El grupo retomó la marcha cruzando los hermosos campos de Roserun, tan floridos y cautivantes que hasta hacían difícil poder pensar en algo que no fuera lo terriblemente bello que era aquel territorio. Desde luego, habían encontrado todo un filón en sacarle todo el partido que ofrecía la tierra misma en la que vivían. Estaba claro que debían sacar mucho dinero del turismo y el comercio por el mero hecho de tener unas tierrs tan trabajadas y bellas. Hasta Lynastis debía de sacar algún beneficio del trabajo que echaban sus vecinos a mantener intactos todos aquellos gigantescos campos de flores -¿Cuánto hacía ya que no pasabamos por aquí?- quiso saber Kassad al suave trote de su caballo, admirando las vistas.

-Mucho, definitivamente- aseguró Iona -Casi ni recordaba todo esto-

-Bonito ¿eh?- se echó a reir Gustav -¿Tú lo habías visto, princesa?- preguntó mirando a Anneliesse. La chica negó con la cabeza.

-No al menos en persona. En libros y demás, sí-

-En libros no es lo mismo ¡Respira!- la animó el líder mercenario -Aprovecha estos días de libertad hasta que vuelvas a tu hogar. Seguramente se te van a cortar las alas por mucho tiempo-

-¿Quién te crees que eres para hablar de mi vida?- gruñó la princesa.

-Venga, que no es ningún secreto. No hay absolutamente nadie Oriest ni en Occest que ignore el hecho de que vives encerrada en tu palacio- se mofó -No es un secreto. Se hace más que evidente cuando se anuncia que ha nacido una princesa y durante años nadie tiene la menor idea de cómo es su aspecto porque nadie la ha visto ni siquiera de soslayo por los jardines de palacio- Anneliesse se sintió mal. Ya no era solo porque tuviese razón, sino porque, además, parecía ser hasta noticia ¿Qué se habrá llegado a pensar de ella? ¿Que estaba enferma o algo así.

-¿Nunca nadie ha sabido nada de mí?- quiso saber -¿Mi padre al menos no hablaba de mí con nadie?- el grupo entero se echó a reír.

-No te ofendas- adelantó Gustav -Pero las habladurías generales de los pueblos y ciudades de todas partes del continente no hacían más que apostar. Desde hace muchos, muchos años, se ha llegado a especular hasta el hecho de que no existías, Anneliesse- la princesa se quedó helada.

-¿Cómo que... no existía?- se extrañó.

-Desde que naciste ha habido indicios de que estabas en palacio: la seguridad se reforzó, pareció que el número de doncellas se multiplicó en palacio y había diversos sastres que trabajaban en vestidos de mujer por orden del rey Reginald. Todo eso con los años posteriores a tu nacimiento. El caso es que, aún así, nadie te había visto jamás, ni siquiera en brazos de tu padre dando un paseo por el patio. Luego los años siguieron pasando y no había rastro de ninguna niña o adolescente alguna que anduviera por allí. Al final a la gente no le quedó más remedio que hasta preguntar por su princesa a la guardia local ¿Y sabes qué paso?- Gustav rio entre dientes -¡Que no te habían visto en la vida! ¿No es delirante? ¿Cómo puedes ser un soldado real sin haber visto jamás, ni una sola vez, a la familia real? Es demencial. Como vivir una gran mentira. Y, al final, eso se consideró de ti misma: que eres una gran mentira de Reginald para saben los dioses qué- Anneliesse no pudo evitar sorprenderse ante tamaña revelación. Ella era más que consciente, obviamente, de que no iba a ninguna parte ¿Pero que hubiera soldados que jamás hubiesen sabido de su existencia? ¿Que la gente de a pie llegara a pensar que ella no existía? Sabía que su padre, Reginald, la tapaba hasta volverla loca y hacerla cometer actos que atentaban hasta con su propia vida ¿Pero eso...? Eso era peor que encerrarla. Era negar su existencia misma a cualquiera que estuviera fuera de un estrechísimo perímetro de sus aposentos.

-Creo que es mejor cambiar de tema- comentó Kassad, viendo lo pensativa que se quedó Anneliesse.

-Eh, que tiene derecho a saberlo- se quejó Gustav -Míralo por el lado positivo, princesa. Al menos, con nosotros, estás dando un paseo y te somos completamente sinceros ¡Experiencias nuevas que solo valen unos 10 milloncejos de nada!- se burló.

-Ya está bien, Gustav- suspiró Iona -Deja a la chica en paz. Creo que esto le afecta en serio-

-Bueno, bueno- se encogió de hombros el líder -Pero no deja de ser cierto- dijo ya con seriedad, sin bromas ni sarcasmo -Tómatelo como una muestra de lo que se te ha negado, Anneliesse. Te acabarás dando cuenta, tristemente, de que nos vas a echar de menos- dicho aquello, la banda siguió al trote durante un buen rato más hasta que por fin, empezaban a acercarse al nuevo refugio.

Esta vez no era un árbol, sino una cascada. Una pequeña pendiente de al menos unos 5 metros de altura derramaba una hermosa y prístina catarata que caía con estruendo sobre el río que continuaba en sentido hacia Lynastis. Era muy difícil de ver debido a la humedad que levantaba la caida de la catarata, pero tras la densa cortina de agua existía una abertura, una cueva de no mucha profundidad que pero que hacía el apaño para guarecerse de cualquier peligro y de ojos u oidos indiscretos. Era un lugar ideal para esconderse o tender una emboscada -Por fin hemos llegado- comentó alegre Gustav mientras se bajaba del caballo.

-¿Caben los corceles ahí dentro?- se cuestionó Kassad.

-Ah, sí- se echó a reír el líder -Tu no has llegado a conocer este refugio. Sí, cabrán. Es lo bastante grande. Así que venga, con cuidado, uno por uno vamos entrando. Princesa, ven detrás de mí- pidió Gustav mientras se adentraba con cuidado por detrás de la voluminosa cortina de humo. Cuando Anneliesse le siguió tirando suavemente de las riendas del caballo, el animal se puso nervioso y tuvo que sisearle y acariciarle el hocico para que se estuviese quieto.

-Eh, eh- lo calmó la chica -¿Qué te pasa? ¿Qué te sucede? Está bien, chico, vamos- lo acarició con suavidad -Eso es. No pasa nada ¿ves?-

 [Shingeki no Kyojin - Vogel im Käfig]

-Sí que pasa- la voz de Gustav la hizo mirarle. Ella miró en todas direcciones para comprobar que el refugio estaba mucho mejor que el anterior. Tenían materiales y armas por doquier, hasta había velas encendidas. Prácticamente daba para armar un pequeño ejército... Un momento ¿Velas encendidas? -Alguien ha estado aquí. Todo esto no es... nuestro-

-¿Cómo que...?-

-¡Shhh!- la mandó a callar Gustav con un gesto de la mano -No hables. Sal de aquí, despacio. No hagas ruido. Deja el caballo- Anneliesse obedeció y dejó las riendas del animal sueltas, el cual soltó un bufido para nada agradable. La chica fue a pasar junto al caballo cuando, de las penumbras de la cueva, voló un cuchillo amenazante que falló en su objetivo. En lugar de acertar a Anneliesse, dio de lleno a la criatura. El cuchillo le segó el gaznate como si fuese mantequilla caliente. Un chorro de sangre salpicó a la chica, que no pudo hacer más que horrorizarse -¡Sal, corre! ¡Marchaos todos!- Anneliesse obedeció, dejando detrás de sí sonidos de combate cuando Gustav se enfrentó al desconocido asaltante. Por desgracia, la imagen del exterior no era mejor. El resto de la banda se estaba enfrentando de forma desesperada con un grupo que los superaba en número. Por el aspecto que tenían aquellos salteadores que los habían emboscado, no pertenecían a la guardia ni a ningún tipo de persona oriunda de Lynastis. La clave la tenían sus ropas de pieles y cuero no demasiado bien curtido, así como sus armas rudimentarias, oxidadas y maltratadas. Si debía de hacer un juicio, la princesa los consideró Kuvlais. Y no se equivocó. Se trataba de un grupo de asaltadores de aquella tribu gigantesca que casi eran un imperio en tamaño y que se iban expandiendo lentamente en pequeñas células por todo el continente. Seguramente, por todo el mundo en general. Eran desalmados, crueles y animales. No tenían el menor respeto por cualquier tipo de vida. Solo les interesaba quedarse con todo lo que pudiera resultarles útiles y nunca hacían prisioneros. Si lo hacían, era solo durante unos días para divertirse con ellos y luego enterrarlos. Jamás habían pedido un rescate -¿¡Qué haces aún aquí!?- un ensangrentado Gustav la sorprendió por la espalda al verla ahí petrificada junto a la catarata -¡Iona, Kassad!- gritó el líder entonces, al ver que la chica estaba quieta porque la banda se veía superada y no podían contra ellos. A esas alturas, todos estaban ya heridos y faltos de fuerza. Gustav corrió a su socorro, pero fue inútil. Solo sirvió para sumar uno más a las filas de los apresados, pues no tardaron en lacerarle las piernas para que no pudiera huir y apalizarlo una vez en el suelo para que no se moviera.

-¡Dejadlo en paz!- gritó Iona furiosa -¡Os voy a sacar las tripas a mordiscos!- una patada se desvió hacia la oriunda de Romhall, que voló directamente hacia su mandíbula. Tan fuerte fue el impacto que la mujer cayó inconsciente sobre la hierba para furia descontrolada de Aiko, que recibió varios golpes con el mango de una espada curva en la cabeza hasta dejarla igualmente inutilizada. Anneliesse no sabía qué hacer ¿¡Hacia dónde correr!? Si la veían estaba perdida, pero no tenía otro sitio al que ir. Se fuera donde se fuera estaba a la vista de ese enorme grupo de salteadores. Su indecisión y su temor le impedían moverse, temblando. Aquellos no eran una banda que querían beneficio de ella. Ellos iban a hacerle daño, como a los demás. Y finalmente, ante su quietud e inmovilidad, la vieron.

-Setan lha bhango- hablaron en su propio idioma, señalándola -¡Bhango!- gritaba uno -¡Bhango tan se senan!- varios hombres de aquel grupo comenzaron a acercarse a ella espadas en mano. Anneliesse retrocedió un paso ¿Estaba realmente condenada? ¿Qué podía hacer? Sintió ese ardor en el estómago de nuevo, leve, pero vibrando ¿¡Para qué le servía!? ¿Es que esa cosa que la mantenía cautiva en su propia vida no podía ni siquiera ayudarla en un momento así? Se llevó una mano al vientre, suplicando que, si podía hacer algo, lo hiciese en ese preciso instante ¡Que la ayudara por una buena vez!

-¡Anneliesse!- la voz de Ren surgió de la nada. El grupo de asaltadores se abrió para evitar ser atropellado por el caballo en el que iba el mercenario, katana en mano. Consiguió pasar entre los hombres que iban tras la princesa, cruzando sus caras con la afilada hoja de su arma, derribándolos al suelo desfigurados o degollados, desangrándose entre salvajes alaridos -¡Sube!- ordenó con desesperación el espadachín, tendiendo su mano a la princesa a la vez que el caballo tomaba una ligera curva preparado para salir corriendo en cuanto ella subiera ¿Debía hacerlo? ¿Podía fiarse de ese hombre que tanto la amenazaba? En el rostro de Ren vio la desesperación y... ¿Miedo? Sus ojos muy abiertos, sus pupilas retraidas. Aquella no era la expresión de alguien que iba a hacerle daño, sino que necesitaba salvarla. De forma inconsciente, la chica alargó la mano y, cuando se dio cuenta, ya estaba sentada frente a Ren mientras este azuzaba al caballo para que galopara con todo lo que tenía mientras la pequeña horda de kuvlai se les venía encima -¡Aguanta!- la rodeó con el brazo con el que sujetaba las riendas y se la apegó, pese al enorme dolor de estómago que ello le causaba.

-¡Bhango kalzan! ¡Umgo larsarri!- vociferaban los kuvlai mientras Ren cabalgaba hacia ellos.

-¡Vamos a chocar!- temió Anneliesse.

-¡Tú aguanta, no te caigas, agárrate!- la chica no pudo hacer más que aferrarse al brazo de Ren y buscar refugio en su pecho al pegar su espalda contra él. El mercenario blandió la katana con suma habilidad y lanzó un par de poderosos cortes a ambos lados de su trayectoria para apartar a los kuvlai que más cerca estuvieran. El caballo arrolló a un par de ellos pero mantuvo su curso y el equilibrio, consiguiendo pasar entre ellos. La mirada de Ren se cruzó con la de un semiinconsciente Gustav -¡Volveré a por vosotros! ¡Aguantad hasta entonces! ¡VOLVEREMOS!- juró Ren mientras se perdían de la vista de los kuvlai, cabalgando a toda velocidad. Se odiaba por no haber podido usar su poder, pero estaba demasiado agotado por haberlo usado tan seguido en los ultimos días y horas. Necesitaban retirarse, descansar un poco, trazar un plan... y volver a por ellos. Cueste lo que cueste.

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