El carruaje que el rey había dispuesto hacía gala del buen gusto de la familia Lynastis. La madera, lacada en colores beige, hacía que el vehículo pareciera un carro nupcial. Las flores que decoraban las puertas servían de sello e identidad para su procedencia, y algo le decía a la princesa, que el interior del mismo no podía ser para menos. Aunque bello, aquello era ridículo. Sus ropajes, el carruaje, la exagerada disposición de recursos militares... Todo un alarde de pretensiones que recaían sobre los hombros de la chica, quien, a pesar de todo, seguía sin estar del todo feliz. 

Puso un pie sobre uno de los soportes, de forma que, con un movimiento rápido y ágil de piernas, se introdujo dentro del coche. Apenas tardó un segundo en sentarse tan cerca de la ventanilla como pudo, negándose a perderse las vistas, los paisajes y todo aquello que sus ojos no observaban desde hacía años. Tan concentrada estuvo en su tarea, que ni si quiera percibió como el Aegis tomaba asiento junto a ella tras entrar por la puerta contraria. 

Con un aviso sonoro de uno de los líderes de la cuadrilla de soldados, la comitiva se puso en marcha. Anneliesse ni si quiera se había despedido de su padre, ni éste había hecho el amago de acercarse para desearle un buen viaje. Si tenía que ser sincera con ella misma, le daba igual. Despedirse de quien había impedido durante años su salida de palacio, no estaba en sus prioridades más primordiales. Ahora solo quería disfrutar del viaje y... no pensar en el futuro. 

No tardaron más de una hora en dejar atrás la capital. La princesa había procurado guardar en su recuerdo cada calle, cada esquina, cada fuente y cada escultura de todas las que había visto durante aquel primer trayecto, a sabiendas de que, más pronto que tarde, tendría que volver de Ravahta. Los ciudadanos de la capital se habían quedado obnubilados al contemplar aquel alarde de protección hacia el carruaje, más aún al contemplar que quien aguardaba en su interior, no era el rey. Anneliesse se había atrevido a saludar tímidamente desde la ventanilla a quienes se habían quedado a mirar aquel espectáculo, aunque no siempre obtuvo un saludo o una sonrisa a cambio. Por ello, cruzar los grandes portones limítrofes del sur de la ciudad, y comenzar a transitar los caminos que delimitaban los extensos campos de flores, se sintió como una especie de alivio en el pecho de la chica, que no había sabido bien como actuar. Ahora que no la miraba nadie, se atrevió a observar con más intensidad todo aquello que los rodeaba. 

El sol brillaba con fuerza sobre la superficie de los lagos de Lynastis, y la calidez del clima abrigaba. Los colores se desplegaban por los bastos valles y... todo era tan cautivador, que la princesa no se había dado cuenta del inmenso silencio que desde hacía buen rato reinaba. —Todo es más bello de lo que recordaba— susurró, incapaz de apartar la vista un solo instante.

—Todo está igual que siempre, Anneliesse. No te has perdido nada —trató de animarla su tutor. Nero estaba cruzado de brazos, muy quieto.

—No te creo —sonrió ella con tristeza. —La última vez que atravesé estos campos apenas tenía ocho años. Íbamos de camino a una ciudad del sur, Calibad, creo. Mi madre buscaba un regalo de cumpleaños para mí y yo sólo pedí acompañarle. Por alguna razón, aquel día le pareció buena idea. Desde entonces... no ha encontrado ningún motivo para que volviese a salir —suspiró. —Hasta ahora, claro —terminó por decir.

—Hablas mucho sobre el encarcelamiento, pero ¿Y si el Rajash no es como tu padre? Piénsalo. No le conoces. Quizás puedas negociar con él. 

—Si mi padre ha elegido a Namur, será por algo. Me imagino que ya estará al día de las exigencias de mi padre, mis responsabilidades, las normas que debo seguir... 

—Ten esperanza, Anneliesse. No puedes adelantar los acontecimientos tan deprisa.

—Pero conozco a mi padre —. Esta vez sí, la chica se volvió. Quiso seguir hablando, protestar una vez más sobre sus planes de no casarse, sobre sus deseos de libertad y el futuro que anhelaba y merecía. Sin embargo, cerró los labios cuando ya los tenía abiertos. Su tutor estaba serio, con la mirada perdida en algún punto de la piel que recubría los sillones interiores del carruaje. El semblante serio denotaba que algo pasaba por su cabeza, algo preocupante... porque Nero jamás lucía un rostro así. —¿Ocurre algo? —Al preguntar, el Aegis pestañeó un par de veces y recobró la compostura de forma rápida.

—Nada, en absoluto. Pensaba en... —tragó saliva. —...los soldados. Son tres días de viaje. Desconozco si el rey ha dado instrucciones expresas sobre los descansos que deban tomar, si lo decidirán ellos o...

—¿De verdad querías venir? —preguntó la chica arqueando una ceja. —Son tres días. Agradezco, como siempre, tu presencia. Eres la única persona en quien confío, pero... ¿No tendrías mejores cosas que hacer que planear los descansos de los soldados?

—¿Y perderme estas vacaciones? Ni en sueños, princesa. —. La chica soltó una sonrisa corta pero musical, a sabiendas de que el término concreto que había usado su tutor para nombrar a aquella misión, era demasiado irónico. 

—¿Y... quienes son los otros? —preguntó la princesa con curiosidad.

—¿A quienes te refieres?

—Esos, los que no son soldados. El hombre al que mi padre casi asesina con la mirada antes— insistió. —La verdad es que fue un poco extraño.

—Oh, esos —hizo un gesto con la mano, quitándole peso al asunto. —Nadie de quien debas preocuparte.

—¿Son ellos los expertos en caminos de los que hablaste ésta mañana?

—Sí, son ellos —bufó. —Pero como has podido comprobar, llamarles así no ha sido otra cosa que educación por mi parte. La realidad es que son mercenarios, unos maleantes. A tu padre le pareció necesario contar con la experiencia de personas que sepan moverse por los caminos que llevan a Ravahta y se ofreció a pagar una buena suma de dinero a quien se ofreciese a acompañar a los soldados durante el viaje para poder guiarles. Ellos se presentaron, y dado que son un grupo ya forjado, se quedaron con el trabajo —comentó con asco. —Sea como sea, no debes prestarles atención. No tienen educación, ni saben como tratar con la nobleza. 

—Una de ellos, la mujer morena, creo que se mofó de mi. Y la verdad es que la comprendo, estoy ridícula —se lamentó.

—¿Ves? Lo que decía. Olvídales, cuando esto termine, cogerán el dinero y se largarán —terminó por decir, cruzándose nuevamente de brazos. Aunque quisiera ocultarlo, Nero estaba molesto, y ahora estaba más claro que nunca. Anneliesse optó por no preguntar más. No quería molestarle ni atosigarle. Sólo quería pasar un buen viaje con su tutor y nada más. Pero, por suerte o desgracia, la noche cayó bastante deprisa.

Las primeras estrellas titilaban en el cielo cuando la comitiva hizo el primer alto. La princesa, desde su asiento, pudo oir los suspiros de los soldados que cabalgaban o caminaban más cerca del carruaje. No era de extrañar que estuviesen cansados después de tantas horas de camino, pues incluso en Nero había avistado ciertos gestos de cansancio y sueño. Para más inri, el camino directo y más corto hacia Ravahta, excluía ciudades y villas, de forma que todo cuanto habían podido observar y atravesar durante horas no era más que campo.  Y la idea de hacer una parada nocturna en mitad del camino, seguramente, no era de la devoción de nadie. De seguro, muchos de los soldados se quedarían sin dormir aquella noche para mantener la seguridad en todo momento. Otros, con la oportunidad de hacerlo, apenas descansarían. Llegar hasta la Ciudad de las Arenas iba a ser más complicado de lo que en un principio podría haber parecido.

Las llamas de pequeñas y bien repartidas fogatas se alzaron al cielo nocturno, emitiendo titilantes destellos de fuego y humo que se elevaron hasta casi desaparecer. El olor a vino y pan llegó hasta la nariz de la princesa, quien curioseaba con cierta vergüenza el descanso de sus hombres. —Voy a ir a buscar algo de comida para nosotros. El rey ordenó que prepararan un equipaje con alimentos sólo para ti —explicó Nero, abrochándose algunos botones de su gabardina. Anneliesse sabía que su ausencia duraría tan solo unos minutos, pero la simple idea de sentirse sola otra vez fue rechazada rápidamente por su mente. 

—¿Puedo salir? —preguntó de pronto y deprisa. Fue casi instintivo.

—¿Salir? No deberías, Anneliesse. Estas mejor aquí, además, ahí fuera no hay nada que ver.

—Estás sonando como mi padre —le reprendió. —Además, necesito estirar las piernas. Siento hormigueo en los pies por apenas poder moverlos —insistió. Nero la miró a los ojos durante unos segundos, y después, suspiró. La princesa comenzó a sonreír.

—Estira las piernas y vuelve ¿De acuerdo? Que sea un paseo corto. Y no te acerques a los mercenarios, quédate cerca de los soldados —El Aegis apenas tuvo tiempo de decir nada más, o quizá la princesa no oyó más. Abrió la puerta del carruaje y salió tan rápido, que apenas pudieron seguir conversando.

Al poner un pie sobre el camino de grava, la chica se abrochó la capa y colocó la capucha sobre su cabeza. La brisa nocturna amenazó con romper la calidez que había estado albergando dentro del vehículo, y no lo iba a permitir. A penas tuvo que dar unos cuantos pasos para que los soldados comenzaran a mirarla. Sintió que todas las caras se giraban para mirarla, por lo que se puso un poco tensa. Cruzada de brazos, trabajó en seguir moviendo las piernas. Se movió deprisa, observando como todos se hallaban sentados sobre el suelo, comiendo pequeños trozos de carne previamente secada o buenos pedazos de pan. El vino y el agua no faltaban, así como tampoco la fruta. De vez en cuando, se permitió sonreír a los hombres que la saludaban con cierta inseguridad, intentando expresar una especie de agradecimiento tímido o un reconocimiento fugaz en ellos. Tanto caminó, que sin quererlo, acabó en el lugar donde los mercenarios descansaban. —Anda, la han dejado salir—comentó uno de ellos, el que se había acercado a tocar su capa aquella mañana. Sin embargo, apenas le prestaba atención. Sólo sonrió.

—Disculpen, no quería molestar —dijo la chica en voz baja. 

—No molestáis, Majestad —dijo el otro hombre, el despeinado. —Sólo habíamos apostado unas monedas a que acabaríais acercándoos.  —Gustav aseguró que acabaríais apareciendo para... curiosear. Y los demás, dijimos que no. Se acaba de ganar el equivalente a una botella de vino.

—Yo... no quería curiosear, yo...

—Dejadla ya. ¿A caso no oísteis al rey? ¿Queréis perder el dinero o qué? Cuanto menos la miréis, mejor —ordenó la mujer morena. Ni si quiera la miró al hablar. Aquellas palabras, por alguna razón, hicieron que el estómago de Anneliesse se encogiese. ¿Era mejor no mirarla? Mordiéndose el labio inferior, dio un paso hacia atrás.

—Disculpad —Cuando fue a girarse, se topó con otro de los mercenarios, el único que faltaba. Aquella mañana no le había contemplado bien, pero ahora, le tenía justo en frente. Sus ojos negros se quedaron clavados en los de la chica, con una mirada tan fría e impasible, que sintió todo un escalofrío recorrerle la espalda. Durante un par de segundos, estuvo petrificada. ¿Por qué? Incluso escuchó risas a sus espaldas. Se sintió tan avergonzada, que se marchó deprisa sin decir nada más.

Volvió al interior del carruaje como un rayo. Le dolía el estómago y algo le oprimía el pecho con insistencia. Y no, no era la vergüenza. No era la forma en la que le había hablado aquel grupo. Era algo más... Tomó aire con calma, intentando tranquilizarse. Desde la ventanilla del carruaje, se atrevió mirar por última vez atrás. No podía verles entre tantos soldados, pero... juraría que sentía envidia por ellos. Parecían tan despreocupados, tan valientes, tan... independientes. Pensándolo con calma, una vez el pecho dejó de dolerle, ellos tenían todo lo que ella deseaba. Ellos parecían tener... libertad.


Comentarios