Con las primeras luces del alba, Gustav y el resto de la banda empezaban a preparar las cosas para ponerse de nuevo en marcha. Mientras recogían, Ren y Kassad se ocupaban de dejar a los caballos pastando y les daban algo de agua de las cantimploras para que estuvieran listos para otro buen rato de galope hasta llegar a la frontera provincial de Lynastis -Buenos días, majestad- llamó Gustav -¿Os voy preparando el té de la mañana? ¿O preferís café?-

-¿Vas a estar dándole por el culo todo el viaje, Gustav?- se quejó Iona mientras iba a por su caballo. Aiko, por igual, lo miraba con cara de aburrimiento y hastío.

-Solo trato de ser simpático- se burló Gustav encogiéndose de hombros.

-Pues no lo eres- concluyó Anneliesse, mirándole de la misma forma que las otras dos chicas.

-Bah, mal humor mañanero. Ya se os pasará- chasqueó la lengua. Ay, mujeres, mujeres...-

-¿Dices algo, imbécil?- gruñó Iona.

-Nada, nada en absoluto ¿Todo listo para ponernos en marcha?- Kassad y Ren terminaron de dar agua y, finalmente, todos estuvieron listos. El espadachín aún mostraba molestias por la herida de la cara y parecía estar macilento y apagado. No había recibido el descanso suficiente -Sin esfuerzos ¿eh?- le dijo Gustav a este mientras montaba en el corcel. Kassad ayudó a Anneliese a volver a montar frente a Gustav, para mantenerla bien asegurada dado que iban a encontrarse pronto con soldados.

Se pusieron en marcha sin demasiada demora y sin demasiada prisa tampoco. Los corceles galopaban con tranquilidad retomando el camino principal de las rutas te transporte y comercio de Lynastis: caminos amplios y llanos en su mayoría, desprovistos de hierbas, árboles o demás tipos de obstáculos. En ocasiones el sendero se volvía adoquinado y delimitado con vallas de madera, cosa que indicaba que o bien se acercaban a un pueblo o a un puente para cruzar algún río o lago. Gustav se conocía sobradamente bien los caminos de la Ciudad de los Lagos, de manera que era consciente de que podían mantener ese ritmo tranquilo sin demasiado peligro durante un buen rato más. Debían de guardar la energía de los caballos para la llegada a la frontera, pues era más que evidente que todo debía de estar más que cerrado debido a la desaparición de la princesa. Lo que no sabía el líder de Nihilia era a cuánta distancia habría llegado ya la noticia de la desaparición de Anneliesse. Confiaba, según conformó el plan, en que el rey confiaría en recuperarla pronto y trataría de mantener el mayor secretismo posible para evitar un completo desorden dentro de Lynastis. Esperaba, de corazón, no equivocarse en sus pesquisas -Bueno, ceñíos bien las capuchas y capas, nos acercamos a Roserund- Roserund era una de las joyas de la corona de Lynastis: una provincia colindante con la capital que estaba enormemente cuidada y era parte del inicio de la ruta turística de Lynastis, pues al igual que la Ciudad de los Lagos, Roserund podría haber sido bautizada la Ciudad de las Rosas. El color rojo y rosa predominaba por todas partes en cada pueblo así como todas las obras que se realizaban con las mismas flores, que era prácticamente un arte único de Roserund. En definitiva, un lugar apacible y con poco atractivo para una banda criminal o panda de ladrones... Con suerte, si conseguían entrar, les costaría bastante seguirles la pista -Soldados a la vista- dijo Kassad, observando a través de un pequeño catalejo.

-¿Cuántos?- quiso saber Gustav.

-Dos guardando la entrada de la muralla e imagino que otros tantos estarán dentro en la guarnición- explicó el ravaht.

-Por lo general no suelen llegar a los diez soldados aquí...- se llevó una mano al mentón, pensativo.

-Eso nos deja en la posición de dos soldados por cada uno de nosotros. No contéis con la princesa- observó Iona.

-Lo que no debes contar es con luchar- sopesó el líder -Trato de discurrir y adivinar cómo podriamos pasar sin tener que luchar...-

-Eso es imposible- gruñó la mujer -Míranos ¿Qué clase de grupo podemos ser? Unos seis encapuchados queriendo salir de Lynastis cuando han raptado a la princesa hace poco. Qué casualidad- se abrió de brazos Iona -Demasiada suerte tenemos de que Anneliesse ha sido un pajarillo de jaula toda su vida y ni los dioses conocen su cara- la princesa la miró con desdén, pero no podía evitar pensar que tenía razón. El constante cautiverio que le había sometido Reginald ahora estaba jugando una mala pasada. No era de extrañar que la princesa Anneliesse Carsters no era más que una leyenda para algunos. Siempre se habían contado historias de que el rey la mató, o de que falleció a la hora de dar a luz. Ella no era consciente aún de la enorme cantidad de historias que se contaban de ella en las tabernas de los pueblos más recónditos.

-¿Y si fingimos ser una troupe?-

-¿Bardos? Agh. Odio hacerme pasar por bardo-

-Iona...- suspiró Gustav -¿Puedes dejar de odiarlo todo por un segundo?-

-Vete a la mierda- Gustav frunció los labios.

-O céntrate en mí para poder hacer algo de provecho- la mujer tenía ciertos problemas de ira, estaba claro. Pero también aceptaba que algo tenían que hacer si querían evitar la violencia.

-No hace falta que nos hagamos pasar por bardos- reflexionó Ren -Tampoco tenemos instrumentos ¿Pero y unos circenses?-

-Ahí le has dado- le señaló Gustav -Saltimbanquis-

-Usad la cabeza, ceporros ¿Unos teatreros ambulantes sin un carro, al menos, en el que actuar o llevar pertenencias? ¡Que no tenemos credibilidad!- gruñó Iona.

-¡Aaaaaay, abranme paso las gentes!- bramó una voz que desde la lejanía daba ligeros y alegres traqueteos por el camino. Se trataba de un pueblerino cualquiera, sombrero de ala ancha en la cabeza para prevenirle del sol y rudimentario palillo entre los labios para rascarse en la boca. Parecía ser un hombre que no llegaría aún a los cuarenta años, grande, horondo pero con fuertes brazos anchos. La banda se echó un lado hasta el eje del camino para dejar pasar al hombre, que iba sentado en un largo carro en el que transportaba tocones y tablas de madera -Buenos días tuvieremos- saludó alegre al pasar por el lado de la banda -¿Quienes fuereis?-

-Una troupe- dijo Kassad, nervioso, sin esperarse la pregunta.

-De bardos- añadió Gustav.

-Circenses- corrigió Ren.

-Bardos circenses- reiteró Gustav.

-Bardos a capella y circenses- asintió Iona.

-Sin escenario- asintió Kassad -Bardos a capella y circenses de calle-

-Los dioses me bañaren con su luz si os entendiere- se echó a reir el hombre -Pero graciosos fuereis un rato desde luego ¿A Roserund vais?- Gustav asintió -¿Y allí actuaréis?- Gustav volvió a asentir -Entonces maldiganme los cielos si me lo perdiere- luego dirigió la mirada a Iona, Aiko y a Anneliesse -A'emas, buenos ojos tuviere mi menda para calare a las mozas. Y bellas mozas llevarais con vusotros- le guiñó el ojo a la princesa sin saber que era la princesa -¿En venta tengarais a alguna?-

-Señor ¿Por quién nos toma?- frunció el ceño Ren.

-Ay, no quisiere yo ofenderos. Que a veces mucha moza molesta y no es comun haberlas en las tropás de musicos y salta'ores- observó -Una, nomás. Y hábil con las piernas y el pandero, pa' los mozos atraere- asintió, sabihondillo -Y vusotros pues tres me llevís- era difícil entender qué clase de idioma le habían enseñado a ese hombre. Por cada frase parecía cambiar la forma de utilizar los verbos y en ninguna acertaba o directamente parecía inventárselo -¿Y me decierais que tres mozas y ninguna e' fulana?- mascó la varilla en su boca.

-No, señor- recalcó Ren.

-Lástima, verdadera lástima. Me tengaran sus disculpas mozas, pero bien buenas que me parecieren bajo esas capas. Que frio no hiciera hoy por cierto para ir tan cubierta. Ya quisiera yo ver que escondís bajo esas lanas- se echó a reir. Gustav e Iona se miraron. Luego, ambos miraron a Ren y a Kassad. Finalmente, todas las miradas se centraron en Aiko y esta sonrió enormemente complacida -¿Qué pasara?-

-Que quizá sí podamos ofrecerle un servicio especial de nuestra mejor chica. La más bajita pero la más... flexible- guiñó el ojo Gustav.

-¿Esa no fuere extranjera?- sonrió el hombre enormemente nervioso al ver a Aiko quitarse la capa. No parecía tener unas malas formas bajo la ropa -Encima no estuviera gorda. Píntame impaciente- el hombre se comenzó a desabrochar el peto de los hombros mientras se bajaba del carro. Aiko le tendió una mano y le hizo un gesto jovial y juguetón para que la siguiera tras un árbol atrás de la valla que separa el camino.

-Diviértase, caballero- comentó Ren con una media sonrisa mientras Kassad se bajaba del caballo para sentarse sobre el carro. Iona ayudó a Annelisse a bajar del caballo de Gustav y la ayudó a montar en el que iba Kassad anteriormente.

-¿Qué pasa? ¿Qué significa esto?- quiso saber Anneliesse.

-Tenemos carro- le explicó Ren como si fuera tonta.

-¿Y el dueño?- frunció el ceño la chica. Aiko volvió enseguida, frotándose las manos con una amplia sonrisa de júbilo.

-Tardará en despertarse un buen rato- Iona le chocó la mano a Aiko, que regresó a su caballo -¿Le has enseñado algo antes de noquearle?- Aiko hizo amago de levantarse la camisa y luego se pegó un golpe en la palma de la mano -Menuda zorra estás hecha- la baekshi hizo gestos con la mano -¿Que te dio pena? A veces se me olvida que ahí dentro tienes corazón- ambos siguieron riendo.

-No quiero formar parte de esto- destacó la princesa.

-Formas parte- afirmó Gustav -Y ahora, para aparentar, vas a ir en caballo tú sola. Así que déjame advertirte que te quiero a mi lado y- la señaló con el dedo, acusador -Si dices lo más mínimo a los guardias ahora en la puerta, te aseguro que no vas a volver a tu hogar ni por todo el oro del mundo. Más te vale llevarte bien con nosotros y todo esto pasará rápido, alteza- Gustav concluyó con una sonrisa, para variar -Venga, en marcha-


Tras un rato de caminata, por fin, llegaron a la muralla que limitaba Lynastis con Roserund. Allí, dos soldados con cara de aburrimiento los miraron llegar con cierto interés. Uno de ellos, rechoncho y con una calvicie incipiente así como con un bigote algo pasado de moda, se acercó a ellos -Los accesos están cerrados- dijo con tono robótico, como si lo dijera decenas de veces al día.

-¿Ni siquiera para ganarnos el pan?- quiso saber Kassad, exagerando notablemente su acento de forma intencionada.

-Vosotros no sois de por aquí...- observó el soldado haciéndose el perspicaz.

-No todos- Iona también exageraba su acento romés, de su lejana Romhall.

-Pero algunos, sí- asintió Gustav -Somos la troupe Entufaz- todos se miraron entre sí tras Gustav ¿En serio? ¿Esperaba que ese nombre funcionase?.

-No me sonáis- el soldado se apoyó sobre la lanza, aburrido. Parecía tener ganas de hablar.

-Somos nuevos...- Gustav se rascó la cara bajo la capucha, sin saber qué más añadir.

-¿Por qué vais tan tapados? ¿Ocultáis algo?- el soldado entornó la mirada.

-Precisamente por nuestros acentos has podido dilucidar que no todos somos de Lynastis, así que intentamos llegar de tapadillo a las ciudades para luego causar impacto con nuestra riqueza cultural a la hora de actuar- apuntó Kassad.

-Interesante- asintió el soldado -¿Y qué hacéis?-

-Variedades- dijo Ren, cortante. Tenían que pasar ya.

-¿Qué variedades? ¿Cantáis?-

-Sí, eso también- dijo Iona.

-¿Os sabéis la de "La Niñera de Zastra"?- todos se miraron entre sí. Les tocó el soldado entusiasta de los bardos y sus canciones -La niñera de Zastra que la picha de Benedikt arrastra...- recitó -¿No? ¿Qué clase de cantantes sois si no os sabéis una de las más populares?-

-Intentamos no ofender a nadie. Como somos multiculturales no queremos hacer alusión a otros lugares a modo de insulto- explicó Gustav para defenderse.

-Pues en resumen, menuda mierda de músicos- gruñó el soldado.

-¿Nos dejas pasar o no? Tenemos que ganarnos la vida fuera de Lynastis- gruñó Ren. El soldado se dejó de apoyar en la lanza y lo miró de mala gana.

-A lo mejor no, listillo. Yo soy aquí la autoridad- se enfadó.

-¿Qué pasa, Thomas?- se acercó el otro soldado al oír a su compañero enfadarse.

-Nada, Karl. Solo parece que tenemos una troupe de listillos aquí que no les parece bien que esté dudando sobre si dejarlos pasar o no-

-¿Ponéis en tela de juicio nuestra autoridad?- dijo de mala gala el tal Karl.

-Pongo en tela de juicio vuestra inteligencia- corrigió Ren.

-Con que esas tenemos- ambos esgrimieron las lanzas -Bajad de los caballos. Todos. Quedáis detenidos y se os deniega el acceso a Roserund- dijo sin autoridad el soldado Thomas.

-Qué lástima- Ren se encogió de hombros y espoleó al caballo con los talones para hacerlo galopar. El animal relinchó y se lanzó a la velocidad del rayo, cruzando el gran umbral de la muralla para entrar en Roserund.

-¡Alto, quieto!- los soldados se giraron para verle marchar, dándole la espalda al grupo -¡Alarma, fugiti...!- no llegó a terminar la frase cuando Aiko, al pasar por su lado, le pateó la cabeza tan fuerte que lo estrelló contra el pedregoso muro y lo dejó inconsciente. Iona hizo lo propio con el otro soldado, retrasando enormemente la detención. El grupo consiguió pasar entre risas y la estupefacta mirada de Anneliesse, que iba atrapada entre el carro tirado por Kassad y el caballo de Gustav, custodiada a ambos lados por las chicas. No tenía hueco para huir ni para quedarse parada, por lo que tuvo que verse obligada a avanzar sobre el corcel de forma obligada ¿Cuánto tiempo iba a durar tan lamentable situación? ¿Y en cuántos líos pensaban meterla? Ahora solo le quedaba esperar y ver...

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