-Recuerdo cuando me dijeron que el miedo era para los débiles- aunque pareciera una inmensa tontería, el hombre comenzó a hablar consigo mismo mientras sus ojos se perdían en un vasto horizonte de miseria -Recuerdo cada una de las palabras, de los detalles, los gestos... Sí, lo recuerdo absolutamente todo- mascullaba. En su mano derecha portaba una vara oscura, de madera tallada por él mismo. Estaba algo vieja, pero se mantenía robusta y soportaba bien el peso que el hombre dejaba caer ligeramente sobre ella. Contemplaba desde lo alto de una alta colina cómo las oscuras nubes se arremolinaban como si de un huracán se tratase sobre lo que ahora eran las ruinas de lo que antaño fue un gran y hermoso reino, destacable por la belleza de sus lagos. Las nubes tronaban, pero no llovían. Los relámpagos no eran fogonazos claros de luz, sino destellos lilaceos de la magia más oscura y siniestra que la humanidad jamás creería volver a contemplar. Una masa gigante de sombras danzaba en penumbras sobre las enormes y grises ruinas, solo visibles a cada intermitencia de los oscuros destellos -Es curioso ¿Verdad? Lo que uno debe vivir para poder comprenderlo ¿Cuántas vidas han sido necesarias, querida?- estando visiblemente solo, alzó la mano izquierda y abrió el puño, donde portaba lo que parecía ser una pequeña medalla de plata rota y chamuscada. El objeto permitía adivinar que era parte de un collar que quedó destrozado y que, en su día, debió de ser precioso.

 Un viento descontrolado comenzó a alzarse de la nada. Si el hombre cerraba los ojos por un instante podía percibir como efectivamente ese vendabal venía, literalmente, de todas direcciones. Cuando los abrió de nuevo despacio y con seguridad, con un más que apreciable desasosiego en el alma, ahí estaba. Un ser calamitoso de un tamaño insondable: una titánica forma de oscuridad y penumbra que poco a poco adquiría la apariencia de un ser humanoide pero sin unos rasgos completamente definibles. Del cielo tenebroso comenzaron a llover rayos sombríos y bolas de fuego que comenzaron a arrasar todo cuanto alcanzaba a la vista. En menos de un instante, el horizonte era un mar de llamas y las ruinas de la ciudad se volvieron polvo en el sentido más estricto de la palabra: se desvaneció, se deshizo hasta la más grande y resistente de las piedras que componían el reino. Todo quedó reducido a la nada. Mientras, el huracanado temporal mecía la larga melena y al rala barba alargada y descuidada del hombre, así como a la deshilachada vieja capa marrón que le cubría el cuerpo, la cual danzaba salvajemente al son del caótico viento -El miedo para los débiles, el apego para los débiles, el amor para los débiles... los celos para los débiles- murmuró, frunciendo progresigamente el ceño y los labios en un reconocible gesto de ira. Apretó el puño en el que llevaba la medalla hasta tal punto que del puño cerrado comenzaron a brotar gotas disparejas de sangre que salpicaron en el suelo -¿Y qué mueve el mundo, si no? El amor, el apego, el miedo y los celos... ¿Es verdadera debilidad? Es el motor del mundo, es lo que lo hace girar. Es lo que nos empuja a luchar, a movernos. El temor de perder lo que nos importa, ese sentimiento desbocado, la envidia a quienes quieren quitarnos lo que tanto ansiamos...- el hombre esbozó una triste sonrisa -Ann...- suspiró sin dejar de contemplar al enorme ente que destruía el mundo a su paso. Las llamaradas celestiales comenzaban a caer ya cerca de él, incendiando la colina como si se tratara del mismo infierno -¿Cuántas veces te he fallado desde entonces...? Te prometo que esta última oportunidad que me queda haré lo imposible por salvarte ¿Me oyes? Sí... sé que me oyes- alzó la vara unos centímetros para golpear el suelo con ella. Un chasquido pareció interrumpir todo el alboroto causado por la destrucción. El tiempo comenzó a detenerse: las llamas se detuvieron, los relámpagos se congelaban entre las nubes. Sólo el hombre y el gigantesco ser de oscuridad parecían poder moverse y, lo que resultaría más inquietante, es que ambos parecieron mirarse a los ojos, si es que aquella cosa tenía ojos -Acaba de una vez- ordenó, por fin, hablándole a algo o alguien que no fuera a su propia conciencia; sus recuerdos -Reduce este insignificante mundo y todo el tiempo que lo envuelve a menos que ceniza. Devuelve este universo a la nada más absoluta. Ábreme la última puerta, Ente- concluyó entre gruñidos -¡Esta vez la libraré de ti de una vez y para siempre!- sosteniendo la vara con ambas manos, volvió a punzar el suelo frente a sus pies. Como si de un fantasma se tratase, el hombre desapareció tras un breve destello de luz. El gigantesco ser rugió con una mezcla de sonidos que jamás podrían ser descritos. Solo se podría haber apreciado la destrucción, el cómo el suelo se desquebrajaba y caía por su propio peso hacia el vacío, implosionando desde dentro en un inmenso oceano de magma que bullía desde el interior de la tierra, mezclado con sombras y oscuridad del propio Ente, que empujaba dicho magma hacia el exterior hundiendo la tierra. La destrucción continuó tras la desaparición de aquel hombre hasta que no quedó nada. Nada. Ni siquiera el mismo flujo del tiempo.


En otro lugar, en otro momento del tiempo, en otro mundo completamente distinto al que quedó desterrado en el más profundo de los olvidos, se vivían momentos de emoción en el palacio de Lynastis. La reina estaba en plena labor de dar a luz a lo que sería el futuro del país, la hija que tanto había esperado. El servicio corría de un lado a otro trayendo toallas y agua caliente. Se desvivían por tranquilizar a su señora y a ayudarla a respirar mientras que el rey se posicionaba frente a ella, con el puño reposando sobre sus labios, desesperanzado por la visión que solo él parecía percibir: al rededor de su mujer no solo había doncellas, sino que una caterva de personas ataviadas con túnicas y capuchas armadas con libros viejos y voluminosos se posicionaban en tres perfectos círculos concéntricos en torno a ella -¿Dónde está el que falta?- preguntó el rey tratando de mantener la compostura. La mano le temblaba sobre la boca.

-Debe de estar al llegar, señor- afirmó uno de los encapuchados.

-Eso me dijiste hace un minuto ¿No podéis empezar sin él?- comenzó a gruñir Reginald.

-Me temo que no, alteza. Tras el fallecimiento de Lewit, él es nuestro nuevo Aegis. Le necesitamos para conducir el ritual- agachó la cabeza el encapuchado en señal de respeto y disculpa.

-Malditos seais, vosotros y vuestros Aegis ¿Os creéis por encima de la corona?- masculló.

-Regi, por favor...- suplicó su mujer, que no podía evitar oírle -Puedo aguantar un poco más, puedo soportarlo un poco mas antes de que...- un estertor recorrió el cuerpo de la mujer acompañado por el punzante dolor que provocaba la próxima venida del bebé al mundo.

-De acuerdo, de acuerdo- Reginald corrió a tomar la mano de su esposa -Si así lo deseas, así será. Pero por favor, respira, aguanta un poco Anastassia...- pidió el rey llevándose la mano de su esposa a la frente. Entonces, por fin, las puertas se abrieron para dar paso al último miembro de los encapuchados. Las sombras del atavío no ocultaban el cabello largo y ondulado que asomaba por los laterales del cuello, así como el bigote y la perilla un poco mal arreglados. Era un hombre no demasiado mayor, comprobó el rey. Con suerte sería hábil en sus dotes mágicas pese a no ser un anciano como la mayoría de los Aegis y, con más suerte aún, aguantaría vivo un puñado de años más que cualquier otro Aegis -¿Ya estáis todos?- apremió el rey.

-Mis disculpas, majestad. Necesitaba ultimar los preparativos- el Aegis, líder de la Legión, los hechiceros de la corte, se posicionó raudo en el lugar que quedaba abierto cerrando por fin el último círculo -Es por el bien de la reina y vuestro retoño- algunos hechiceros giraron el rostro para observar al recién llegado Aegis, un tanto extrañados.

-Sí, sí, pero empezad ya- ordenó el rey.

-Por favor, no puedo más...- suplicó la reina.

-Empujad, alteza. Nosotros nos encargamos-  al decir aquello, como si fuesen un solo ser, los hechiceros abrieron los libros y comenzaron a recitar una oración mientras pasaban las páginas en perfecta sincronía, ignorando la extrañeza que sintieron hacía un instante por órdenes del rey. Las doncellas procedieron a atender a la reina mientras esta, por fin, comenzaba a empujar para librarse del dolor y por su propio bien, pues ya lo habia intentado retener bastante. El rey contemplaba con suma preocupación el ritual mientras la iluminación de la sala comenzaba a verse oscurecida lentamente. Las lámparas titilaban como estrellas en la noche a raiz de que el ambiente se estaba cargando de energía mágica.

-Empujad alteza, empujad- pedía una de las doncellas, animando a su señora. Al obedecer la reina a las peticiones de la joven, los hechiceros extendieron las manos hacia la reina y siguieron murmurando el hechizo ritual. La iluminación se tornó más violenta, apagándose y encendiéndose. Viento se alzó de la nada, apagando alguna que otra vela junto a la cama y meciendo los cabellos de las sirvientas, así como las sábanas manchadas de sangre bajo la reina. Más de un hechicero perdió la capucha debido a la repentina ráfaga y, un par de ellos, se desmayaron.

-¡No rompáis el círculo!- ordenó el Aegis, preocupando al rey.

-¿¡Qué sucede!?- el monarca agarró de la túnica al Aegis -¡¿Qué pasa!?-

-El sello se desvanece, señor- explicó tratando de mantener la concentración. Perlas de sudor regaban su rostro bajo la capucha.

-¿Qué... quieres decir?- antes de que el Aegis prosiguiera hablando, su mujer gritó de dolor debido al parto. Lo escalofriante fue que su alarido terminó convirtiéndose en una voz infernal, cavernosa y monstruosa incapaz de ser emulada por una garganta humana -¿Qué diablos es eso...?-

-El sello... se debilita...- el Aegis parecía a punto de desmayarse. Otros hechiceros más empezaron a perder el conocimiento. Las doncellas se miraban entre sí, aterradas. Tenían ganas de huir. Hacían amagos de separarse de la reina.

-¡Si alguna se mueve de esta sala y abandona a mi mujer, no verá la luz del nuevo día!- amenazó el rey lleno de furia. Luego miró de nuevo al Aegis -¡Os ordeno que contengáis a ese maldito monstruo!-

-Me temo que será imposible a este paso...- masculló el Aegis. Le pesaban los ojos. El resto de hechiceros cayó fulminado. El ambiente pesaba como toneladas de acero sobre los hombros. Era difícil respirar y el calor... ¡Dioses, el calor que hacía de pronto en la sala era como nadar dentro de un volcán! No había nadie presente que no estuviera sudando a mares.

-No puede ser... ¡No puede ser!- gruñó el rey -Anastassia, aguanta por favor- suplicó -¡Y tú, sálvala! ¡Te ordeno que la salves, a ella y al bebé! ¡Sella a esa bestia, traspásala de una vez!- el rey cayó sobre sus rodillas, abrazando una de las piernas del Aegis -Te lo implora tu rey...- derrotado, muerto de temor por que todo fuese el fin, justo antes de que su retoño viera la luz en el mundo, dejó de lado todo orgullo y honor de realeza. Solo era un hombre abatido y temeroso suplicándole a un poder mayor. Entonces, viendo la posición de su rey, el Aegis soltó el libro. Ya era el último hechicero en pie. Chocó las palmas de las manos en una palmada y dirigió ambas manos en dirección a la reina. Masculló unas palabras ininteligibles y, entre alaridos de dolor de la reina y llantos de las asustadas doncellas que la asistían, de pronto, se hizo el silencio. La luz regresó, las velas se encendieron solas. El ambiente se refrescó como si hubiese llegado un repentino invierno y tan solo se oyó el sonido de un angustioso llantito de una criatura diminuta -¿Qué...?- el rey abrió los ojos llenos de lágrimas. Miró un instante su alrededor para comprobar que las doncellas seguían en pie, ya no llorando sino riendo, aún con las caras rojas y empapadas de lágrimas -¿Anastassia...?-

-Es una niña, mi señor- dijo la doncella que hacía de matrona, respirando hondo y conteniendo la emoción y el miedo -Es una niña preciosa-

-Dioses...- el rey se levantó despacio, apoyándose en el Aegis. Se acercó a la doncella para ver a la hermosa niñita rebullirse en la mantita buscando calor en manos de la joven doncella -Nunca creí ver tanta belleza en este mundo- dijo embobado, acariciando la pequeña manita con uno de sus dedos -¿Has visto Anastassia...?- miró a su mujer con la más dulce de las sonrisas para comprobar, rompiéndosele el corazón en pedazos, que su mujer estaba gris y macilenta. Las demás doncellas trataban de hacerla entrar en calor, pues había perdido mucha sangre y estaba helada -¡Anastassia! ¡Anastassia! ¡Médicos! ¡Traed médicos!- ordenó el rey. Las doncellas salieron corriendo de la habitación -¡Anastassia, respóndeme! ¡Anastassia!- mientras el monarca sollozaba por el terrible estado de su mujer, el bebé no parecía tener ganas alguna de llorar la posible pérdida de su madre. Ahora yacía en brazos del Aegis, puesto que las doncellas partieron veloces en busca de atenciones médicas para la reina. El hechicero la acunaba con una ternura desmedida, con un amor incluso superior al que su padre había mostrado por el bebé

-Shhh... duérmete, mi amor. Ya estoy aquí... Y esta vez no cometeré ningún error- le susurró a la pequeña -Esta vez... haré lo que tenga que hacer... para protegerte- terminó de decir mientras la acunaba entre los llantos del rey, casi bailando entre la docena de hechiceros de la Legión que yacían muertos en el suelo, tan grises y apagados como la reina, faltos de toda energía vital. Energía que él mismo drenó de todos esos inútiles, incluyendo a la reina. Su plan final, en el que se jugaba todo, daba comienzo.

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