Nadie, de ninguna forma, era capaz de explicar a la princesa lo que estaba ocurriendo. La tomó de imprevisto que Ren diese la voz de alarma y todos se afanasen por salir corriendo del refugio. Sólo entonces, gracias a la velocidad con la que tenían que contar para escapar, Anneliesse pudo comprobar que en ningún momento había permanecido encerrada en el interior de una cueva. Cuando la ayudaron a montar en caballo, pudo observar en los escasos minutos que duró la preparación para la huida, que el refugio no era más que un cúmulo de raíces huecas bajo un enorme árbol. Una excavación que se habría paso entre piedras, raíces resecas y rocas, la cual ahora ardía con intensidad.
Los ojos de la chica brillaron en la oscuridad de la noche, mientras las llamas consumían cada vez más y más la estructura tan imponente que el árbol había parecido tener hasta entonces. — ¡Corred! ¡Corred! ¡Maldita sea! — gritó Gustav mientras colocaba las últimas bolsas de equipaje sobre su montura. A la chica no se le pasó por alto que el líder fue el último en subir a su caballo, y que no comenzó la carrera hasta que los demás no la habían iniciado segundos antes que él. O al menos eso fue lo que le pareció ver desde su posición. Kassad se había montado tras ella, de forma que sujetaba las riendas de la montura a espaldas de la chica. Si ella quería aprovechar para escapar, iba a ser difícil de esa forma. — ¡Saldremos por el este de la ciudad! ¡¿Queda claro?!
— ¡Te lo dije, Gustav! ¡Te lo dije! — gruñó Iona. — ¡Te dije que esto iba a traernos problemas!
— ¡Tened fe! ¡Esto formaba parte de plan!¡¿Lo recordáis?! ¡En caso de toparnos con un contratiempo, quemar el refugio y viajar hasta el más cercano! — La forma de hablar del hombre denotaba que no estaba dispuesto a darse por vencido. No había temor en sus palabras, sólo ánimo y adrenalina.
— ¡¿Y si nos dividimos?! — preguntó Kassad.
— ¡Demasiado arriesgado, amigo! ¡Si nuestro mejor luchador no puede contra nuestra amenaza, no podemos nosotros en solitario! ¡Debemos mantenernos unidos hasta que dejemos atrás el país!
— ¡¿El país?! — Anneliesse no pudo evitar intervenir. La idea de alejarse aún más de su hogar a manos de aquella panda le causó un profundo pavor.
— ¡Así es, encanto! ¡Espero que estés acostumbrada a cabalgar, porque vamos a pasar una larga noche! — informó con su habitual jocosidad. La princesa se vino abajo, impotente. Era incapaz de hacer nada a aquellas alturas, y muchísimo menos cabalgando a la velocidad que habían alcanzado. Los caballos resoplaban y relinchaban de la actividad a la que estaban siendo sometidos. Siendo realistas, no le quedaba otra opción que guardar silencio y permitir que la banda la llevase a donde quisiera, guardando la esperanza de que sus hombres la encontrarían o que su padre haría algo por devolverla pronto sana y salva. No pudo evitar mirar a Ren de reojo, quien con enorme dolor, se afanaba con sostener las riendas de su montura y no caer en el intento. Estaba doblegado, derrotado... ¿Qué había pasado?
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Cansancio fue la palabra que más veces cruzó la mente de la princesa durante toda la noche. Los trotes que el caballo imponía ante su feroz carrera, empezaron a hacerle mella entre los muslos conforme las estrellas desaparecían en el firmamento para dar paso a una claridad tenue, opacada por las nubes que próximamente ocuparían gran parte de la futura mañana. El trasero le daba punzadas, y las manos, de intentar sostenerse a las crines del animal para no caer, se quedaron entumecidas. La cabeza empezó a dolerse, fruto del enorme estrés que rodeaba el ambiente. Sudaba, igual que todos lo hacían. La preocupación era palpable, tanto como el temor a ser apresados antes de tiempo. Sin embargo, Anneliesse se preguntó como iba a ser posible dar con ellos tras tantas horas de carrera. No sabía donde estaban, pero todo cuando observaba era desconocido para ella. Hacía ya demasiado que habían dejado atrás los campos de flores y los valles, para dar paso a bosques espesos y oscuros. No estaban atravesando caminos convencionales, eso estaba claro. En su lugar, atravesar bosques era la idea más inteligente por parte de un grupo de personas que necesitaban no dejar rastro alguno de los lugares por los que pasaban. No eran unos cualquiera, eso estaba claro.
—¡Gustav! ¡Tenemos que parar! ¡Los caballos tienen que descansar o no llegaremos a salir de la ciudad! — recordó Kassad. Y no le faltó razón, pues todos acabaron haciendo un alto en el trayecto. Anneliesse intentó mover las piernas para bajar del animal en cuanto todos lo hicieron, pero no pudo hacerlo. El mercenario tuvo que ayudarla a bajar, tomándola por la cintura, para que volviese a poner los pies en la tierra. Los muslos le ardían como un infierno. No le hacía falta alzar su vestido para saber que debía tener la piel enrojecida, incluso lacerada, de cabalgar a horcajadas con ropa poco adecuada. Se tuvo que morder la lengua para no quejarse del dolor. —¿Estáis bien? —. La princesa asintió levemente. A fin de cuentas, lo que menos quería es que ese grupo de bandidos se fijase más de la cuenta en ella y sus problemas.
—¡Eh! ¡Ren! —Gustav corrió a ayudar al joven a bajar. A penas le hizo falta, puesto que bajó de un salto del animal. Sin embargo, no podía apartar la mano de su vientre. —Déjame ver eso.
—No es nada.
—¡Tienes la cara abierta, capullo! —insistió. —Aiko, trae las telas limpias que usamos para las heridas. Y bebida —le ordenó a la chica, que no tardó en tomar lo solicitado de las bolsas que colgaban de la silla de su propia montura para ofrecérselas a Ren. Éste se dejó caer en el suelo, de espaldas al tronco de un árbol. —Cuéntanos, ¿Qué ha pasado? ¿Cómo te han hecho eso?
—Dejé la carta donde el rey pudiese encontrarla —comenzó a decir, descorchando la botella y vertiendo sobre la tela algo de alcohol. Después, llevó dicha tela hacia su cara, para lanzar un improperio cargado de dolor. Desde luego, Anneliesse había visto mejores formas de curarse una herida, sobre todo una tan significativa como aquella. Una brecha cruzaba la cara del mercenario, desde la parte superior de su ceja hasta la mejilla. Por las manchas de sangre que cubrían su cara, supuso que debía tratarse de una herida bastante profunda, sin embargo, lo que más le llamó la atención era que parecía estar algo curada, reseca, como si hubiese sido cauterizada de alguna forma. —Pero, no se como diantres, el Aegis me siguió. No comprendo como pudo encontrarme, pero casi me mata. Es un tipo peligroso y debemos tener cuidado con él. Empiezan a jugar sucio para poder recuperarla —gruñó, señalando con la mirada a la mujer.
—Nero... —susurró ella. Ahora lo entendía todo con más claridad. Los poderes del Aegis real eran extraordinarios, y su arma mágica de fuego habían conseguido herir al joven, y además, quemarle la herida. Se la estaba jugando.
—Ese Aegis parece estar muy convencido de hacer lo que sea para recuperarte —le dirigió Ren la palabra. —Lástima por él.
—¡¿Qué le has hecho?! —Anneliesse se acercó a él a pesar del dolor. Sólo de imaginar que le hubiese asfixiado con aquellas manos, o que hubiese manchado la katana con su sangre...
—¡Yo no le he hecho nada! ¡Pero no te quepa duda de que si vuelve a cortarme el paso podrá salir muy mal parado!
—¡Maldito seas tu y todos vosotros! ¡Como se te ocurra hacer el más mínimo daño a...! —
—¡¿Me amenazas?! ¿Te atreves a hacerlo, princesa? —entrecerró los ojos, haciendo el amago de ponerse en pie. —Parece que se te ha olvidado todo cuanto te he dicho. ¿Prefieres que te haga recordar la posición que ocupas en este momento? —Anneliesse volvió a sentir aquel enorme terror recorriendo sus carnes. Incluso dio un paso atrás. ¡¿Por qué le temía tanto?! El simple recuerdo de sus dedos en su cuello la hacían temblar.
—¡Basta ya! —intervino Iona. —¡Estamos muy tensos por lo que ha ocurrido y eso no nos va a llevar a ningún lado! —advirtió mirándolos a todos. —Ahora tenemos que pensar, y rápido. Queda poco para que podamos dejar atrás la ciudad, pero está claro que las salidas deben estar repletas de soldados. Dejar atrás la ciudad va a ser complicado, pero dejar las fronteras... va a ser peor —recordó.
—Centrémonos primero en pensar cómo vamos a salir de la ciudad sin formar jaleo —insistió Gustav, tomando asiento junto a Ren. —Kassad, ¿Cogiste las capas que nos sirvieron cuando robamos en la tesorería de Arunna?
—Sí, Gustav. Están todas.
—Bien, con eso pasaremos algo más desapercibidos.
—Esto, una vez más, es culpa tuya —señaló Iona al líder. —Siempre hemos procurado no mostrar nuestras caras para que nadie sepa quienes somos. Ahora todo un destacamento de soldados nos conocen y tienen nuestras descripciones. Incluso el rey sabe quienes somos —volvió a gruñir.
—Pues por eso nos ocultaremos bajo las capas —Gustav bufó. —¿Me vas a hacer explicarte como cojones funciona el ocultarse bajo una capucha?
—¿Te crees que soy estúpida, Gustav?
—A veces te comportas como tal —Iona se encendió como una llama. Lanzó un insulto al aire y se apartó.
—¿Sabes qué? Soluciónalo tú todo. Venga, elabora tú todo el plan que vayamos a seguir hasta que consigamos salir del país —sentenció, sentándose en el suelo pero más apartada del resto.
—¡Pues claro que lo voy a hacer! ¿Por quien me tomas? —gruñó. Después suspiró y se serenó. —Escuchad, solo hay que mantener la calma ¿De acuerdo? En el mejor de los casos no nos reconocerán y nos dejarán pasar en ambos límites. En el peor de los casos, sólo tendremos un par de altercados. Nada a lo que no nos hayamos enfrentado antes.
—Pero, Ren dice que el Aegis... —Kassad sonó inseguro. Era quien, visiblemente, estaba más incómodo de todos.
—El Aegis no va a perseguirnos siempre ¿No? Que procure soltar el dinero y tendrá pronto a su princesita de vuelta. En cuanto renegociemos las condiciones, claro. Hemos perdido un refugio, uno de los buenos, así que pienso pedir más por ella —bufó. —A la salida de la ciudad, lo importante es que no nos reconozcan ni a nosotros ni a ella. Ya pensaremos como saldremos del país con el dinero.
—A ella no la van a reconocer —recordó Ren, aún dolido. —Se ha pasado su vida en palacio ¿Quién va a poder reconocerla? —Anneliesse sintió una punzada en el vientre. —Es lo que les pasa a todos los nobles, reyes y reinas de los dos continentes. Viven en una burbuja, tan aislados de la realidad que ni si quiera la gente de a pie sabe quienes son —La princesa sintió un profundo odio ¡¿Quien le había dicho tal cosa de ella?!
—Oh, es cierto —sonrió Gustav, un problema menos. —Entonces ¿Qué tal, princesita? Estarás contenta. Primero Ravahta y ahora un viaje turístico por Lynastis. Estarás pletórica, me imagino —la sonrisa burlona de Gustav, junto con las palabras de Ren, fueron el detonante para que la chica se moviese por fin.
—No sabéis nada... —gruñó. —Ojalá os lleven los vientos a un lugar donde el dolor os coma las entrañas ¡Malditos bastardos! —terminó por decir. No estaba dispuesta a seguir escuchando más, así que, tal y como hizo Iona, se recostó sobre el tronco de un árbol más alejado y miró hacia otro lado. No quería oírles, ni saber nada de ellos. El sello le quemaba con fuerza, era tan agobiante que iba a volverse loca de seguir así. Cruzada de brazos, intentó entrar en calor. Hacía frío y la humedad del bosque empezaba a calar a través de su vestido, sucio y estropeado en sus partes más bajas, debido al arrastre sobre el suelo. Ojalá Nero supiera donde estaba ella en aquel momento y la pudiese llevar lejos, pero no a casa, a otro lugar. Trató de pensar en ello en vez de en cualquier otra cosa, distraerse. No podía más.
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