El sol brilló con fuerza durante el último día de trayecto, de forma tan violenta, que al llegar la nueva noche todos se hallaron devastados. Los soldados sudaban a mares y emitían bufidos de cansancio que llegaron a oídos de la princesa, quien no pudo moverse de su posición. El constante traqueteo del carruaje iba a volverla loca en cualquier momento, sobre todo, sabiendo que ya no habría más altos en el camino hasta llegar a la Ciudad de las Arenas. Ahora, todos pagaban la imprudencia que la princesa había cometido. Y en cualquier situación, Anneliesse se había sentido mal por todos ellos. Pero aquel día, todo era distinto en su cabeza. Estaba abrumada, recordando una y otra vez todo cuanto había vivido la noche anterior. El ser oscuro, los ojos de Ren, las voces que había oído antes de recibir el golpe, el ardor en su vientre... Todo era tan confuso, que sentía un dolor de cabeza inmenso. Uno que superaba el que profería su propia herida.
Nero llegaba largos minutos intentando curar aquella brecha que lucía en su frente, tan amoratada y abierta que aún sangraba ligeramente. Sin embargo, Anneliesse no estaba por la labor. No solo estaba confusa y sumida en pensamientos, también estaba rabiosa, repleta de furia y abatida por no haber podido conseguir su objetivo. Que el Aegis ahora le extendiese cuidados era lo que menos necesitaba para sanar su orgullo. —Déjame ya, Nero —insistió la chica, que volvía la cara para mirar los parajes que rodeaban los límites de Ravahta, cada vez más yermos y secos. La princesa jamás había visto un paisaje tan arenoso y desprovisto de vida, o al menos, no lo recordaba. La explosión de colores de los valles de Lynastis había quedado atrás, dando paso a todo un sin fin de tonalidades marrones, amarillentas y anaranjadas, tan iguales y monótonas, que juraría estar observando la misma imagen en todo momento. Era desesperanzador, incluso cuando el sol ya se ponía en el horizonte.
—Quédate quieta, Anneliesse ¿Quieres que se ponga peor?
—Me da igual.
—Te estás comportando como una niña pequeña.
—¡Y tú como mi padre! Pero ¿Sabes? No lo eres —bufó la mujer, negándose a mirarle. Nero emitió un suspiro pesado y alargado. Se retiró un tanto, sin soltar el trapo húmedo con el que intentaba sanar a la chica. Se tomó unos cuantos segundos antes de hablar, en los que miró a la chica con cierta aflición.
—¿De verdad quieres que estemos así hasta que volvamos? —no obtuvo respuesta. —Anneliesse, ya me he disculpado contigo. Llevo haciéndolo todo el día. ¿Qué más puedo decir que no sepas? Me preocupa tu seguridad, me preocupa que no cometas locuras. Sabes perfectamente de lo que te hablo —aclaró, pero la joven siguió sin mirarle. —Ibas a escapar ¿Verdad? —preguntó en voz muy baja. Si buen podría alterarse e incluso enfurecerse si la mujer contaba la verdad, en el tono de voz del hombre solo se reflejaba un profundo pesar. Un dolor que parecía indicar que estaba cansado de todo, incluso de gruñir.
—No quiero estar encerrada para siempre —murmuró la princesa. —No puedo más... —el hilo de voz parecía asfixiado. Aquello no era una afirmación, aquello era una solicitud de socorro, un llamamiento, un ruego. Una súplica que el Aegis era incapaz de responder. Nero bajó el rostro y unió las manos, sin poder hablar. Ya no se podía hacer nada.
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Ravahta abrió sus puertas con el cuarto amanecer.
Tras toda una noche deambulando por las pequeñas villas y poblaciones, llegaron a la enorme y esplendorosa capital. Sobre las murallas que la rodeaban, centenares de arqueros miraron de forma impasible como la marcha cruzaba los enormes portones de madera hacia el interior, los cuales ordenaron a abrir tras algunos minutos de espera.
Los ciudadanos comenzaron a caminar deprisa, de un lugar a otro, sin entender muy bien qué ocurría. Anneliesse desconocía si la familia real había anunciado el evento que iba a acontecer, pero a juzgar por las miradas cargadas de asombro que podía observar a través de los visillos de la ventanilla, algo le decía que no había sido así. Las palmeras que decoraban la calle principal, dotaban de una sombra que tanto los soldados como los mercenarios agradecerían, pues las temperaturas eran impasibles en aquella ciudad. El calor parecía manar del mismísimo suelo, y por ello, la gente vestía con ropas finas y ligeras. La princesa comenzó a abanicarse con su propia mano, angustiada por el sudor. Aunque no sabía si el Aegis estaría de acuerdo, terminó por abrir la ventanilla y correr las pequeñas cortinas para respirar algo de aire y contemplar mejor aquello que estaban sus ojos perdiéndose con detalle.
Las pequeñas viviendas, construidas con piedra, así como las estrechas y sinuosas calles de graba, no hacían justicia al increíble palacio de los Rajash, el cual se situaba justo en el centro de la ciudad, como si la presidiera. Todos pudieron contemplarlo desde la recién llegada posición a la capital, pues además, parecía extenderse a lo alto de una elevación en el terreno. Era glorioso, brillante y dorado. Los tejados circulares dejaban brillar el sol con toda claridad, haciendo que éstos parecieran construidos en puro oro. La vegetación propia de aquel lugar se extendía y entrelazaba por las columnas que sostenían aquella obra, así como por las celosías que impedían que el interior de la misma fuese expuesto a cualquier persona. —¿Qué te parece? —preguntó el Aegis, observando como al chica parecía recobrar el color en el rostro mientas sus ojos se movían deprisa para no perderse nada.
—Pretencioso —contestó sin más.
—Aquí vivía tu padre hasta que le entregaron la mano de tu madre. Imagino que en palacio estarán deseando recibir a parte de la familia.
—¿De verdad crees que los deseos de verme son por ser hija de Reginald? El título que cargo es lo que les importa.
—No todos son tan fríos, Ann. Intenta darles una oportunidad hoy. Quizás, en ellos, puedas encontrar nuevos amigos. Gente en la quien confiar.
—¿Gente que asegure quererme pero me mantenga encerrada de por vida? ¿Personas que finjan ser mis amigos y después me traicionen? —preguntó con veneno en la lengua. Nero abrió la boca para replicar, pero no pudo hacerlo. Uno de los soldados que custodiaban el carruaje dio un par de golpecitos en la puerta del mismo para indicar que se aproximaban al fin del viaje, a las puertas de palacio. Era mejor callar.
La compañía se adentró a los interiores de palacio, pues todos fueron recibidos en los jardines delanteros del mismo. Al parecer, el príncipe heredero de los Rajash había dispuesto que todos los soldados que acompañaban a la princesa, fuesen escoltados hasta el interior de su hogar, donde sería acogidos como a uno más. Anneliesse sintió dolores en el estómago solo de atreverse a mirar a aquellos quienes ya la esperaban. No quería salir del carruaje, no quería enfrentarse a la realidad ni mucho menos a aquel quien pretendía tomar su mano. Sintió que iba a explotar.
El Aegis salió antes que ella del vehículo, de forma que ofreció su mano a la chica para ayudar a ésta a salir. Sin embargo, la princesa le ignoró. Colocó los pies sobre el suelo ella sola, sintiendo los brillos del sol machacar su blanquecina piel. Nunca antes había visto al astro rey brillar con la fuerza con la que brillaba en Ravahta. Tuvo que colocar una mano sobre su frente para poder mirar al frente y poder observar como dos hombres y una chica la miraban con una sonrisa de oreja a oreja. Uno de ellos se acercó a toda prisa, con pasos tan acelerados y extendidos que Anneliesse juraría que se movía como un tigre. Su larga cabellera tostada caía sobre sus hombros con total naturalidad, despeinados y salvajes. No lucía ropa alguna en su torso, el cual era muy musculado, ancho y radiaba luz porque... ¿Estaba untado en aceite? Sí, todo era demasiado pretencioso. —¿Anneliesse Casters? —preguntó el hombre. —Soy Namur Rajash, segundo en la línea sucesoria al trono de Ravahta —se presentó, inclinado el cuerpo ligeramente. —Es un placer para mí y para mi familia que hayáis acudido a nuestro hogar y os quedéis aquí unos días. Nada nos complacería mas que hacer de vuestra estancia un... —Namur guardó silencio. Era un hombre alto, de forma que su sombra hizo que a la princesa no le doliesen los ojos y pudiese bajar la mano. Reveló la herida de su frente, y eso al príncipe no se le pasó por alto. —¿Estáis herida? ¿Qué ha ocurrido? ¿Estáis bien? —preguntó acelerado.
—Un pequeño incidente en los caminos, nada que no esté solucionado —explicó Nero.
—Debéis ser el Aegis real que mi primo, el rey Reginald, explicó que acompañaría a la princesa —. El mayor de los hombres, cuya cabellera rizada y oscura ya presentaba algunas canas, se acercó a contemplar la escena. —Aegis, no me parece que esa herida sea de un incidente sin más —señaló a la chica. —Quisiera que nos explicarais que ha ocurrido. Si el hecho causante de ese golpe fue producido dentro de nuestras fronteras, quisiera repararlo. —sentenció. —Yaali, pide al médico de la corte que venga ahora mismo —ordenó a la chica, la cual se marchó corriendo con graciosos tintineos que producían las docenas de cadenas y abalorios que componían sus prendas. —Reev Rajash, Majestad —se inclinó, finalmente, el hombre. A la princesa no le quedó más remedio que hacer lo mismo. Con una leve y vaga inclinación, los saludó a todos.
—Un placer —dijo sin más.
—Debéis estar agotada. ¿Qué os parece si Namur os acompaña hasta los aposentos que hemos preparado para vos y descansáis cuanto necesitéis? Las doncellas de la corte os darán todo lo que necesitéis y el médico llegará en seguida para sanar esa herida—aseguró Reev. Su voz sonaba segura, dura como una muralla. Tan solo con observarles ligeramente, la princesa pudo ver mucha diferencia entre ambos. Una idea un poco imprudente surcó su cabeza, la cual hizo que arqueara una ceja.
—¿Y su Majestad, Ras-Fari? —preguntó el tutor.
—Nuestro padre es un hombre anciano que no puede apenas salir de sus aposentos. Esta noche, sin embargo, nos acompañará durante la cena. Aegis, estáis invitado si queréis asistir. A vuestros hombres se les proveerá de comida, bebida y lo que necesiten, por supuesto.
—Sois muy amable —habló por fin la chica, quien se encontraba abrumada al hablar con tantas personas a la vez. Nunca antes le había ocurrido algo así.
—Anneliesse, ¿Me acompañas? —preguntó Namur. Había ahuecado su brazo para que la chica lo tomara, pero se negó a hacerle caso. ¿Pasar su brazo por los de él y llenarse de ese aceite que olía a jazmín? Ni hablar. Prefería no mentir, prefería que todos viesen su verdadera cara, que comprendiesen sus verdaderas intenciones, de forma que echó a andar sin más.
—¿Y si mejor me mostráis todo esto? —Si tenía que perder el tiempo con algo, prefería que fuese explorando aquel enorme palacio y todos sus rincones.
—Es mejor que la princesa descanse —insistió Nero, lanzando indirectas.
—Estoy de acuerdo. Además, Namur tiene preparado un regalo para la princesa. Es mejor que descanséis, os deis un baño y os pongáis cómoda. Ya habrá tiempo para que mi hermano pueda mostraros todo esto —sentenció, alzando un poco los brazos.
Anneliesse compuso un gesto asqueado de forma instantánea. Lanzó una mirada de desaprobación a Nero a toda prisa, justo antes de que Namur la instara a acompañarle hasta la dichosa habitación. Apenas llevaba un minuto en palacio y ya habían empezado a decidir por ella. Aquello tenía que terminar.
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