Lynastis estaba tal y como la recordaba. A fin de cuentas, a penas habían pasado unos días. Las grandes extensiones de flores la recibieron con los brazos abiertos, con un mal recuerdo entre sus pétalos.
Había pasado un gran trayecto del viaje sola, acompañada únicamente del soldado. Sin embargo, tras cruzar la frontera de Roserund, la marcha continuó en el interior de un carruaje que la aguardaba, custodiado por dos docenas de soldados del rey. La noche llegó más pronto que tarde, y al día siguiente, cuando ya cruzaba los campos de cultivo, el Aegis llegó al lugar por el que la comitiva cruzaba para encontrarse con la chica. A la princesa no se le permitió salir del vehículo, de forma que fue Nero quien bajó de su propia montura y se introdujo en la cabina donde la mujer le esperaba con una sonrisa en los labios. Para su sorpresa, el hombre se echó sobre los hombros de la chica, fundiéndose con ella en un abrazo desesperado. Jamás el Aegis había demostrado aquella cercanía con ella, sobre todo teniendo en cuenta el tipo de persona que ella era. Había una serie de excepciones en cuanto a la forma de tratar con una princesa, y sin embargo, en aquel momento, parecieron no existir para él. Anneliesse sintió ternura por aquel gesto y le quitó peso. A fin de cuentas, peores atrevimientos habían tenido con ella recientemente. —¡Anneliesse! ¡Por fin estas a salvo! —. Los ojos del hombre lucían vidriosos, así como la piel enrojecida. ¿Cuánto había sufrido por su ausencia?
—Tranquilo, estoy bien. Estoy bien —insistió la chica, viendo como su tutor se retiraba para tomarle la cara entre las manos. La examinó concienzudamente, observando cara herida o golpe que pudiera dejar verse en su piel. Por supuesto, reparó en la suciedad de su vestido y el mal aspecto que presentaba en general.
—¡¿Qué te han echo esos malnacidos?! ¡¿Qué te ha hecho Ren?! —. La princesa arqueó una ceja después de que señalara precisamente a ese mercenario.
—No me han hecho nada, de verdad.
—¡¿Y donde habéis estado entonces?! ¡¿Qué han hecho contigo mientras?!
—Es una larga historia —sonrió la muchacha. Si bien esperó ver un gesto de alivio en el rostro de su tutor, lo que contempló fue una cara petrificada que perdía el color gradualmente. —Te lo contaré todo por el camino, pero prométeme que no vas a enfadarte ni ponerte histérico ¿De acuerdo?
—¿Qué estás queriendo decir, Anneliesse? —. La voz del hombre sonó como un hilo quebradizo.
—Sólo intento que te relajes comprendiendo que no ha sido tan malo. ¿Qué te pasa? —preguntó ella ofuscada. Nero se echó hacia atrás, sin poder quitar los ojos de ella. Había una tensión en el ambiente que la chica fue incapaz de descifrar, sobre todo teniendo en cuenta que el tutor se comportaba de una manera muy extraña. El abrazo la había tomado por sorpresa, sí. Pero esperaba algo más cálido por su parte tras ello.
—No quisiera que esos malditos mercenarios salieran impune de esto. Y me da la sensación, por el tono de tu voz, que estarás en desacuerdo conmigo —explicó. Anneliesse pestañeó varias veces, incrédula ante la agudeza de su tutor. Parecía que había adivinado no solo sus pensamientos, sino también su experiencia.
—Esos mercenarios son parte del olvido ya, Nero. Que no te quepa duda —intervino. —Ya estoy a salvo, así que por favor, despreocúpate. Yo tengo la sensación de que vas a sermonearme por algo y vas a recordar mis obligaciones.
—No era mi intención, Ann —. Nero pareció salir de aquel trance tenso que le envolvía, pues rápidamente volvió a ser el mismo de siempre. Fue como salir de un ensimismamiento momentáneo. Las arrugas de su cara se relajaron y sus ojos volvieron a brillar con la misma intensidad que antes. —¿De verdad que estas bien? Ese Ren es un tipo peligroso, sólo temía que te hiciera daño.
—Ni Ren ni ninguno de ellos me ha hecho nada. Se han portado bien conmigo, nada más. Me han dado de comer, de beber y un refugio en el que dormir. Antes de dejarme libre, se han despedido sin más y han desaparecido. Y a Ren, si le vuelvo a ver, yo misma le encerraré —admitió. Nero asintió con seriedad, como si estuviese conforme con todo lo que oía. —Si me ves feliz es porque... bueno, he visto lugares que no había visto antes. He vivido como una mujer cualquiera, no como una princesa. Y me he sentido... viva.
—Lamento oír eso —dijo de forma enigmática. Anneliesse perdió la sonrisa que había dibujado con sus labios al hablar. —Se que es lo que quieres, y espero que lo hayas disfrutado.
—¿Qué quieres decir, Nero? Sé que ahora yo...
—Lo entenderás cuando llegues a casa.
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Reginald no dudó ni un sólo instante en bajar las escaleras que llevaban hacia los jardines para recibir a su hija. La princesa podía asegurar que había envejecido unos cuantos años en apenas unos días. Las canas de su cabello oscuro se dejaban ver con más intensidad, tanta como ocurría con las arrugas que rodeaban sus ojos. Las manos le temblaron cuando tomó las de su hija. —Ya estás en casa —se limitó a decir. A penas podía hablar. Liberaba con cada balbuceo un terror que había estado contenido en su interior durante días.
—Sana y salva, majestad —aseguró Nero a espaldas de la chica.
—Me alegra oír eso. Todo esto quedará en un susto ¿De acuerdo? Nadie más volverá a hacerte daño, nunca. Nadie más pondrá al mundo en peligro —aseguró el rey, mostrando una mirada severa a una hija que desearía, al menos, haber obtenido un abrazo de él. Quizás unas lágrimas o una simple pregunta sobre su bienestar físico y emocional. —Por favor, ve a tu habitación y descansa. Tómate un baño y prepárate para la cena. Quisiera que mantuviéramos una charla esta noche —sugirió. —Nero, por supuesto puedes acompañarnos —. Mientras que el Aegis asentía, Anneliesse frunció el ceño. Algo no le gustaba.
Sus sospechas comenzaron a esclarecerse una vez entró en su habitación, ubicada en el punto más alto de una de las torres que componían las alturas de palacio. Si bien todo estaba ordenado y recogido, sus ventanas habían desaparecido. En su lugar, ahora había grandes rejas, anchas y fortalecidas, que apenas la dejaban ver los paisajes de Lynastis que siempre había observado. El alfeizar había desaparecido, así como la posibilidad de correr la cristalera para, al menos, sentir algo de brisa fresca en los aposentos. Aquella era lo más parecido que había estado nunca a pisar una cárcel. Angustiada, retrocedió. Se negaba a contemplar un segundo más aquel cambio, de forma que decidió tomar rumbo hacia el baño del ala, que siempre era utilizado sólo por ella. Antes de poder abrir la puerta, escuchó ruidos en el exterior. Al hacerlo, intentó abrir el pomo de la puerta, pero no pudo. —¡Estoy encerrada! ¡¿Qué ocurre?! —preguntó alterada, temiéndose lo peor. En efecto, ante su insistencia, un par de soldados abrieron la puerta. En la mano de uno de ellos colgaba un aro con llaves. —¡¿Se puede saber qué pasa?!
—Son órdenes del rey, majestad. Cada vez que estéis en vuestra habitación, nosotros nos aseguraremos de que nadie más que vos podáis entrar.
—¡¿Encerrándome bajo llave?! —Los soldados no supieron qué decir. —Apartaos, por favor. Voy al baño.
—Sí, las doncellas nos comunicaron hace unos minutos que ya estaba preparado para vos. Os acompañaremos.
—¡¿Cómo?!
—Órdenes del rey, majestad —insistieron sin poder decir más. Anneliesse, ofuscada, caminó hacia el baño. Los soldados la siguieron de forma que, cuando ésta se introdujo en el aseo, éstos cerraron la puerta tras ella. La princesa oyó el chasquido que produjo la llave al cerrarse. Y al mirar al frente, contempló que los ventanales que anteriormente decoraban las zonas altas de la pared del baño, ahora también estaban cubiertos de rejas. Aquel fue el peor momento de aseo que la princesa experimentó en su vida.
Anneliesse descendió por las largas escaleras de palacio, adornadas con enormes alfombras de un color verde reconfortante y acogedor. Lucía un vestido nuevo de seda de color rosa, anudado bajo el pecho y con mangas de farol. Tan nuevo como las flores que lucían los jarrones que adornaban las esquinas de todas las estancias de todas las alas del lugar, que no eran pocas. Los sirvientes y doncellas que la veían pasar se inclinaban ante ella en señal de respeto, con palabras de alivio por su llegada. Y aunque la princesa habría deseado responderlas, estaba lo suficientemente furiosa como para hablar con nadie que no fuese su padre.
Los soldados que ahora la custodiaban a cada paso que daba, acompañaron a la chica hasta el comedor principal. Allí, Reginald y Nero aguardaban a que la princesa llegase, con una enorme disposición de alimentos a lo largo de la mesa, sobre la cual, además, quedaban numerosas velas que daban luz a una noche tan taciturna como aquella. La luz de la luna colándose por los enormes ventanales de cristal no eran suficientes como para que los allí presentes comprendieran cada gesto que la princesa componía cuanto más se acercaba a la mesa hasta tomar asiento. —¿Qué tal volver a palacio? —preguntó el rey, observando que la muchacha había tenido el descaro de no saludar al llegar.
—Asfixiante —respondió ésta. Nero dejó su copa de vino a un lado. —¿Qué le has hecho a mi habitación? ¿Qué le has hecho a todo?
—Unos pequeños y sencillos cambios para evitar que vuelva a ocurrir un incidente como del que acabas de salir —explicó, cortando un trozo de carne que acababa de servirse con un cuchillo que brillaba de pura plata. Aquella pasividad consiguió que a la mujer le diese un pellizco el corazón de dolor. —Ahora nadie podrá colarse por las ventanas, ni por las puertas. Tampoco habrá soldados lejos de ti en ningún momento, por lo que pudiera llegar a ocurrir —. Anneliesse apretó los puños sobre la mesa. Aún no se había servido comida, ni tenía apetito para hacerlo.
—Me has mantenido encerrada durante años de una manera que considero exagerada. Tenía la esperanza de que hoy pudiera demostrarte que tus ideas son desmedidas, pero ya veo que te has vuelto más loco aún.
—Yo no estoy loco, Ann. Hemos mantenido esta conversación millones de veces, y dado lo ocurrido, yo esperaba de ti un poco menos de orgullo. ¡Te secuestraron y te pusieron en peligro!
—¡No he estado en peligro en ningún momento! ¡He estado ahí fuera! —señaló hacia la cristalera. —Sola, libre y lejos de tu constante cuidado. ¡Y no ha pasado nada! Por el amor de los dioses, padre. ¡He cabalgado hasta que los muslos me sangraron! ¡He dormido en el suelo! ¡He ayudado a escapar a un grupo de personas de un campamento de Kuvlais! ¡Incluso me han enseñado a manejar un arco! —confesó, golpeando la mesa. Reginald abrió los ojos con asombro mientras que Nero casi se atragantó con el vino. —¡Y no ha pasado nada de lo que siempre dijiste que pasaría si salía al exterior! ¡Ni si quiera me han preguntado por el Ente! ¿Sabes? No tenían el menor interés en él.
—¿Qué has hecho qué? —preguntó incrédulo. Después bufó. Se acarició la cara con un pañuelo blanco e impoluto que guardaba en el bolsillo superior de su elegante chaqueta y pestañeó. —Da igual, no pienso seguir discutiendo contigo, Anneliesse. Me hago anciano y poco a poco empiezo a soportar menos tus impertinencias.
—Yo no te soporto a ti —escupió la chica veneno de sus labios, para terminar cruzándose de brazos. Se arrepentía enormemente de no haber escapado, de no haber despertado en la cueva, en mitad de la noche para perderse por los bosques. Ren tenía razón, no llegaría a ninguna parte sola. Pero ¿Y si lo hacía? Las probabilidades eran más esperanzadoras que su actual futuro.
—Esto es temporal, mas o menos —añadió Reginald, recomponiéndose de la ofensa que su hija acaba de lanzarle. Anneliesse alzó el rostro sin comprender. —Son medidas temporales. Los refuerzos militares de tu futuro marido harán que los planes cambien, por supuesto. Por no hablar de que tu propia situación cambiará. Tu habitación pasará a estar compartida con él, en otro ala. La compañía que el te pueda proporcionar será...
—Ah, sí. Ravahta —bufó la mujer, interrumpiendo a su padre.
—Me temo que te equivocas, Anneliesse. Tu futuro marido no será Namur —alegó. —En vista de lo ocurrido, he tenido que elevar un poco más mis pretensiones. Necesito un aliado fuerte con el que evitar futuros imprevistos. Un heredero de un país cuya importancia militar, unida a la nuestra, consigan hacer de Lynastis un lugar seguro tanto para ti como para el resto —Reginald dejó de comer para mirar a su hija. —Te casarás con el heredero de los Gelhart. Ryudo y Lynastis se unirán, uniendo Oriest y Occest por primera vez en la historia. Ya está hablando y pactado, por cierto —sentenció. A la princesa se le puso la cara blanca y se le cortó el aliento. Miró a Nero, y este bajo la mirada. Las manos le temblaron.
—¿Gelhart?... Tú... ¡¿Te has vuelto loco?! —Anneliesse se puso en pie, arrojando su silla hacia atrás. Los soldados que custodiaban la cena se quedaron impactados. —¡¿Vas a casarme con el heredero de Ryudo?! ¡¿Nuestro enemigo?! ¡Él tiene la otra mitad del Ente! ¡¿En que diantres piensas?!
—Te vuelves a equivocar —Reginald seguía impasible.
—El príncipe Eirik Gelhart es el heredero a la corona de Ryudo, pero no es él quien porta la mitad del Ente sellado en su interiro. El mediano de los Gelhart es quien porta esa responsabilidad, mientras que Eirik está libre de ella —explicó Nero con más calma en la voz. Estaba apurado, quería apaciguar la situación con palabras tranquilas y serenas.
—¡¿Y va a renunciar a la corona?!
—No renunciaría. Ambas coronas se unirían. Los futuros hijos que tengáis portarán ambos apellidos —volvió a intervenir el rey. La princesa sintió ganas de gritar. Estaba alterada e histérica. Ni si quiera sabía como replicar ante una locura como aquella.
—¡¿Y que va a pasar con las amenazas de guerra?! ¡Ryudo y Lynastis son países enfrentados desde hace cientos de años! ¡¿Dejaremos las amenazas a un lado para darnos la mano?!
—Así es, y espero que entiendas la importancia que eso tiene, Anneliesse. El matrimonio con Eirik solventará las tensiones entre ambos reinos y volverá a a reinar la más que deseada paz. Los Gelhart han acogido la propuesta con alegría. Entienden que unir ambas coronas es lo más... propicio —insistió Reginald. Anneliesse se desplomó en la silla, indignada. La cabeza le daba vueltas de tanto pensar en las posibilidades, en política y en guerra. —Se interesaron por el estado del rescate, además. Sion Gelhart ve en ti un buen futuro para su linaje. Esta misma tarde he recibido su última misiva en la que aclara que está de acuerdo en que ambas fuerzas militares se unan de aquí en adelante. También dice estar de acuerdo con la idea de visitarnos pronto. Quieren conocerte.
—No me puedo creer que hayas tomado esa decisión... —murmuró la chica casi sin aliento. —¿Quién te dice que no harán con Lynastis lo mismo que sus antepasados hicieron con Ryudo? Eres un hombre que desconfía de todo el mundo... ¿Y de ellos no?
—Ellos, Anneliesse, comprenden tu situación mejor que nadie ¿No crees? Pensándolo en frío, no se me ocurre mejor marido para ti. Con él estarás segura. Me consta que es un hombre entrenado. Y sobre lo de Ryudo ¿No eres tú la que siempre dice que no debemos guiarnos por los pasos que tomaron nuestros antepasados? Los Gelhart son enemigos duros, pero pueden ser aliados más fuertes aún. —La princesa se mordió la lengua.
—¿Y que pasa con Ravahta? Hice una promesa con Reev Rajash.
—Los Rajash no tendrán capacidad ni valor de enfrentarse a nosotros por un cambio de planes si tenemos a los Gelhart cerca.
—¿Vas a perderles? Son tu mano derecha, padre —murmuró incrédula.
—Pierdo a mi mano derecha, es probable. Pierdo a mi propia familia. Pero ganaré a cambio una nueva, una más imponente. Una que te protegerá siempre —. Una vez más, Ann se quedó sin palabras. Consternada, colocó un codo sobre la mesa y apoyó la frente en su mano.
—¿Anneliesse? —preguntó Nero.
—¿Cuándo vas a dejar de decidir por mí? ¿Cuándo vas a dejarme controlar mi propia vida? —susurró.
—Pronto. Cuando te cases y estés segura para siempre, yo me quedaré tranquilo. Siempre lo he dicho —. El rey sorbió de su copa. —Se avecinan cambios, hija mía. Espero que estés a la altura.
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