Cuando el alba llegó y la princesa despertó acurrucada por una manta en el asiento del carruaje, se encontró con que estaba sola dentro del mismo. Nero había salido temprano del mismo, despertándose mucho antes que ella. No era de extrañar para nadie, al menos si formaban parte de la guardia real o del entorno de la corona y podían conocer, aunque sea un mínimo, al Aegis real. Nero Cesaris era un hombre que dentro de todo lo amable y cercano que podía ser, era igualmente excéntrico. A veces desaparecía porque sí, sin dar razones. Con el paso de los años fue algo que todo el mundo terminó aceptando, pero hasta el propio Nero recordaba con bastante diversión lo que supuso para su relación con el rey aquellas repentinas y urgentes necesidades de desvanecerse como el aire. Cuántas discusiones, cuántas regañinas... Al final, se aceptó que era una pura necesidad mental y espiritual del Aegis. La soledad era tan importante para él como lo era la princesa y su trabajo por la corona. Era pura devoción.

Afortunadamente para  algunos y por desgracia para otros, llegó justo a tiempo para que los primeros rayos de sol acariciara los rostros de todos los presentes y los empezara a espabilar. Nero se ocupó de prestar cierta ayuda al astro rey caminando con suavidad, como un espíritu, casi sin hacer ruido, entre los guardias. Sin embargo, a cada uno por el que pasaba por su lado, daba ligeras pataditas y coces como si fuera un potrillo recién nacido -Venga, arriba, gañanes. ¡Ánimo, gandules!- oh, cómo estaba disfrutando. Anneliesse oyó la voz del Aegis y miró a través de la ventanilla. Pudo ver con algo de dificultad cómo sonreía el hombre mientras maltrataba con suavidad a la soldadesca. Le hizo algo de gracia verle tan divertido ¿De dónde salía ese pequeño arrebato de maldad? Parecía estar de buen humor.

-Ya nos levantamos, señor- dijo de mala gana uno de los soldados. En concreto, el capitán.

-Venga, señor Raven. No querrá dejar en mala posición a la princesa llegando tarde a Ravahta- sonrió el Aegis, mirando al fornido y maduro hombre ponerse en pie. Era algo más alto que el Aegis y casi el triple de ancho debido a su musculatura.

-Eso jamás, señor- el capitán cogió su yelmo y se lo colocó sin pestañear, ni tan siquiera parecía pensar en desayunar antes.

-Venga, anda. Come algo antes de partir. Pero espabila a tus hombres- le señaló con cara amistosa. El capitán Raven sonrió al verse engañado por la aparente exigencia del Aegis y asintió.

-Así será. Estaremos preparados en breve-

-Eso quería oír. Buen trabajo, capitán- el Aegis se marchó dejando a los soldados prepararse algo para comer antes de iniciar el viaje. El siguiente objetivo, para su pesar, eran los mercenarios.

 Al acercarse a la zona donde ellos se encontraban, tras un árbol, tomó aire y se mentalizó de que debía mantener la calma, fuera lo que fuera lo que le pudiesen decir siendo tan temprano -Buenos dí- el Aegis se interrumpió al instante y se giró ipso facto al haberse encontrado de cara a Gustav orinando en ese preciso árbol.

-Buenos días- dijo Gustav bostezando con una sonrisa divertida mientras se sacudía el miembro para terminar de exprimir las últimas gotas -Te has bendecido los ojos ¿eh? No te enamores de mí- el Aegis volvió a realizar ejercicios de respiración para soportar a semejante memo y no hacerle estallar en pedazos con el hechizo más doloroso que conocía.

-¿Realmente te parece propicio miccionar tan cerca de una princesa? ¿Y si se hubiese asomado a la ventana?-

-No nos ve desde aquí- Gustav esnifó pesadamente y luego carraspeó para escupir un esputo bastante cargado -¿Y qué más da, además, si me ve? ¿Le asustan las pollas? Oh... ¿No me digas que la princesa es...?-

-¡No...!- bufó -No... te digo nada- se fue a girar despacio para comprobar que Gustav estaba vestido. Afortunadamente, así era.

-¿Qué pasa?- la mujer que los acompañaba se acercó con las manos en las caderas y una cara de bastante pocos amigos -¿Qué le pica a este?-

-Yo diría que un par de cosas- dijo Gustav ladeando la cara un poco hacia ella. Ambos empezaron a reirse de algo que solo ellos entendían.

-¿Qué es tan gracioso? ¿Os mofáis de mí?- gruñó el Aegis.

-No, por los dioses ¿Cómo nos atreveriamos?- dijo sarcástica la mujer.

-Venga, Iona- Gustav le palmeó el hombro a su compañera -Espabila a Kassad y a Aiko- miró a todas direcciones -¿Dónde está Ren, por cierto?- al oír esa pregunta, el Aegis miró velozmente tras el árbol en dirección al carruaje por si ese tipo enorme andaba cerca. Afortunadamente no estaba allí.

-Creo que fue a buscar algo para comer- contestó la mujer, para alivio del hechicero.

-Cojonudo ¿Podremos comer?- le preguntó Gustav a Nero -¿O es demasiado esperar para los Rajash a que asemos un par de liebres?-

-Comed- sentenció Nero -Y esperad a la orden para ponernos en marcha- Gustav y el Aegis se mantuvieron una tensa mirada durante un instante y luego, por fin, el hechicero se marchó para alivio de los mercenarios y, por supuesto, del propio Nero, que estaba deseando volver al carruaje a disfrutar de la compañía de Anneliesse.

-Ah, una cosa más- no podía ser ¿verdad? No podía ser tan fácil. Nero se quedó quieto y se giró lentamente hacia un Gustav que miraba de soslayo al carruaje.

-¿Qué pasa?- gruñó Nero.

-Tu princesita. No quiero malentendidos-

-¿De qué me estás hablando?-

-Lo de anoche. Lo de que pasó por aquí- ambos se miraban a los ojos sin pestañear. La tensión se elevaba. A Nero le palpitaba el corazón a revoluciones que no había sentido desde hacía muchos, muchos años -No pretendiamos echarla ni asustarla. Tan solo habiamos hecho una amigable apuesta y resultó que acerté. No nos estabamos burlando de ella ni nada. Te lo aclaro porque no quiero poner en peligro nuestra paga, ya me entiendes- le guiñó el ojo a Nero -¿Está todo bien?-

-Más que bien- asintió Nero con tormentas en la mirada y altitud altiva.

-De puta madre- dicho lo cual, Gustav se dio la vuelta y marchó por donde vino. Nero, por su parte, se dirigió como una centella al carruaje.

Cuando montó junto a la princesa, el mundo se volvió silencio cuando cerró la puerta tras él. Visiblemente afectado, asustado y ligeramente agotado por la carrera hasta el carruaje, Anneliesse no pudo evitar mirarlo con curiosidad y cierto aburrimiento. Rara vez lo veía respirar con algo de agitación y menos aún, sudando -¿Te encuentras bien, Nero?-

-Estupendamente- dijo tan tenso que Ann no supo si debía indagar. Un soldado se acercó a la puerta.

-Señor, estamos listos-

-Pues vamos- ordenó con sequedad.

-¿Los mercenarios están dispuestos?- se interesó el soldado.

-Que les parta un rayo si no ¡Venga!- la dureza de las palabras de Nero sorprendieron hasta al soldado, que no tardó en dar la orden para iniciar la marcha. Apartados, los mercenarios se ponían en pie con la carne en la boca, seguramente maldiciendo al Aegis. El carruaje sufrió un leve tirón y se puso en marcha con su más que reconocible balanceo y traqueteo.

Pasó un largo rato, horas incluso, en el que el ambiente no hacía más que enrarecerse dentro del carruaje. Nero no hacía otra cosa que bufar, suspirar y removerse en el asiento con total y absoluta incomodidad. Anneliesse sabía identificar esa clase de nerviosismo, esa claustrofobia, esa necesidad de explotar y dejar salir algo. Además, le reconcomía la curiosidad sobre qué podía haber agitado de esa forma al Aegis, el eterno señor de la calma, el clarividente que siempre acertaba en todos los consejos que le daba ¿Por qué de pronto parecía asustado? -Puedes contarme lo que te pasa- dijo ella con sonrisa cálida, atreviéndose a serle de ayuda esta vez -Se ve que algo te aflige-

-¿Que algo me aflige?- se carcajeó Nero -¿Por qué? ¿Debería estar preocupado, quizá? No sé, tal vez porque la princesa incumple su palabra a la primera de cambio y, pese a ser mayorcita, se comporta como una cría pequeña e irresponsable ¿Tal vez eso debería preocuparme?- escupió por fin, mirándola con un enfado desmedido.

-¿Incumplir...? ¿A qué te refieres?- la joven Ann estaba tan sorprendida por ese arrebato que ni siquiera alcanzaba a imaginar qué podía haber hecho para provocar semejante estado anímico en Nero.

-No te hagas la tonta conmigo, Anneliesse. No te servirá- la señaló -¿Qué demonios hacías ayer con los mercenarios?-

-¿Yo? Eh... ¿Nada?- se encogió la chica de hombros -No estuve con ellos-

-El líder, si se le puede llamar así, ese tal Gustav, me ha pedido que te comunique que no se estaban burlando de ti anoche- la observó de forma inquisitiva.

-Ah...- la chica se quedó helada.

-Recuerdo haberte pedido que no lo hicieras, Ann. Te pedí que no te acercaras a ellos-

-Fue un accidente. Estaba andando distraida, dando una vuelta. Cuando me quise percatar, me topé con ellos-

-¡O podrías haberte topado con un Kuvlai, dado el caso!- regañó Nero, como nunca solía hacer. Estaba demasiado extraño -Anneliesse, he mirado para otro lado y he permitido que hagas algo que tu padre nunca haría: te he dejado salir a dar un paseo, una simple vueltecita, para que respires y estires las piernas. He tratado de ser comprensivo y a cambio solo te pedí que mantuvieras tu seguridad y no te acercaras a ellos ¡Solo te he pedido una sola cosa, una sola!- enfatizaba su regañina alzando un dedo -¡Y tú, señorita, no has tenido otra cosa que hacer que pasarte mi confianza por...!- se contuvo. Estaba saliendo un lado de él que no quería mostrar a nadie y menos a ella -Esperaba más de ti- dijo tras respirar hondo. Estaba terriblemente angustiado. La chica le miraba con ojos vidriosos, sin comprender. El viaje tenía pinta de estar a punto de volverse terriblemente largo y difícil.

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