Al llegar de nuevo a la cueva bajo la catarata, no hubo ni un solo miembro de la banda que no se desplomase. Incluso Anneliesse también lo hizo, valiéndose de un saliente pedregoso en la superficie que componía la pared. Los ánimos estaban por los suelos, y no era para menos. Estaban todos heridos, cansados y hambrientos. La emboscada había hecho mella en el ánimo de todos, quienes ahora comenzaban a lamentarse de haber tomado la decisión de haber dejado aquel refugio tanto tiempo descontrolado. Por suerte, habían podido recuperar los caballos y casi el contenido completo de lo que portaban anteriormente sus alforjas. En un último intento de poder defenderse, colocaron un sin fin de escombros de los que allí quedaban desperdigados en la entrada, a modo de barricada. No era muy util, como tampoco lo era la idea de volver y acampar en el mismo sitio donde anteriormente fueron saqueados, pero realmente, no les quedaba otra opción. No podían ir más lejos ni hacer más que esperar a que la luz de un nuevo día llegase.
Las primeras estrellas despuntaron en el cielo, aunque ninguno de ellos pudieron observarlas. Prefirieron quedarse allí, hundidos, agotados y somnolientos. Kassad, previendo que la noche sería larga y fría, decidió tomar unas cuantas sobras de los destrozos y amontonarlas, para posteriormente hacer un fuego con ellas. Le costó muchísimo trabajo e incontables esfuerzos, ya no solo por lo dificultoso que fue crear chispas con la simple ayuda de dos pedruscos que había en el suelo, sino porque el agua de la catarata otorgaba demasiada humedad al lugar. Cuando lo consiguió, a todos se les dibujó una leve sonrisa en el rostro. Era curiosa la forma en la que las personas encontraban un pequeño halo de luz, un hilo de esperanza y motivación en las cosas más sencillas. Así lo pensó Anneliesse, absorta en las llamas que poco a poco comenzaban a crecer.
—¿Sabéis a que me recuerda esto? —alzó la voz Gustav de repente. Sus piernas aún sangraban ligeramente, y su aspecto no era el mejor de todos. Sin embargo, en sus ojos brillaba un destello de orgullo y valentía. —El día en el que escapamos de Zastra a toda prisa y nos dieron una paliza antes de escapar por la frontera —se carcajeó. —Ese día sí que estábamos jodidos —La princesa miró sorprendida al mercenario, pues no encontró razón alguna para que estuviese riéndose de aquella manera. ¿Cómo lo conseguía? —Si te lo preguntas, princesa, allí robamos armas. Nos infiltramos en un cuartel general y nos llevamos con nosotros piezas bastante... admirables —aseguró. —El problema fue que estaban preparados para nuestra huida, más que nosotros. Nos dieron tal paliza, que a Aiko le duró el ojo hinchado cuatro meses —volvió a carcajearse. La mujer, aludida, hizo gestos con las manos. —Que sí, que sí. Tu les dejaste peor a ellos.
—No se como nos las ingeniamos para salir siempre de los problemas en los que nos metemos —murmuró Iona, poniéndose en pie y acercándose al lugar donde descansaban los caballos. De las alforjas, extraño bolsas de cuero llenas de cecina y varias botellas de, presumiblemente, alcohol.
—Oh, cariño, me has leído el pensamiento —sonrió Gustav con tono bobalicón. Extendió las manos como un niño pequeño para tomar su porción mientras la mujer repartía, uno por uno, a todos ellos. Anneliesse tomó el trozo de carne reseca que le había ofrecido, observando la manera singular que mostraba aquella porción. Era como ver un cacho de carne quemada que ni si quiera había sido cocinada.
—Te vas a morir de hambre esta misma noche si no comes nada —le recordó Iona. Y era cierto ¿Cuánto tiempo llevaban sin comer? El suficiente como para que se encontrasen tan desplomados, dado lo ocurrido. Sin pensárselo demasiado, acabó masticando aquella porción de carne. Estaba mucho peor de sabor que la que había probado anteriormente, pero ante aquellas circunstancias, aquello lo supo a gloria. Masticó tanto y tan deprisa, que acabó tosiendo. —Oye, oye. Más despacio.
—Míradla, si parece hasta una más — se burló Gustav, dándole a la chica un par de palmadas en el hombro. Todos se habían sentado de forma circular al rededor de la hoguera, lo suficientemente cerca como para que se alcanzasen los unos a los otros con sólo extender los brazos.
—Muchas gracias por ayudarnos, Anneliesse —dijo Kassad. —Esta es la segunda vez en un mes que me sacas de un problema grave —su voz sonaba lastimera y angustiada. Las pequeñas arrugas al rededor de sus ojos acentuaron su expresión entristecida.
—De nada, Kassad —intervino Ren. De todos, él parecía el más agotado. No estaba herido, y aún así, su expresión parecía indicar que lo estaba. Tenía grandes ojeras bajo los ojos y la frente le sudaba. Prácticamente, estaba recostado sobre el suelo.
—Entiéndelo, Ren. Que la princesa nos haya ayudado causa mucho más impacto que tú —. Una vez más, Gustav enseñó los dientes.
—Impacto es el que te vas a llevar en toda la cara en cuanto pueda mover los brazos —le amenazó Ren. Por alguna razón, a Anneliesse le hizo gracia. Quizá era la sensación de que las tensiones se aliviaban, o el hecho de no sentirse en peligro con ellos, lo que hizo que mostrase una risita leve y baja, pero lo suficientemente llamativa como para captar la atención.
—Ahora le haces gracia. Sí que ha cambiado vuestra historia en unas horas ¿Puedo saber por qué? —Gustav señaló a ambos con el dedo, intrigado.
—Sigo queriéndola lejos. Es una noble. Pero en momentos de necesidad, a veces hay que aliarse con el peor de los enemigos —recitó el mercenario. A la princesa no le sorprendió aquella respuesta. Sabía que Ren se había ablandado temporalmente por interés, nada más.
—Pues esta noble se ha ganado un trago —Gustav extendió su brazo, ofreciendo la botella a la chica. Ésta negó con la cabeza, algo alterada. —Oh, venga ya. No es champán, pero está decente.
—Es que yo no bebo.
—¿Cómo que no? Tomaste un trago en Lynastis —apuntó Iona.
—Pero eso fue... algo momentáneo. Estaba nerviosa.
—Y ahora estás disfrutando de tu último día con nosotros. Razón de más, muchacha. Puedes alegrarte de no volvernos a ver jamás o... ahogar las penas de tener que dejar atrás a un hombre como yo —se burló. Anneliesse contempló el recipiente con interés. En su interior, la responsabilidad y el deseo se debatían en un duelo arduo.
—No me lo creo. ¿La princesita protegida de Lynastis una borracha? —Gustav no daba crédito.
—A lo mejor sólo le sienta mal —añadió Iona.
—No, no. A Gustav no le falta razón. Me aficioné demasiado al vino hace unos seis años —confesó, dando un largo sorbo a whiskey. Su sabor amargo hizo que ardiera su garganta de principio a fin, evocándole demasiados recuerdos.
—¿Por qué? ¿Una fase rebelde? —preguntó Kassad con interés.
—No... más bien un intento de evadirme de todo aquello —extendió los brazos, para después dar otro sorbo, bastante largo también. —Al principio fue una tontería, pero después se convirtió en algo parecido a una necesidad. No había día en el que no bebiera hasta perder el sentido. Hay días de esa época que ni si quiera recuerdo.
—Nada que no hayamos vivido una noche de juerga —se encogió Gustav de brazos.
—No se está refiriendo a una juerga —la voz de Iona indicó que estaba a punto de comenzar a sermonear a su líder. —¿Me equivoco?
—No. Era la única forma que pude encontrar de no volverme loca en esa cárcel —la contundencia con la que la chica habló, consiguió que todos guardasen silencio. Tras dar otro sorbo, comprendió que empezaba a beber más de la cuenta, lo que le jugaría una mala pasada, pero le dio igual. Necesitaba que aquella noche todo importase más bien poco. —¿Sabéis que es no salir nunca de un lugar? ¿Estar constantemente vigilada? ¿No saber como es el mundo exterior y no tener recuerdos de haber visitado algo más que unos monótonos y aburridos jardines? —preguntó al aire, sin poder dejar de mirar las llamas. —Te vuelves histérico. Después te deprimes, seguidamente piensas que te adaptas y al final vuelves a enfurecerte. Así cada día, cada año, siempre —otro trago. —Todo está prohibido, no puedes experimentar con nada, se te controla hasta por... la cosa más estúpida. No se que es tomar un baño sin saber que unos guardias custodian tras las puertas, tampoco se que se siente al comer lo que me plazca sin que nadie te controle la cantidad que ingiere y te recuerdes que debes estar sana siempre. No se que es tener amigos más allá de todas las personas que tratan conmigo porque es su trabajo. Es... asfixiante —explicó con dolor. Sin embargo, sintió que algo se evaporaba dentro de ella. ¿Aquello era desahogo? —Sí, tengo todo lo que quiero. Cualquier cosa que se me antoje, me la pueden proporcionar, a no ser que sea un sencillo paseo por los lagos, un rato a solas o unas simples clases de defensa —inevitablemente, miró a Ren. —La bebida fue lo único que me hizo olvida aquella desesperación.... Y acabé mal. Tuve problemas y no volví a beber desde entonces.
—Bueno... no creo que te pase nada por una noche —musitó Kassad, inseguro sobre cómo hablar. —Todos se merecen un día de hacer lo que les plazca —. Aiko comenzó a hacer gestos con las manos, cortos pero precisos.
—Dice que no sabía nada de eso —aclaró Iona. —Todos sabíamos que los herederos y las herederas de Lynastis y Ryudo son una pieza esencial para el equilibrio del mundo. A fin y al cabo, se cuentan historias. Pero no sabía que te habían expuesto a ese nivel de estrés.
—Es lo que se nos pide a los que cargamos con ésta responsabilidad —Anneliesse se acarició el vientre, para seguidamente, cambiar su rostro, pues de repente sonrió. No se dio cuenta de que todos se miraron entre ellos. —Os vais a reír, pero a veces pienso que ni si quiera existe ya —confesó divertida. —Es que desde que nací me han enseñado que he heredado la responsabilidad de custodiar la calamidad que hace cientos de años puso en jaque a la humanidad, y sin embargo, yo no siento nada. Mi padre asegura que todos mis antepasados han sentido el peligro de aquello que porta pero... yo me pregunto, si tan importante y monstruoso es ¿No debería destrozarme? —se carcajeó, para después frotarse la cara. —Qué estupidez acabo de decir.
—Yo me habría preguntado lo mismo —se encogió de hombros Gustav, arrebatándole la botella a Kassad. —¿Qué hacías para matar el tiempo, Anneliesse? Siento curiosidad —La princesa se quedó pensativa unos instantes. Se acomodó en su posición, dándole igual lo desastrosa que lucía.
—Sobre todo estudiar. Leía libros de historia, a veces novelas.
—Oh, las mujeres y el romance —se lamentó Gustav.
—No, leía novelas de crímenes. ¿Sabes lo intrigantes que pueden llegar a ser? Más de una ha conseguido alejarme del mundo real durante un buen puñado de horas —aseguró. —También aprendía a tocar instrumentos.
—Yo se tocar la guitarra, se me da fenomenal —comentó el líder de forma orgullosa.
—Yo la guitarra, el piano, el violín, la viola, el violonchelo, la flauta, el arpa...
—Vale, vale. Para o vas a resultar pedante —se quejó.
—Gustav no lleva bien que lo superen en nada —confesó Iona, bebiendo de su botella, la cual terminó cediendo a Ren. —Se cree perfecto en todo, hasta que alguien con mayores cualidades aparece y le baja los humos.
—¿Por que iba considerar superior a alguien que podría manejar por si sola toda una orquesta? —preguntó, dando un trago. —Ahora que lo pienso, si que podríamos haber pasado por una troupe ¿Eh? —ante aquel comentario, todos se echaron a reír, fue un comentario estúpido, insignificante, pero suficiente como para que todos rieran, bien porque el alcohol empezaba a afectarles, o por la simple felicidad de estar vivos. —Reíos todo lo que queráis ahora, pero guardar fuerzas para mañana. Si todo sale bien, seremos ricos —recordó. Anneliesse compuso una expresión seria rápidamente. —Aguanta, muchacha. Mañana podrás cambiarte ese vestido.
—Yo no quiero volver —lanzó la princesa sin tapujos su aclaración. —Yo no quiero volver a palacio, no quiero volver a estar encerrada —. Todos sintieron la tensión en el ambiente, una rigidez asfixiante.
—Después de lo que has hecho hoy, me parece suficiente como para que empiecen a confiar en tí y te den un poco más de libertad. Está claro que te las ingenias sola —la intentó animar Kassad.
—No servirá, es inútil. Lo he intentado tanto... —suspiró, dando un sorbo más. La botella estaba prácticamente vacía. —No me quiero casar, yo no elegí a Namur por mí misma...
—Anneliesse... —Kassad se sintió culpable de aquellas palabras.
—Yo no accedí a casarme con nadie —comentó rápidamente la princesa, aclarando la verdad tras los futuros planes de boda. —No es cosa mía, yo no amo a ningún hombre ni conozco a ninguno de todos los pretendientes con los que mi padre lleva años tratando. Todo es un maldito plan de él.
—Todas las familiares reales enlazan a sus herederos de forma concertada ¿No? —preguntó Iona con curiosidad.
—Sí, pero esto va más allá. Mi boda no es un compromiso político, es un seguro. Mi padre se ha asegurado de elegir a un hombre que continuará con sus exigencias, un hombre que me mantendrá encerrada cuando él no esté para obligarme. No es una boda sin más, es un maldito contrato con un carcelero —confesó angustiada —Y todo bajo la siempre presente excusa de no provocar una maldita guerra.
—Los nobles... son todos iguales —terminó por murmurar Ren. Su asco e ira se reflejaban en las palabras de la chica, y en aquel momento, no le faltó razón.
—Por eso no quiero volver —terminó por decir la chica. No estaba pidiendo quedarse con ellos, al contrario, deseaba perderles de vista pronto. Tampoco era una súplica ni un ruego, sólo era un momento más para poder expresar lo que verdaderamente sentía, para desfogarse. De repente, sintió que se derrumbaba. —¡Maldita sea! —la rabia la llevó a intentar arrojar la botella de alcohol sobre el fuego, pero, por suerte, Gustav la detuvo a tiempo.
—¡Eh, eh, eh, eh! —la paralizó quitándole el recipiente y alejándolo de su alcance. —Algo me dice que la princesa ha bebido demasiado por esta noche.
—Debería descansar. No parece estar bien —susurró Iona, incapaz de saber si la chica le estaba prestando atención o no. Estaba, repentinamente, sumida en pensamientos. Ida, desquiciada. Pero, en cuanto Gustav la instó a recostarse sobre el suelo, se quedó profundamente dormida. Le dio vergüenza, pero le encantaría haber confesado que, aquella día, se sintió viva.
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