Desde la torre más alta del palacio de la familia real, Lynastis lucía con una belleza espectacular. Su sempiterna primavera dotaba a los valles que rodeaban a la capital de una explosión de colores dignos de admiración. La vegetación verdosa, quedaba enormemente eclipsada por los cultivos de flores que, no solo maquillaban los campos, sino que también decoraban las calles de toda la ciudad. Lavandas, rosas, lirios, orquídeas, peonías... no había flor que no hubiese sido cultivada y explotada para hacer de Lynastis el país más hermoso de los dos continentes.
Por si no fuera suficiente, los enormes lagos y lagunas que se repartían a lo largo y ancho de la región, brillaban con luz propia. Era una ciudad de cuento, la ciudad que imaginaban los niños cuando sus padres le hablaban de lugares maravillosos. La ciudad que los enamorados soñaban con habitar en sus primeros meses de relación. La ciudad en la que los ancianos deseaban pasear hasta el final de sus días. No era para menos. La familia Carsters, herederos al trono del continente, habían procurado que esto siempre fuese así. Numerosos documentos de hacía más de seis siglos, expresaban antiguos deseos de anteriores reyes y reinas sobre Lynastis para que siempre fuese considerada la envidia de los soberanos. Diremand Aldong, afamado filosofo y artista de Romhal, calificó a Lynastis como el paraíso hecho tierra y realidad. ¿Y quien eran los demás para cuestionarle? Realmente, no había una sola persona que repudiase aquel pedazo de cielo sobre la superficie terrestre. Nadie a quien la ciudad no le pareciera un lugar ideal... A nadie, excepto a Anneliesse.
La princesa admiraba el mismo paisaje de todos los días, el mismo que había admirado sin descanso durante veintiséis años. Primero en brazos de su padre, y por último, sola en aquella habitación solitaria y tan elevada, que la hacían sentir lejos de la realidad y lejos de todo.
Una doncella peinaba sus cabellos por última vez aquella mañana. Ya se había ocupado de ayudarla a vestirse con un nuevo vestido, estrenado aquel mismo día, dado el acontecimiento especial. Una pieza única de seda celeste, cubierta por una fina capa de tul ligeramente brillante y una marea de bordados con motivos florales. La chica, al mirarse al espejo, se sintió tan parecida a una nube que hizo una mueca de asco, que no hizo más que empeorar al comprobar que su doncella se afanaba en darle forma a sus cabellos provocando tirabuzones, tan infantiles y aniñados que quedaban ridículos sobre tanta pomposidad.
Por suerte, la doncella dejó el cepillo sobre el tocador cuando, al otro lado de la puerta de la habitación, alguien dio un par de golpes. Anneliesse se tensó, imaginando la peor de las situaciones. Sin embargo, para su tranquilidad, la sonrisa afable de Nero asomó desde el umbral. —¿Todo listo? — preguntó con cautela. El Aegis, y desde hacía muchos años, tutor de la princesa, se frotaba las manos con inquietud mientas cruzaba la habitación hasta el lugar donde la chica reposaba. Con un gesto rápido de muñeca, la doncella entendió que tenía que marcharse, de forma que cuando lo hizo, la chica se sintió libre para hablar.
—¿Con sinceridad? ¿O guardo para mi todo lo que pienso sobre esto? — preguntó con cierta crudeza en la voz. Aprovechó la ocasión para ponerse en pie y aplastar un poco los tirabuzones con las manos. Nero puso los ojos en blanco, encogiéndose de hombros. —Estoy emocionada, eso no puedo negarlo. Salir de palacio, después de tantos años... me parece casi un sueño —explicó con luz en los ojos. —Pero no puedo evitar pensar que estoy saliendo de una cárcel para entrar en otra.
— Quizás, si reflexionaras sobre...
—No tengo nada en lo que reflexionar, Nero. No conozco a esos hombres con los que mi padre negocia mi futuro. No conozco a ese tal Namur con el que solo he intercambiado algunas palabras en los últimos veinte años. No se que quiere, que le gusta, o que pretensiones tiene con Lynastis, por muy de fiar que sean los Rajash. Ni si quiera se como va a tratarme si... —hizo un gesto elevando los brazos —...todo esto concluye. Nero se mesó su recortada barba durante unos segundos, mirando como Anneliesse caminaba de un lado para otro. Si intentaba ocultar su nerviosismo, no lo estaba consiguiendo con sus acelerados paseos.
Por si no fuera suficiente, los enormes lagos y lagunas que se repartían a lo largo y ancho de la región, brillaban con luz propia. Era una ciudad de cuento, la ciudad que imaginaban los niños cuando sus padres le hablaban de lugares maravillosos. La ciudad que los enamorados soñaban con habitar en sus primeros meses de relación. La ciudad en la que los ancianos deseaban pasear hasta el final de sus días. No era para menos. La familia Carsters, herederos al trono del continente, habían procurado que esto siempre fuese así. Numerosos documentos de hacía más de seis siglos, expresaban antiguos deseos de anteriores reyes y reinas sobre Lynastis para que siempre fuese considerada la envidia de los soberanos. Diremand Aldong, afamado filosofo y artista de Romhal, calificó a Lynastis como el paraíso hecho tierra y realidad. ¿Y quien eran los demás para cuestionarle? Realmente, no había una sola persona que repudiase aquel pedazo de cielo sobre la superficie terrestre. Nadie a quien la ciudad no le pareciera un lugar ideal... A nadie, excepto a Anneliesse.
La princesa admiraba el mismo paisaje de todos los días, el mismo que había admirado sin descanso durante veintiséis años. Primero en brazos de su padre, y por último, sola en aquella habitación solitaria y tan elevada, que la hacían sentir lejos de la realidad y lejos de todo.
Una doncella peinaba sus cabellos por última vez aquella mañana. Ya se había ocupado de ayudarla a vestirse con un nuevo vestido, estrenado aquel mismo día, dado el acontecimiento especial. Una pieza única de seda celeste, cubierta por una fina capa de tul ligeramente brillante y una marea de bordados con motivos florales. La chica, al mirarse al espejo, se sintió tan parecida a una nube que hizo una mueca de asco, que no hizo más que empeorar al comprobar que su doncella se afanaba en darle forma a sus cabellos provocando tirabuzones, tan infantiles y aniñados que quedaban ridículos sobre tanta pomposidad.
Por suerte, la doncella dejó el cepillo sobre el tocador cuando, al otro lado de la puerta de la habitación, alguien dio un par de golpes. Anneliesse se tensó, imaginando la peor de las situaciones. Sin embargo, para su tranquilidad, la sonrisa afable de Nero asomó desde el umbral. —¿Todo listo? — preguntó con cautela. El Aegis, y desde hacía muchos años, tutor de la princesa, se frotaba las manos con inquietud mientas cruzaba la habitación hasta el lugar donde la chica reposaba. Con un gesto rápido de muñeca, la doncella entendió que tenía que marcharse, de forma que cuando lo hizo, la chica se sintió libre para hablar.
—¿Con sinceridad? ¿O guardo para mi todo lo que pienso sobre esto? — preguntó con cierta crudeza en la voz. Aprovechó la ocasión para ponerse en pie y aplastar un poco los tirabuzones con las manos. Nero puso los ojos en blanco, encogiéndose de hombros. —Estoy emocionada, eso no puedo negarlo. Salir de palacio, después de tantos años... me parece casi un sueño —explicó con luz en los ojos. —Pero no puedo evitar pensar que estoy saliendo de una cárcel para entrar en otra.
— Quizás, si reflexionaras sobre...
—No tengo nada en lo que reflexionar, Nero. No conozco a esos hombres con los que mi padre negocia mi futuro. No conozco a ese tal Namur con el que solo he intercambiado algunas palabras en los últimos veinte años. No se que quiere, que le gusta, o que pretensiones tiene con Lynastis, por muy de fiar que sean los Rajash. Ni si quiera se como va a tratarme si... —hizo un gesto elevando los brazos —...todo esto concluye. Nero se mesó su recortada barba durante unos segundos, mirando como Anneliesse caminaba de un lado para otro. Si intentaba ocultar su nerviosismo, no lo estaba consiguiendo con sus acelerados paseos.
—Pero, de eso se trata ¿No? Vas a conocerle. A él, a su familia... estrechar lazos te hará bien.
—Yo no quiero estrechar lazos con nadie que ostente un título. Yo solo quiero salir —terminó por decir. Una mueca de enorme tristeza se dibujo en su rostro. Sus ojos se humedecieron durante unos segundos y la tez palideció. La sombra de una tortura dolorosa y pesada se reflejó en ella, como un recuerdo de momentos tan difíciles, tan duros, que ninguno de los dos podría asegurar que aquella sombra no explotaría nunca.
Nero miró a un lado. Era mejor no seguir por ese camino. Él, más que nadie en palacio, sabía como tratarla. Volvió a frotarse las manos con energía, y finalmente, volvió a sonreír. —Al menos tengo buenas noticias —. Anneliesse abrió los ojos con asombro, expectante de que su tutor pronunciase las palabras exactas que durante la últimas semanas había deseado oír en él. —Finalmente, el rey me permitirá viajar contigo —. La princesa casi dio un salto de emoción. —No te asustes cuando contemples todo lo que su Majestad ha preparado para el viaje. Ha puesto a tu disposición docenas de soldados, tanto pertenecientes a palacio como a todo el país. Incluso ha contratado a personal externo, expertos en caminos y malhechores. Le expresé mi desacuerdo en no contar con mi persona entre tantos recursos, y finalmente accedió.
—Por los dioses, menos mal. ¿Te imaginas? Días de viaje sin hablar con nadie... iba a volverme loca. —sonrió con un ligero temor en el recuerdo.
—Ha cambio, me ha pedido que te inste a... comportarte de manera distinta a la que comúnmente demuestras aquí —Ésta vez fue la chica la que puso los ojos en blanco.
—Ya le he dicho a mi padre que éste viaje no significa nada. No prometo nada. Él ya sabe perfectamente lo que pienso, así que... yo te libero de dicha responsabilidad.
—Anneliesse... si todo fuera tan fácil... —suspiró, mirándola a los ojos con ternura. La princesa le devolvió la mirada. En los ojos claros de aquel hombre encontró, como siempre, toda la ternura y el amor que nunca antes había encontrado en nadie más, ni si quiera en su padre. Para ella, Nero era su mejor amigo, su familia, su confidente. La única persona con la que podía hablar con sinceridad, su único apoyo en palacio. La única persona que comprendía, tanto como ella, que su situación era injusta. Le debía la vida, o eso siempre había expresado el rey. Sin embargo, no podía evitar preguntarse siempre ¿Por qué?
La doncella que anteriormente abandonó los aposentos de la princesa, se personó una vez más en la habitación. Con la cabeza gacha, indicó que el momento había llegado. La princesa apretó los puños con firmeza, tragó saliva, y reprimió lo que, de seguro, iba a ser un grito de pura rabia y temor. No se había dado cuenta, pero estaba temblando. Salir... salir de palacio por fin. No podía creerlo, y con que terrible propósito había llegado tan ansiado día por fin.
Nero observó que sobre el vestidor reposaba una enorme y pesada capa de tela oscura. No dudo ni un segundo en tomarla y echarla sobre los hombros de la chica. Anneliesse sintió aquel acto como un cuidado para que no tomase frío, pues era de esperar que enfermase después de tantos años sin saborear el clima. Sin embargo, el gesto de Nero fue pura protección. —¿Preparada?
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