Con la llegada de la mañana, por fin se inició el levantamiento del campamento y todo cuanto era necesario para poner rumbo de regreso a Lynastis. Prácticamente se podía decir que no había nadie en el bando de la Ciudad de los Lagos que no estuviese deseando poner pies en polvoroa de Ravahta dado todos los acontecimientos. Anneliesse se encontraba por fin dando su último encuentro a los Rajash. Todos salvo Yaali. Al parecer, Reev había hablado con ella sobre lo que iba a suceder con su Beso del Pensamiento y a la chica no le sentó del todo bien. Se conformaría con ver al grupo partir desde las ventanas de palacio y despedir a su adordao salvador, una vez más, con pensarle -Ha sido una estancia la mar de interesante, desde luego- asintió Nero.

-Siento enormemente todo lo que ha sucedido- declaró Reev -Ha sido un completo deshonor haberos fallado en esta visita. Todo ha salido tan mal que nos avergüenza... pero al menos siempre se puede sacar algo claro de las tinieblas más profundas ¿No es así, princesa?- preguntó Reev con interés.

-En efecto, así es- asintió ella con fingida despreocupación.

-Anneliesse- Namur dio un paso hacia ella, colocándosele en frente. Estaba magullado, lleno de heridas y moratones por toda la cara. Sobre todo la nariz y los ojos. Al menos, debido a las heridas, esa vez estaba completamente vestido -Aunque ha sido turbulento y el viento no ha soplado a mi favor, quiero que sepas que estoy enormemente agradecido por haber tenido la oportunidad de defender tu honor y tu orgullo en la batalla contra Hardum- inclinó la cabeza. Él sólo se montaba su propia versión de los hechos -Quiero que sepas que estoy loco por volver a verte y tener la oportunidad de pasar unos días como se merece-

-Tendréis muchas oportunidades- sonrió Reev -Por cierto disculpad la ausencia de mi padre. No se encuentra bien y no puede abandonar la cama- Nero y Anneliesse negaron con la cabeza en gesto de que no tenía nada que disculpar.

-Hasta pronto, Anneliesse- dijo Namur uniendo las palmas frente a su cara magullada.

-Hasta pronto, Namur- replicó ella haciendo exactamente lo mismo, con el estómago revuelto. Tanto ella como Namur realizaron a la vez el Beso del pensamiento, acariciándose la frente el uno al otro con el dedo corazón mientras que con la otra mano mantenian el rezo frente a sus rostros. El mediano de los Rajash se vio enormemente feliz y complacido tras aquel rito insignificante para Anneliesse, pero que había prometido por la vida de un inocente. Y así, por fin, se marcharon.


El viaje de regreso a Lynastis fue algo más rápido, quizá debido a las ganas que tenían todos de volver con sus familias, salvo la princesa, por supuesto. Se hicieron paradas durante el camino y los mismos reposos para pasar la noche. Afortunadamente para Nero, esta vez no hubo sorpresas ni nada que lamentar. Anneliesse estaba ausente la mayor parte del tiempo y no era de extrañar. El Aegis la entendía como nadie y sabía de sobra que estaba luchando en su interior con la idea de haberse prometido de forma ritual con Namur mientras que su padre la había prometido de forma política. Su vida a cambio de evitar una guerra y el asesinato de un inocente... ¿Cómo no admirarla? El hechicero no podía sino derretirse con solo mirarla. Pese a sus arranques de furia y su estado anímico normalmente depresivo así como sus innumerables problemas durante el confinamiento en el palacio de Reginald, estaba superando su propio egoismo para ser consciente de que el mundo que hay fuera es demasiado grande como para centrarse solo en ella y en sus deseos personales ¿Que le gustaría? Nero sabía que sí ¿Y a quién no? Cualquiera antepondría sus deseos ante el bien común. Anneliesse también. Y no lo hacía. Y si tan siquiera ella fuera consciente de todo el poder puro que albergaba dentro, no se lo pensaría dos veces antes de convertirse en la emperatriz del mundo y hacer lo que le diera la gana. A Nero tampoco le importaba realmente ese resultado pero... ¿Cómo acabaría ella, de hacerlo? Ese era su único y verdadero temor: su salud, su estabilidad, su vida. Que Anneliesse fuese feliz o no en ese momento a él no le podía importar menos, si a cambio, le deparaba un buen futuro y una vida larga, próspera y llena de posibilidades. Lo único en el mundo que el Aegis no podía tolerar bajo ningún concepto es que la vida de Anneliesse pudiese peligrar ni tan siquiera un ápice.

La despampamante Ciudad de los Lagos y sus hermosos colores ya se veían en la distancia conforme la comitiva avanzaba sin descanso. Solo faltaban unas horas para llegar y los únicos que no parecían poder continuar el ritmo era el grupo de mercenarios, que se había quedado un poco rezagado. Claro estaba, tenían una razón de peso para haberse separado unos metros del grupo de soldados y el carruaje -¿En serio? ¿Vas a obligarme a hacer eso?- se quejó Kassad, jugando con las crines del caballo -Ella ha dado un compromiso por mi, Gustav. Dejémosla estar. Busquemos a otro noble-

-No- medio sonrió Gustav sin perder de vista el carruaje -Ella nos servirá bien. A lo mejor hasta nos lo agradece, fíjate-

-Es arriesgado- reflexionó Ren -No estamos hablando de pedir un rescate por un terrateniente. Es la princesa de todo el reino. Y una muy obstinada, por cierto- Gustav le miró.

-Sí, y por eso te toca esa parte-

-¿Cuál?-

-La de raptarla- Ren chasqueó la lengua.

-¿Desde cuando llevas con esto en mente?- quiso saber Iona.

-Desde que acepté el trabajo, encanto ¿Qué te hace pensar otra cosa?- la mujer sonrió.

-¿De verdad? ¿Este era tu plan? Cobrar al rey por un viaje de vacaciones a Ravahta y luego secuestrar a su hija. Eres todo un diablillo, Gustav- comentó ella con aires divertidos.

-¿Has visto? No todos mis cuernos son por desamor-

-Sí, mira por donde. Hoy te has ganado que tenga un poco menos de ganas de partirte esa boca de gilipollas que tienes- se mofó Iona y Aiko se echó a reir sin emitir sonido alguno.

-Así que escuchad y atentos. Si de algo me ha servido esto es para poder tantear el terreno: al iniciar el viaje ya pudimos comprobar que a Anneliesse la tienen guardada con un celo digno de ser estudiado. Imagino que en cuanto lleguemos lo primero que harán será pedirle que entre a palacio y ya, luego, se ocuparán del equipaje y de pagarnos. Eso, seguramente, será lo último- asintió Gustav -Ahí entras tú, Ren- el espadachín le miró con atención -Necesito que hagas uso de tu amiguito, otra vez- sonrió malicioso.

-No puedo dar rienda suelta a esta cosa cada vez que te de la gana, Gustav. Creí habértelo dejado claro hace mucho. Cuanto más confío en su poder más crece en mí su...- frunció los labios y negó con la cabeza -¿No hay otra opción?-

-Venga, Ren- se carcajeó el líder -Lo hiciste para parar la pelea de estos dos gañanes ¿No lo vas a hacer para secuestrar a Anneliesse y hacernos de oro? Ella va a financiar por fin nuestro proyecto de República- Gustav tenía razón. Lo hizo, pero porque él se lo pidió por favor. La única forma de interceder en la batalla de Namur y Hardum y poder llegar a tiempo para parar el intento de asesinato del primero fue hacer uso de su fuente de poder oculta y prohibida. Él, al igual que Anneliesse, portaba un sello en el vientre. Era conocido por todos que la princesa fue heredera de esa marca maldita al descender de su anterior portadora, cargando consigo la enorme responsabilidad de ser la carcelera del Ente oscuro que casi destruyó el continente hace siglos. Sin embargo, la historia habla de que aquel temible ser colosal era tan poderoso, formado de pura magia corrupta, que se necesitó segarlo y dividirlo en dos. Fueron los Carsters y los Gelhart los que fueron elegidos con la pesada carga de soportar en sus vidas sendas partes del Ente. Ahora Anneliesse portaba el Ente de los Carsters mientras que Ren, un proscrito descendiente de los Gelhart, portaba consigo la otra mitad del Ente -Mira, chico, es así de sencillo. Mientras entretenemos al rey contándole cualquier minucia, tú usa tu poder para encontrar a la princesa sin que te vean con esa velocidad imperceptible tuya. Nos encontraremos contigo en el árbol del ahorcado. Mantenla a buen recaudo- no estaba conforme, pero Ren asintió. Supuso que era cierto que sin su poder, sería imposible secuestrarla.

[FF7R - Turk's Theme]

Por fin, Lynastis. Las calles limpias, hermosas. Sus gentes y sus vestidos de colores, sus elegantes portes y sus educados gestos y formas de hablar. Todo siempre decorado con flores de un gusto exquisito y un flotante y cautivante olor a té y café se mezclaba en los olfatos y paladares. Y en mitad de todo ello, Gustav.

Se sentía un rey. Más rey que el propio Reginald. Sentía escalofríos en la espalda con solo pensar en lo que iba a pasar. Oh, sí. Todos aquellos ricachones y nobles que veía por doquier estaban cerca de conocer el fin de sus acaudaladas vidas de injusticia en pos de las desgracias ajenas, de la pobreza y la muerte de aquellos a los que no dedicaban siquiera un pensamiento al día. Conforme se acercaban más y más al palacio, más le costaba no sonreír como un bobo, pero tuvo que contenerse. La comitiva había llegado antes que ellos y en la puerta misma de palacio, de nuevo, estaba de nuevo el rey junto al Aegis y la princesa.

La banda bajó de los caballos y se dispusieron a acercarse hacia donde se encontraba su majestad mientras Gustav vigilaba con velocidad cada detalle de todo lo que acontecía en ese preciso instante. Se comenzó a frotar las manos, pues daba comienzo. Anneliesse pasó de largo junto a su padre y el Aegis, por fin. Esa era la señal, tal y como sospechó. Chasqueó los dedos de forma rápida y distraida. Ren desapareció de nuevo como si fuera un espejismo. Justo entonces, alcanzaron ellos la altura del rey Reginald -Alabados días, majestad- dijo con enorme entusiasmo.

-Ah, tú- del bolsillo de su elegante traje Reginald extrajo un voluminoso saco de monedas -Aquí tienes. Podéis marcharos ya- parecía bastante desencantado con las novedades de las que había sido informado. Al menos era buen pagador.

-¿Ya está? 5.000 denas y si te he visto no me acuerdo. No me esperaba una relación tan fría con el rey de Lynastis, Ciudad de los Lagos, Ciudad del Té y las Pastas-

-¿Qué quieres, mercenario?- gruó el monarca.

-Sabía que erais un hombre respetable que dedicaría unos valiosísimos segundos de su vida, tan ajetreada y llena de quehaceres que por supuesto no le hacen otros en palacio al menos públicamente para que nadie vaya por ahí hablando de que, oh, madre mía, cómo viven los reyes, aunque esa gente realmente tampoco sería nadie para hablar. A fin de cuentas esto es Lynastis y el número de nobles es directamente proporcional a la cantidad de manos destrozadas que recogen el té que ellos se beben en sus elegantes tacitas sin preguntarse siquiera de dónde vendrá el...-

-Qué quieres- cortó Reginald, tremendamente nervioso -Me estás poniendo histérico y no te conviene, mercenario-

-Ah, sí, que me enrollo como un trocito de jamón... ¿Habéis probado el jamón enrollado en pan duro? Es una combinación deliciosa. De hecho ¿Qué digo? Si yo no lo he probado siquiera. Se me va de presupuesto- se echó a reir. Reginald decidió en ese preciso momento que no iba a perder más tiempo y fue a marcharse -¡Aguardad!- Gustav le atrapó del brazo y en un abrir y cerrar de ojos la banda fue rodeada por los soldados que aún no habían abandonado su puesto de la comitiva.

-¿Quién os creéis que sois, panda de pulgosos?- se enfureció Reginald pero sabiendo mantener la compostura -Soy el rey, no me toméis por un pardillo al que podéis engatusar. Habéis obtenido un pago justo y no obtendréis más- mientras el rey daba una calmada reprimenda a Gustav, Nero sentía una enorme intranquilidad. De pronto se había percatado de que Ren no estaba presente entre los del grupo y había un siniestro cosquilleo en su interior... pero Anneliesse había entrado ya en palacio ¿No sería posible, verdad?.

Anneliesse entró por fin en su habitación. Era extraña la mezcla de sensaciones de estar cómoda en el hogar pero a la vez horrorizada por regresar a la cárcel que era ese palacio, ese habitáculo en el que vivía. Sin embargo, tan distraida estaba creyendo que conocía al milímetro cada parte de ese lugar, que no se percató tan rápido como debía de que había algo que no había antes en la ventana.

[FFXV - Song of Stars]

La brisa soplaba suavemente en el balcón, allí en el que estaba sentado Ren de forma despreocupada, mirándola como un cazador observa a su presa. La chica se sobresaltó de forma enérgica, asustada. Otra vez ese ardor que amenazaba con quemarle las entreñas. Ren fruncía el ceño cada vez más por momentos sin decir nada mientras la brisa le mecía la ropa y los cabellos. La escena le proporcionaba un ambiente amanazador además de misterioso que la chica no sabía descifrar -¿Q-qué haces ahí?-

-Vas a venir conmigo-

-No pienso ir a ninguna parte- gruñó ella, echando mano distraidamente a cualquier objeto que pudiera alcanzar. Le bastó un cepillo para el pelo, que blandió como una espada -Y menos contigo, hijo de...-

-Contén la lengua princesa, no sea que te la corten- Ren se levantó de su asiento en el balcón y dejó que la katana se meciera en el cinto de su ropa, reveladora y peligrosa -Vas a venir conmigo y no hay más palabras-

-Pediré auxilio y no saldrás de aquí con vida. No vas... No vas a volver a hacerme daño- dijo recordando su mano en el cuello.

-Maldita niñata estúpida...- gruñó Ren, echando mano a la katana.

-¡Soco...!- antes de que pudiera terminar la palabra, la hoja del arma del mercenario cortó en dos el cepillo como si fuera un taco de mantequilla. Acto seguido, otra vez, volvió a agarrarla del cuello y la estampó contra la pared, dejándola paralizada. Otra vez. De nuevo se estaba cumpliendo la pesadilla. Anneliesse luchaba por respirar y forcejeaba por liberarse, pero sin éxito. Los frios y crueles ojos de aquel hombre enorme parecían estar devorándola en un abismo del que no iba a escapar jamás.

-Debería matarte ahora mismo- apretaba la mano -No sabes cuánto... me complacería...- decía con rabia, reflexionando sobre si debería hacerlo -No sabes cuánto deseo hacerlo... Permanecer así, como ahora, viendo cómo te apagas hasta que no quede de ti ni el más mínimo resquicio de luz...- y parecía cumplirlo. A la princesa le quedaba cada vez menos aire, pero Ren no pudo soportar más el contacto. El brazo le quemaba hasta el cuello -¡Maldita sea!- gruñó, soltándola y agitando el brazo. La chica tosía de forma violenta en el suelo.

-¿¡Princesa!?- la voz de un guardia sonó al otro lado de la puerta. La chica le oyó y recobró la esperanza.

-¡A..! ¡Ayuda...!- Ren se giró sorprendido de que aún pudiera gritar.

-Insolente...- se acercó a ella y la golpeó con un fuerte puñetazo directo al estómago que la dejó aún más sin aliento para luego cargársela al hombro a la vez que entraba el soldado de una patada a la puerta.

[Attack on Titan - Before Lights Out]

-¡Alto ahí!- el soldado desnvainó el sable pero Ren optó por huir. Corrió hacia el balcón con una Anneliesse debilitada y saltó al vacío como si nada. El soldado se asomó, sorprendido de la acción del mercenario, que ya no estaba a la vista -¡Alarma! ¡ALARMA! ¡RAPTAN A LA PRINCESA!- vociferó y sus palabras resonaron en todo el palacio. La huida empezaba.

Con el estruendo formado por los soldados, la calle se comenzó a llenar de tropas en un abrir y cerrar de ojos. Gustav supo que era el momento de comenzar a escapar, de manera que su reacción fue sencilla: empujar al rey con todas sus fuerzas. El soberano cayó con fuerza sobre las escalera, rápidamente socorrido por Nero. Aquello les dio unos rápidos segundos para poner pies en polvorosa y echar mano de los caballos para galopar a toda velocidad. Los soldados montaron en los suyos para empezar a perseguirlos -¡Que no escapen!- vociferó Nero desgañitándose -¡QUE NO ESCAPE NINGUNO U OS MATARÉ YO PERSONALMENTE!- ordenó. Con un gesto de la mano invocó una runa mágica en el aire. Con unos destellos, aparecieron cuatro hechiceros encapuchados a su alrededor -¡Legión de hechiceros del Rey, obviad a esos inútiles y recuperad a la princesa! ¡AHORA!- los hechiceros desaparecieron sin decir nada con el mismo destello con el que se fueron. Nero debía mantener la compostura y permanecer con el rey. Los había entrenado bien... Podrían detener a Ren, pues sabía que algo así podía suceder...

Ren corría con la princesa sobre el hombro por las calles de Lynastis a toda velocidad cuando un edificio desplomándose le cortó el paso. El ambiente se volvió espeso y anaranjado debido al polvo del derrumbe y al incendio que lo ocasionó. El mercenario tosió y se tapó el rostro para terminar viéndose rodeado por cuatro figuras misteriosas que no reconocía -No voy a perder el tiempo preguntando quienes sois...- gruñó.

-Entrega a la princesa, Falso Profeta- ordenó uno de los encapuchados.

-¿Falso Profeta? Me han llamado muchas cosas pero eso...- sin más palabras, actuando como uno solo, los hechiceros dispararon fuego contra Ren. El mercenario hizo uso de su katana para cortar las llamas y deshacerlas como si no fuesen más que inocente salpicones de agua -¿Es que queréis herir a la princesa?- sonrió desafiante.

-Ella es inmune a nuestra magia. Así lo quiso Lord Nero- reveló un hechicero.

-Interesante- Ren le apuntó con la katana -Eso significa que yo también puedo luchar sin tener que protegerla- aquellas palabras fueron recibidas por sorpresa por los hechiceros, que no esperaron ver a Ren actuar de forma tan preocupada por la salud de la princesa. Tampoco esperaron el primer embate, pues la velocidad de Ren se tornó endiablada cuando lanzó una estocada al primer hechicero, atravesándolo por completo y matándolo en el acto.

-¡Arderás!- exclamó furioso otro de los hechiceros lanzando llamaradas por doquier que Ren esquivaba con soltura y maestría, haciendo uso de su poder interior. Los otros dos comenzaron a levitar con el uso de la magia y convocaron oscuras nubes de tormenta de la que empezaron a caer furiosos relámpagos por todo Lynastis, buscando alcanzar al mercenario. Ren aprovechó lo distraidos que estaban invocando la tormenta para posicionarse debajo de los mismos para que, cuando el hechicero de fuego le lanzara nuevas bolas llameantes, éste las desvió con la katana hacia el cielo, dirigiéndolas hacia sus compadres. Estas alcanzaron a los magos, que envueltos en llamas y gritando, perdieron la concentración y cayeron al suelo con un gran impacto que podría ser mortal -¡DESGRACIADO!- maldijo el hechicero de fuego, siendo el único que restaba. La tormenta arreciaba, relámpagos llovían y el viento agitaba las ropas de ambos contendientes con violencia. Ren alzó la katana al cielo -¿Qué crees que estás haciendo? Ya no te quedan trucos que usar contra mí. En un uno a uno, estás perdido- los relámpagos mágicos, entonces, comenzaron a caer sobre el arma de Ren como un pararayos. La hoja se cargó de energía mágica electrificada, sorprendiendo al hechicero una vez más -No... Espera- le señaló -Tú... ¿Cómo puedes doblegar la magia de esa forma?- Ren solamente se limitó a sonreir de forma macabra y cruel, pues estaba disfrutando de castigar a Lynastis de esta forma. Finalmente, agitó la katana y dirigió los relámpagos hacia el hechicero, borrándolo de la existencia a él y a todas las casas y barrios que quedaban detrás de él en un radio de al menos 5 kilómetros en línea recta, cortando calles y casas en dos como si no opusieran la menor resistencia. La batalla había terminado y ahora la mitad de Lynastis ardía debido a la semilla que había sembrado Ren, que envainaba su katana con suma satisfacción. Ahora Anneliesse era de la banda... y la batalla para recuperarla no sería fácil.

Comentarios