a aquel punto, para comprobar que tenía manchas de sangre entre las piernas. Rápidamente se sonrojó enormemente avergonzada.
—No es lo que tu piensas —se adelantó a decir. Ofuscada, y negándose a seguir sintiendo vergüenza, tomó asiento en el tronco junto al mercenario, sin decir nada. La verdad es que sus pintas, a aquellas alturas, no podían causar peor impresión. Su vestido estaba arrugado y sucio, roto y descocido por la zona baja, donde grandes salpicones de tierra y fango avanzaban en dirección a sus rodillas. Su cabello estaba despeinado, lleno de nudos y cada vez más húmedo a causa del clima de aquel bosque. Ahora, para colmo, las manchas de sangre habían empeorado la situación. También estaba cansada, enormemente dolorida. Cada hueso de su cadera, trasero y pelvis estaban entumecido, por no hablar de sus piernas, las cuales hormigueaban de tanto tiempo sin avanzar con sus propios pies.
—Eres débil —murmuró Ren. Si aquello era un insulto, no ofendió lo más mínimo a la chica, porque no le faltaba razón. Era débil, incompetente y poco acostumbrada al mundo real. Habían tenido que sacarla a rastras de palacio para que se diese cuenta. Pero la culpa no era de ella, de eso estaba segura. Si por ella fuera abría aprendido tanto, sabría defenderse de tal manera, que quizás no estaría allí. —La próxima vez que montes en caballo, procura no llevar un vestido.
—Perdona, no tenía programado en mi agenda un secuestro —se quejó ella tras emitir un bufido, haciendo que reinase el silencio nuevamente entre ambos. Se quedó pensativa. Quizás era Ren quien le había contagiado aquel estado de ánimo, pero no pudo hacer otra cosa que pensar. Sobre todo en los Kuvlais. Habían dado tantos quebraderos de cabeza a los soldados que vigilaban los caminos de todo Oriest, que la princesa tenía la sensación de que no era la primera vez que se había enfrentado a ellos. Multitud de veces había oído a su padre hablar en el consejo sobre formas de abordar el problema que acarreaban y... la verdad es que nunca habían podido hacer nada contra ellos. Eran tantos, tan esparcidos por todo el mapa, tan salvajes y sanguinarios que había sido imposible poner una solución sobre la mesa.
—En cuanto el sol esté en el horizonte, volveremos a la catarata —anunció Ren. El sol hacía rato que había dejado atrás su punto más alto.
—No estarán allí cuando volvamos —explicó la chica, sin quitar la mirada del frente.
—¿Por qué dices eso? —la voz del hombre se vio alterada.
—Los Kuvlais viven en asentamientos construidos en mitad de la nada. Pequeñas fortalezas edificadas a base de materiales rudimentarios, pero lo suficientemente fuertes y estables como para albergar en ellos a una población de unos... veinte o treinta de ellos —comenzó a decir. —El refugio bajo la catarata era un almacén. Normalmente, dividen sus posiciones en dos puntos claves, para estar siempre provistos de armas y alimentos. Es muy probable que, cuando nos encontraron, estaban aprovisionándose de lo que habían dejado allí para volver a su asentamiento. Siempre lo hacen así —. Ren la escuchó atentamente, sin interrumpir. Sólo cuando la chica terminó de explicar, se atrevió a hablar.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque los Kuvlais siempre han sido un problema del que los soberanos de cada país han tenido que aprender —. Esta vez, si le miró con seriedad. Sus ojos estaban cargados de intenciones. —Hay que buscar a los demás en otra parte, y rápido. Esos salvajes son sanguinarios, nunca dejan rehenes vivos. Se dedican a divertirse con ellos, jugar, hasta que se cansan, cosa que suele ser rápido. No son poco los soldados de Lynastis que han aparecido mutilados después de que un grupo de Kuvlais los atraparan. Son como una lacra —comentó la mujer con angustia. A su lado, las manos de Ren aferraron la corteza del tronco con agresividad.
—Entonces no hay tiempo que perder —. El mercenario se puso en pie, y al hacerlo, se tambaleó un tanto.
—¿Cómo vamos a ir a por ellos si estas agotado? Dijiste que volveríamos al atardecer.
—No voy a esperar a que les maten.
—¿Quieres morir tú también? — La voz de Anneliesse sonó dura, contundente. —He visto como atacas, como te desenvuelves. Eres capaz de quitarte de encima a un grupo de hombres sin pestañear, pero también he visto lo que ese poder que tienes hace en ti — Ren le dirigió una mirada cargada de ira. La princesa detectó rápidamente que estaba entrando en terreno delicado, pero decidió no detenerse. — Si vas ahora, sin reponer fuerzas, podrán contigo. Os matarán a todos y me matarán a ti también —se señaló.
—¿Por qué debería hacerte caso? ¿A ti? ¿Una princesa que nunca ha salido de la paredes del hogar que la protegen?
—Porque soy tu única y mejor opción —comentó la chica tajante. —Sé como son los Kuvlais, como se mueven, qué costumbres tienen... Yo te puedo ayudar a rescatar a los demás, pero tu tendrás que poner de tu parte dándote tiempo —concluyó.
Ren sopesó aquellas palabras. Visiblemente molesto, terminó por sentarse de nuevo en el tronco, de espaldas a la chica. Era más que evidente, por aquel gesto, que el mercenario no quería hablar. Pero Anneliesse no tenía ganas de callar, no ahora que había conseguido que no la amenazara. —¿La magia también... duele? —. El mercenario no contestó. Alzó la vista desde su posición, mirándola de reojo.
—¿Acaso tú no lo sabes? —aquella pregunta tomó de sorpresa a la chica.
—No... —respondió insegura. —Yo nunca he... No me han enseñado nunca a usar la magia. Tampoco he aprendido a defenderme con cualquier tipo de arma. Se que la magia es exclusivamente usada por miembros de familias reales, así como Aegis, para proteger a los reinos de cualquier mal o calamidad. Que su uso conlleva un gran esfuerzo mental, una responsabilidad inquebrantable y un compromiso de por vida, pero... a mi nunca se me instruyó —afirmó con vergüenza. —Y no porque fuera irresponsable o poco digna para proteger a Lynastis en el futuro. Es sólo que mi padre no lo creyó conveniente para mi —suspiró.
—Pero tú portas la mitad del Ente — La seguridad en la voz de Ren hicieron que la chica se sintiera incompetente, a pesar de que su pregunta no tenía sentido alguno para ella.
—¿Y qué tiene eso que ver? — Anneliesse quedó expectante de la respuesta del mercenario, pero no llegó a obtenerla. El joven se volvió del todo nuevamente y la ignoró. —¿Y tú quien eres, Ren? ¿Como has aprendido ese poder que tienes? ¿Has sido un Aegis alguna vez? ¿Un Aegis fugado?
—Cállate.
—Pero eso que hiciste...
—¡Cállate! No te importa quien sea yo. Lo que debe importarte es salir viva de esto y descansar. Me niego a cargar con una mujer a la que le sangran los muslos — gruñó. La princesa tuvo que cruzarse de brazos y bufar. —Guarda silencio y esperemos a que el sol se oculte entre los árboles para poder volver —suspiró. —¿Es seguro que no estarán allí?
—Estoy segura, siempre se comportan así. Confía en mí —. Por alguna razón, el silencio que se terminó de instaurar le hicieron saber a la chica que confiar no era precisamente lo que Ren iba a hacer.
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Tal y como Anneliesse había adivinado, el refugio se encontraba vacío. A la pareja le costó llegar hasta allí, pues se habían tenido que mover con extrema cautela para no ser descubiertos en caso de peligro. Por suerte, las pesquisas de la chica habían sido ciertas.
El refugio, ahora, estaba destartalado. Los Kuvlais se habían llevado la mayor parte de lo que allí quedaba. Cajas de madera destrozadas, lámparas de aceite rotas y restos de sangre decoraban el lugar, dándole un aspecto macabro. La oscuridad nocturna y el ruido ensordecedor del agua cayendo tampoco ayudaba. Era como observar el escenario de un crimen reciente.
Ren se afanó en mover los destrozos que allí había, rebuscar entre las pocas pertenencias algo que pudiera indicarles dónde se encontraba el asentamiento de los salvajes, pero no encontró nada, lo que le puso furioso. Comenzó a romper trozos de las cajas con desprecio, pateando lo que encontraba a su paso. Estaba desesperado. Anneliesse decidió mantener la calma, a pesar de todo. Intentó buscar de forma más concienzuda que el mercenario, aunque lo único que llegó a encontrar fueron algunas armas apiladas en una esquina, desgastadas y de peor uso que la afilada katana de Ren. Estaban envueltas en trapos, de forma que, cuando la chica las descubrió, comenzó a tomar de una en una todas las flechas que aguardaban en el interior de un carcaj, hasta poder enseñarle a Ren un arco húmedo y algo corroído. —Eso no nos dice nada.
—Ya lo sé. Ya lo sé —repitió la chica. —Vamos a tener que buscar por los alrededores.
—Perderemos demasiado tiempo así —se quejó Ren, pateando una última caja. Anneliesse se quedó mirando los destrozos sobre el suelo, pensativa. Era inútil, no iban a poder hacer nada sin pistas. Estuvo a punto de bufar cuando algo le llamó la atención en el suelo. Pequeños retazos de un color púrpura muy apagado. Inmersa en sus cavilaciones, encontró más, de forma que fue siguiéndolos hasta darse cuenta de que salían del refugio. —¿Qué estas mirando? —preguntó el hombre cuando la mujer, finalmente, se arrodilló sobre el suelo.
—Son pétalos —informó, tomando uno del suelo. Estaba muy arrugado y ennegrecido. —Un pétalo muy pisoteado. Y como él, todos los que hay en el suelo.
—Eso quiere decir que...
—Eso quiere decir que el asentamiento de los Kuvláis debe estar cerca de un campo donde crezcan flores de este color, quizá dedaleras. Las traen pegadas en las suelas de sus zapatos, por eso está todo lleno —Ren le arrebató el pétalo de la mano a la chica y lo observó.
—Hace años que no cruzo estas tierras, pero puede que haya algo así al norte de aquí.
—Entonces tenemos que ir allí. Donde crezcan estas flores estarán ellos —insistió.
—Bien, pongámonos en marcha —Ren estuvo a punto de ir de nuevo hacia la montura, para ayudar a Anneliesse, que ahora montaba de lado, pero una idea brillante se le cruzó por la cabeza. Justo antes de marcharse, tomó el arco y las flechas y encaró a la chica. —¿Sabes usar esto?
—Claro que no.
—Pues más te vale aprender hoy, princesa.
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